jueves, 1 de octubre de 2015

Brillante 03 - Picaresca en alerta


Parece que más de una se ha tirado de los pelos (o querría tirarme de los míos) por dejarlo en lo mejor en la última entrada. ¡Soy maligna!

Pero no demasiado, porque ya veis que tampoco os he hecho esperar tanto. Y si os ha parecido una eternidad, para mí es el mejor de los piropos~.

La cosa se pone interesante...

No le reconocí. Ejem. Sinceramente, no estaba por la labor.

Tampoco es que sea precisamente fácil reconocer a un gran hito de la Historia de la humanidad que se te presenta de buenas a primeras en persona, bien podría encontrarme cara a cara con Góngora y no reconocerlo hasta que abriese su gongorina boca o alguien le gritara ¡culteraaano! por la calle.

Él no me vio o, mejor dicho, no quiso verme. Al fin y al cabo carecía de interés para sus intereses (¡ja!), las pintorescas características de mi imagen eran algo demasiado insustancial, mediocre y desdeñable como para cansar a tan insigne cerebro u ocupar espacio neuronal reservado a información de índole más elevada... ¡No me estoy quejando para nada, nada! Él y yo siempre nos hemos acercado cual parsimoniosas líneas paralelas.

¿En cuánto a mí? Yo no pude olvidarme de su fisonomía, menos aún tratándose de un encuentro tan fortuito con un final tan ¡tan!

El doctor Jonh Watson lo describió en su día como un caballero "tan extraordinariamente enjuto, que producía la impresión de ser aún más alto", cuya mirada aguda y penetrante y nariz fina y aguileña daban al conjunto de sus facciones un aire de viveza y de resolución. Mi versión poco podría diferir de la suya, salvo por un poco más de detalle. A ver, señor Watson, ¿qué le costaba a usted añadirnos el color de esos ojos, la forma, longitud, naturaleza de ese cabello, la piel, el número de zapato? Nada, que en eso solo nos fijamos las mujeres, los enamorados y los fetichistas.

Aunque, en honor a la verdad absoluta, yo tampoco le hice un repaso al dedillo la primera vez que lo vi. Básicamente, reparé en su altura. Sin duda alguna de 1,90, y aseguro ese sin duda alguna porque nada más verlo pensé que mediría más o menos lo mismo que mi padre, pese a que el individuo ante mis cansados ojillos fuese más joven, delgado, quizá apuesto. Claro que no se podía comparar con mi señor padre, ya que este es incomparable. Sí, soy una niña de papá, ¡cóndename a galeras!

Estaba hablando con Arthur el Botella, a quien a día de hoy sigue sorprendiéndome que lo apodaran así. Es decir, el 87% de los vagabundos londinenses le daban a la botella. ¿Qué tenía de raro? ¿Qué cuando venía un curioso como el señor Holmes se la podía permitir más a menudo? En fin, que estaba hablando con Arturito, un señor mayor en los huesos de largas barbas y ojos saltones. Bla bla bla esto, bla bla bla lo otro, monedita al bolsillo.

Siguiendo con el honor a la ya mentada verdad, no me quedé subyugada por su belleza de gentilhombre inglés, ni me temblaron las piernas, ni me explotaron los ovarios. ¡Cómo sé lo que estás pensando, lector de calenturienta cabecita! Las mujeres de verdad no somos así. En realidad, lo que me pasó por la mente nada más verlo fue que no me valía su ropa. Maldita diferencia de estatura.

¡Ah...! La necesidad había despertado a la picaresca ladronzuela que habita en mi corazón dormido. Y yo había leído bastantes novelas de pícaros (¡no, en ese sentido no, mente sucia!). ¿Qué puedo decir? Me parecía una auténtica desfachatez que el señorito se presentase allí con su largo abrigo negro y su bufanda beige y se pavonease ante nosotros los vagabundos, que ni una triste manta teníamos. Pues eso es lo que era al fin y al cabo, una vagabunda. Espaciotemporal, pero vagabunda. Y ahí estaba él con su calorcito y su riqueza. ¡Vergüenza!

Así que le robé la bufanda de un tirón y salí por patas, lo que conllevó la terrible consecuencia de que los vagabundos me desterraran hasta que me entrara en la cabeza que a los pocos que sueltan algo no se les hace ciertas cosas, tonta, tonta. 

No volví a verlo hasta...

- ¿Quién eres, muchacho? - me preguntó una voz áspera y viejuna. Al entreabrir mi ojo diestro la pupila me confirmó que se trataba de uno de los "filantrópicos" médicos del "hospital público" de la ciudad - Contéstame. Soy el doctor Smith.

Poco más y le escupo en la cara. En esta era de anatomistas recién nacidos, nada es más preciado para uno de ellos que un cuerpo fresco que explorar. La Historia ha revelado cómo los mismos insignes caballeros ingleses que habían hecho el juramento hipocrático, ávidos de cadáveres que estudiar, compraron sin escrúpulos fallecidos que expiraron por alguna enfermedad en concreto, desatando así, en una época de obvia necesidad, la profanación sistemática de cementerios y los asesinatos a la carta. A los pobres no nos atienden, para variar. Lo más seguro es que ese matasanos estuviera frotando palma contra palma a la espera de una nueva muerta.

Ni me había auscultado. Aunque lo bueno del asunto es que nadie había descubierto mi verdadero sexo.

- ¿No me escuchas, jovencito? - me sobresaltó levantando de un formulario con pinta de interesante a más no poder los miopes ojillos que escondían unas gruesas gafas redondas  - ¿Quién eres?

Llegamos al quid de las cuestiones. Permíteme, lector, que proceda con una rápida avalancha de preguntas y respuestas.

¿Por qué le robé la bufanda al señor Holmes? La respuesta es fácil: porque me dolía horrores el tajo que me había hecho en la mejilla, no dejaba de sangrar y la bufanda del señor me pareció lo más limpio que había visto desde que aterricé en este nido de ratas e infecciones sin parangón. A mi favor diré que en el instituto hice un curso bastante completito de primeros auxilios y confiaba en poder desinfectarme solita la herida para salir adelante.

¿Por qué estaba en aquel "hospital público"? Porque la bufanda y mis conocimientos solos resultaron no ser suficiente para evitar que se me infectara el corte. Cómo echo de menos el agua oxigenada, por el amor de todo lo que está vivo. Me desmayé en un callejón mugriento, húmedo y templado (no está mal) debido a la fiebre y en algún momento un buen samaritano me robó la cartera ganándose así cien años de perdón y me acercó a ese recinto.

Me depositaron en una camilla y me dejaron ahí para que me muriera. Por suerte para mí, sobreviví tres días de fiebre y semiinconsciencia, tras los cuales me recuperé lo suficiente como para ir cogiendo yo misma un poco de agua, alcohol y gasas con los que curarme yo misma. A nadie le importó que cogiese material, yo no sé cómo se lo montan para que no los desvalijen. Quizá me vieron tan débil y con la cara tan hinchada que prefirieron no entrar en trifulcas por tan poca cosa como alcohol.

Desde entonces yo soy don Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Y estoy completamente obsesionada con la higiene y las bacterias.

Por último, pero no menos importante, ¿quién es esta tu servidora, cómo se llama esta narradora tuya que tantas vueltas le da a todo y tanta tabarra te da cuando lo que tú quieres es saber sobre cierto detective asesor?

- Nadie. - dije yo.

Soltó una risita leve.

- Como Ulises... - ¡oh! ¿Lo había dicho en voz alta? Por lo visto el buen doctor no se había dado cuenta - Es un...

- El protagonista de Odisea de Homero. - pareció sorprendido de que tuviera un gramo de cultura general. Alcé las cejas, dando a entender: ¡y tú eres el cíclope!

- ¿Quién eres, muchacho?

Bien, si quería jugar, no hay nadie más juguetona y gamberra que yo.

- Ermeguncio. - hala, pronuncia eso, si tienes valor.

- Errr... - ¡JA!

- También me llaman Ataúlfo. - reprimir la risa me dejó una sonrisa torcida de labios aplastados. ¡Ay!

- Deletre...

- Si bien me conocen por Robustiano - afirmé, alargando las erres con recochineo puro y duro.

- Anónimo. - sentenció en sus formularios, con un rápido movimiento de lápices.

A pesar de haberme reído a su costa, al parecer le caí en gracia, con lo que se me castigó con su compañía durante la semana y media que duró mi curación. ¡Intentó explorarme! Por suerte para mí, no hay nada más quisquilloso y sensible que un señorón inglés. Con cuatro groserías lo ahuyentaba. Era divertido. Se ponía colorado hasta las orejas, ponía morritos de indignado, se daba media vuelta y se alejaba echando pestes. Lo malo es que el muy masoquista siempre volvía.

Algo bueno tuvo todo eso... no, la obsesión por la higiene no, ¡la catarsis! Descubrí que si quería llevar una vida digna y limpia, alejada de virus y demás pesadillas, debía escalar socialmente, subir de estatus. ¿Y cómo podría hacer tal cosa una mujer travestida sin papeles ni dinero ni nada de nada? Oh. Pues de una forma muy divertida, carente de moralidad.

Nada más salir de ese tugurio de "hospital", arrimé los labios al micrófono de mi pulsera.

- Cristóbal. - me relamí el labio inferior - Vas a tener que darme información...

Continuará...

¿Os ha gustado? ¡Espero que sí! ¿Queréis matarme? ¡Os quedaríais sin continuación! Quién avisa no es traidor... XD

En cuanto al capítulo que nos concierne, lo que refiero sobre el robo de cadáveres para su estudio es cierto, está documentado. Una página negra del avance científico...

Por lo demás, ¡tranquilidad! En el capítulo que viene sí que sí, finalmente aparecerá Sherlock con todas las de la ley. No podía aparecer a saco, sin más, no habría sido verosímil. ¡Y la verosimilitud es lo primordial en cualquier historia con un mínimo de calidad!

6 comentarios:

  1. Es muy divertido decir tacos delante de un inglés. Si a la riqueza de palabras malsonantes del español le añades la riqueza de palabras malsonantes del gallego, te queda un inglés a punto de fundirse en un charquito de pura vergüenza cuando te oye gritar "mecagho en dios, joder!" y le explicas más o menos lo que estabas diciendo xDD

    Bien empezamos, robándole al señor Holmes! Watson se va a enfadar mucho, seguro que él le compró la bufanda por San Valentín con todo su amor xDD

    Ya sé cómo se sentían los lectores de folletines teniendo que esperar días o semanas para saber cuál sería la siguiente aventura, desventura o perversión de sus héroes y heroínas...

    Como siempre, sin esperar menos que unas risas de las que hacen que mi compañero de piso se plantee por qué vive con una loca, aguardo impaciente por el próximo capítulo xDD

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    1. ¡Lara, al final va a resultar que eres de las mías! Somos malosas, malosas. XD

      ¡La culpa es suya por ostentarlo delante de las narices de los pobretones! Y encima ahora me haces darme cuenta de que me restregaba su amor... ¡desgraciado! XD

      Ay, mi corazón... [Se lleva las manos al pecho y presiona] ¡Sabes tocarme la fibra sensible! Eso son piropos y lo demás tonterías. =///=

      Pues tiene que ser divertido vivir contigo. XDD
      ¡No te haré esperar mucho! XD

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  2. Ayer el dolor de cabeza sólo se me fue con unas horitas de jugar al Diablo así que lo primero que he hecho al levantarme es leer tu historia (buenos días! XD). Cómo se te ocurre robarle a Holmes? Sacrílega!!!! Esto... que has hecho con la bufanda? Te la compro!! XDD. Me ha encantado, pero me he quedado con ganas de Sherlock.

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    1. ¡Buenos días! XD
      ¡Es que Sherlock se estaba pavoneando! ¡¡Pavoneando!! Y ni hablar del peluquín, esa bufanda es mía... ¿pero de cuánto dinero estamos hablando? XD

      Pues no te quedarás con ganas mucho tiempo, ¡porque para la próxima ya sale con todas las de la ley! No tanto como sí lo hará en el capítulo 5, pero ya me entiendes. Las cosas, despacito y con buena letra. XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas