lunes, 5 de octubre de 2015

Brillante 04 - El camino del estetoscopio

No os vais a creer la helada aventurilla que viví el pasado viernes. Sé que alguna (o mejor dicho todo Dios) se reirá de mi desgracia, ¡pero es un riesgo que estoy dispuesta a correr!

Estaba en la ducha. Hasta ahí todo bien, yo ahí desnuda como es natural, con la esponja llena de jabón, cuando de repente... ¡zas! Se corta el gas. Y solo sale agua fría no, lo siguiente. Y yo ahí, con la piel de gallina a medio enjabonar.

¿Qué hice? Pues bañarme a la antigua, con agua fría y mucha fuerza de voluntad. Debo decir que no me extraña ¡nada! que la gente de antaño se bañara una vez al mes como mucho. ¡Brrr! Me costó tanto solo aclararme que, para cuando me quise lavar el pelo, estaba a medio paso de rendirme.

¡Pero no me rendí! Porque soy una mujer de armas tomar... así que proseguí de la siguiente forma lógica y natural: me fui a la cocina y empecé a meter tazas de agua al microondas una detrás de otra. Luego llené el bidet con el agua caliente y la mezclé con la fría, y ahí estaba yo, yendo del baño a la cocina en pelota picada, exhibicionista a más no poder, libres domingos y domingas en todo esplendor para poder lavarme la cabeza con un mínimo de temperatura.

Y luchando con mi gata, que esa es otra, que al ver que estaba de aquí para allá nudista perdida se puso a atacarme y a saltarme encima y a meter literalmente la pata en mi sancta santorum de agua calentita... ¡¡PERO CONSEGUÍ LAVARME!!

En conclusión, la vida antes era mucho más difícil, viva el agua corriente, el gas y la ciencia científica. Por lo menos la fría aventura me ha servido como experiencia para mi fanfic histórico. XD

¡Sigamos con el susodicho!

¿Qué ocurrirá en esta ocasión...? ¡Yo me hago la sueca!

El ceño del honorable ser Thomas se perló de sudor, a la par que la tez se le empalidecía visiblemente. Tuvo la delicadeza de llevarse la mano al bolsillo donde guardaba, perfectamente doblado, el pañuelo con el que se secó la frente. Debía de reservarlo para tales ocasiones. Habiendo perdido así entereza y compostura, no pareció importarle que le temblara tan indecorosamente el labio inferior cuando entreabrió la boca para pronunciar el consabido...

- No puede ser...

Yo me limité a sonreír, tranquilita, condescendiente, en pleno apogeo de estado de superioridad, y fingí mirar por la ventana junto a la mesa del despacho donde nos hallábamos sentados, ofreciéndole de ese modo el tiempo que quisiera para desmoronarse. Fingí, puesto que no miraba más allá del cristal. Estaba entretenida con mi reflejo.

Este es un momento tan bueno como cualquier otro para confesar que estaba atravesando una etapa narcisista. ¿Qué puedo decir? Mi yo masculina había progresado notablemente. Parpadeé ante mi reflejo con dicha idea pululando por mis pensamientos y él me devolvió la verde mirada lleno de satisfecha confianza. El "hombre" del cristal me demostraba una vez más que el dinero no dará la felicidad, pero ayuda mucho.

¿Cómo si no tendría tan buen aspecto aquel caballero paliducho como la blanca leche, aquel sentado de piernas cruzadas que apoyaba la espalda en el respaldo de un aterciopelado sillón color hoja como si fuera suyo? De no ser por el traje negro de corte clásico que le sentaba como un guante, que por cierto era nuevo y no a medida, el contraste de la camisa blanco prístino cuyo cuello cerraba una corbata azul cobalto... de no ser por esa indumentaria en general, la gente diría... Menudo chulito, ¿no? ¡Ah, las apariencias! Con un poco de ropa cara el chulito pasa a ser un señor.

Porque, ¿quién se va a fijar en esa carita andrógina, por no decir femenina, cuando semejante dechado de masculinidad lleva el pelo, adecentado por el barbero, negro brillante peinado hacia atrás con un poco de gomina, pegado al cuello, dejando al descubierto la cicatriz que le recorre la mejilla con orgullo propio de la más primitiva hombría?

¿Quién se iba a fijar en que mis ojos estaban enmarcados por las ojeras o en que había perdido diez kilos entre la infección de la llamada ahora cicatriz hacía ya dos meses y las penurias de las semanas siguientes?

- No tiene pruebas. - el rubor de la furia le encendió el rostro. Apretaba los puños.

- ¿Cree usted que un hombre como yo habría perdido el tiempo presentándose en su preciosa mansión si así fuera? - toma farol, por supuesto que sí.

Dicen que matones y abusones son en el fondo cobardes. Yo, lo soy en fondo y superficie. Una cobardica de tomo y lomo. ¡Pero! sé disimular. No en vano fui la excelente actriz que interpretaba a una villana tras otra en teatro... cuando era pequeña.

Ser Thomas tragó saliva, haciendo que su nuez se bamboleara. Puse carita del más sincero estupor.

- ¡Ay! ¿Qué pensaría esta misericordiosa alta sociedad londinense...? - cruce de piernas - ...¿si se enterasen de sus inclinaciones? Por no hablar de su formidable uso de la fusta y el látigo... dentro y fuera del establo...

Más sudor.

- Haré lo que sea...

Sonreí.

- ¿De cuánto dinero estamos hablando?

A la fuerza ahorcan, el papel de mafioso consumado lo bordaba.

Salí del suntuoso edificio a la grisácea callejuela como una reina, arreglándome las solapas y cerciorándome de que mi suculento cheque al portador estuviera en su sitio. Con eso tenía cubiertos por lo menos tres meses de dispendios, que no eran pocos si tenemos en cuenta que tenía dos casas, una pequeña en los suburbios y otra en mediana en el barrio burgués, además de Gertrudis, una criada muy hacendosa pero no precisamente barata que no se quejaba ni de mis expectativas higiénicas ni de mis requisitos alimenticios de recetario español. Yo es que sin mis tortillas de patata, mi bacalao a la portuguesa y la buena gastronomía ibérica en general no vivo.

¡La información es poder, qué verdad que es! Me iba directa al banco. Aunque no creía que ser Thomas fuese de los que enviaban un asesino a sueldo, menos aún después de la fanfarronada que le había soltado justo antes de cruzar la puerta de su despacho: No se moleste en contratar a un profesional para darme matarile: los conozco a todos. En realidad, el único que se había atrevido en gastarse un dinerillo extra en eso cogió al primer maleante que pasaba. Un hombretón grandote, sí, pero que solo tenía un cuchillito. Bastó con que le enseñara el revólver que siempre llevo encima.

De todas formas, mi reputación me precedía. Todo Londres estaba convencido de que lo sabía todo de todos, que tenía contactos hasta en el lado oscuro de la luna, que era un demonio del Averno y qué sé yo qué cosas más. Mejor no enfrentarse a mí, mejor no mover un dedo si tenías algún trapo sucio que ocultar... y cada homo sapiens, camine o repte por la Tierra, lo tiene.

¿El secreto? ¡Simple! Internet. Gracias a las horas que invertí en esperar a que Cristóbal navegara en busca de algo útil (el periódico de escándalos de la época, fíjate tú, el corazón ha resultado ser útil) y a que mi asombrosamente lenta pulsera me mostrara la información relevante, me dediqué a hacer chantaje a los adinerados aristócratas pervertidos, depravados y corrompidos, nadie muy peligroso. A cambio de un para nada módico precio, guardaba los mismos indecentes secretos que años más tarde se destaparían igualmente. ¡Ja!

Aunque por supuesto, eso no bastaba: una buena imagen era esencial, pese al efecto secundario de mirarme al espejo y acabar pensando en que un día permitirán que nos casemos tú y yo, Narciso del espejo. Y para cubrirme las espaldas, había invertido el primer mes de mi estancia en este sucio paraje perdido de la mano de Dios en entablar amistad con quien más me convenía. Así me hice con la red infalible: los vagabundos y las prostitutas. Ellos me avisan de rumores y peligros, ellos me cubren las espaldas. A cambio, yo se la rasco a ellos, pues somos lo mismo al fin y al cabo. Eran... y son, mi gente. Por ellos mantengo el pisito de los suburbios.

Caminaba a paso vivo cuando me topé con la alegre mirada de un policía de la Scotland Yard, que me saludó alegremente y por ende obligó a devolverle el saludo. Esa era otra. Como esta humilde narradora lo sabía todo, a veces algún agente venía a preguntarme si sabía quién había hecho qué. Eso sí, de tapadillo y a espaldas del comisario. El comisario me odiaba intensamente.

Como no quería interferir ni cambiar la Historia pero tampoco me podía resistir a la propina, le preguntaba a Cristóbal, que hackeaba esto y aquello y accedía a los archivos más viejos de la policía metropolitana de Londres, y tanto él como yo solo dábamos un nombre. Las pruebas que las busquen ellos, que para eso les pagan. ¿Y cómo sabes eso? ¡Ah! ¡Tú me has pagado por un quién! Ahora concéntrate en investigar.

Tampoco estaba mal, me encantan los hombres con uniforme. Por mucho que estos sean un hatajo de machistas asquerosos en general no muy guapos. El uniforme. Con el uniforme se gana mucho, igual que con los trajes caros. Sin embargo, pese al éxito rotundo y a la diversión de la estafa que me mantenía ocupada, me sentía triste. Sola, abandonada, invisible. Para qué engañarnos, bastante triste.

¡Ah, el ser humano! Qué paradójico, qué eterno insatisfecho. A pesar de tantos y tantos y tantísimos esfuerzos por hacerme pasar por un caballerete, por permanecer oculta ya que no desapercibida, la nebulosa del vacío anidaba en mi acolchado pecho. Supongo que mi mayor anhelo era que me consolasen y me mimasen. Y supongo que también por eso me gustaba cortejar a las damas. Qué puedo decir, el cortejo inglés es sosísimo, pero escandalizar conforta.

- ¡Leonardo! - oí tras de mí.

Respingo por mi parte. ¡Tch! ¡Esa voz áspera la conocía! Me giré con una sonrisilla ladeada, emergiendo del ensimismamiento lastimero en el que estaba distraída.

- ¡Smithy! - ¡ja, ja! - ¿Cómo estás, viejo matasanos? ¿No te cansas de perseguir al único paciente que has sanado?

"Smithy", otrora llamado doctor Smith, alzó las cejas y meneó el bigote, pobladísimo por cierto. Mira que era cómico. Por alguna razón que escapa a mi entendimiento, salvo quizá que fuera muy masoquista, desde nuestro primer encuentro se había empeñado en que fuéramos... ¿amigos? No lo sé, el caso es que por más groserías que le soltase cada vez que lo veía acercarse él seguía insistiendo y se me acercaba a la menor oportunidad, ya fuera por la calle, en el banco, en el barbero o en el teatro. ¿Sería un viejo verde que perseguía a jovencitos con la cara marcada? Si lo era, no me extrañaba tanta pesadez. Debía de ser difícil encontrar a alguien que encajara en la expectativa.

- ¿Ve? Don Leonardo es así, tal como le dije: un extraño caso de grosería y cultura. - le dijo a su acompañante. Qué raro, tenía un acompañante.

Oh, sí, me llamaba Leonardo, Leonardo Dantés de Campoamor. No tenía nada que ver con mi verdadero nombre, pero me parecía que quedaba bonito en las falsificaciones. Estuve pensando en llamarme Camilo Sexto, pero me habría partido de risa cada vez que me llamase alguien y así no se puede, se pierde el respeto.

Puede que te preguntes, lector, por qué había escogido un nombre español. La respuesta, como siempre, es simple: podía renunciar a mi sexo y a mi nombre, pero no a mi nacionalidad.

- Ciertamente es parecido a mi compañero de piso, si bien no se le puede calificar exactamente como descortés. - opinó el acompañante.

Fue entonces cuando me fijé en el susodicho, un hombre entrado en años no muy alto (pero más que yo, cosa fácil), ni gordo ni flaco, de facciones agradables, afables, y bigote gris. Cabello muy corto peinado hacia atrás, gris. Traje elegante, también gris, cuya camisa cerraba una cinta atada a modo de lazo. Llevaba un bastón, aunque no parecía necesitarlo. ¡Ingleses!

Un distinguido caballero gris, en resumen. Parecía tan amable a simple vista que me cayó bien en seguida.

- ¡No me lo puedo creer, te has echado novio! - le solté a Smithy, que casi sufre un ictus ahí mismo. El acompañante se asombró y acto seguido se rió. Interesante - ¡Vamos, vamos! ¿A quién me has traído ahora para exhibirme como un mono de feria?

Smithy estaba ocupado con el casi ictus, de modo que el acompañante se apiadó de él y me tendió la mano.

- Doctor Jonh Watson, para servirle.

Pasmada me quedé. De alguna forma logré estrecharle la mano.

- ¿Nos conocemos, por un casual? - dijo el pobrecillo. No era una frase para ligar, es que lo estaba mirando ojiplática.

- ¡Cómo podría usted olvidar una cara como la mía! - contesté señalándome la cicatriz. Era bastante útil para salir de atolladeros, todo hay que decirlo. Por lo menos la distracción me funcionó para volver a la serenidad... no, qué va.

La eminencia se atusó el bigote. Parece que incluso los hitos históricos tienen gestos comunes.

- En realidad, podríamos conocernos de antes. Hará tan solo unas semanas que...

Por suerte la idiota rematada que hay en mí salió al rescate.

- De la guerra de Afganistán, deduzco. - las cejas del buen doctor se dispararon hacia arriba y yo... pues también me vine arriba - Oh, no se sorprenda, doctor. El color de su piel, la forma en que se apoya en el bastón, la mirada vaga, la postura obviamente resultado de la instrucción militar, el modo en el que el ruido de esta calle parece molestarlo como si tuviera los nervios destrozados... ¡es usted un libro abierto! - Sentencié, inventándomelo todo un poco sobre la marcha. Eh, ya que estaba, qué mejor uso de mis conocimientos.

- ¡Qué curioso! ¡Eso mismo me dijo mi singular compañero de piso! ¿Será verdad que lo sabe todo?

- Muy curioso, sin duda. - dijo otra voz tras de mí. Una voz agradable y viril, sin duda, pero ¿es que estaba de moda ponerse detrás del primer transeúnte que vieras a hablarle a la nuca? ¡Mal...!

- Hablando del rey de Roma, Holmes. - di... jo... Watson... - Justamente estábamos hablando de usted.

Empecé a girarme lentamente. No podía ir más rápido. Iba por la mitad...

- He oído hablar mucho de usted... - me clavó la mirada.

La clavó en mi cara de niña. En mi estatura disimulada con las alzas de los zapatos. En mi cuello falto de nuez que hacía lo imposible por tapar. En mis pechos ocultos. En la barriguilla falsa que contrastaba con la delgadez de mis extremidades, por poca barriga que fuese. En... me voy a saltar esa parte. La clavó en mis labios de mujer. La clavó en mis ojos.

- ..."señor". - sonrió.

Ahí fue cuando me uní al club del casi ictus.

Continuará...

¡Espero que os haya gustado el capítulo! Pronto más. Ahora que por fin están sentadas las bases, la cosa irá más rapidita.

Brillante está recibiendo una cantidad de visitas bastante buena, así que estoy como unas castañuelas. XD

6 comentarios:

  1. Hiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!! Y ahora cómo quieres que duerma esta noche?? Ya está? Me parece que Holmes te ha calado a la primera XDD. Tú no dijiste que en este capítulo Holmes salía más? Malvada!! XDDD

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    1. Dije que salía con todas las de la ley, ¡y lo ha hecho! XD

      ¡Muajaja! Maldad pura y dura. Pero pronto sigo, prooonto~. XD

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  2. La cosa mejora, si es que era posible!

    Qué malosa eres, chantajeando a... ilustres... miembros de... muahahahaha, casi consigo fingir que hablaba en serio xDD Dales caña, chica!

    Hum, la cosa se complica... Holmes será la horma de tu zapato? O tú la del suyo? Intriga, intriga...

    Sigue cuando puedas, cuanto antes, malandrina!!! xDD

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    1. No tienes idea de lo feliz que me hace ese comentario. XD

      Oh, pero lo hago sin maldad... para ganarme la vida... ¡JA JA JA JAA! XD

      ¡Dolor de barriga!

      ¡Oído cocina! Todavía queda Brillante para rato... XD

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  3. Yukinoooooooo (>.<)

    Rolamada malvada! Primero no dormía si no leía como mínimo 4 roles nuestros. Y siempre se quedaba en lo mejor...y ahora haces esto? Nos quieres sufriendo...te mandaré galletas algún día a ver si hace efecto ;3

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    1. ¿Estarán envenenadas? Lo digo por prepararme el antídoto. XD

      ¡Traaaanquilidad! Pronto publicaré el siguiente capítulo y... no, no creo que os quedéis nunca tranquilas. ¡Muaaajajajaaaa! XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas