sábado, 17 de octubre de 2015

Brillante 06 - Ay, las neuronas...


Las sádicas profesoras del máster ya han empezado a ponerme trabajos todas a la vez, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no una casa y una gata a las que atender, pero las lectoras cuyas ansias de matar no hacen más que aumentar me suben mucho la moral. Qué puedo decir, me encanta que haya un puñadito de gente esperando ansiosa el nuevo capítulo. XD

¡Sin más dilación...!

Alguien ha perdido la cabeza...

Gertrudis tenía una carita redonda y rosada, el cutis un poco picado por el frío y la toda la piel visible inundada de pecas, rasgo que me recordaba a mi madre. Llevaba el indómito pelo rizado, de un rubio clarísimo, en un moño ceñido a más no poder, pero de él siempre se escapaba algún mechón. Le resaltaba los ojos, grises. Tenía treinta años, aunque aparentaba cuarenta, y curvas generosas, pues era un pelín regordeta. Lucía orgullosa una delantera abundante, las caderas anchas y un no sé qué maternal. También era más alta que yo, mediría 1,75. Desde que la contraté como criada, ama de llaves y un poco básicamente todo, vestía el típico traje de doncella inglesa cofia incluida, que le sentaba como un guante.

Fue la primera de las cinco aspirantes que no me dejó por "amo imposible" o "inadecuado para una dama decente" a los dos días. Yo la adoraba. En parte porque era muy limpia y aseada y trabajaba con ahínco sin protestar ante mi vena antibacteriana paranoide, pero sobre todo porque echaba mucho de menos a mi madre y ella era lo más parecido que tenía a mano. Quería besarle esas mejillas llenas y abrazarla cada vez que la veía, pero la sensatez me lo impedía.

Llevaba sobre sus espaldas un pasado inestable. Por lo visto, se había casado dos veces. El primer marido fue un militar germano que la desposó muy joven en Coblenza, Alemania (huelga decir que Gertrudis era oriunda del susodicho país), para dejarla viuda tan solo un año después de la forma más tonta. ¿A qué pedazo de idiota se le ocurre limpiar la escopeta estando esta cargada? ¡A ese pedazo de idiota! De modo que se quedó viuda y con alguna que otra deuda, que saldó casándose con un no sé qué itinerante, creo que comerciante de algo o buhonero, Gestrudis no quiso entrar en detalles.

Ese segundo esposo resultó ser tan decepcionante como el primero, porque después de hacerle dar vueltas por el ancho mundo como una peonza, la dejó tirada en Inglaterra sin un real en el bolsillo "por una fulana inglesa" (a Gestrudis le encanta despotricar sobre los ingleses y como sabe que soy española no se corta). Cuando le pregunté por qué se sinceraba tanto conmigo, que al fin y al cabo a penas me conocía, me dijo no sin turbación que era importante que supiera que técnicamente seguía estando bajo el sacramento del matrimonio. Supuse que se refería a si me parecía bien que una mujer casada viviera bajo mi mismo techo, así que le dije que no me importaba.

Poco después, un día que estaba pelando patatas después de haberlas lavado a conciencia cuatro veces y me puse a canturrear, ya que a falta de reproductor de música buena es la propia garganta, me pilló entonando una canción de Revólver. ¡Dime túuu! ¡Júrame que no es verdad! ¡Que tu cooorazón no estalla si ella pasa siiin llamar! Y me dejé llevar por el bailoteo y señalé la puerta, donde casualmente estaba ella. Se le cayó la cesta de la compra al suelo. Desde entonces los ojos le hacen chiribitas cuando se atreve a hacerme ojitos y yo le devuelvo una mirada de Soy sodomita

Con todo este circunloquio quiero decir que además de cobarde, soy tonta. ¡Tantos años de creerme inteligente perdidos...!

Y la prueba la tenía ahí mismo: el mismísimo Sherlock Holmes aporreando mi preciosa puerta. Con razón había aceptado tan fácilmente una apuesta que no estipulaba ningún premio si él resultaba vencedor, como que la perdedora iba a ser yo pasara lo que pasara. ¿Que me equivocaba? ¡Mal para mí! ¿Que acertaba? ¡Peor! No, miento. Lo más probable es que me hubiera bañado de un manto de aburrimiento de haberme equivocado, esa habría sido mi victoria, pero fui tan rematadamente tonta que tuve que dármelas de sabelotodo, y ahora él necesitaba descifrar el novedoso y emocionante enigma que suponía descubrir cómo podía estar tan bien informada sin estar en el ajo.

Abrí la mirilla, que más que mirilla era una ventana en miniatura con barrotes chiquitines para evitar apuñalamiento de ojos salvaje.

- ¡Vete! - le... err... imploré. Sí, "imploré".

- Déjame entrar. - dijo él, sereno, calmado y maleducado, atravesándome con esos ojos azules. ¡Vaya un caballero que no hace caso de lo que le imploran los demás!

- ¡No quiero! - soy un dechado de madurez y persuasión - ¿¡Por qué me tuteas?!

- Tú me tuteas. - repuso.

- ...no le voy a abrir, señor Holmes.

- Creo que sí lo hará, "señor Dantés de Campoamor". - susurró su pérfida sonrisa.

Cerré la mirilla de sopetón para quedarme con la edificante visión de mi gruesa puerta de ébano. El muy zorro sabía cómo dar a entender que no me quedaba otra si quería que la naturaleza de mis genitales se mantuviera en el anonimato. ¡Tch! La chantajista chantajeada, te estarás partiendo de risa a mi costa, lector.

Suspiré. Volví a suspirar. Y al tercer suspiro me decidí a dejarlo entrar, cosa que hizo pavoneándose cual nuevo rico. Como ser Thomas antes de exponerle sistemáticamente mi amplio conocimiento de sus vicios. Se iba a enterar. Abrí la boca...

- ¿Señor?

Y me quedé boquiabierta, porque la oportuna de Gertrudis asomó la cabeza por el recibidor. Claro, la había dejado con el puzzle a medio hacer en la mesa del saloncito mientras ella le daba a las agujas con el punto de cruz, le había dicho que ya abría yo, que qué más daba, y entre pitos y flautas se me había ido el santo al cielo. Sin despegarse de la pared, le dedicó a la "visita" una mirada que no supe descifrar. ¿Otra que caía a sus pies? Pues iba a tener que quitarla de en medio.

- Gertrudis, querida, ¿me harías el favor de ir a comprar... arenques? - lo había bordado.

Ante mi típica táctica de evasión, la buena de Gertrudis asintió, cogió la cesta que teníamos la costumbre de dejar junto al paragüero para ir por faena y me tendió discretamente la palma. Le di un par de libras sin saber si estaba siendo rácana o manirrota. Los números no son lo mío. Ella apretó los labios, bajó los párpados, extendió los dedos, me rozó el hombro. Me tensé. Se marchó sin pompa ni ruido. Nuestra despedida habitual.

Sherlock se me quedó mirando, arrugando innecesariamente ese bonito entrecejo.

- Habla usted alemán.

¿Ah, sí? Podía ser, con el traducelotodoinaitor nunca se sabe. ¡Vaya! Eso... eso explicaba muchas cosas. Ay, Gertrudis. Por otra parte, tampoco se iba a morir el señorito por decirme más de dos palabras seguidas, digo yo.

No sabía qué hacer. ¿Le invitaba a entrar, lo llevaba a pasear a la vera del apestoso Támesis y lo tiraba a lo que ellos llamaban "agua"? No sabía, no sabía... Por suerte o por desgracia, el caballero inglés de tan refinados modales se estaba tomando confianzas y ya se había adentrado en mi modesta casita. Ahí lo tenía, observándolo todo con ojos penetrantes, escrutadores. Del puzzle a medio hacer (de un perrito. Vivan los puzzles) al mantel de la mesa, blanco y sencillo, a las alfombras corrientes y molientes, las paredes desnudas, la falta de muebles y decoración...

- No la entiendo. - concluyó.

- ¡Yo a ti menos!

¿Estaría ruborizada? Me sentía ruborizada. Los calores, que se me suben por las mejillas y no hay manera. También había empezado a resoplar, no sé si de indignación o del estrés que me producía a espuertas este hombre. Me desanudé un poco el cuello, ya que estábamos solos y necesitaba algo de aire. Aquel día había decidido disimular la ausencia de nuez con el cuello alto y un pañuelo. Doy gracias a que en este país el clima sea absolutamente pésimo, ayuda bastante si tienes que taparte a la fuerza.

- No presta atención a su vestimenta.

- ¿Perdone?

¿Ahora nos íbamos a poner a hablar de moda? La sombra de una sonrisa revoloteó por su rostro. Oh, estupendo. Iba a empezar a deducirme.

- El cuello y las mangas se ven gastados, pero no creo que el problema sea la liquidez, teniendo en cuenta su "profesión". - continuó, haciendo caso omiso a mi cara de hastío - Sino la falta de tiempo. Y no encontraría un sastre lo suficientemente inepto como para no descubrir los detalles de su anatomía. No puede confiar en nadie, ni en un ama de llaves ni en una criada que le guarden el secreto, a juzgar por la... relación que mantiene con una. ¿Cómo la ha llamado? ¿Gertudis? Sin duda sería interesante conocer su opinión.

Hijo de su madre.

- Ello la obliga a ocuparse de todo. Sumando las caminatas que dedica a sus trapicheos, me imagino que no le dedicará muchas horas al sueño, ¿verdad?

Su voz había ido adquiriendo a lo largo de la perorata un tono burlón. Parecía muy satisfecho de sí mismo. Habría invertido en él mi mirada de desaprobación nivel Para mí estás muerto de no haber estado mentalmente preparada para tanta grosería gracias al papel que interpretaba desde que me había convertido en mafioso sinvergüenza. De modo que las comisuras estos labios míos ascendieron,  las manos se escondieron en los bolsillos con todos sus dedos salvo los pulgares, levanté la barbilla y me limité a escenificar una soberbia chulería. Era mi máscara de ¿y qué?

- Me parece feísimo que se muestre tan orgulloso de poder deducir los detalles de mi vida privada, pero vale, ¿qué se le escapa? - tonito de mmm~, además de morritos - Me pica la curiosidad...

El índice de Sherlock dibujó un círculo en el aire que pretendía abarcar toda la sala.

- Esto no se corresponde con usted. - ya me estaba hartando tanto énfasis en el "usted".

Me llevé la mano al pecho con afectación.

- ¿Quiere que le hable de la práctica hipócrita de las apariencias?

- Es usted vanidosa. - respingo por mi parte - E increíblemente práctica: basta con detenerse en el recibidor, todo cuanto tiene ha de servir para algo. Le gustan los espejos. Sin embargo, se gasta el dinero en fruslerías como puzzles de canes y alfombras baratas. Por otra parte, invierte una considerable cantidad de tiempo en... ¿indagar? ¿Para qué podría necesitar tanto capital alguien como usted? Es un caso realmente muy interesante.

- ¿Gracias?

Hizo un gesto de impaciencia, como reprochándome con retintín que no lo dejase continuar. Levanté las manos como símbolo de rendición sarcástica.

- ¡Oh, perdone la interrupción!

Acto seguido sacó una lupa enorme de vaya una a saber dónde y me la acercó nada más cruzar la distancia que nos separaba en dos zancadas. Impactada me quedé. Y no por comprobar el territorio que podían atravesar esas piernas interminables, sino porque la dichosa lupa apuntaba a mi cara, lo que me obligó a apartarla de un manotazo. El detective asesor exhaló un ruidito indescifrable e inefable, probablemente de fastidio. ¿Me das por imposible? ¡Pues no te acerques! Alzó la mano libre.

Entonces me tocó la cicatriz. Tenía callosidades en las yemas de la mano izquierda, seguramente de ejercer presión en las cuerdas de su instrumento favorito. Fue como si me hubiera arrancado la ropa en público sin mi consentimiento previo.

Solo fue un segundo, pero lo vi. Alzó párpados y cejas, sorprendido, quizá desconcertado, y apartó los dedos rápido, vertiginosamente veloz, como si temiera contagiarse. Habría jurado que se sentía atribulado por la escena de no ser imposible.

Lo vi claro, transparente. Creía que era maquillaje. Estaba seguro de que yo no podía tener heridas de verdad, de que todo en mí era tan falso como mi sexo.

Qué furia se apoderó de mí.

- ¿Qué pasa, hombre inteligente? ¿Tiras la piedra y escondes la mano? ¡Claro! Necesitas una continua estimulación intelectual y no ves más allá del trabajo, por lo que careces del más mínimo tacto. Cuando no te enfrentas a uno de tus acertijos, ¿esa mente tuya da vueltas en círculos, desesperada? Cuando no tienes otra cosa a mano, ¿consumes cocaína?

Me miró a los ojos. Se había puesto serio.

- No sirve de mucho, ¿eh? ¿El violín te sirve para ordenar un poco tanto caos mental?

No alteró esa expresión serena y tranquila de hombre imperturbable que tanto le gustaba poner, pero sus pupilas dilatadas delataron que le había herido en su orgullo. Me puse de puntillas y acerqué mi rostro al suyo... gracias a las alzas de los zapatos.

- Sientes como si te hubiera desnudado ante un extraño, ¿no? - estaba disfrutando, lo reconozco - No te atrevas a escarbar en mi mente ni en mi vida privada.

Dicho esto, giré sobre mis talones y me dirigí hacia el recibidor para abrirle la puerta y que se fuera de una santa vez, pero él no me siguió. Se quedó ahí, plantado cuan largo era, más parecido a un árbol que nunca. Definitivamente no debería de haberlo dejado entrar. Si estás fuera, puedes largarte corriendo sin problemas y dejar a quienquiera que te moleste por ahí tirado, en tu casa tienes que obligarlos a salir. Iba a tener que recurrir a las medidas desesperadas pero innegablemente eficaces.

Volví a su vera.

Me arremangué la manga diestra.

Y le froté los glúteos.

Continuará...

¿Os ha gustado? ¿Disgustado? ¡Vosotras diréis!

Por cierto, cierta amiga de Canarias (ella sabe quién es) me preguntó un día si nuestra protagonista sin nombre era yo. Como le contesté, pues también os merecéis saber la respuesta, que supongo ya sabréis... ¡sí! Hay mucho elemento autobiográfico aquí. Ay, qué egocentrismo... XD

10 comentarios:

  1. Le tocas el culo y lo dejas ahí! Peroperoperopero...."chas chas" látigo va, látigo viene...

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    1. ¡Ay, ay! Mi espalda, mi pobre, desdichada y desnuda espalda... XD

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  2. Jajajajajajaja

    Dios...Jajajajaja

    Yukino...tú no.. tú... le has... Por favor, CONTINÚA!

    Menos mal que estoy sola en casa... se debe de haber oído mi carcajada al otro extremo de España xDD

    Me gusta cómo lo estás llevando, más allá de este inesperado giro de los acontecimientos xDD. ¿Te veré resolviendo crímenes al lado de Sherlock Holmes o haréis lo imposible por desbancaros el uno al otro?

    Ay, que no puedo esperar.

    CONTINÚA xD

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    1. ¿¡Eras tú?! Menos mal, creía que se me había caído el último tornillo que me quedaba. XD

      ¡Gracias! Ya sabía yo que te gustaría el final. ¿A quién no iba a gustarle? XD
      ¡Ah, quién sabe! Tengo ya bastantes problemas en la cabeza (y a Jonh) como para ser su perrito faldero... sí... "perrito"... que por otra parte está muy visto, ¿pero quién sabe? XD
      Pero bueno, en la línea de lo sucedido, pasarán cosas interesantes y espero que inesperadas. XD

      ¡Pero dejad de pedirme que continúe y decidme más cosas! XD

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    2. Yo tampoco descartaría lo del tornillo así tan alegremente xDD

      Por cierto, cómo es la mirada de "soy sodomita"? Como la buena señora tenga un espíritu yaoi escondido, como el mío, eso solamente va a espolearle la imaginación, sobre todo si Sherlock se pasa a menudo por ahí...

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    3. ¡Zas, zas! Látigo va, látigo viene... XD

      Pues es un poco como la escenificación del "¿y qué?", una mirada especial acompañada de lenguaje corporal como coger una pluma y soltarla y esas cosas... XD
      Oh, por Dios, Gertrudis fujoshi. Eso tengo que verlo... y hacerlo. XDD

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    4. Así me gusta, que te vengas arriba y des rienda suelta a tu imaginación xDDD

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    5. Si es que me das alas y me voy, me voy... XD

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  3. Pero cómo te atreves a sobarle el culo a mi Sherlock???? Y ya está? Te paras ahí?? Estoy realmente muy preocupada porque quiero que continues pero también quiero que estudies...una vena 'maternal" que no sé de dónde sale... ah no, ya sé qué es, es maldad pura, como yo tengo que estudiar también quiero que tú estudies XDDD
    Ahora en serio, estaré esperando ansiosa la continuación! XD

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    1. Admítelo, te ha gustado el atrevimiento. XD
      ¡Buena dualidad! Responsabilidad y maldad pura, todo en uno. En fin, hoy tengo que estudiar, pero luego me pondré a escribir como si no hubiera mañana, que tengo tantas ganas de continuar como vosotras, espero, de leer. XD

      ¡Muajajajaaa! Digo, intentaré que la espera no dure mucho. XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas