viernes, 23 de octubre de 2015

Brillante 07 - Pura y dura


No sé qué deciros esta vez, así que vamos al grano. XD

El tacto. El tacto. EL TACTO.

Solo había sido un frotamiento de glúteos, pero era un recuerdo que me ardía en el cuerpo como en la peor novela rosa que imaginarse pueda.

Y es que el trasero de Sherlock era elemental. Había cinco elementos: tierra, agua, aire, fuego y el culo perfecto de Sherlock. Qué turgencia, qué medida exacta y estupenda. Excelente, sencillamente sobresaliente. Me había pasado la noche sin dormir dándole vueltas. Toooda la noche. Y las dos siguientes. Contemplando el techo hora tras hora, el aburridísimo techo en sombras, como cuando era pequeña y me ponía enferma y me tenía que pasar el día en cama haciendo lo mismo, solo que ahora era entretenido porque entre las tinieblas se me dibujaban las bellas nalgas holmesianas. Lo que conllevó que se me acentuaran todavía más las ojeras, mira tú qué bien.

Me sentía atraída por él. No pienso disculparme por ello: soy una mujer joven y sana y no una estatua de piedra sin libido. ¿Quién es inmune al placer de la carne estrujada?

Antes de conocerlo ya estaba seducida. Me había enamorado de la personalidad peculiar que veía en las novelas, y ahora su físico no ayudaba. Total, que no estaba arrepentida del éxito rotundo que tuvo frotar esos esculturales glúteos que provocó que se fuera de mi casa ipso facto una vez me informó de que estaba claro que no había tenido modelos femeninos en mi formación (o algo así, el magnetismo de esas posaderas había mermado hasta mi sentido auditivo)... pero lo echaba de menos.

A lo largo de aquel par de mañanas que se sucedieron al inolvidable acontecimiento táctil lo buscaba en el trasero de Gertrudis, pero no era lo mismo. Tampoco lo eran los de los transeúntes, que o tenían demasiado o habían nacido sin pandero. Incluso le eché una ojeada al de ser Thomas, que al fin y al cabo era más o menos atractivo, un día que me lo crucé por la calle y este cambió de acera y huyó a paso vivo, despavorido, y seguía sin ser lo mismo. La desesperación ascendió tanto que llegué a palmearle el trasero a la señora de Smithy en misa (a veces iba a ver qué se cocía) para que me arreara aquel tortazo que poco más y me deja en el sitio, pero ni así conseguí olvidarlo.

- Señor Dantés... - susurraba la muchacha.

Y ahí estaba yo ahora, disfrutando de ese rarísimo día bañado por la tenue luz del cielo que los ingleses llaman "día soleado" y a los españoles nos parece más bien que está nublado, apoyando la enguantada mano en los ladrillos rojizos que ofrecía la pared del edificio de esa esquina poco concurrida, sin importarme que se me manchara el cuero negro del guante porque me sentía protegida de virus virulentos.

Frente a mí, espalda contra la pared, estaba la muchacha. Con los ojos bajos, medio cubiertos por el sombrero que adornaba su regio recogido, que se empeñaban en distraerse en el pañuelo que con el que jugueteaban sus manos. Estas, también manteniendo la temperatura con unos bonitos guantes blancos aparentemente de seda, hacían malabares acrobáticos dignos de estudio con el trozo de tela. A juzgar por el movimiento, estaba satisfecha con sentirse acorralada a la par que la lisonjeaba.

Ni idea de cómo se llamaba, por cierto. La verdad es que apenas la recuerdo, a parte de su palidez y su pelo ensortijado color oro viejo, características que coincidían con la mitad de la población femenina por aquellos lares. Una más de mis conquistas. ¡Oh! ¿Qué acaba de decir esta tu descarada narradora? Pues sí, tenía conquistas.

Pensarás, amado lector, que si las tenía era por afianzar mi papel y tapadera, y tendrás razón. Tener fama de mujeriego es prácticamente lo único que justifica que un caballero se gaste el dinero en perfume, aceites, jabón, sales de baño y cepillo de dientes. La higiene me traía de cabeza, esa es la verdad. Pero también lo hacía porque soy de la opinión de que es un desperdicio travestirse y no probar suerte con el mismo sexo. ¡Te sube la moral!

El resultado fue que gozaba de moderado éxito entre las damas. Un tercio me despreciaba por grosera y poco masculina, a otro tercio le agradaba por mis bienes y/o la frescura que ofrecía a la monotomía de sus vidas el mafiosillo inofensivo (a esas las enloquecía mi cicatriz y verme comprar), y al último les gustaba yo, mi raruno, exótico atractivo, la nacionalidad española y las palabras que les dedicaba, el 90% extraídas de canciones que no saldrían hasta dentro de muuucho tiempo. A la porra el copyright, ¿quién iba a denunciarme?

- Tu amor es como el río que baña el cuerpo. - le susurraba al oído - Es como un remolino que va creciendo. - se sonrió - Tu amor es el perfume que trajo el viento. - se dio aire con la mano abierta - Si te vas a marchar... llévate antes mi cuerpo.

La segunda mención del cuerpo fue un clic que la llevó a alzar la vista y mirarse en mis pupilas. Yo pensé en lo preciosísimo que era su vestido blanco, qué elegante y qué bonito, con esa chaquetita y el bolsito a juego. A alguien le habría costado un ojo de la cara.

- ¡Leonardo Dantés!

Otra voz a mis espaldas que me interrumpe en pleno divertimento. ¿Es que no puede pasar un solo capítulo sin que me llamen la atención? Giré la cabeza. Era Watson. Pues parece ser que no.

- ¡Jonny! - me despedí de mi muchacha con el besamanos, le envié besos aéreos mientras me iba a saludar - El mundo es un pañuelo, ¿eh?

Watson estaba colorado de puro contento de verme. Y fruncía el ceño, llenándose la frente de arrugas. Hay gente que no sabe expresar la felicidad.

- ¡Cómo puede hacerle esto a Gertrudis! - chilló.

Madre mía, había visto a John Watson chillando como un cochinillo. Un segundo, ¿qué?

- ¿Quién es esa? - inquirió la conquista anónima, acercándoseme ahora sin reparos para aguijonearme con su índice acusador.

- ¿Eh?

Hay ocasiones en las que las cosas suceden más rápido de lo que mis procesos neuronales pueden asumir.

- ¡Leo! - chilló la histérica sin ningún motivo, pinchándome con su dedo huesudo. Se había formado un corrillo a nuestro alrededor. Llegados a ese punto yo ya no entendía nada.

- Mi... mi criada.

- ¿¡Me la pegas con una criada?! - ¡qué agudos tan altos...!

Algún listillo del corrillo lanzó un silbido. El detonante.

¡PLAF! Ayyy...

Ella se alejó dándose aires, el corrillo se dispersó. Yo me quedé frotándome la pupa y lanzándole una mirada desapasionada al culpable de todo. Alcancé a oír un ¡Qué les dará! El momento para dar rienda suelta a su agresividad, supongo. Dos tortazos en una semana, estaba en racha. Menudos bofetones propinan estas señoritingas de manos finas que se desmayan por la estrechez del corsé. Roja e hirviendo se me quedó media cara. Y no había ¡ni una! que no me la soltada en la mejilla de la cicatriz. ¡Qué dolor!

- ¿A qué ha venido eso, Jonny? ¿Ya le ha ido Smithy con el cuento de que Gertrudis es mi amante? Es mentira, hombre. - Watson se cruzó de brazos - Y aunque no lo fuera, a usted no le incumbe...

Se puso aún más rojo. Qué sorprendente, no tenía esa imagen de él.

- ¡Sí cuando el don Juan de Londres se propasa con la mujer de un buen amigo!

¡Oooh!

- Era una broma, caray. Ya me arreó la señora, no creo que haga falta inflar el asunto.

- El doctor Smith no opina lo mismo.

Sigo convencida de que Smithy estaba enfurruñado por no haberlo sobado a él. No había visto al doctorcito desde aquella misa... Si lo llego a saber, me propaso antes. Reflexiones prácticas a parte, la conversación no llevaba a ningún sitio, de modo que hice lo que hago siempre que alguien con quien no se puede discutir se pone a entonar la perorata y le dejé desahogarse. Soy muy buena tratando con iracundos y quitándome de en medio. Mientras tanto... ni a la derecha, ni a la izquierda. Ni arriba ni abajo. Ni delante...

- No está aquí.

- Discúlpeme. - le sonreí - No suelo prestar atención a los recién conocidos que pretenden sermonearme.

Se puso muy digno.

- Me refería a Holmes. Parece estar buscándolo. - Oh. - En estos momentos debe de encontrarse en la comisaría de la Scotland Yard. - ¡Oh!

No es necesario que describa lo que hice poco después, ¿verdad?

Las comisarías de la Scotland Yard son por lo general... poco ordenadas. Por lo menos a la que yo solía ir a horas intempestivas cuando algún policía me llamaba de tapadillo. Los agentes tienen tanto trabajo que no suelen preocuparse por ordenar los montones de papeles ni otra cosa que no sea tener bien puestas y asignadas las mesas y las cachiporras. De cualquier forma, no vale mucho la pena que me mate a describirte ese Edén de uniformados, lector misericordioso, pues las oficinas del susodicho están permanentemente bañadas en la niebla espesa del humo del tabaco. Todos fuman como carreteros como si les fuera la vida en ello (irónicamente).

Estaba ahí plantada ante la puerta, liándome el papel de fumar que usaba para disimular cuando entraba como informante, que un hombre que no fuma entre tanta chimenea destaca y a mí como que no me conviene, aunque la verdad es que a mi salud tampoco le convenía respirar eso y a veces me sorprendía planteándome fumar sin más para dejar de ser tan pasiva y enroncar mi voz. No sabía si entrar. Aunque me encontrase con el dueño de los glúteos que me quitaban el sueño eso no significaba que me lo fuese a quitar de la cabeza, ni que pudiera apreciarlos entre tanta humareda.

Por otra parte, sería mejor que el comisario no me viera por ahí. No tenía muy claro por qué, pero me aborrecía con todo su ser. Lo que es odio puro.

- ¡El español! - exclamó exasperada una voz rota por el uso y abuso de tabaco a mis espaldas. Nadie, absolutamente nadie me habla a la cara.

Ah, sí, el típico racismo inglés, aunque él era de ascendencia escocesa. Mira que tenía cosas entre las que elegir, y me odiaba por española. ¡En fin! Me metí inmediatamente mi cigarrillo falso, nunca encendido, en la boca.

Antes a mis espaldas, ahora ante mi perfil, se hallaba el curioso caso de un madurito interesante. Lo cierto es que si no veía a Sherlock, bien me valía él para regalarme los ojos. Tan alto como el dueño del culo perfecto, pero más corpulento, musculoso, y por tanto con menos pinta de árbol caminante. Con el corto pelo castaño oscuro de tonos rojizos a la luz del sol y la barba pelirroja bien recortada. Apenas cuatro canas. Las cejas, pobladas, la nariz un pelín torcida, defectillos que a mis ojos le hacían más viril si cabe. Y esa boca poderosa, esos iris verde oscuro con matices azulados, ese moreno de playa inexplicable por toda la piel. Puestos a que me detengan, no me importaría que él me esposara... Mi cuerpo estaba en modo reprodúcete ya, no me juzgues, lector.

- Comisario Trent O'Brian, siempre es un placer verlo. - pero PLACER mayúsculo.

Me atreví a dirigirle la palabra porque tenía que seguir con mi papel de matasiete pasara lo que pasara, que si no ni despego los labios. Por eso, y porque tras él estaban cuatro agentes, tres de los cuales se consideraban amigos míos porque les había dado nombres de sospechosos antes (amigos hasta en el infierno, y si les ayudas con su carrera y se convierten en perrillos leales, mejor) articulaban en silencio un "¡Eh, Leo!" y me saludaban con la mano sin levantar el brazo, como dándome ánimos. Tanto atractivo desaprovechado en semejante cara de mala leche, con razón los tenía a todos firmes.

- ¿Qué coño haces aquí? - ladró.

- Esa boca, comisario, ¡qué pensarán las damas que paseen por aquí delante!

Trent lanzó una ojeada a ambos lados de la calle, cerciorándose de que no pasaba ni Dios, y luego sentí cómo un rayo partía mis vértebras con el poder de sus ojos fulminantes.

- ¿Voy a tener que repetirme? - amenazó, moviendo esos carnosos labios que la genética le había dado para amedrentar a todo bicho viviente.

Los agentes temblequeaban. Mis piernas querían imitarlos. ¡No puedes temblar, cuerpo estúpido, se supone que perteneces a un sinvergüenza sin miedo ni nada! ¡CONTROL! Logré sonreírle con desfachatez. ¡Sí! Mil merecidísimos puntos para mí.

- He oído que el autoprocalamado detective asesor se ha pasado por aquí hoy, comisario... no he podido contener la curiosidad.

- La curiosidad mató al gato, chaval.

- Entonces debe de resultarle difícil hacer su trabajo.

Los agentes de atrás hicieron cara de ¡uuuuuh! Me tuve que apoyar en la puerta para evitar que a las rodillas les diera por fallarme. Trent me apartó de un soberbio empujón que me habría tirado al pavimento de no ser por la amalibilidad policial restante que a él le resbalaba. Los seguí dentro, porque aunque no encontrara allí a quien buscaba el sucedáneo ya estaba presente. Ese hombretón me suministraba una extraña mezcla de adrenalina, miedo y lascivia.

La humareda me envolvió por completo. Traté de evitar toser y dispersé una ínfima parte con la mano. Tenía los ojos entrecerrados... pero le vi. Vi su abrigo negro sin bufanda, su cabello revoleado y, cuando viró el perfil, esos ojazos que me atraviesan. Como para no verlo. Era un gigante delgado en medio de un poblado de enanos. Despegué los labios, pero no me dio tiempo a decir esta boca es mía.

- ¿¡Quién te ha dado permiso para entrar?! - vociferó... ¿quién si no el comisario?

Aif, la inquina... Intenté no taparme los oídos por mucho que estos me suplicasen que los protegiera de tan desproporcionado ataque. Por suerte, la ira de Trent O'Brian fue desviada a sus subordinados, que salieron en mi defensa.

- Con todos mis respetos, mi comisario, si el señor Holmes puede estar aquí, con más razón puede estar Leo.

- ¿¡"Leo"?! - ni idea del motivo, le molestaba el apelativo - ¿¡Tengo que repetiros en calidad de qué está aquí el señor Holmes?! ¡Y con todas las de la ley! No como este... españolito que me coláis aquí, que os pensáis que no me doy cuenta. - se le llenaba la boca con mi procedencia.

- Dantés es mucho mejor informante que este "detective". - ¡mis valientes! - ¡Él no nos humilla! No nos restriega lo que nos pasamos por alto, se limita a ofrecernos su colaboración. - sonrisita petulante por mi parte para Sherly.

- Y no os cobra, ¿verdad?

- ¡Eso...!

Pese a que probablemente debería de haberme embargado la gratitud al ser testigo de tal despliegue de camaradería interesada (bien sabía que a más de la mitad les era indiferentes: me estaban usando de excusa para quejarse de Holmes), les dejé con su debate laboral y paseé mis ojos por la sala hasta posarlos en mi objetivo.

¡Ah...! ¿Estaría proporcionado ese hombre? Me di cuenta de que hasta entonces no le había contemplado como es debido, de arriba abajo. Deseé vivamente que se girara. Como no lo hizo, comencé a fantasear con los diversos usos que se le podrían dar al mobiliario circundante. Y en un trío con Trent. Y en un dúo entre Sherlock y Trent. Trentlock. Mastiqué la punta del cigarrillo...

Solo con eso mi cerebro ya había alcanzado la paz mental que me pedía (una, que tiene una imaginación muy práctica), de modo que pensé en aprovechar que la discusión seguía en su punto álgido para escabullirme discretamente, pero ¡ay! Holmes se aproximó hacia mí. Tanto va al cántaro a la fuente que al final se rompe.

- Se le han dilatado las pupilas.

Me lo quedé mirando.

- Será que he fumado opio. - murmuré con la voz entrecortada. No por nada, es que hablar con el cigarrillo medio masticado no era cosa fácil. Puesto que tenía ya por costumbre intentar descolocarlo con mis conocimientos sobre su persona, hice memoria - Qué, ¿haciendo uso de sus conocimientos prácticos de las leyes británicas, buen señor?

El recelo le pintó el rostro.

- El "señor" es muy observador...

- Me limito a mirar. ¿Sabe cuán alta comunicación se logra con la sola mirada? Con ella se aleja y se atrae, se promete y se amenaza, se reprende y se da aliento, se ordena y se veda, se fulmina y se previene, se ríe y se llora, se pregunta y se responde, se concede y se niega. El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada.

Como para demostrárnoslo, nos miramos largamente el uno al otro. Creo que empezamos un combate de miradas de forma implícita.

- ¡Cacheadlo!

Casi estampo la cabeza contra el techo. No sé cómo reaccionó Sherlock.

- ¿Perdón?

- Si te piensas que voy a permitir que un delincuente entre con armas en mi comisaría es que has ido a colocarte al fumadero.

Diría que me puse la máscara de ira agresiva de no haber estado enfadada de verdad. Bastante me había esforzado yo en enterrar mis ilegalidades como para que ahora viniera el racista de turno a desmontarme el tinglado por mera xenofóbia. Por no hablar de que un cacheo lo desbarataría todo. Tiré el cigarrillo al suelo de un solo movimiento brusco y lo pisoteé con fuerza, que dejara mancha.

- ¿Tienes pruebas de mi delicuencia? No. ¿Llevo armas que no estén en regla? - abrí mi chaqueta, mostrando el revólver - No. ¿Tienes derecho a cachearme? No.

Los músculos faciales se le movieron para gesticular alguna tontería sobre que ahí mandaba él, pero no le permití decir ni mú. Levanté la mano en alto, señal de stop.

- Me largo. - énfasis ante todo.

- ¡De aquí no te mueves hasta que confisque esa pistola, piltrafa española! - golpe de puño cerrado a la mesa más cercana.

Arranqué el dichoso revólver y lo estrellé contra la misma mesa, dedicándole mis ojos fulminantes. Nos medimos en silencio, cara a cara, rostro a rostro a pocos centímetros del otro. Estaba tan cerca que se hacer sido alta le habría podido morder una oreja. Trent quería pelea. El detective asesor nos analizaba en silencio como si fuéramos una anomalía estadística. Algunos agentes miraron hacia otra parte, otros siguieron con lo suyo, otros sudaron, un par vocalizaron sin pronunciar palabra que pusiera pies en polvorosa. Y eso hice, no sin antes despedirme de Holmes con un nuevo mote planeado al dedillo para molestarlo.

- Locky. - despedida con la cabeza.

- Leona. - ídem.

Vaya. Esa abreviatura consiguió descolocarme a mí.

Salí rápidamente de la comisaria y me alejé, admito que con la esperanza de que él me siguiera. Doblé una esquina y, de pronto, sentí sus pasos. Agradecida, ilusionada, me metí en un callejón en sombra para ver si le daba un susto en cuanto él también se metiera y yo me diera repentinamente la vuelta. Esperé uno, dos, tres segundos... ¡y vuelta!

No era Sherlock.

Tenía un cuchillo.

Continuará...

Si es que el trasero de Sherlock mueve montañas... XD

¡El próximo capítulo será interesante!

10 comentarios:

  1. Uuuuh. Siempre lo dejas en lo más intetesante malditaaaaa. Muuuuy mal (pero me encanta :3)

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  2. "Comencé a fantasear con los diferentes usos que se le podrían dar al mobiliario" eso suena a mueblesexualidad XDDD
    Cómo se te ocurre dejar el revólver? Y ahora que vas a hacer con ese cuchillo?? Sigue, sigue....

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    1. ¿Un trío con Sherlock y la mesa? No suena mal. XD
      Es que Trent me saca de mis casillas... ¡ya veremos cómo salgo de esa! XD

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  3. Me he reído lo que no está escrito, en serio xDD. ¿Quién iba a pensar que unos glúteos darían tanto de sí?

    Entonces, por lo que entiendo, la criada y la señora de Smithy comparten nombre o es que Watson tiene alma de tabloide británico y quiere enterarse de todo?

    Me ha encantado la escena de cabreo máximo con ese Trent, y eso por no hablar de su descripción... Hum... no tendrás por ahí alguna foto/dibujo del aspecto que tiene en tu cabeza exactamente, no? xD

    Veremos una nueva herida, un rescate inesperado o Leonardo Dantés va a huir a toda prisa? Sabe Sherlock que Leona (graooorrr!!!) le debe una bufanda nueva?

    Sigue escribiendo así de bien, por favor! Y a ver si te animas también con algo que no sea fanfic (o ya tienes por ahí subido en algún lugar algún relatillo?), que con ese arte para describir situaciones y personajes, te saldrá algo cojonudo xD

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    1. Supongo que solo una pervertida como yo. XD

      ¡No, no! A la señora no se le conoce nombre. Watson cree que le soy infiel a mi amante Gertrudis con cualquiera y que encima voy por ahí sobando traseros ajenos. XD

      ¡Me alegro de que te haya gustado! Trent ha sido una inspiración de última hora, al principio el comisario no estaba lo que se dice para mojar pan. Y además Trent guarda un secreto...
      Pues como no te lo dibuje yo... XD

      ¡Aaaaah...! XD
      Ja, ja, te ha gustado el mote, ¿eh? XD
      ¡Qué va a saber, este Sherlock es un descuidado! XD

      Ay, que me ruborizo toda... gracias por semejante perla de comentario. =///=
      Bueno, esto ya es prácticamente una novela por capítulos. Estoy muy enfocada en Brillante... Pero cuidado con lo que deseas, si quieres que haga otras cosas tendrías que esperar más por los nuevos capítulos, ¿lo sabes? XD

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  4. Por cierto, mueblesexualidad! Cierta reina de Ferelden estará TAN orgullosa de ti xDD

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  5. Respuestas
    1. ¡Uy, comentadora nueva! o^o

      ¡Estoy en ello! XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas