martes, 28 de junio de 2016

Brillante 22 - Escándalo


¡Escándalo! ¡Es un es-cán-da-lo! ¡Esta es mi última semana de trabajo! Ahora tendré que centrarme en el TFM...

Dejamos al terceto sin cuerda de Sherlock, Watson y Leona a punto de "reconstruir el recorrido de la vícitma" asistiendo al teatro. ¡Las oportunidades hay que aprovecharlas y nuestra protagonista lo sabe mejor que nadie!

Binoculares ¡para verte mejor!

Los binoculares son algo fascinante. Vienen a ser unos prismáticos con un palo, algo que al principio puede parecer esnob a la par que rudimentario, pero que en seguida te percatas de que tienen algo que los prismáticos no: están socialmente aceptados. Dentro de la urbe. Desde nuestro palco "privado" era perfectamente libre de fisgonear a ver qué hacían los vecinos, que a su vez atentaban nuestra privacidad con este sofisticado artefacto del acoso permitido.

¿Y qué más daba? Al fin y al cabo esa gente no venía a ver el espectáculo, venían a mirarse los unos a los otros. Bastaba con fijarse en cómo estaba dispuesta la sala y, en especial, los palcos: no miraban el escenario, miraban a los espectadores de en frente. Todos vestían las mejores galas con que pavonearse, todas las damas resplandecían en un estallido de joyas, telas refulgentes y oropeles, se abanicaban, sonreían y se deshacían en coqueterías.

El gentío y la estufa se encargaban de caldear el ambiente, pleno invierno en la calle, hasta el sofoco. El movimiento era constante, no había minuto en el que no se escuchara el quedo rumor de la conversación ni momento en que no se entreviera a un caballero, joven o viejo, levantar las posaderas de la butaca para ir al encuentro de amigos de otro palco o visitar a alguna dama... y lo que no es una dama. Bullicio, calor, luces, color, expectación, todo lo que caracteriza el buen lugar de reunión social.

Como la iglesia, nadie se interesaba por la homilía. Así se lo hice saber al reputado miembro de la ciencia médica que se sentaba a mi lado, en nuestro palco de asientos y cortinas de terciopelo rojo. Me llamó blasfema e intercambió el sillón con su amiguito Sherlock. No entiendo por qué tanta paciencia con uno y tan poca con otros... o mejor dicho, prefiero no entenderlo. A ver si iba a tener que presentarle a Mary yo misma.

Llevo tanto tiempo aquí (¿cuánto? A ver, que cuente con los dedos... alrededor de cuatro meses) que a veces me olvido de que vengo de otra época, de que esta rebosa y burbujea una vida totalmente desconocida y pintoresca, derramando emociones. No me culpo. He estado muy liada entre la supervivencia, la obsesión económica, el machismo agobiante y las interacciones con personajes históricos célebres, sin olvidar el detalle de crearme una reputación. No es raro que me pierda la cara reluciente de la moneda. ¿Quién me iba a decir a mí que los británicos sabían divertirse?

El dúo dinámico estaba... distante. Aquella no era precisamente su salsa marinera, claro que habían venido por lo que habían venido, esa cosa llamada obligación aderezada con un poco de manipulación por mi parte. No sé para qué me necesitaba el sabueso londinense, pero me necesitaba. ¡Llámame oportunista, arrimé el ascua a mi sardina!

Por supuesto, no soy tan tonta ni tan ilusa como para levantarme unas expectativas tan fantasiosas que me convenzan de que anhelaba mi compañía o mis indecentes huesos, ni tampoco de que le habría gustado que abusara de él en su estado estupefacto de estupefacientes y venía a por más en plenas facultades mentales. Como mucho podría conceder que le resulto divertida.

Watson, tan serio, tan solemne, tan tieso, mantenía la vista pegada en el escenario, donde dos galanes repeinados se batían en duelo por una mujer vestida de escarlata, colocadita en su rincón tras un arbusto de atrezo, que se rasgaba las vestiduras para luego mesarse los cabellos ahí mismo, tirada en las tablas, como debatiéndose entre quedarse en su sitio o interponerse entre los hombretones al grito de: "¡Basta! ¡Me casaré con los dos!".

Se me pasó por la cabeza la cómica imagen de Sherlock vestido igual mientras el doctor y servidora asumían el papel de galanes. Y se me escapó la risa, lo confieso. El buen doctor no se dignó a girar esa cabeza ni un centímetro, al parecer solo merecía su mirada cuando iba de buscona por la vida. Sherlock era diferente, alzó una ceja y me miró. ¿Y yo qué hice? Pues lo lógico y natural, aprovechar.

Le guiñé el ojo y emplacé la zarpa sobre muslo ajeno, tan campante. Detectivesco y prieto muslo, afafaf. Acto seguido miré a otra parte, no sin antes ver cómo reaccionaba él. No movió un músculo facial, no fuera a mostrar alguna respuesta emocional, pero ¡ah! ¡Dio un respingo! Si es que da gusto acosar a estos señoritingos ingleses. Quise ascender el montículo, inicié el ascenso arrastrando la caricia para arriba, donde la cumbre reposaba y esperaba mi llegada... ¡casi! Me llevé un pellizco poco antes.

- Llevamos aquí veinte minutos. - ¡Jonny abrió la boca!

- Jonny, cuenta usted entre sus virtudes una excelente capacidad de percibir lo obvio. - repliqué antes de que Sherly abriera la suya.

- ¡No me hable como si fuera Holmes!

¡Por fin me ponía los ojos encima! Le sonreí abierta y encantadoramente, él meneó el bigote por quinta vez consecutiva aquel día, enfurruñado a más no poder. En cierto sentido, se parecía a la señora de Smithy. Sin duda tenían en común su colosal repulsión por mi persona.

- ¿Qué hacemos en este lugar a parte de perder el tiempo, si me permite la pregunta? - bailoteo de cejas por mi parte, incomodidad a ojos vista por la suya - No me negará, dada mi capacidad perceptiva de lo obvio, que esto poco o nada tiene que ver con el caso.

- ¿Cómo que no? ¡Que se lo explique Sherly!

- ¿¡Sher...?!

- El "señor"... - intercedió el rey de Roma mientras el médico se atragantaba con la saliva y el estupor - Usa las hipotesis a su favor.

- Vamos, que barro para mi casa, como todo fulano, mengano o zutano sobre la faz de la Tierra. ¿No te te ocurre una defensa mejor?

Sherly puso cara de ¿Defensa?, Watson seguía tosiendo.

- Forzar un cerebro sin suficiente material es como forzar un motor, se rompe en mil pedazos.

¿Por qué no puedo mantener una relación normal con alguien normal? Porque soy masoquista. Procedí a propinarle enérgicas palmadas en la espalda al pobre Jonh, cuyo rostro arrasado en lágrimas del esfuerzo de desgañitarse había comenzado a mudar de encarnado a bermejo chillón. En un par de minutos el tosido cesó, algo me dice que con tal de que dejara de zurrarle. Jarabe de palo, ¡es muy efectivo! 

Arrimé la boca a su oído.

- Don Detective Asesor tiene su red de vagabundos... Yo cuento con una aún mejor. - me separé - ¿No le parece suficiente motivo como para que se necesite a alguien como yo? Venga, se lo mostraré.

- ¡No pienso ir a ninguna parte con usted! - mucho asco en el usted.

- Tranquilo, no soy sodomita. - casi se me desfallece ahí mismo con la sola palabrita, remilgado de las narices - ¡Oh, venga! ¿Por qué me tiene tanta inquina?

- ¿Por qué? ¿Me pregunta por qué?

Incluso estando como estaba Holmes aislándose por voluntad propia de la discusión, ambos le echamos una mirada que se podría traducir exclusivamente como Es usted muy obvio, señor mío.

- ¿Realmente espera que me mantenga impasible ante el rufián que le ha roto el corazón a la hija de un buen amigo? - ¡conque por eso sabía lo de la reunión tetera! - ¿Tan hipócrita me considera?

- ¿No se basa en eso la cortesía inglesa? - ojos caídos para ti, Jonny.

- ¡Y pensar que al principio me pareció una persona agradable!

- ¡Por el amor de Dios, Watson, a este lo conoció dándole latigazos a un muerto! - dedo acusador al sabueso.

- ¡Él no deshonra Londres con líos de faldas!

- ¡AÚN!

Me habría gustado seguir con el debate vocinglero para echarle en cara al británico cada uno de los trapos sucios históricos de la pérfida Albión para que viera que Inglaterra ya se deshonra ella sola en pasado, presente y futuro, pero me lanzó el panfleto de la obra a la cara con un gesto que bien podía significar que me hubiera lanzado la butaca de haber tenido fuerzas. Tras un par de resoplidos, cuatro miradas iracundas y un arrugar de manos cuando me burlé de sus supuestos "nervios destrozados por la guerra", salió como una exhalación al grito de: "¡No pienso permanecer junto a este sinvergüenza ni un minuto más!".

- Espero que sea más tranquilito en casa, o la imagen que pretende dar en sus memorias no se atendrá lo que se dice mucho a la realidad. - no pude evitar comentar.

- Puedo asegurarte que eres única alterando almas.

Estando a solas me tuteaba, uh~... Los espectadores (y creo que también la actriz) clavaban la vista en el palco del numerito. Corrí la cortina de terciopelo, me cubrí con ella, le lancé una mirada empapada de dulzura, salpicada de lujuria.

Sabía que estaba guapa. La coletilla atada en lazo de nudo azul despejaba mi cara, impecable con cicatriz o sin ella la última vez que había echado la vista al espejo. Las negras hebras del flequillo decoraban la palidez, aquel día tenía los iris de un azulado más intenso dentro de mi verde, el frac me sentaba como un guante, la hoja de hiedra que lucía en la solapa era la guinda que demostraba... que me saco más partido como hombre que como mujer.

Estoy bastante segura de que pretendía hacer algo más que quedarme ahí de espaldas a la aterciopelada cortina, pero ¡no me acuerdo! Por no acordarme, no me acuerdo ni del teatro ni de la obra escenificada. Todo tiene su razón de ser, y la mía fue que no hube de ser yo quien fuera al amado, sino que el amado vino a mí.

Se alzó cuan largo era, fulminando con esos ojos de hielo el alma mía. Se acercó, dos zancadas. Con parsimonia de tortura inquisitorial aquellos brazos tan bien enfundados en innecesarias mangas, largos y esbeltos, me rodearon. Cerré los ojos sin pensármelo, a los dos segundos los abría como platos.

Mi mitad superior reposaba entre sus brazos. Sinceramente, creí que iba a estrangularme. ¿A qué venía ese contacto físico?, quise preguntarle al mover espasmódicamente la cabeza para buscar sus expresiones. Él también estaba moviéndola y girándola y acercándola y alejándola como si analizara parámetros espaciales.

Me plantó un beso.

En la boca.

Cabría esperar que me mudé para siempre al club del casi ictus como miembro permanente, ¿a que sí? Pues lo que hice fue poner el piloto automático corporal. Ni un solo pensamiento, ni oportuno ni inoportuno, molestó en aquel intenso labio a labio privado.

La sabiduría carnal cumplió su cometido. A párpado cerrado sentí mis uñas clavarse en sus hombros, estrechando el alto talle a mi enana figura deseosa. Jamás gocé tanto de los cinco sentidos, jamás el tacto me pareció tan útil. Quería palparlo todo. La saliva se mezclaba al tiempo que enredaba los dedos en las ondas de ese cabello y pasaba la otra palma por pectorales, vientre, ombligo, piel que solo se separaba de la mía porque la dichosa ropa se interponía. Sentí el imperioso deseo de arrancársela cuando la dentadura recién explorada me mordió el labio.

Jadeé al despegar la ansiosa boca. Gemí al notar la separación. Me dejé caer de rodillas para recobrar un mínimo de aliento, pero ni le miré ni le examiné la cara como siempre hacía para leer en ella. Estaba borracha de mis sentidos. ¡Qué miseria no reviviría por repetir aquel placer!

- Ser Richard yacía en el suelo en postura bla bla los cortes bla bla bla arma blanca bla bla huellas bla bla bla pequeña estatura, como tú. - ¿mande?

- ¿Afarfarf?

- Muéstrame esa red tuya.

Jadeos varios después me llegó la información. A parte de la crueldad de pretender que mi cerebro rindiera igual que instantes antes, más o menos percibí la manipulación. Lo que realmente me quería decir era: ahora que ya estás satisfecha, ¿vas a serme útil? Pero no estaba satisfecha, lo que estaba era muy acalorada y más roja que la grana, eso era poner la miel en los labios y lanzar el tarro al río.

- ¿Me dejas palparte los glúteos?

Frunció el ceño, desagrado plasmado. Y mira que me había comedido y había dicho palpar en lugar de estrujar.

- ¿Ese es el aspecto que ofrezco cuando hago uso del narcótico? Debe de ser muy lamentable.

Qué hijo de su madre, otra noche en vela pensando en el bendito trasero. Menos mal que me abrazaba a Trent esposado noche sí, noche no, noche sí sí sí, noche no no, para olvidarme de uno, acordarme del otro y desatar la pasión. Ahora que lo pienso, no tengo claro cómo andaba el brazo fortísimo de la ley a diario.

Me arrastré medio ahogada de calor para luego levantarme e internarme en los pasillos, intentando coger aire fresco en vano. Sherlock iba detrás, a la zaga. ¡Qué calor! ¡Cuantísimo calor, y yo con el frac a cuestas! Sentía el ardor de las mejillas arreboladas. Demasiado impacto para el corazón, que bombeaba alocadamente, aturdido y confundido y sin saber qué había pasado aquí.

Eché un ojo atrás y vi que sonreía. Le fui a soltar un tortazo... lo esquivó. Fue bastante patético, como ver a un pomerania ladrándole a un mastín: es de cajón que no va a funcionar.

- ¿Sabes lo que creo? Que si has hecho lo que has hecho es porque has querido, ya me dirás qué necesidad tenías, con pedirme bien las cosas basta, y no te atreverás a alegar que ha sido por el bien de mi concentración, no podría estar más desconcentrada. ¡Ay, Dios, que es lo que pretendías, dejarme más alelada de lo que estoy de por sí! Serás burro, descontrolarme toda cuando no soy rival intelectual para ti... por misógina que sea tu concepción del sexo opuesto no serás tan inepto como para creer que voy a estar mansa después de... ¡qué intenso! ¿A quién le importa lo que le pase al aristócrata de turno? ¡A nadie! ¡No veo qué tiene de misterioso! ¡Que fuera a chantajearle no...! Chantajeo a mucha gente.

Cuando me enfado el pecho se me hincha y deshincha agitado y suelto parrafadas como si me fuera la indignada vida en ello, aquel disgusto no fue la excepción a la regla. No sé si a Sherlock la situación le entretenía, le irritaba o ni fu ni fa. Yo solo sé que esa noche no cenaba.

- Tú no me necesitas para nada, bien podrías irte a los antros de perdición que frecuentabais los dos tú solito o con tu Watson e investigar a lo bruto como siempre o preguntarle a los vagabundos, so estúpido, que eres un estúpido, ¿para qué me has traído? ¡Para nada! ¡Para volverme loc... o!

Pasaba un transeúnte de palcos por nuestra vera. Al detener el paso para apartarme y dejar pasar, rocé al detective sin alma y tuve que ver su expresión nefasta. Estaba de un soberbio, altanero y engreído que bien le habría soltado tres guantazos de disponer de taburete.

- Elemental...

- ¿Querida Leona? - él arrugó la nariz.

- Me temo que eres tú la que alberga intereses amorosos.

- ¡Ojalá no lo hiciera! - pegó un brinco. Me limité a entornarle los ojos antes de añadir amargamente - Amarte a ti no sirve para nada.

Le pasmó, estaba a todas luces asombrado por la repentina (y sosa) confesión de que sí, había amor. Tenías razón, bien por ti. Qué puedo decir, jugaba con ventaja, ya había caído en este erial enamorada de él. Con un Anda, vente p'acá, lo cogí de la muñeca, poniéndonos en movimiento. No se resistió, aunque tampoco andamos tanto como para que tuviera que hacerlo. Tan solo le hice parar las dos veces que chocamos con los típicos vendedores ambulantes del teatro, uno que chillaba ¡Boooombones! ¡Vendo boooombones! y otro que profería unos alaridos terribles que traduciré libremente como ¡Floriiiista!, para que apoquinara. ¡Pf, no iba a pagar yo!

No caigas en el error garrafal, ducho lector, no estuvo callado ni un momento. Este hombre solo permanece en silencio durante horas cuando le apetece y conviene. Ni le hice el menor caso entonces ni se lo haré ahora que lo pongo por escrito, no se puede esperar que retenga cada perla que atraviesa la hermética ostra de su cerebro.

Armado él con la cajita de bombones y yo con el ramo de calas, esa flor blanca tan bonita que parece un cucurucho, llegamos al palco ambicionado. No por mí, sino por la asociación del sombrero de copa que había formando tres círculos de tres en el pasillo y el corrillo de damas "decentes" que murmuraba a seis pasos, lanzando miraditas de reojo. Como cabía esperar, el trajeado hombretón grande como un armario y arrugado como una pasa custodiaba la puerta. Amedrentaba a la gran mayoría, a mí personalmente me parecía ridículo. No puedo tomarme en serio a un matón con monóculo.

- Can Cerbero, ¿cómo va eso? ¿Está la señorita ocupada?

Gruñó dos veces. Eso era que no.

- ¿Podemos pasar? - inquirí mientras le vaciaba la billetera del sabueso londinense en la manaza abierta.

Gruñó una y abrió un palmo de puerta. Un Sherlock muy pobre y digo yo que mosqueado y hasta inquieto por saber cómo le había birlado la pasta quiso arriesgarse a opinar que eso era que sí, y pasamos.

El palco no se distinguía estructuralmente de los demás, pero resaltaba por encima de ninguno por detallitos tales como el montón de ramos de cucuruchos en tres asientos, en el suelo, en la falda, las cajas de bombonas esparcidas aquí y allá, amontonadas de tal modo que bien servirían para cubrirse de un tiroteo, las joyas claras y oscuras, o la mujer distinguidamente apoltronada en el asiento libre de regalos. Derramó la flora de la falda al levantarse nada más ver nuestra sombra.

Esa mujer, ataviada con las galas de un vestido blanco espléndido ribeteado de plata, acicalada mediante más cosmético de la cuenta y un complicado peinado de moño enrevesado, adornada por guantes de seda a juego cromático con las amplias faldas y por piedras preciosas tales como los largos pendientes colgantes que prácticamente le rozaban los hombros o el collar centelleante que le engalanaba el largo cuello y parte de la clavícula... era la cortesana más codiciada de Londres.

¿Te esperabas que cortase aquí la narración, lector audaz? Cómo irme sin presentar a la dama, que ya flexionaba las rodillas en una reverencia gentil sin soltar el abanico con que se cubría medio rostro, enfatizando así los ojos y cubriendo la boca de dientes algo ambarinos, abanico cuya tela ostentaba el fiel retrato de calas flotando en agua clara. Realicé el besamanos y las presentaciones antes de que ninguno de las dos dijera esta boca es mía.

- ¿Holmes...? - farfulló, repentinamente pálida y temblorosa. ¿Es normal eso cambiar el propio cromatismo así como así? Pensaba que eran inventos de la narrativa.

- James Holmes, digo, Shelock Holmes. - respondí amablemente, dándole palmaditas al mentado.

- ¿El detective...? - separaba los párpados más de lo recomendable, sin dejar ni por un momento de ocultar media cara con el florido abanico. Sus cejas sollozaban.

- Detective asesor. - terminó Sherly por ella.

Se me desmayó en los brazos.

La idea de que había superado al club del casi ictus padeciendo uno sin "casi" me atropelló las entendederas.

Continuará...

¡Ay, los corsés, qué instrumento del diablo que son! ¿Cómo continuarán estas improvisadas pesquisas que a Leona se la traen al pairo? ¿Podrá nuestra leónida protagonista volver a palpar esos detectivescos gluteus maximus? ¿Habrá intensidad carnal? ¿Alguien llorará la muerte del ricachón? ¡Lo veremos próximamente, aún me queda mucho que escribir!

4 comentarios:

  1. "Como la iglesia, nadie se interesaba por la homilía". No se han dicho nunca palabras más ciertas. No sé si compadecerme de Watson xDD

    Halaaaaa, acosando al pobre Sherlock!

    Me muero con el diálogo entre Leona y John xDD Qué remilgado es Watson y qué hipócrita es; para mí que él inventó la ley del embudo, pero aplicándola a Sherly: con él tiene paciencia y al común de los mortales que les den.

    Madre mía, el momento beso O.o Se ve que Sherlock besa muy bien para las pocas ocasiones que se supone que ha tenido de practicar. Al menos con labios femeninos, sin bigote encima (guiño, guiño, codazo, codazo, invocación del código "maléfico-fujoshi").

    Ojojó: "Ahora que lo pienso, no tengo claro cómo andaba el brazo fortísimo de la ley a diario." (más guiño, guiño...)

    ¿Y quién es la misteriosa dama? ¿Algún personaje histórico o es original? ¿Es también una fangirl de Holmes o se ha desmayado por pánico? Y me dejas con la intriga y el dolor de barriga!

    Tengo ganas de leer el siguiente capítulo y ver cómo se soluciona lo de ser Richard!

    Y de ver si Trent puede andar debidamente... ;)

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    1. Compadécete de él, entre Trent y Leona lleva un día muy duro. XD

      Sí, "pobre". Pobrecito él, que lo acosa una loca, ¡poooobre! XD

      Es lo que pasa con los "amigos muy queridos", ¿no? Es más fácil perdonar a alguien a quien quieres que a un rufián rompecorazonesdehijas. XD

      ¡Es que Sherly es muy listo! Piensa que no es el primer beso que recibe de mi persona. Primero fue uno violento en contra de su voluntad en un rifirrafe que poco más y nos descoyuntamos, luego otro en el que gracias al opio estaba más manso que un gatito adormilado... y en este, haciendo honor al dicho de que a la tercera va la vencida, hasta ha calculado los parámetros con la cabeza. Por otra parte, luego Leona ha hecho el resto. XD

      [Guiña hasta quedarse bizca]

      Bien, es original, y para el dolor de barriga por intriga... ¡una pastilla! XD

      ¡Estos ricachones dan problemas hasta después de muertos! Lo mejor es que Sherlock hace su trabajo vocacional, pero a Leona se la repampinfla lo que haya pasado. XD

      Ñejejeje... <3

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  2. Qué tontorrón es Watson, así que está mosqueado por lo de Dramamanda, se ve que no conoce bien a la familia de su amigo el doctor.

    Tranquilos, que hay Sherlock para todos!! Se casará con ambos, con Watson y Leona!!!! Qué risa!!! XDDDD

    Casi me da algo, un beso de Sherlock y magreo incluido! Qué envidia que tengo! Ya que estamos te podría haber dejado palpar un poco los glúteos!!! Para dormir mejor y eso... XD. Cómo le gusta jugar contigo, es un poco manipulador!!!

    Y hemos de suponer que está cortesana sabe algo sobre la muerte? Yo pensaba que era un farol y sólo querías ir al teatro! XD

    Siento tardar con los comentarios, peeero todo llega!!!

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    1. O la conoce demasiado y se le ha pegado el vicio de montar escenas en público. XD

      Tú ríete, que le veo perspectivas de futuro. XD

      ¡Un poco dices! Pero eh, si eso es manipulación, bienvenida sea. XD

      ¡Era un farol! Y luego fanfarroneo. Esto ha sido pura chiripa. Para Sherly, porque yo como que salgo escaldada, para variar. XD

      ¡Más vale tarde que nunca! Y bien recibidos que son. XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas