martes, 13 de octubre de 2015

Brillante 05 - Angustia básica


¡Siento la tardanza, lectoras mías que sé que querréis asesinarme! Han sucedido bastantes cosas. Por una parte, he tenido una mala experiencia con un chico, y estoy un poco así asá. Por otra, mis padres se han ido de vacaciones y tengo que encargarme de la casa como buenamente pueda. Para más inri, los susodichos han empezado a leerse esta historia... así que me estoy pensando muy mucho si poner o no una escena porno erótica de unión místico-amorosa, mamá, ¡qué te piensas...!

Siempre puedo tirar de hacerme la sueca y censurarles esa parte, ¿no? XD

¡Bien, la última vez os dejé con la miel en los labios! Soy mala malosa, sí, sí, sí... pero ¿a que teníais ganas de seguir leyendo? ¡Al fin lo tenemos aquí!

¡El gran Holmes!

Había conocido a un solo genio en mi vida, y ese era Cristóbal, que en realidad no se llama así. Su verdadero nombre es Lucas y tiene el suficiente sentido del humor como para haber bautizado al preciosísimo de su pomerania como Andy. Lo apodábamos Cristóbal por... lo obvio, Cristóbal Colón. Él ni siquiera pretendía inventar una "máquina del tiempo", el muy idiota estaba construyendo un cacharro meteorológico.

De modo que considero perfectamente razonable que me uniera al club del casi ictus y me sumergiera no muy plácidamente en el viaje oceánico de los sentimientos encontrados. Por una parte, no había color. Por otra, si bien la figura del señor Holmes suscitaba en mí una bonita admiración, también me repelía enormemente su abierta misoginia. Luego estaba lo primordial, que había visto a través de mi disfraz y eso era harto peligroso por mucho que antes me quejara de ser invisible, ya que en este siglo de locos hacerse pasar por hombre está penado con la cárcel. La cárcel es un asco. Literalmente. Y yo necesito una buena higiene, cosa que ya estaba siendo bastante difícil de por sí.

Y ahí estaba él, clavándome la miradita. No paraba, se iba a quedar bizco. ¿Qué hice yo? Pues lo propio. Como la cabra tira al monte aunque le hayan asustado el cerebro y este huya despavorido del mundo terrenal, le pegué un repaso. Al fin y al cabo exhibía una fisonomía interesante y una tiene ojos en la cara por mucho que se encuentre en shock ante el temible contrincante Peligro Inminente. ¿Qué? El señorito lo estaba haciendo, donde las dan las toman. 

Reparé, en primer lugar, en que llevaba el cabello bien peinado, tan negro como el mío, aunque más corto y revoleado. Punto para mí. Bajando la mirada, paseé por la marcada anchura de los hombros que escondía la chaqueta del traje marrón, segura de lo marcada que tendría la clavícula. Luego por la profundidad del ceño, la recta nariz de sabueso y la prominente nuez que ostentaba esa desvergonzada garganta que nada tiene que esconder. Y la altura. No hablemos de la altura. Aquel árbol andante me sacaba por lo menos dos cabezas.

En ese preciso instante caí en la cuenta de que no era la primera vez que lo veía. Y en que le debía una bufanda. Tragué saliva. El inolvidable sorbió con desenvoltura de su primorosa tacita de té. ¿Té?

Asida por la mano yo también tenía una taza de porcelana con un tulipán estampado... llena de té. ¡Puaj!

Sherlock Homes estaba sentado frente a mí. Del mismo modo que la indiferencia le había llevado a ignorarme olímpicamente en el pasado, ahora me penetraba con esos inteligentes ojos de gato, escudriñándome el alma. Había ascendido a sujeto de interés. Por mi parte, ocupada como estaba con el casi ictus y los apabullantes pensamientos que giraban en torno a la imposibilidad de acallar a don Detective Asesor con un ladrillo, no había puesto atención suficiente en el mundo en general como para percatarme de que habíamos trasladado la reunión al salón del hogareño hogar de Smithy, quien había conseguido superar el semi-ictus antes que yo. ¡Canalla!

Por lo visto nos hallábamos sentados alrededor de una mesita de té color celeste con un par de manchas, pero adornada con mimo. La detectivesca pareja cada uno en un sillón a juego con la mesita, los del club en un sofá blanco con bordados florales. Podría parecer que Smithy tenía una esposa con buen gusto o gustos femeninos, una de dos... Sin embargo, en realidad era cosa de su joven hija Amanda, de catorce años. En efecto, el viejo verde cincuentón (pero cincuentón de los de ¡antes!) estaba casado y hasta tenía formada una familia, ¡pero eso no le exime de sospechas...!

El experto en resolver enigmas seguía sin quitarme ojo. Por lo menos los tenía bonitos, del color del cielo de la playa de Bolonia en los mejores días de verano. Tanta atención terminó por despabilarme y le dirigí mi mejor mirada de Pues tengo un revólver aquí mismo. Como no parecía querer captar el mensaje, empecé a hacerle caras.

- ¡Un caso fascinante! - farfulló Smithy, que mordisqueaba una galletita - ¿No lo cree usted, don Leonardo?

- ¿Mm? - tenía la lengua fuera.

- Me parece que el señor Dantés me encuentra aburrido. - terció Watson, propinándome su mejor sonrisa de Papá Noel.

- ¡Cómo podría, con semejante portento de la narración oral! - una tiene que defenderse - Tiene usted alma de escritor...

Smithy puso cara de indignación, como recriminándome que a él no le tratara tan bien. O quizá la galletita estuviera pasada. Watson me premió con otra sonrisa fulgurante. Sherlock estaba en modo decorativo. Yo me entretuve en darle vueltas a la cucharilla.

- Sin duda alguna este será el gran enigma de 1881. - refunfuñó entre dientes Smithy (cuya actitud empezaba a preocuparme) rayando el sarcasmo.

Watson alzó los ojos por encima de la taza, tímidamente. ¿Cómo no iba a caerme en gracia un señor de espíritu tan agradable y conciliador?

- Si le soy sincero, he estado dándole vueltas a la idea... de ponerlo por escrito...

- Y lo titulará Estudio en Escarlata. - blanco y en botella.

Holmes dio un respingo en su asiento y evolucionó del interés al recelo absoluto mientras Watson se atragantaba y Smithy cogía otra galleta, felizmente cómodo de estar en la inopia. Le hice una caída de ojos al del respingo. Por la boca muere el pez, pero en esta ocasión el pez bien podía aprovechar el anzuelo. Ya he dejado claro anteriormente que soy una cobarde, y como tal aprovecho cuanto tengo en mi mano con tal de defenderme. En mi favor he de decir que me estaba provocando con todas las de la ley.

- Vaya, me ha sorprendido usted, señor Dantés.

- ¿Al señor Holmes se le había ocurrido el mismo título? - pregunta para Jonny Watson, mirada descarada para Sherlock.

Smithy se hinchó como un pavo a mi lado.

- ¡Se lo dije!

Me metí la cucharilla en la boca como un gángster un cigarro, echándome hacia atrás en el blando sofá. En el ínterin me crucé de piernas y pasé el brazo izquierdo por la cabecera del confortable mueble, justo donde descansaba la columna mi compañero, lo cual habría dejado atónito a mi doctor cincuentón favorito de no haber estado este tan ufano. El gran detective se echó hacia adelante apoyando los codos en las rodillas. Finalmente despegó los labios.

- ¿Cómo? - dijo. Llano. Directo.

Puede que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad fuera demasiado e incluso contraproducente, ¡pero un poquito...!

- Sé muchas cosas sobre Sherlock Holmes, detective asesor. - y le guiñé un ojo.

Justo entonces se abrió de par en par la única puerta del saloncito, que no, no era azul celeste, sino blanco marfil. Diantres. Una se esfuerza en crear ambiente así a la desesperada ¿y para qué? ¡Para nada! Por ella entró en tromba un pequeño mar de cabello castaño claro, encaje blanco y un par de luceros negros por ahí difuminados.

- ¡PAPI! - parpadeó al ver que papi estaba acompañado. Dos veces - Padre. - rectificó.

Lo habrás deducido ya, lector endiabladamente perspicaz: era la pequeña Amanda, puro encanto, ingenuidad y candor coronado por la vestimenta de niña buena victoriana que me llevaba. Tenía por aquel entonces una pequeña carita tirando a cuadrada con cuatro pecas y un cutis inexplicablemente más moreno que el mío pese a que salía de casa poco más que para ir a misa y de compras, unos ojos grandes de un marrón tan oscuro que se confundía con la pupila y una sonrisa rosa agradable, todo ello enmarcado en la larga melena ondulada color castaño claro que no se sabía peinar ni permitía que le peinasen. Era más tonta que un zapato, pero me caía bien. Porque era más bajita que yo.

Se quedó clavada en la puerta, mirando boquiabierta a aquel del que acaba de asegurar que sabía mucho. No estoy segura, pero creo que se ruborizó. Parecía deslumbrada. Quizá ella sí fuera una de esas chicas de novela rosa que cuando ven a un hombre atractivo les tiemblan las piernas y explotan los ovarios, qué sé yo. Por suerte para todos, la santa señora Smithy apareció justo detrás de la niña, toda ella moño castaño canoso interminable, telas extravagantes y corpulencia de mujer de edad con varios embarazos a sus espaldas, y le pegó una colleja que poco más y me la deja seca.

No estoy muy segura de cuál es la norma del decoro ante rencillas familiares del siglo, ni siquiera de si era decente tirarle de la oreja a una hija casi casadera delante de desconocidos como hacía doña de Smithy, pero como todos los hombres se levantaron al unísono, yo también lo hice, y como además soy una mujer que está hecha todo un caballero, me fui directa a llevar a cabo "el besamanos" con ambas mujercitas. Amanda me sonrió encantada, la señora de Smithy me bufó. No me soportaba, aunque nunca me ha extrañado. Su marido estaba medio obsesionado conmigo.

- ¡La bella Amanda! Tu hermosura crece cada día más y más, desafiando el imposible. Con razón con otro nombre no te podían bautizar: a ti solo se te puede amar. Claro que otra cosa tampoco se podía esperar, teniendo en cuenta tu ascendencia... - reverencia. Guiño a la madre.

Amanda soltó una risilla contagiosa y me devolvió la reverencia con varias florituras. La señora me miró airada y decidió enfocarse en su marido. Cabe señalar que me soportaba tan poco que ni sabía cuál era su dichoso nombre de pila, y sus familiares no me ayudaban. Que si cariño, que si mamá, ¡dadme un nombre!

- ¿Qué ocurre, cariño? - ¡lo dicho!

- Ha llegado un mensaje urgente del hospital: necesitan que vuelvas ahora mismo. - contestó la amante esposa con aire taciturno. Esa mujer nunca sonreía.

- ¡Uy, Smithy! ¿Ya has matado a otro paciente?

El aludido no me hizo mucho caso porque se puso a buscar el botiquín, pero la señora y Watson me fulminaron con la mirada, porque con eso no se bromea. Pues es que en la época de la que provengo ya estáis todos muertos y enterrados, si no me tomo las cosas con humor entro en depresión.

Smithy se deshizo en disculpas innecesariamente por el contratiempo y propuso que repitiéramos la reunión en otra ocasión. Ni hablar, hombre, ni hablar. Salimos del hogareño hogar y nos despedimos del ocupado doctor, a la vez que de su familia. Huelga decir que la señora no se molestó en gastar educación conmigo. Acompañé un segundo a la pareja detectivesca mientras se alejaban de la calle Smithy y en cuanto doblamos la esquina cogí a Holmes por el brazo.

- Vas a guardarme el secreto. - se lo abría susurrado al oído, pero era físicamente imposible.

Me dedicó esa media sonrisa entre cínica y divertida.

- ¿Por qué iba a hacerlo?

Metí la mano en el interior de mi chaqueta. Él no se alteró.

- ¿Pretende amenazarme delante del doctor Watson, "señor"?

Sinceramente, me importaba un comino lo que Watson allí presente pensara, iba a tener que ir acostumbrándose a cosas peores viviendo con el señorito. De uno de los muchos utilísimos bolsillos interiores de mi chaqueta (me encantan los bolsillos) saqué un trozo de papel y lápiz. Yo, como Batman, llevo de todo encima en todo momento, por si las moscas. El inalterable alzó las cejas.

- Vamos a hacer una apuesta. - le informé mientras apoyaba el papel en una pared más o menos limpia y escribía en él. Me preocupé de que ninguno de los dos viera qué escribía y luego doblé la hoja - Aquí tienes el nombre del asesino de tu Estudio en Escarlata y su profesión.

Soltó una carcajada.

- ¡Necedades!

Le miré con puro descaro. Necedad ninguna, antes de aterrizar en este yermo de mala muerte me había leído hacía poco el librito, de modo que me acordaba bien. Tengo buena memoria, no me hizo falta ni consultarle a mi pulsera. Para no destriparte el libro, lector mío, solo diré que las iniciales del susodicho eran JH.

- ¿No has oído por ahí que lo sé todo? - ahí le hice un movimiento de cejas que me lo dejó descolocado - No pienso robarte la emoción del descubrimiento, no soy tan desagradable... como he dicho, es una apuesta: en cuanto resuelvas el caso sin que te quede un asomo de duda, abrirás este papel. Si tengo razón y he acertado, me guardarás el secreto y me dejarás en paz, ¿qué te parece?

Él me sonrió con suficiencia y contestó un simple Trato hecho. Estreché su mano y por fin me fui al banco dando brincos.

Una semana después se presentó en la puerta de mi casa del barrio burgués con los ojos brillantes y la respiración agitada, como si hubiera venido corriendo. Ni remota idea de cómo averiguó la dirección.

- ¿Cómo lo has sabido? - ni hola, ni cómo estás, ni qué buen disfraz ni nada, directo al grano.

Ojiplática estaba. Apreté con firmeza el pomo.

- ¡No te lo diré! - ¡y PLAF! Le cerré la puerta en las narices.

Había cometido un terrible error.

Continuará...

Espero que os haya gustado el capítulo, gentecilla. ¡Pronto más!

7 comentarios:

  1. Pero continúalo! Solo aumentas mis ansias por saber como sigue!...pues nada. Me voy a llorar a una esquina T.T

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    1. Ahora mismo te traigo pañuelos y una sonrisa. XD

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  2. Cómo te atreves a cerrarle la puerta en las narices?? Espero que su hermosa nariz aguileña esté intacta por tu bien XD. Ahora en serio, sigue!!! XDDD

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  3. Sigue, por amor del Hacedor, de Rollón, Los Siete y la Virgen de la Pata al Hombro! Sigueee! xDD

    Buff, me he quedado a gusto xD

    Pero cómo lo haces para escribir tan bien, zascandila malandrina??

    Me huelo TSNR entre Holmes y el "señor" Dantés xD.

    Y ahora en serio, genial, obviamente, y me muero de ganas de leer el siguiente, así que ya sabes, te secuestro a Fenris y como rescate exijo la continuación ;P

    P.S: Sigue!
    P.P.S.S.: Pobre "naricilla" de Sherlock.
    P.P.P.S.S.S: Aún no está el siguiente? Y ahora? Y ahora?

    (Paro ya, que me vas a echar para siempre de tu club de flanes)

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    1. ¡Lo haré por la Virgen de la Pata al Hombro! Que me resulta así como sospechosa... XD

      Ayyy, que me subes los colores con esas preguntas retóricas maravillosas... ♡

      ¿Qué es eso de "TSNR"? XD

      ¡NO, POR ANDRASTE! ¡Si iba a seguir igualmente! XD

      Tú puedes decir lo que quieras, que nunca te echaré de ese tembloroso y exquisito club. XD

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Cada vez que no comentas, a Yukino le da tal depresión que se tira por la ventana y lógicamente publica menos entradas