lunes, 15 de agosto de 2016

DA2 - No computable

Y el bloqueo continúa.

Gajes de las habilidades. XD

sábado, 13 de agosto de 2016

DA2 - El precio de la amistad


Estoy bloqueada, así que tira cómica de Dragon Age 2.

Hay cosas que son imposibles. XD

sábado, 6 de agosto de 2016

DA2 - A la caza de Hawke


Qué tiempos aquellos en los que publicaba sin parar. Pero una se hace vieja y tiene más obligaciones y achaques y se organiza malamente... ¡pero nunca se acabarán las tiras cómicas!

He aquí el método infalible para cazar un halcón, o a alguien que se apellide Hawke...

Abridlo en una pestaña nueva si no lo veis bien, estas viñetas me llevan por la calle de la amargura.

Entre el guiño a Crepúsculo, el exhibicionismo general y la pose dramática, yo no puedo... XD

domingo, 24 de julio de 2016

Y si... 16 - Estrellitas por aquí


Al fin he visto El despertar de la fuerza (veloz cual velociraptor). Esto tenía que pasar.

¿Y si estuvieras en La guerra de las galaxias?
~La manía de darle vueltas a las cosas de Yukino

Yukino - ¡Curiosidad fatídica la mía! Ocurriría lo mismo que ocurre cada vez que asumo el papel de alguna protagonista Disney en esta sección, con la salvedad de que los fanáticos, que no fans, me despellejarían y quebrarían los huesos y sorberían las médulas de mi desollado y quebrantado cuerpo en un festín de metafórica violencia verbal.

Soldados imperiales - [Marchando de fondo]

Y - Ni lado de la luz ni de la oscuridad ni gaitas, ábrase visto cosa más maniqueísta. ¿Por qué no hay un lado claroscuro? Vamos, no he visto yo algo tan directo desde Kingdom Hearts. Hasta Los tres cerditos es más sutil, si te dejas de simbolismos difícilmente puedes tachar de malvado a un animal cuya única pretensión es alimentarse.

Soldado rezagado - [Se la queda mirando con su expresión vacía de casco blanco]

Y - Por supuesto, los personajes son carismáticos, evolucionan, algunos hasta se redimen... pero luego te topas con Kylo Ren haciendo lo imposible por machacar cualquier resquicio de luz que le quede dentro o al maestro riñendo al padawan por tener sentimientos humanos normales. ¡Cuánto radicalismo! ¿Realmente puede considerarse viable cualquiera de los dos bandos cuando ambos te obligan a suprimir lo que no se atenga lo que a cada uno le conviene? ¿Se puede vivir así?

Sr - [Se acerca, se acerca]

Y - [Lo mira mal] Me gusta La guerra de las galaxias, faltaría más, ¿pero de meterme yo en semejante universo? Teniendo en cuenta que la elección estriba entre el ejército de Mary Sues y los malos malosos que no saben contratar a un arquitecto eficiente... me quedo con los ewoks.

Sr - [Codazo]

Y - ¿¡Qué quieres?!

Sr - ¡Únete al lado oscuro, tenemos sombra!

Y - ...la verdad es que siempre me ha atraído la oscuridad.

¡Es que es verano!

Burócrata imperial - Señora, tápese.

Y - Cuando la propaganda superliminar es buena, es buena.

Bi - Cúbrase un pecho por lo menos, que mi deber es concentrarme.

Y - Qué puedo decir, el Imperio se hace el duro y destruye un par de planetas pero al final lo deja todo dispuesto para que acabe doliéndole más a él, es un tsundere de manual. Dan ganas de abrazarlo y decirle que ea, ea.

Bi - Primera Orden.

Y - Tanto monta, monta tanto. De cualquier forma, los jedi son tan puñeteros que prohíben tener hijos, casarse y hasta enamorarse, los rebeldes carecen de estilo alguno, Jar jar está del lado de los ángeles. Pese a la nulidad en temas arquitectónicos, el lado oscuro tiene clase, disciplina, si tuvieran un Jar jar lo estrangularían y... ¿he comentado mi preferencia insana por máscaras y cascos? Añádalo al formulario, junto a "sería una soldado muy agresiva con el bombón del general Hux", añádalo.

Bi - ¡Que quiere enrolarse!

Y - ¡Usted no escucha!

Bi - Señora, ¿sabe cuántas mozas se han enrolado desde que Kylo Ren salió a la oscuridad? ¿Qué se cree, que aceptamos a cualquiera?

Y - Sí...

Bi - ¡Aquí clonamos gente! ¡No necesitamos exhibicionistas, acosadoras, ni locas...! [Yukino se ríe] En lo que admiradoras se refiere. Léase el cartel, que para algo lo hemos colgado. Ese cartel salva vidas, ¿sabe?

Y - Sé usar la Fuerza...

Bi - ...hágame una demostración, si es tan amable.

Y - [Tortazo]

Bi - [Se le cae el casco con un medio sonoro ¡pof! Decide coger un boli y dibujar círculos de tinta sobre el papel muy muy serio] El examen de admisión se celebra en la segunda planta.

El examen

Y - [¡Pi-pi-pi-pipiuuuuung!]

Examinador imperial - Por la caída doble de la Estrella de la Muerte.

Y - [Radiante de excitación, perlada de sudor, fusil láser echando humo por bisagras y cañón] ¿Qué tal lo he hecho? [Parpadeos varios]

Ei - [Se acerca a un intercomunicador] General Hux. Ha de ver esto.

Y - ¿Que va a venir el General? [Se arregla el pelo, se tapa un poco durante el intervalo entre desanimados ¡oooohh! de reclutas]

Ei - [Silencio]

Reclutas - [Más silencio]

Y - ... [Morritos] ¿Habéis notado que vuestras armaduras parecen plástico?

Ei - No busques conversación.

Reclutas - [Firmes]

Hux - [Entra solemne y firmemente]

Y - [Fruncimiento de ceño] Aquí hay teletransporte y todos callados como muertos, ¿a que sí? Y yo subiendo escaleras.

Hux - [Pasa el dedo suave, elegante, por la pared cuya totalidad ha sido brutalmente agujereada] No veo la particularidad.

Ei - [Muy serio] Era la pared a sus espaldas.

Hux - [Cejas arriba] ¿Insinúa que los rebeldes están más a salvo delante del cañón de esa joven que detrás?

Ei - [Asiente]

Hux - [Se la queda mirando en modo contemplativo intenso]

Y - [Holita con la manita]

Hux - Apresadla.

Y - ¿¡Qué?! [Apresada por mucho guantelete blanco] ¡Pero si yo...!

El interrogatorio

Y - [En cierta silla rara cuanto menos, amarrada a lo que los imperialistas llaman "sujeciones"] No sabéis lo que es una cuerda, está visto y comprobado. ¿Qué? ¿Media hora y ni me miras de reojo? ¿No? Que han ido veinte minutos, dicen tu nuca y mi reloj de pulsera. Pues se me ha hecho largo con eso de estar encerrada sin cruzar media palabra. No sé, si querías quedarte a solas con un miembro activo del escaso sexo puesto del universo, solo tenías que pedirlo, mi general.

Hux - Cierra la boca.

Y - No seré precisamente yo quien juzgue a alguien que secuestra a desconocidas en pro de fines poco ortodoxos o legales. En esta galaxia tan tan lejana los heterosexuales lo tienen difícil íntimamente hablando.

Kylo Ren - [Hace acto de presencia embadurnado en una banda sonora ominosa que hace juego con la capa y la pedazo de máscara/casco]

Y - [Gritos internos]

Hux - El grande y todopoderoso Kylo Ren, por fin nos honras con tu presencia.

Y - 눈^눈?

Kylo - Estaba ocupado.

Hux - ¿Tan ocupado que no podías mandar ni a un triste lacayo que me impidiera perder veinte minutos de mi valiosa vida esperándote? Tú te crees que eres el único con agenda apretada.

Y - Σ눈ロ눈

Kylo - He... notado... una perturbación en la Fuerza...

Hux - ¡La Fuerza, la Fuerza! Tú siempre estás notando perturbaciones en esa.

Y - ¿Y en el pobre general no notas las perturbaciones? ಡ//ロ/ಡ

Kylo - Tanto tiempo no habrás perdido cuando a la chica le sangra la nariz y jadea como un boga deshidratado.

Hux - No he tenido nada que ver.

Kylo - [Coloca la mano abierta en dirección cabeza, no sin dejar ese absurdo e innecesario espacio de precaución] ¿Lo ha tenido?

Y - Lo tiene~♥.

Kylo - ¡Por el Hacedor! [Respingo, retirando la mano como quien se quema]

Hux - ¿Qué?

Kylo - He visto... he visto cosas. [Tembloroso todo él]

Hux - Será mejor que acabes el interrogatorio pronto, ya empieza a formarse espuma en su boca.

Y - ¡Pero qué interrogatorio ni qué niño muerto, si no me habéis preguntado ni la hora! ¡Cosa que por cierto he soltado! ¡Es el interrogatorio más fácil de la Historia y lo estáis desaprovechando!

Hux - ¡Cierra esa bocaza! [Bofetón]

Kylo - [Estremeciéndose con las perturbaciones forzudas]

Y - [Mejilla ardiente, lagrimilla] Vosotros no tenéis ni idea de cuál es la base del interrogatorio.

Hux - Sabemos que eres una espía, miserable. [Cara de Pero qué me estás contando por parte de la apresada] Nadie tiene tanto talento.

Y - Lo vuestro con la "puntería" ya es fetichismo. [Rotación ocular] Que no. Que yo soy lado oscuro 100%.

Kylo - ¿Qué haces aquí, enferma asquerosa?

Y - Alistarme, so estrecho de mente que remata las horas muertas con el casco deshecho de su abuelo. Pasatiempos que se te perdonan por esa sensualidad tuya tan bien llevada. ♥

Kylo - ¿¡De dónde has sacado esa información?!

Y - A mí no me pongas caras de demente torturado, no es que lo mantengas lo que se dice en secreto.

Hux - [Pensando firmemente que cuando tiene razón, tiene razón]

Kylo - [Se quita el casco, airado]

Y - ¡Eh! Ŏ^Ŏ

Kylo - [De vuelta la mano a hacer su trabajo]

Y - [Vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo, vuelve a ponértelo]

Kylo - [La mano desciende... y luego se va a masajear la sien] La Fuerza está muy presente en ella, no puedo descrifrarla. [Sin que le dé jaqueca]

Hux - ¿En ella?

Kylo - Si alberga otra teoría es libre de alumbrarnos con ella, general.

Hux - ¡Ajá! ¡Alumbrar!

Kylo - ¡Es una expresión! No queda luz en mi persona, ¡nada!

Y - No es que pretenda regodearme en los fallos estratégicos, señores, pero hay otras formas de arrancarle respuestas a un ser vivo parlante. Como, no sé, llámame loca: preguntarle cosas.

Hux - ¿Le rompemos un dedo?

Y - ¡DIRÉ TODA LA VERDAD!

Kylo - A ver, ¿por qué quieres unirte al lado oscuro?

Y - Porque un jedi no puede amar, porque amar lleva al miedo, el miedo lleva al odio y el odio al lado oscuro. Prefiero saltarme los preliminares y meterme en él de cabeza, digo yo que será más divertido.

Hux - ¿Por qué deberíamos creerte?

Y - [Estos dos están muy bien sincronizados...] ¡Por favor! ¡Antes que juntarme con santurrones me arrimo a megalómanos con hambre de poder y planificaciones simples! Además, me gustan sus miembros... [Risillas]

Kylo - Dice la verdad.

Hux - ¿Lo sabes?

Kylo - [Estremecimiento] He visto cosas...

Y - [Alivio encarnado y sonriente] Eso te pasa por no usar detector de mentiras ni suero de la verdad~.

Kylo - No hay sitio para ti en el lado oscuro.

Y - ¿¡Cómo que no?!

Hux - Das demasiado trabajo, tienes opiniones, luchas por tu integridad física sin preocuparte por el honor. Lo que la Primera Orden recluta son marionetas dóciles.

Y - Soy pariente de Darth Vader.

Hux y Kylo - [...]

Y - [Cejas arriba abajo]

Hux - Supongo que hay hueco para ti en la Primera Orden.

Kylo - Se te proporcionará ropa negra.

¡Qué viva el nepotismo!

miércoles, 13 de julio de 2016

Brillante 23 - Que murmuren


Y vuelvo a estar en paro, ¡ay!

Un numerito en el teatro, un tórrido besazo y el oportuno desmayo de la cortesana del palco, ¿qué más puede pasar? ¡Veámoslo!

Si una dama victoriana se desmaya, es que oculta algo.
O le aprieta el corsé.

Que empezara por el principio, decía. A estas alturas el orbe entero debería saber que la sinceridad me la reservo para enterrarla en este cuaderno. ¿Cómo iba a ilustrarle sobre la complejidad del efecto mariposa? Una se echa un farol para pasárselo bien en buena compañía, luego se pone fanfarrona con eso de que en el popular recinto que es el teatro siempre hay señoras de mala vida, y mira lo que pasa. Jo, yo solo quería alardear de contactos, maldita sea mi vanidad. Está visto y comprobado que jamás quedaré por encima del gran Holmes ni en las pequeñas cosas, no, ni siquiera a su altura...

El telón del primer acto caía, caía grácilmente, muy al contrario que la que lo acababa de hacer sobre mí. Ante la imagen de mi persona con el peso muerto de la deslumbrante cortesana encima, la primera reacción de la eminencia que tenía por acompañante fue sacar la lupa... ¡literalmente! Oh, ¿cómo voy a mantener la seria compostura con estos dobles sentidos persiguiéndome?

- Incluso en el libro de las mentiras, a veces se halla la verdad. - su iris coloreó la lente entera.

- ¿No tienes bastante con haberte vengado al fin de mí por lo del otro día que ahora vas a torturarme con sofismas? - por no hablar de la lupa.

- La mentira es el único factor personal no antagónico al razonar sereno, pues muestra a la luz lo que se propone mantener oculto. Leona, conocer tus costumbres resulta una ventaja. Tú, que dejas que el corazón gobierne tu mente, tú, que pretendes ahogar miedo e intelecto en ocio pueril, tú, que desprecias toda lógica que no proteja tu personalidad, que te cubres de un velo de simpleza y necedad, que solo piensas en ti misma... me has conducido a una pista real.

Me tembló el labio.

- Era cierto. No eres más que un cerebro, todo lo demás es apéndice.

- Lo soy.

- Sherlock. - me habría llevado la palma a la frente a ojos cerrados, pero como la cosa no era muy fácil con la muchacha entre brazo y brazo, conté hasta diez - Le acabo de tomar el pulso y está desmayada perdida, ayudémosla...

- ¿Por qué?

- Humanidad, eso que a ti te falta. Las cortesanas de lujo también tienen una vida muy dura, ¿me ayudas?

- Recabaré datos mientras te encargas de ello. - lupa por aquí, lupa por allá, lupa por todo el lugar.

- ...

Los rubios cabellos se desparramaron por la moqueta al arrancarle... quiero decir, retirar con delicadeza suma las horquillas de cabeza de perla del laberíntico peinado. Luego fue cuestión de palparle la inhumanamente estrecha cintura en busca de un modo de no romperle esa preciosidad de vestido, para lo cual no había manera sin quitárselo por la cabeza.

No quería pedirle ayuda otra vez a ese monstruo que me había estado estudiando. Por mucho que una sepa que solo significa una pieza más en el puzzle del caso Ser Richard, una cría tan fácil de herir como de manipular, objeto de burla y quizá de venganza, que el caballero únicamente había fingido seguirme el juego... es un pelín humillante que lo pongan en palabras.

Paseándose por la sala mientras servidora tendía a la inconsciente y se agachaba a hacer el trabajo sucio, expuso la lista de indicios a partir de los cuales deducía que la desmayada no me conocía personalmente, detallitos tales como el que me recibiera con la falta de pompa y ceremonia propias de una señorita de su condición ante un conocido que se sabe no potencial cliente, por no hablar del recato del abanico, improcedente en su profesión, a no ser que... ¡ajá!, exclamó al levantarle el labio, ¡dientes amarillos!

Iba a alargar el asunto enumerando el simbolismo de la cantidad de calas y a sorprenderse al descubrir que fuera leída, así que decidí aguarle la fiesta escupiéndole todo lo que sabía de la cortesana. Se hacía llamar Belle Rosette, aunque yo para mis adentros la llamaba Bella. Tenía pinta de ser el tipo de persona que entra en una mansión embrujada donde los muebles hablan y aceptarlo como si tal cosa.

Sí, sí, sí, solo la había visto un par de veces, la abuela de Chip y Chop me la había presentado. Solo sabía que decía ser francesa, aunque de la retahíla de Sherly sobre acentos y fisonomías extraje que eso era más falso que la sensibilidad del mentado, y que se había leído La dama de las camelias y había decidido imitarla (de ahí las calas) para hacerse con un apodo refinado, esfuerzos pese a los cuales se la conocía como "la del corcel". Era famosa por ejercer encima de un jamelgo disecado. Una moza simpática.

También sabía de buena tinta que el finado había comprado sus ecuestres servicios. ¿Era ella la asesina? Sería decepcionante. No obstante, por la reacción ante el mero apellido Holmes, o era eso o que Miaucroft había echado una canita al aire.

- Una red de meretrices, brillante. - ¿¡brillante?! ¿¡Alguien que no fuera él?!

- Y de cotilleos. La información no siempre es fiable que digamos.

- Las perspectivas son positivas.

Ya que se había tomado la molestia de estimularme el ego, al final me tragué orgullo y amargura y el premio fue que me echara una mano para dejarla en enaguas. Quise ver si le gustaba lo que veía, la señorita tenía pechonalidad. Su gesto de ¡Porrr favorrr! fue la mar de elocuente.

Al extraer la navaja del bolsillo interno del frac (¡siempre bien pertrechada!), mi detective despegó las analíticas pupilas de las muñecas de la doncella sin doncellez, dejó de abanicarla... supongo que era su obligación preguntar. Huelga decir que le hice saber que eso de las palmaditas en las mejillas y las sales aromáticas no sirven de nada contra ese instrumento de tortura llamado corsé que te oprime tanto los órganos que no puedes ni respirar.

- Has estudiado los principios médicos. - también he visto películas, pero eso no le importa.

- Sí, he hecho Primeros Auxilios, Dios debe de haber cometido el error de insertar el cerebro de un hombre en el cuerpo de una mujer, soy un caso fascinante, ¿por qué no te callas?

- Evasión, qué revelador.

- ¿Quieres que la devuelva al mundo consciente o nos vamos a casa a jugar con rompecabezas?

- Su desvanecimiento resulta más revelador, despiértala.

Corté las cuerdas de la maléfica vestimenta. Ella separó párpado de párpado de un sobresalto (mío), aspiró una bocanada de todo el oxígeno que flotaba en la sala... justo entonces, frente a tales ojos espantados, me dio por meditar sobre la imagen que brindaba a los susodichos eso de que dos señores de gala se hallaran agachados junto a una cortesana resollante en enaguas. En un palco privado. El bajito de fama criminal con un arma blanca desenfundada en mano.

Me parece que debería de haber visto venir la reacción lógica y natural que tuvo la criatura de pegar el salto del tigre y los chillidos y el forcejeo y la navaja voladora y el ¡aaaargh! desgarrado de alguno del público de abajo y el ¡ras, raaas! y el tropiezo y el consecuente defenestramiento fatal por el palco. Habría estado bien.

Al final, lo mejor fue resumir: el telón del segundo acto subía y subía, ella bajaba y ¡chaf! Poco más y la sigo de no ser porque Sherly me sujetó contra sus cubiertos pectorales, viva la acción.

Lestrade cerró el cuadernillo, dejándolo reposar en su regazo. Colocó el lápiz encima. Solo silencio... miento. Solo el frufrú del bien sé que abultado pantalón del taciturno Trent al cruzar las piernas, mi comisario, pegado a mi vera todo lo que el banco de madera y el decoro permitían. Si yo hubiera estado en condiciones de consentir aflorar el instinto básico...

La lluvia volvía a repiquetear contra los cristales (oh, sucio clima), el humo perenne en toda estancia cerrada de este siglo de fumadores vestía el aire y la sala de espera del hospital Saint Jeremy resultaba ser inesperadamente cómoda, dentro de lo que cabía esperar de las circunstancias mobiliarias y espaciotemporales, e incluso reconfortante, familiar. El cromatismo blanco de todo sanatorio que se precie, parece que no, pero calma.

La estampa de nosotros, el nuevo par de dos cuando Watson estaba de baja por histérico, debía ser poco menos que curiosa. Sherlock parecía tan sereno, sentado frente a mí. Sin un cabello fuera de su revuelto sitio habitual, ni una arruga llamativa en el traje ni tampoco desgarrón alguno en la chaqueta, mientras que a mí si no se me colaba el arsenal por las roturas sufridas en bolsillos internos y externos, me asomaba a lo exhibicionista. Me cuidé muy mucho de comentar la idea de que debía de ofrecer parecido contraste con el inquieto doctor, por deferencia al duro día que estaba teniendo el hombre. Soy la compasión hecha carne.

Me entornaba los ojos, luego los viraba al inspector, sonreía, espolvoreaba el tabaco sobre el foso de la pipa. Tembloroso pulso el mío al alargar la mano para ofrecerle el fuego de mi encendida cerilla, tenía que deshacerme de algo o me quedaba sin abrigo. Sé que estaba hecha un manojo de nervios, que cierta culpabilidad revoloteaba alrededor de mis órganos internos, pero ahora me cuesta recuperar la tontería de sensibilidad que tenía por imbécil rematada en ese momento.

No estoy muy segura de lo que se dijo, la tontaina de mi yo pasada andaba ocupada con el trastorno y la incetidumbre propia de estar al filo de cobrarte vida ajena. ¿Belle Rosette sobreviviría? ¿Moriría? ¿Se quedaría en coma? ¿Amnésica? ¿Tendría que darle un palazo donde el córtex prefrontal? ¡Ah, la conciencia, qué trasto! Si hubiese simple y llanamente pensado que algo habría hecho, y tan contenta... Sin embargo, esa manceba ni siquiera me caía mal, cosa que resulta ser suficiente para que a una le entren remordimientos por imitar u homenajear ciertas películas.

La zozobra que me tenía dándole al movimiento muscular constante ya fuera con la pierna o con los dedos no me impidió fijarme en lo que ocurría a mi alrededor, ni en quienes. No solo me mantengo bajo el "velo de simpleza y necedad" que es mi disfraz, lo que conlleva tener que estar atenta, sino que tengo alma de novelista y, en fin, estoy titulada en Filología Hispánica por vocación, no pertenezco a esos insensatos "filólogos" tibios que se atreven a afrentar la profesión, y parecerá baladí, pero pesa. Soy lírica y gozo de una envidiable memoria ampliamente ejercitada. Además, prestar atención a lo circundante entretiene.

Trent, a todas luces inmerso en la profunda reflexión filosófica de que la violencia no es la solución dos veces el mismo día, se entretenía en crujir los nudillos, blancos como perlas en arena tostada. Clavaba la vista en ellos. Pero Sherlock se apartó para conversar con Lestrade de Dios sabe qué, quizá del muerto, que me importaba e importa tres pepinos y no de los buenos. Entonces la clavó en mí.

Relativa privacidad, paredes blancas, iris verde musgo, su meñique rozándose contra el mío. No necesito más. Con el alma llena le puse carita de Te lo perdono todo, él, un meneo de bigote que traduje libremente como Te consolaré en casa.

No podía besarle, no podía purgarme los labios con el sabor ceniciento. Y pese a ello, ¡cómo me reconfortaba el mero tacto de la piel, su calor de estufa viviente, esa mirada de amor!

La ciencia nos separó. El médico de turno se personó en la sala, repasando la carpeta abierta que llevaba en mano como si no pudiera darnos ni su nombre sin ese apoyo. Médico que no era Smithy, sé que lo has pensado, avispado lector. Qué decir tiene lo conveniente que habría sido que el hospital más cercano fuera el suyo, ¡pero no! Aquel es más de suburbios. ¿Por dónde iba? Antes de darme cuenta del todo, ya había separado posaderas de reposo.

- La señorita se ha roto la pierna diestra, tiene diversas contusiones y cardenales faciales y un esguince en la cadera, algo fatal en su profesión. - los médicos y su célebre tacto - Sobrevivirá. Ya está escayolada y espera en su habitación a que alguno de los señores la recoja.

- ¿Ya le ha dado el alta? - no cabía en mí de mi bobo asombro.

- Este es un hospital decente, caballero. - y entre audibles bisbiseos, añadió - Bastante he hecho ya con curar a la del corcel, hombre ya...

- A la porra el juramento hipocrático, ¿eh?

- Supongo que la fulana es suya: habitación 22, "señor". - y se retiró con el golpe de efecto del carpetazo.

¿Se estaba poniendo de moda el retintín del "señor" o qué? Ojalá no se propagase. Bien, él mandó que la recogiera, de modo que ¡sorpresa, sorpresa!, la recogí, me la llevé, la metí en un carruaje para acompañarla a su casa, maldita sea la culpabilidad y su inmóvil pierna diestra.

¿Para qué describir cada menudencia cuando lo que nos interesa va justo después, durante el ridículo paseo por el puente del Támesis donde la chica en muletas hizo parar el armatoste con ruedas? No tengo nada que decir en mi defensa, le puso ojitos al cochero, me los puso a mí, se los puso al cielo ardiente y eso fue todo. Aunque no era más ridículo que los cuchicheos cargados de testosterona que intercambiaron Trent y Sherly, quienes insistieron en compartir carruaje para ahorrar gastos.

Atardecía perezosamente sobre las aguas centelleantes, mi comisario y su barba de circunstancias habían tomado la determinación de compartir asiento con el cochero y no levantarse de ahí (por razones que me niego a analizar) mientras este se ganaba el pan siguiéndonos con el carruaje a paso de tortuga de tres patas. Sentía el peso de su mirada.

Sola en la poco grata compañía de Belle Rosette y un Sherly que se mantuvo en solemne silencio mientras servidora combatía el acceso de culpa que me estaba royendo toda, así como la tela que se me caía a cachos. Belle Rosette sonreía con sus dientes de ámbar, sonrisa quebrada por una alteración de caras apabullante y multicolor.

¿Qué me dijo esa mujer? Sé que abrió la boca, sé que destrozada como estaba me echó someramente en cara que la había dejado lisiada, no sé qué de un porqué y no sé qué más de un último deseo. Dejó caer las muletas, resonaron contra el pavimento. La vi, juro por el Dios en que no creo que la vi, la vi poner el pie escayolado en el suelo.

Avanzaba. Garras enguantadas me prendieron la destrozada solapa y el cuello de la camisa, clavando uña. Todo su peso pasó a mí, nueva columna maestra que se estrelló contra la valla del puente. Dolor para mi coxis. Su rostro se me aproximaba entre ayes, no dejaba de mover las manos, y sus dientes, no podía apartar la vista de esos dientes. Yo, a cuadros, ¡menuda forma de entregarse al trabajo!

- ¡Leona!

¿¡Ahora me quieres distraer, so hijo de tu madre, ahora?! Torcí el cuello, abrí la boca.

Me apuntaba con un cañón de fuego.

Sonido metálico a mis pies.

No me lo pensé dos veces: saqué mi revólver por estrenar y le disparé dos veces antes siquiera de oírle bramar ¡abajo!, pero como tengo la puntería de un soldado imperial hasta en horas de calma, apuesto a que las balas impactaron en los transeúntes del fondo. ¡Eso por quedarse a mirar!

Humo de pólvora en la retina, lo que me faltaba. Eso pensaba, estúpida de mí, lo que me faltaba era peor. Me faltaba Belle Rosette.

- Mua~ - ¡empujón!

Un nuevo ¡chaf!

Solo agua.

Solo frío.

Y oscuridad.

Continuará...

Obviamente va a sobrevivir, si no a ver quién escribe y cuándo. Ahora bien, ¿cómo?

Perdonad que haya tardado, entre la vuelta al paro y el TFM se me han roto los horarios. XD

miércoles, 6 de julio de 2016

DA2 - Socializando


¡Cuantísimo tiempo sin una tira cómica! Y del Dragon Age 2 con Fenris incluido, para variar. En fin, ahora que voy un pelín retrasada con los capítulos por lo del TFM y lo de volver al paro, es un buen momento para volver a ello. No obstante, debo admitir que si he traducido esta tira... ha sido completamente por su contenido. XD

Sorprenderlo, lo ha sorprendido. XD

martes, 28 de junio de 2016

Brillante 22 - Escándalo


¡Escándalo! ¡Es un es-cán-da-lo! ¡Esta es mi última semana de trabajo! Ahora tendré que centrarme en el TFM...

Dejamos al terceto sin cuerda de Sherlock, Watson y Leona a punto de "reconstruir el recorrido de la vícitma" asistiendo al teatro. ¡Las oportunidades hay que aprovecharlas y nuestra protagonista lo sabe mejor que nadie!

Binoculares ¡para verte mejor!

Los binoculares son algo fascinante. Vienen a ser unos prismáticos con un palo, algo que al principio puede parecer esnob a la par que rudimentario, pero que en seguida te percatas de que tienen algo que los prismáticos no: están socialmente aceptados. Dentro de la urbe. Desde nuestro palco "privado" era perfectamente libre de fisgonear a ver qué hacían los vecinos, que a su vez atentaban nuestra privacidad con este sofisticado artefacto del acoso permitido.

¿Y qué más daba? Al fin y al cabo esa gente no venía a ver el espectáculo, venían a mirarse los unos a los otros. Bastaba con fijarse en cómo estaba dispuesta la sala y, en especial, los palcos: no miraban el escenario, miraban a los espectadores de en frente. Todos vestían las mejores galas con que pavonearse, todas las damas resplandecían en un estallido de joyas, telas refulgentes y oropeles, se abanicaban, sonreían y se deshacían en coqueterías.

El gentío y la estufa se encargaban de caldear el ambiente, pleno invierno en la calle, hasta el sofoco. El movimiento era constante, no había minuto en el que no se escuchara el quedo rumor de la conversación ni momento en que no se entreviera a un caballero, joven o viejo, levantar las posaderas de la butaca para ir al encuentro de amigos de otro palco o visitar a alguna dama... y lo que no es una dama. Bullicio, calor, luces, color, expectación, todo lo que caracteriza el buen lugar de reunión social.

Como la iglesia, nadie se interesaba por la homilía. Así se lo hice saber al reputado miembro de la ciencia médica que se sentaba a mi lado, en nuestro palco de asientos y cortinas de terciopelo rojo. Me llamó blasfema e intercambió el sillón con su amiguito Sherlock. No entiendo por qué tanta paciencia con uno y tan poca con otros... o mejor dicho, prefiero no entenderlo. A ver si iba a tener que presentarle a Mary yo misma.

Llevo tanto tiempo aquí (¿cuánto? A ver, que cuente con los dedos... alrededor de cuatro meses) que a veces me olvido de que vengo de otra época, de que esta rebosa y burbujea una vida totalmente desconocida y pintoresca, derramando emociones. No me culpo. He estado muy liada entre la supervivencia, la obsesión económica, el machismo agobiante y las interacciones con personajes históricos célebres, sin olvidar el detalle de crearme una reputación. No es raro que me pierda la cara reluciente de la moneda. ¿Quién me iba a decir a mí que los británicos sabían divertirse?

El dúo dinámico estaba... distante. Aquella no era precisamente su salsa marinera, claro que habían venido por lo que habían venido, esa cosa llamada obligación aderezada con un poco de manipulación por mi parte. No sé para qué me necesitaba el sabueso londinense, pero me necesitaba. ¡Llámame oportunista, arrimé el ascua a mi sardina!

Por supuesto, no soy tan tonta ni tan ilusa como para levantarme unas expectativas tan fantasiosas que me convenzan de que anhelaba mi compañía o mis indecentes huesos, ni tampoco de que le habría gustado que abusara de él en su estado estupefacto de estupefacientes y venía a por más en plenas facultades mentales. Como mucho podría conceder que le resulto divertida.

Watson, tan serio, tan solemne, tan tieso, mantenía la vista pegada en el escenario, donde dos galanes repeinados se batían en duelo por una mujer vestida de escarlata, colocadita en su rincón tras un arbusto de atrezo, que se rasgaba las vestiduras para luego mesarse los cabellos ahí mismo, tirada en las tablas, como debatiéndose entre quedarse en su sitio o interponerse entre los hombretones al grito de: "¡Basta! ¡Me casaré con los dos!".

Se me pasó por la cabeza la cómica imagen de Sherlock vestido igual mientras el doctor y servidora asumían el papel de galanes. Y se me escapó la risa, lo confieso. El buen doctor no se dignó a girar esa cabeza ni un centímetro, al parecer solo merecía su mirada cuando iba de buscona por la vida. Sherlock era diferente, alzó una ceja y me miró. ¿Y yo qué hice? Pues lo lógico y natural, aprovechar.

Le guiñé el ojo y emplacé la zarpa sobre muslo ajeno, tan campante. Detectivesco y prieto muslo, afafaf. Acto seguido miré a otra parte, no sin antes ver cómo reaccionaba él. No movió un músculo facial, no fuera a mostrar alguna respuesta emocional, pero ¡ah! ¡Dio un respingo! Si es que da gusto acosar a estos señoritingos ingleses. Quise ascender el montículo, inicié el ascenso arrastrando la caricia para arriba, donde la cumbre reposaba y esperaba mi llegada... ¡casi! Me llevé un pellizco poco antes.

- Llevamos aquí veinte minutos. - ¡Jonny abrió la boca!

- Jonny, cuenta usted entre sus virtudes una excelente capacidad de percibir lo obvio. - repliqué antes de que Sherly abriera la suya.

- ¡No me hable como si fuera Holmes!

¡Por fin me ponía los ojos encima! Le sonreí abierta y encantadoramente, él meneó el bigote por quinta vez consecutiva aquel día, enfurruñado a más no poder. En cierto sentido, se parecía a la señora de Smithy. Sin duda tenían en común su colosal repulsión por mi persona.

- ¿Qué hacemos en este lugar a parte de perder el tiempo, si me permite la pregunta? - bailoteo de cejas por mi parte, incomodidad a ojos vista por la suya - No me negará, dada mi capacidad perceptiva de lo obvio, que esto poco o nada tiene que ver con el caso.

- ¿Cómo que no? ¡Que se lo explique Sherly!

- ¿¡Sher...?!

- El "señor"... - intercedió el rey de Roma mientras el médico se atragantaba con la saliva y el estupor - Usa las hipotesis a su favor.

- Vamos, que barro para mi casa, como todo fulano, mengano o zutano sobre la faz de la Tierra. ¿No te te ocurre una defensa mejor?

Sherly puso cara de ¿Defensa?, Watson seguía tosiendo.

- Forzar un cerebro sin suficiente material es como forzar un motor, se rompe en mil pedazos.

¿Por qué no puedo mantener una relación normal con alguien normal? Porque soy masoquista. Procedí a propinarle enérgicas palmadas en la espalda al pobre Jonh, cuyo rostro arrasado en lágrimas del esfuerzo de desgañitarse había comenzado a mudar de encarnado a bermejo chillón. En un par de minutos el tosido cesó, algo me dice que con tal de que dejara de zurrarle. Jarabe de palo, ¡es muy efectivo! 

Arrimé la boca a su oído.

- Don Detective Asesor tiene su red de vagabundos... Yo cuento con una aún mejor. - me separé - ¿No le parece suficiente motivo como para que se necesite a alguien como yo? Venga, se lo mostraré.

- ¡No pienso ir a ninguna parte con usted! - mucho asco en el usted.

- Tranquilo, no soy sodomita. - casi se me desfallece ahí mismo con la sola palabrita, remilgado de las narices - ¡Oh, venga! ¿Por qué me tiene tanta inquina?

- ¿Por qué? ¿Me pregunta por qué?

Incluso estando como estaba Holmes aislándose por voluntad propia de la discusión, ambos le echamos una mirada que se podría traducir exclusivamente como Es usted muy obvio, señor mío.

- ¿Realmente espera que me mantenga impasible ante el rufián que le ha roto el corazón a la hija de un buen amigo? - ¡conque por eso sabía lo de la reunión tetera! - ¿Tan hipócrita me considera?

- ¿No se basa en eso la cortesía inglesa? - ojos caídos para ti, Jonny.

- ¡Y pensar que al principio me pareció una persona agradable!

- ¡Por el amor de Dios, Watson, a este lo conoció dándole latigazos a un muerto! - dedo acusador al sabueso.

- ¡Él no deshonra Londres con líos de faldas!

- ¡AÚN!

Me habría gustado seguir con el debate vocinglero para echarle en cara al británico cada uno de los trapos sucios históricos de la pérfida Albión para que viera que Inglaterra ya se deshonra ella sola en pasado, presente y futuro, pero me lanzó el panfleto de la obra a la cara con un gesto que bien podía significar que me hubiera lanzado la butaca de haber tenido fuerzas. Tras un par de resoplidos, cuatro miradas iracundas y un arrugar de manos cuando me burlé de sus supuestos "nervios destrozados por la guerra", salió como una exhalación al grito de: "¡No pienso permanecer junto a este sinvergüenza ni un minuto más!".

- Espero que sea más tranquilito en casa, o la imagen que pretende dar en sus memorias no se atendrá lo que se dice mucho a la realidad. - no pude evitar comentar.

- Puedo asegurarte que eres única alterando almas.

Estando a solas me tuteaba, uh~... Los espectadores (y creo que también la actriz) clavaban la vista en el palco del numerito. Corrí la cortina de terciopelo, me cubrí con ella, le lancé una mirada empapada de dulzura, salpicada de lujuria.

Sabía que estaba guapa. La coletilla atada en lazo de nudo azul despejaba mi cara, impecable con cicatriz o sin ella la última vez que había echado la vista al espejo. Las negras hebras del flequillo decoraban la palidez, aquel día tenía los iris de un azulado más intenso dentro de mi verde, el frac me sentaba como un guante, la hoja de hiedra que lucía en la solapa era la guinda que demostraba... que me saco más partido como hombre que como mujer.

Estoy bastante segura de que pretendía hacer algo más que quedarme ahí de espaldas a la aterciopelada cortina, pero ¡no me acuerdo! Por no acordarme, no me acuerdo ni del teatro ni de la obra escenificada. Todo tiene su razón de ser, y la mía fue que no hube de ser yo quien fuera al amado, sino que el amado vino a mí.

Se alzó cuan largo era, fulminando con esos ojos de hielo el alma mía. Se acercó, dos zancadas. Con parsimonia de tortura inquisitorial aquellos brazos tan bien enfundados en innecesarias mangas, largos y esbeltos, me rodearon. Cerré los ojos sin pensármelo, a los dos segundos los abría como platos.

Mi mitad superior reposaba entre sus brazos. Sinceramente, creí que iba a estrangularme. ¿A qué venía ese contacto físico?, quise preguntarle al mover espasmódicamente la cabeza para buscar sus expresiones. Él también estaba moviéndola y girándola y acercándola y alejándola como si analizara parámetros espaciales.

Me plantó un beso.

En la boca.

Cabría esperar que me mudé para siempre al club del casi ictus como miembro permanente, ¿a que sí? Pues lo que hice fue poner el piloto automático corporal. Ni un solo pensamiento, ni oportuno ni inoportuno, molestó en aquel intenso labio a labio privado.

La sabiduría carnal cumplió su cometido. A párpado cerrado sentí mis uñas clavarse en sus hombros, estrechando el alto talle a mi enana figura deseosa. Jamás gocé tanto de los cinco sentidos, jamás el tacto me pareció tan útil. Quería palparlo todo. La saliva se mezclaba al tiempo que enredaba los dedos en las ondas de ese cabello y pasaba la otra palma por pectorales, vientre, ombligo, piel que solo se separaba de la mía porque la dichosa ropa se interponía. Sentí el imperioso deseo de arrancársela cuando la dentadura recién explorada me mordió el labio.

Jadeé al despegar la ansiosa boca. Gemí al notar la separación. Me dejé caer de rodillas para recobrar un mínimo de aliento, pero ni le miré ni le examiné la cara como siempre hacía para leer en ella. Estaba borracha de mis sentidos. ¡Qué miseria no reviviría por repetir aquel placer!

- Ser Richard yacía en el suelo en postura bla bla los cortes bla bla bla arma blanca bla bla huellas bla bla bla pequeña estatura, como tú. - ¿mande?

- ¿Afarfarf?

- Muéstrame esa red tuya.

Jadeos varios después me llegó la información. A parte de la crueldad de pretender que mi cerebro rindiera igual que instantes antes, más o menos percibí la manipulación. Lo que realmente me quería decir era: ahora que ya estás satisfecha, ¿vas a serme útil? Pero no estaba satisfecha, lo que estaba era muy acalorada y más roja que la grana, eso era poner la miel en los labios y lanzar el tarro al río.

- ¿Me dejas palparte los glúteos?

Frunció el ceño, desagrado plasmado. Y mira que me había comedido y había dicho palpar en lugar de estrujar.

- ¿Ese es el aspecto que ofrezco cuando hago uso del narcótico? Debe de ser muy lamentable.

Qué hijo de su madre, otra noche en vela pensando en el bendito trasero. Menos mal que me abrazaba a Trent esposado noche sí, noche no, noche sí sí sí, noche no no, para olvidarme de uno, acordarme del otro y desatar la pasión. Ahora que lo pienso, no tengo claro cómo andaba el brazo fortísimo de la ley a diario.

Me arrastré medio ahogada de calor para luego levantarme e internarme en los pasillos, intentando coger aire fresco en vano. Sherlock iba detrás, a la zaga. ¡Qué calor! ¡Cuantísimo calor, y yo con el frac a cuestas! Sentía el ardor de las mejillas arreboladas. Demasiado impacto para el corazón, que bombeaba alocadamente, aturdido y confundido y sin saber qué había pasado aquí.

Eché un ojo atrás y vi que sonreía. Le fui a soltar un tortazo... lo esquivó. Fue bastante patético, como ver a un pomerania ladrándole a un mastín: es de cajón que no va a funcionar.

- ¿Sabes lo que creo? Que si has hecho lo que has hecho es porque has querido, ya me dirás qué necesidad tenías, con pedirme bien las cosas basta, y no te atreverás a alegar que ha sido por el bien de mi concentración, no podría estar más desconcentrada. ¡Ay, Dios, que es lo que pretendías, dejarme más alelada de lo que estoy de por sí! Serás burro, descontrolarme toda cuando no soy rival intelectual para ti... por misógina que sea tu concepción del sexo opuesto no serás tan inepto como para creer que voy a estar mansa después de... ¡qué intenso! ¿A quién le importa lo que le pase al aristócrata de turno? ¡A nadie! ¡No veo qué tiene de misterioso! ¡Que fuera a chantajearle no...! Chantajeo a mucha gente.

Cuando me enfado el pecho se me hincha y deshincha agitado y suelto parrafadas como si me fuera la indignada vida en ello, aquel disgusto no fue la excepción a la regla. No sé si a Sherlock la situación le entretenía, le irritaba o ni fu ni fa. Yo solo sé que esa noche no cenaba.

- Tú no me necesitas para nada, bien podrías irte a los antros de perdición que frecuentabais los dos tú solito o con tu Watson e investigar a lo bruto como siempre o preguntarle a los vagabundos, so estúpido, que eres un estúpido, ¿para qué me has traído? ¡Para nada! ¡Para volverme loc... o!

Pasaba un transeúnte de palcos por nuestra vera. Al detener el paso para apartarme y dejar pasar, rocé al detective sin alma y tuve que ver su expresión nefasta. Estaba de un soberbio, altanero y engreído que bien le habría soltado tres guantazos de disponer de taburete.

- Elemental...

- ¿Querida Leona? - él arrugó la nariz.

- Me temo que eres tú la que alberga intereses amorosos.

- ¡Ojalá no lo hiciera! - pegó un brinco. Me limité a entornarle los ojos antes de añadir amargamente - Amarte a ti no sirve para nada.

Le pasmó, estaba a todas luces asombrado por la repentina (y sosa) confesión de que sí, había amor. Tenías razón, bien por ti. Qué puedo decir, jugaba con ventaja, ya había caído en este erial enamorada de él. Con un Anda, vente p'acá, lo cogí de la muñeca, poniéndonos en movimiento. No se resistió, aunque tampoco andamos tanto como para que tuviera que hacerlo. Tan solo le hice parar las dos veces que chocamos con los típicos vendedores ambulantes del teatro, uno que chillaba ¡Boooombones! ¡Vendo boooombones! y otro que profería unos alaridos terribles que traduciré libremente como ¡Floriiiista!, para que apoquinara. ¡Pf, no iba a pagar yo!

No caigas en el error garrafal, ducho lector, no estuvo callado ni un momento. Este hombre solo permanece en silencio durante horas cuando le apetece y conviene. Ni le hice el menor caso entonces ni se lo haré ahora que lo pongo por escrito, no se puede esperar que retenga cada perla que atraviesa la hermética ostra de su cerebro.

Armado él con la cajita de bombones y yo con el ramo de calas, esa flor blanca tan bonita que parece un cucurucho, llegamos al palco ambicionado. No por mí, sino por la asociación del sombrero de copa que había formando tres círculos de tres en el pasillo y el corrillo de damas "decentes" que murmuraba a seis pasos, lanzando miraditas de reojo. Como cabía esperar, el trajeado hombretón grande como un armario y arrugado como una pasa custodiaba la puerta. Amedrentaba a la gran mayoría, a mí personalmente me parecía ridículo. No puedo tomarme en serio a un matón con monóculo.

- Can Cerbero, ¿cómo va eso? ¿Está la señorita ocupada?

Gruñó dos veces. Eso era que no.

- ¿Podemos pasar? - inquirí mientras le vaciaba la billetera del sabueso londinense en la manaza abierta.

Gruñó una y abrió un palmo de puerta. Un Sherlock muy pobre y digo yo que mosqueado y hasta inquieto por saber cómo le había birlado la pasta quiso arriesgarse a opinar que eso era que sí, y pasamos.

El palco no se distinguía estructuralmente de los demás, pero resaltaba por encima de ninguno por detallitos tales como el montón de ramos de cucuruchos en tres asientos, en el suelo, en la falda, las cajas de bombonas esparcidas aquí y allá, amontonadas de tal modo que bien servirían para cubrirse de un tiroteo, las joyas claras y oscuras, o la mujer distinguidamente apoltronada en el asiento libre de regalos. Derramó la flora de la falda al levantarse nada más ver nuestra sombra.

Esa mujer, ataviada con las galas de un vestido blanco espléndido ribeteado de plata, acicalada mediante más cosmético de la cuenta y un complicado peinado de moño enrevesado, adornada por guantes de seda a juego cromático con las amplias faldas y por piedras preciosas tales como los largos pendientes colgantes que prácticamente le rozaban los hombros o el collar centelleante que le engalanaba el largo cuello y parte de la clavícula... era la cortesana más codiciada de Londres.

¿Te esperabas que cortase aquí la narración, lector audaz? Cómo irme sin presentar a la dama, que ya flexionaba las rodillas en una reverencia gentil sin soltar el abanico con que se cubría medio rostro, enfatizando así los ojos y cubriendo la boca de dientes algo ambarinos, abanico cuya tela ostentaba el fiel retrato de calas flotando en agua clara. Realicé el besamanos y las presentaciones antes de que ninguno de las dos dijera esta boca es mía.

- ¿Holmes...? - farfulló, repentinamente pálida y temblorosa. ¿Es normal eso cambiar el propio cromatismo así como así? Pensaba que eran inventos de la narrativa.

- James Holmes, digo, Shelock Holmes. - respondí amablemente, dándole palmaditas al mentado.

- ¿El detective...? - separaba los párpados más de lo recomendable, sin dejar ni por un momento de ocultar media cara con el florido abanico. Sus cejas sollozaban.

- Detective asesor. - terminó Sherly por ella.

Se me desmayó en los brazos.

La idea de que había superado al club del casi ictus padeciendo uno sin "casi" me atropelló las entendederas.

Continuará...

¡Ay, los corsés, qué instrumento del diablo que son! ¿Cómo continuarán estas improvisadas pesquisas que a Leona se la traen al pairo? ¿Podrá nuestra leónida protagonista volver a palpar esos detectivescos gluteus maximus? ¿Habrá intensidad carnal? ¿Alguien llorará la muerte del ricachón? ¡Lo veremos próximamente, aún me queda mucho que escribir!