sábado, 18 de marzo de 2017

Brillante 29 - Mariposa enredada


La acción ha vuelto a esta casa. XD

Resulta que la noticia gaélica ¡era una trampa...!

¡Hay arañas cerca!

Las ideas preconcebidas habitan nuestros sesos por nuestro bien. Imagínate que te tropiezas con un oso de dos metros surgido de entre la maleza salvaje sin la idea preconcebida de depredador u hostilidad carnívora. ¡No va a acabar bien! Por otra parte, tan nefasto como lo anterior es tener la idea preconcebida equivocada. Imagínate ante ese mismo animal con el osito de peluche en mente. ¡Uy con el abrazo osuno!

Boing boing, boing boing.

- Yo también me alegro de verte y tal, cielito con pajaritos. - juro que articularon mis labios, pero a saber si llegó a sus oídos. Ni una ceja movió.

En cuál de las dos casillas se ubicaría la invencible idea de que al que has conocido como hombre es un hombre se vista como se vista, le sorprendas como le sorprendas y toques las protuberancias que toques me es del todo desconocido, pero estaba claro y transparente que para Trent y Amanda esa idea estaba más que arraigada en córtex, lóbulos y demás masa cerebral.

- No te has esforzado nada. - boing que te boing.

- Para...

Claro que Trent tenía un pase: había sentido en sus carnes mi cacharrito lila. A plena potencia.

Mi Trent, cuyos empapados mechones de bravo pelazo escocés dejaban fluir por su rostro el rastro de esos ríos, gotas oscurecidas por esa tarde de nubarrones sin rayo de sol que se vertían sobre la bufanda que ahora cubría tanto mi cuello y pecho como sus manos sobre mí. ¿Podía acaso ser más romántico nuestro reencuentro? La respuesta es sí. De lejos.

Me quité el guante diestro.

- ¿Que son, globos de agua? - mec, mec - Bolsas de harina.

PLAFAF.

El set de viuda, un chantaje; reencontrarme con Trent con susodicho set, dolor de pechos; el segundo tortazo a propulsión en menos de doce horas, tendría la palma hinchada horas. La carita descompuesta del brazo fortísimo de la ley ante el que quizá fuera el primer bofetón de su vida fuera del seno paternofilial... ¡impagable! Vale la pena esta vestimenta.

Sus cejas alborotadas exclamaban ¿¡Pero quécómoporqué...?!, mis dedos sellaban sus labios para que no pasara de allí, el bramido ahogado de la Scotland Yard llenaba nuestros oídos y la lluvia, casi sin que me percatase, iba clareando. Las gotas que surcaban el hombro excluido del resguardo paragüero disminuían, el vello facial hacía cosquillas a mis yemas desnudas. Y no me emocionaba.

¿Por qué, a pesar de tener a mi amante de estrujantes manos ante mí, solo tu carcajada atraviesa mis tímpanos? ¿Por qué el corazón me bombea desbocado con el trino de tu risa y no con el salvaje toque del comisario? ¿Por qué los ojos se me desvían al paraguas que te oculta, se me anuda la garganta y apenas logro respirar cuando te acercas?

¿Por qué me tienes que hacer sentir que aunque haga mi vida, no tengo nada... salvo tú?

- Se ha hecho cara de ver, "mi señora".

Me salió un gallo.

- Por supuesto, "señor mío". - repliqué con idéntica enfatización... tras carraspear - Al fin y al cabo, si la ausencia hace al corazón más afectuoso, ¿qué hace la presencia?

Sonreía, ¡petulante...! Tragué saliva.

- Has sido muy inteligente. - cabeceé. Estaría contento de destrozar mis sueños de pasar por más listilla que él.

- No podemos ir contra nuestra naturaleza. - aseveró él como quien insinúa Por eso me has tenido aquí plantado cinco días, so corta de entendederas.

A lo que yo quise ladear la cabeza como quien indica Estoy muy cansada para uno de nuestros vigorizantemente picantes toma y daca, pero dicha cabeza chocó, haciendo rebotar neuronas, contra un robusto pectoral que me iba envolviendo con la colaboración de su extremidad.

¡Trent me cogía por los hombros! La arrolladora presión de su brazo traspasaba las barreras físicas de la tela y bañaba mi espalda de tímida calidez. Como si el patatús emocional no fuera suficiente, Holmes tendió sus largos dedos hacia mi cuello... y los enredó en la bufanda.

Entonces Sherly y Trent intercambiaron... palabras. Trent le espetó algo, eso seguro. Y el gran detective asesor debió de replicar algo muy mordaz y muy inglés, con toda probabilidad. No lo sé, estaba ocupada preguntándome ¿¡qué está pasando con estos victorianos?!

Justo mientras esa calidez se me filtraba por la columna y templaba la médula oculta bajo vértebra y vértebra, el buen doctor despegó bigote de labio inferior.

- Señores, somos caballeros ingleses: comportémonos como tales.

Y con el bastón nos separó, uno a uno, hasta dejar al temido comisario bajo la ya suave llovizna que nos chispeaba encima. El estertor colectivo de los subalternos fue igual al mío. Salta a la vista que John Watson se la tendría jurada por el rapapolvo de gritos pasado, ¿sería yo la siguiente?

El agua debió de aclararnos las ideas, porque convinimos en que se discute mejor en caliente y, tras unas pocas objeciones, mi hombretón tuvo a bien llevarnos a su casita una vez listo el detalle del abuso de autoridad delegando sobre los achatados hombros del desdichado agente que desde ese mismo instante se ganó el nombre de Ataúlfo.

Si hubiese echado la vista atrás entonces...

Pero estaba rodeada de mis caballeros favoritos (y Watson), así que no lo hice. ¡Era tan entretenido ir los cuatro juntos al hogar donde a Trent le pude dar, sonreírle a este con los ojos al pisar el pavimento donde le había dado lento, pasar de largo a la vera de Watson el muro donde le había dado duro y sentarme sobre el canapé donde le brindé más que placer junto a Sherly!

Allí había una tensión sexual latente rarísima.

Tampoco es que el pisito de soltero de mi amado amante ofreciese mucho más que tensiones: una guarida mal amueblada, desordenada y gris rebosante de humo, ceniceros, ceniza y colillas, platos por fregar y lágrimas de aspirantes a criada que nadie limpiaría jamás.

La única nota de color era ¡el ron, ron, ron, la botella de ron! que el anfitrión, sin ejercer como tal, se servía en el que sería el único vaso limpio que le quedaba. No dejaba de dar zancadas de aquí para allá. ¿Y el doctor? Tieso como un palo. Solo habíamos posado posaderas Holmes y yo.

Finalmente Watson, sombrero contra corbata, bastón contra costado, muy digno en resumen, tomó la palabra. Parecía que también había tomado el mando, ya puesto.

- Dígame la verdad, Holmes. - se dirigiría a él, pero clavaba la pupila en la mía- ¿Es esta mujer quien colegí que es?

Solo se me verían ojos, pestañas y cejas... no me cabe remota duda de que transmitieron mi opinión. El señor Holmes reía.

- Cierra los ojos y desátate el cabello.

Por un momento sopesé la idea de hacerme la ruborosa y preguntar ¿A-aquí? Sin embargo, Trent ya estaba bastante nerviosillo, de modo que cerré los ojos y me desaté el moño postizo de la coronilla. Cayó sobre el sofá con un ruido suave, sentí los dedos fríos de Holmes por el cuello, estremeciéndome.

Al entreabrir los párpados le vi enrollarse la bufanda en la palma abierta, examinándola. Abiertos del todo, vi las niñas de los ojos de Watson, oscuras como la noche, donde me reflejaba como un insecto repugnante.

- Miente más de lo decentemente aceptable.

Ideas preconcebidas.

- Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, doc. - cejas frente arriba - Como buen veterano me comprenderá, ¿no es así?

- ¡Dantés! - un ¡Dantés! aspirado, como quien siendo aprensivo hasta decir basta articula "retrete" con su propia boca - ¡Jamás comprenderé a alguien como usted!

- Conoce mis métodos, aplíquelos. - intervino Sherly.

- ¡No, Holmes, no! Ya bastante ardua se me supone la tarea de intentar, ¡intentar! comprenderle a usted como para perder tiempo y energías en este abyecto personaje que no concibe en su haber siquiera un mínimo aprecio ni a su hombría. - la duda existencial sobre sentirme o no ofendida seguía ahí - Esa es otra cuestión, Holmes, ¿por qué diantre hemos invertido cinco días en... esto?

- ¡Buena pregunta! - repuse yo - ¿Habéis pillado ya a esa tremendamente huidiza criminal coja?

- ¡Mejor! - exclamó Sherly, extendiendo las manos abiertas al cielo con bufanda incluida.

Ese entusiasmo solo podía significar que había desembrollado el urdido misterio del que yo personalmente ya me había olvidado. Di una palmada muy femenina (provocando el bigotudo tic del medio histérico doctor), seguida de un deliberadamente agudo...

- ¡Fabuloso!

PAM. El comisario había cesado las zancadas de golpe, levantando cierto humillo polvoriento de la moqueta al taconear con las suelas.

- ¿Me estás diciendo que no vamos a hablar del truco que te ha traído hasta aquí? - estalló Trent, como si no me hubiera traído él - ¿¡Cómo te has podido dejar engañar por el mequetrefe este?!

Más onomatopeyas: ¡CRASH! Súbitamente estrelló su copazo contra la pared, dándonos el susto del día y mandando el otrora único vaso aseado al cielo de los cristales a un tiempo. El respingo colectivo fue inevitable, hasta el detective asesor tiene sangre en las venas.

- ¡En serio! ¿¡Cómo?! - señaló a Sherly con índice viril - ¿¡Cómo sabías que semejante truco funcionaría?!

- A diferencia del comisario local y su séquito policial, veo lo que está a plena vista a un palmo de mis narices.

Atragantamiento por mi parte. No vale la pena trascribir la perorata que antecedió a la toma del cuello de Sherly por parte de Trent que yo me apresuré en soltar a golpe de manos histéricas, que eso parecía una de las técnicas de goma goma de Luffy. ¡Nada de acción, nada de violencia, por favor!

- ¡Basta Trent!

Al final me tuve que interponer en modo escudo (gracias, faldas, por tanto bulto)... y se hizo el silencio. Un silencio sólido, tenso, fatigoso. Trent me contemplaba, desencajado, con negras pupilas evocadoras, el abismo que devuelve la mirada.

- ¿No me vas a decir la verdad?

Abrí la boca. Luego la cerré. La verdad es contraproducente.

- Coge a tus amigos y vete de mi casa.

De no tratarse de tan ridícula situación se habría podido inmortalizar el momento justo en que me rompía ese amasijo de carne negra que es mi corazón. Ideas preconcebidas, lector mío, ideas preconcebidas. Watson se lamentó de haber sido clasificado en el cajón de amistades de alguien sin ápice de honor o vergüenza como yo, a Sherly le dio igual y yo apenas si pude comentar que acabábamos de llegar.

Luego Jonny insistió en que no saldría a la calle con un travestido, me subí la falda para horror suyo y lancé los pantalones y mocasines que llevo colgados de las faldas para emergencias (bajo ese aluvión de telas soy un móvil andante, no sé cómo no tintineo). Trent se había apalancado en el muro donde le había dado duro, no era digna de su mirada.

- Cámbiate y vete.

¡Cómo había degenerado la cosa! Así que me metí en los aposentos del que me parecía el hombre más melodramático del mundo, un cuartito con ropa amontonada encima y alrededor de una silla, una mesita que haría las veces de escritorio, una cama grande con material donde esposar y un ventanuco que servía más de respiradero que otra cosa.

Dejé de ser Leonor, volví a ser Leo, seguí siendo Leona.

Puesta en mi vieja piel, caí en la tentación de asomarme al trozo de Londres que ofrecía el ventanuco. Luego fue un error para mí, ¿pero quién se resiste a asistir a ese milagro británico que es que al fin amaine? Alguien inteligente.

Cuando volví al salón descubrí que la vestimenta no había sido más que el pretexto para huir pies para qué os quiero por parte del emocionalmente exhausto doctor. Sherlock me esperaba en la puerta con el pomo en mano, Trent seguía cara la pared. Nos fuimos sin decir adiós.

¿Por qué nos fuimos solos y a esas horas? ¡Qué confiados! ¡Qué bobos! ¡Qué poco brillantes que somos!

Lo primero fue el sonido. Toc, tococó, toc.

Lo segundo la inofensiva inofensiva de la conocida silueta al final del callejón de turno, recortada en claroscuro. ¡Ser Thomas! Veo que su escayola opera como ella sola.

Lo tercero el ataque. Golpes, resistencia, inmovilización, besar la acera, contar como baja atada y amordazada. ¡Sherlock boxeó! Pero...

Cayó. El restallido del golpe hizo patente que como mínimo lo habrían dejado inconsciente, inerte, inánime. Tuvo suerte. A mí me tocó el saco negro.

Continuará...

Quizá pesabais que la cosa no podía ir a más. XD

lunes, 20 de febrero de 2017

Brillante 28 - La tela de araña


¡Muajajaa! ¿A que os he sorprendido? ¡Sí! ¡Solo he tardado medio siglo! XD

La plaza del ahorcado, dos niños ilusionados, una Amanda DramAmándica, una Leona con la espalda contra la pared...

No se puede ser mariposa.

Por raudo y veloz que suceda cualquier encuentro fortuito, cuando una lo rememora un minuto se extiende a una hora. Detalles tales como Smithy con la cabeza fija en dirección "el condenado" o el gesto creo que circunspecto de su señora, posiblemente fruto de un Qué narices está haciendo mi hija, me pasaron por alto en la media mirada que les pasé por encima al medir la distancia por recorrer para intervenir.

Ahora lo pienso y caigo en que es de lo más normal que Smithy se dejase caer por aquellos andurriales. Es un médico de barrios bajos, al fin y al cabo. A juzgar por la cojera del venidero fiambre colgante, no me extrañaría que le hubiese malcurado un hueso roto con sus manos de cobre. A veces me olvido de cómo nos conocimos el buen Smithy y yo, menos mal que lo escribo todo.

Tampoco presté especial atención a la algarabía creciente conforme le colocaban la soga al cuello, apenas si lo percibieron oído y rabillo del ojo más que estratégicamente. Toda mi atención estaba concentrada en la cara de Amanda y la trituración ósea que me estaba propinando la manita de Chop.

Las mejillas cuyo encendido rubor asomaba por la gruesa bufanda que la cubría, el par de centellas por los que devoraba mi imagen entera... Quizá algo acatarrada o más acalorada de la cuenta, puede ser, pero como una rosa estaba esta Amanda. O le habían mentido o había superado pronto nuestro último drama, cualquier opción es plausible. Es una caprichosa.

- Habla ¡otra vez! - murmuraba en tono bajo, veloz, febril. Ya es que ni me trataba de usted la muy maleducada, la cosa era grave.

Di un tirón, medio paso atrás. Respondió añadiendo la otra mano como quien sube la apuesta, ciñéndome cual cepo de hierro oxidado. Sus ojos eran chispas, ascuas locas de atar crepitantes en el manto cutáneo. Por un instante, en el mundo solo existieron esos ojos.

Luego existieron los gordezuelos dedos embutidos en seda color turquesa que se aberronchaban sobre mi pasmada cara.

RRRRRRRA.

Una visión nítida y periférica del patio se abría paso en la boca creciente del rasgón a la par que el chirriante ruido de la trampilla, el griterío, la soga, se abrían paso por los tímpanos y el dolor capilar se extendía del desprendimiento de horquillas, porque el mundo sería puramente sensorial al vivirlo, pero al recordarlo... 

Sé sin necesidad de que me lo cuenten que mi velo, ¡mi velo! fue brutalmente destripado en la literalidad de mis narices, que las zarpas de "todo soy pupilas" Amanda se ensartaron en la tela, que el condenado se condenó, que Chip chilló la que más ante la nulidad de rotura traqueal y que antes de que el moño postizo cayese con lo que quedara de jirones grises a los charcos con discreto ¡chop! yo ya había zafado la mano de Chop para cruzarle la cara de un ¡PLAFAF!

¡PLAFAF! amortiguado por los gritos.

Le arreé tal bofetón que la palma me ardió, ella cayó de bruces entre charco y charco de aguanieve del sopapo y yo misma perdí el equilibrio y corrí el mismo destino. Y vive Dios ¡que no me arrepiento de mis reflejos!

Es una de esas cosas que solo puedes permitirte cuando vas con faldas y a lo loco, como caballero como está peor visto. Y no puedo decir que no le tuviera ganas atrasadas a la niña desde... en fin, la niña se me había vuelto una mala bestia remojada que intentaba por todos sus pobres medios divorciarse del adoquinado y embestir, siiiin embargo, prueba tú a levantarte con la vestimenta victoriana femenina ¡de invierno! y el plus del agua bajo cero.

¡Ja! Eso te pasa por no tener a un hijo/secuaz que nada más caerte le falta tiempo para encasquetarte su gorro de lana en el cráneo y ayudarte a ponerte en pie. Para cuando se resbaló por segunda vez yo ya estaba en pie y silbaldo como una descosida El llamamiento de la cabra montesa (también conocida como Chip). Me gusta imaginar que en ese momento la aludida soltó un "oooh" y buceó entre la muchedumbre como el topo dorado del desierto en la arena hasta volver con nosotros.

Chop y yo no nos paramos a esperarla, dimos media vuelta e iniciamos la maniobra "Empujones a destajo". Amanda aulló...

- ¡Te he visto! ¡¡Sé que eres tú!! - más bien se desgañitaba - ¿¡Te crees que te puedes esconder de mí?! ¿¡De nadie?! ¡No te pareces en nada a una mujer! ¡No engañas ni a estos paletos! ¡Leo! - que se iba a quedar ronca - ¡¡LEEEEOOOO!!

No se lo tomo en cuenta, nunca fue muy lista.

Algunos se fijaron y juro por mi cacharrito lila que llegué a oír "¡Pelea de gataaas!", pero ¿qué es un altercado comparado con un hombre que se asfixia en la soga? Pues algo muy soso. Así que a parte de los muchos empujones y manos largas, la huida, complicada, no fue.

¿Te crees, lector mío, que nos quedó asfalto por pisar o calles por callejear? Pues no (¡ay, mi cardio!). Cuando mis niños se ponen pies en polvorosa, se ponen. Y no hablemos de sus carreras despistativas, que se escurrían por angostos callejones del grosor de mi antebrazo, trepaban vallas que me llegaban a la clavícula, ¡casi les pierdo yo! Se... se me enganchan las faldas a TODO.

Para más inri empezó a chispear en plena fuga. Para cuando llegamos al convento caía el diluvio universal, lo que está muy bien para perder de vista a la nada que nos persiguiera, pero para unos pies doloridos de correr, el remojón, fetén no es.

Digo yo que no es de extrañar que entre eso de tener el esófago en la campanilla y los niños llenos de barro dando guerra (les faltó tiempo para embarrar a cualquier monja que osara acercarse), me tomara mi tiempo para ponerme manos a la obra con el notición gaélico.

Total, que una vez amainado el día (ja, ja, ja, amainar, en Londres. Volvió a llover a la media hora fuera), aseados los tres y cubierta la mitad de mi complicada faz, mandé a Chip a por el periódico y me puse a interrogar a la población católica circundante, que de algo tenía que servirme que estuviera compuesta mayormente por sangre de las Tierras Altas.

Mientras la niña iba al recado nadie quiso decirme nada, que si no sabían de qué hablaba, que si mejor ocúpate de esos diablos que tienes por vástagos, que si qué gaélico ni gaélica, que si qué ha pasado con tu velo so indecente, que si el señor me llama no me distraigas...

Y tampoco quisieron confesar por más que les plantara el artículo en las ganchudas narices cuando volvió la criatura con los papelajos doblados bajo el brazo, envuelta por cierto en un fuerte y sospechoso aroma a regaliz. Sé que me sisa los peniques, pero esos cien años de perdón que se gana por robar a un ladrón.

Una de ellas, inglesa de pura cepa sin duda como "tuvo la bondad" de aclararle a esta pobre ignorante española, ni idea de quién ni cómo se llamaría, quizá Eliza Reed, a saber, "se apiadó de mí" y me explicó punto por punto lo más básico de lo básico: que esas irlandesas y escosesas no saben leer ni sabrán. Sucias le faltó llamarlas. Y fue estirando la barbilla hacia el techo mientras recalcaba el retintín de cada sílaba. Sí, definitivamente era inglesa.

A todo esto, pese a lo previsora que soy yo iba sin velo por la vida porque no tenía más que el despedazado, básicamente por esa sencilla razón de que era el único con el que veía algo. Los otros eran como los muebles de los tres ositos: o muy gruesos o muy opacos o muy imperfectos. Así que me las apañé tapándome de nariz para abajo con... la bufanda de Sherlock.

No olía a él. Había pasado demasiado tiempo y jabón quitasangre por esa prenda. Pero quizá, puede, cabe la remota posibilidad estadística de que me diera suerte, no en vano desde que la sisé mi fatal situación había ido a mejor. Por esa única y exclusiva razón y no por ninguna otra la llevaba conmigo periplo a periplo.

El amasijo de letras indescifrables se reía de mí, ahí enrollado en el bolsillo del abrigo. Estábamos a punto de salir, Chip y Chop vestidos y mulliditos de tanta lana a cuestas, mi cabeza sombrereada y bien tapada, ¿quė faltaba? Nada. Y dudé.

¿Sería verdad? ¿Trent reclamaba a Leo? Mucha casualidad sería que otro escocés ardiente le mandara una carta de amor pública al objeto de su deseo en pleno Londres, con lo racista que es.

Menuda fue mi sorpresa cuando ya decidida a marchar dijera lo que dijese el dichoso cifrado de las tierras verdes, no sin renegar por el camino de estos hijos de la Gran Bretaña que no saben lo que es poner un simple "vente p'acá" en la excelsa lengua de Cervantes, me encontré con la tremebunda visión del pater en el santo recibidor.

Rodeado de solícitas monjas y novicias que le felicitaban digo yo que por su estupenda labor con el ya finado ahorcado, se deshacía de sombrero y capa. Ni que decir tiene que seis o siete manos se dieron manotazos entre ellas para hacer de perchero.

Habría salido por la puerta de atrás, pero recordé que era irlandés. Lástima de esta buena memoria mía, nada más acercarme periódico por delante me echó la mirada: puro reproche reconcentrado. Ni desprevenido se le veía por verme de esa guisa, a un paso del pasamontañas sin lucir ni maquillaje por camuflaje (total para qué, para manchar). Jum... A malas podía hurtarle el paragüas.

- Ha sido absolutamente vergonzoso.

Las sor Citröen asintieron en sintonía, murmurando por lo bajini altini que si qué falta de decoro, que si de tal astilla tal palo, que si ya os decía yo monseñor que esta doña Leonor de doña tiene poco, que si comentarios racistas, que si qué poquita feminidad. La feminidad, otro escollo desconocido en mi camino que ni habría visto de no ser por los esfuerzos de Saint John en aleccionarme por mi bien en lo marimacho que soy.

- Padre, ¿sabe usted qué dice aquí? - yo a lo mío con el artículo.

Ni el rabillo del ojo quiso echar, se concentraba en quitarse los guantes de piel de cordero y fruncirme el ceño de Veinte avemarías.

- Montar semejante escena cuando la caridad cristiana reclama rezar por el alma de nuestro hermano sean cuales sean sus pecados, doña Leonor...

- Si vio el escándalo tampoco estaría rezando, ¿no?

Un aspirado ¡aaah! general.

- ¡El padre sabe hacer dos cosas a la vez! - faltó a la verdad una sor Citröen.

- Pero entonces no le prestó toda su atención al alma de Dios, ¿no?

¡Blasfemia, blasfemia! Bufé.

- Esto no va ninguna parte. - ya que chasquear las dedos no me sale, silbé y señalé al pater - ¡Chop!

Chop arrancó sombrero y capa de las frías garras del club de fans clerical, saliendo todos a escape (uno distrayendo, otras persiguiendo) al tiempo que Chip aterrizaba en los sacros pies de Saint John y los machaba al ritmo del taconeo digno de una sevillana y yo tomaba el paragüas ajeno y salía tranquilamente por la puerta grande. Pon unos mellizos en tu vida.

Pocas horas después aguardaba bajo una tromba de agua gorda, resguardada bajo la endeble estructura del varillaje paragüero.

Ah~, ¡mi amado! ¿Estaría dentro de la comisaría? Me acercaría. Había dos transeúntes en la calle, suficiente como para asomarme sin llamar demasiado la atención. Pensarás, avispado lector, que a una tendría que mosquearle ver a dos señores charlando bajo la lluvia, pero qué quieres que te diga, cuando no charlan cantan. Estos británicos son como sapos.

Y me asomé. Y un agente me miró. Y Trent, mi brazo fortísimo de la ley, estaba ahí de espaldas, apoyados los músculos de esas potentes extremidades superiores sobre la mesa más desordenada del mundo, exhalando humo como la chimenea sexy que es.

Y estaba asomada de más. Y el agente movió los labios cerca del comisario. Y él se giró, con esos ojos que son rayo y trueno. A punto de alejarme una ráfaga de viento me azotó las vértebras, levantando un palmo de faldas, y él vino, las piernas agarrotadas en el sitio, y su mano, su mano, ¡su mano!

Y nada, salió a la intemperie. Sin paraguas ni capucha ni gaita escocesa. Bajo la tromba de agua me agarró del hombro, me bajó la bufanda para acto inmediato subirlo en un visto y no visto, poco más y se me escurre el paraguas, poco más y se me escapa el corazón por la boca. Esto pasa por no planear al dedillo.

- Este olor solo puede ser tuyo. - quiso susurrar, pero no le salió.

Me costó escucharle entre la lluvia, el bumburubum de mi corazón y los silbidos insinuantes de los agentes ahí presentes apiñados en la puerta, hasta el par de transeúntes embozados bajo capas y paraguas parecían mirarnos. Por el rostro de Trent corrían los ríos que desbordaba la endeble estructura del varillaje.

Primero la voz y ahora el olor, ¿tan reconocible soy? ¡Si me había perfumado!

- ¿Cómo me has recono...?

- ¡Por favor! - y esta vez sí consiguió bajar el volumen - Este disfraz no engañaría ni a un ciego, se nota a la legua lo que escondes entre las piernas. - y alargó la mano y me apretó un pecho. ¡Me tocó! ¡Un pecho! - Más falso que un peluquín.

No sabía si sentirme ofendida. A quién quiero engañar, me había tocado un pecho: todo importaba un pimiento. Ni siquiera di gracias por la bendición de la combinación de tromba de agua y endeble estructura paragüera con que nos cubría, combinación que toda indecencia oculta a cualquiera a un palmo de distancia.

- Estoy aquí... porque tú lo has querido... - acalorada perdida, por la situación, el tocamiento, las prisas, todo - ¿O no me has publicado ese mensaje en gaélico en el periódico?

- ¿Gaélico? ¿Sabes gaélico? - boca confusa, boca que no entiende nada de nada.

De repente, la comprensión de todo.

- No has sido tú.

- ¿Por qué iba a enviarte nada en gaélico? ¡Nunca hemos hablado en gaélico!

Fue entonces cuando atravesó mis tímpanos la carcajada de Sherlock Holmes.

Continuará...

¡Tensión! ¡Intriga! ¡Dolor de barriga! ¿A que se echaba de menos?

lunes, 30 de enero de 2017

Brillante 27 - Pájaro que trina


Es irritante ir a capitulito por mes, así estoy intentando mejorar. En estos momentos de mi vida en que no sé qué hacer con ella no siempre es fácil organizarse con los escritos. ¡Ojalá me pagasen por esto y no tuviera que preocuparme por las facturas! Por suerte, vosotras que estáis leyendo estas líneas, lectoras fieles, estáis cargadas de paciencia. ¡Os quiero, conocidas y desconocidas!

En fin: tras dos capítulos más tranquilitos para variar en la agitada vida de nuestra Leona hemos descubierto que su tapadera de emergencia es la de una viuda reciente con moretones para nada sospechosos que se entreven a través de su grisáceo velo, madre de dos niños muy pillos. ¿Pero esta tapadera está hecha para durar?

Por la boca muere el pez,
por el pico canta el que acaba por perder.

Acoger bajo mi ala a los mellizos y fingir que éramos madre e hijos fue fácil, aunque no nos pareciéramos ni en el blanco de los ojos. Lo difícil fue... la maternidad. Tanto, que los demás puentes que hemos cruzado se me antojan contratiempos insignificantes. Y eso que mis niños son buenos y obedientes y exasperantemente callados, pero albergan una rebeldía dentro que no me da tregua.

El primer día, cuando conocí a Saint John y este tuvo la cortesía de informarme religiosamente de que llegábamos un par de siglos tarde para acogernos a sagrado y ya de paso de complicarme automáticamente el asunto: nada comparado con intentar que Chop cene acelgas. Intentar.

¿Poco después, cuando hubo que conocer a la madre superiora e interpretar el páripe más lacrimógeno que imaginarse pueda? Hinqué codos tres días hasta recabar el conmovedor perfil idóneo que calentara ese sufrido cubito de hielo que habitara el costillar de la dama dedicada a las almas perdidas de Whitechapel. Y hasta practiqué delante del espejo. Pues un guijarro en el zapato comparado con pretender ponerle una pluma entre los dedos a Chip. Ese día tragué tinta.

Por no hablar de la dieta a base de gachas sin sustancia... la degluto con gusto y sin picatostes que lo alegren siquiera con tal de no volver a meterlos en una bañera. Cosa a la que me inclino si ella me salva de lo peor de lo peor, de lo que supera todos y cada uno de los puentes de rabiosa actualidad y, no huelga decirlo, hasta los intentos de asesinato. Bienvenido sea el tercero si ello me libra ¡de los piojos!

Aaaah, maldita sea, estos victorianos están locos. ¡Pues no me parto el alma con Gertrudis para desparasitar las melenas de mis niños y en el convento me los vuelven a pillar los muy pillos! Hábitos antihigiénicos que no hay quién les arranque, me han quitado la fobia micróbica a mugriento golpe de choque. ¿Pero qué se les ocurre a las esposas de Dios? Raparlos a cero y lavarles la testa con petróleo. Menos mal que una viene de los colegios del siglo XXI.

Sin embargo, los mellizos están hechos para darme una de cal y otra de arena. Dividirán su determinación en blanco y negro, pero se reparten la tozudez: Chop no acepta acelgas, Chip las come por dos. Chip no coge una pluma ni borracha, Chop ya sabe escribir su nombre en letra temblona. Ninguno soporta la higiene básica, pero uno se deja sobornar y a la otra logré convencerla enseñándole la técnica ancestral del ladrillo en el bolsito.

Aquel día de la calma pre-tempestad, como de costumbre, me daban para muestra un botón. La noche anterior había llovido, dejando las calles de Whitechapel lo suficientemente derretidas como para encharcar la gruesa capa de nieve. Una gota de belleza en el Támesis urbano. Chip encabezaba la marcha saltando de charco en charco, sujetándose las falsas con las puntas de los dedos, bamboleando el bolsito enladrillado que llevaba al codo, llenándose las botas de barro medio descongelado, mientras Chop iba cogido de mi mano modosito y calmado. Los tres fingíamos fumar echando el hálito neblinoso por la boca y las fosas nasales.

- Tú tienes la piel blanca como la nieve y los labios rojos como la sangre y el pelo negro como la noche, ¿vendrán a matarte? - me preguntaba Chop, que como yo era fanático de los cuentos de hadas y le sobraba curiosidad.

- Puede, pero no por el cromatismo. Piensa que solo la más bella del reino puede tener esos colores sin parecer simple y llanamente enferma. - le contestaba con mis labios rojos de puro cortados, que no había pintalabios ni bufanda ni velo que protegiera contra esos vientos - Así que solo la más bella del reino corre esos riesgos.

- Pero no te comerás manzanas, ¿verdad que no? - apretón de manita.

- Si me los ofrece un desconocido sospechoso, no. - apretón devuelto.

Ahí Chip, crispada y sin dirigirme la mirada de tan centrada en la de su hermanito (quien prefería mirarme la mano entrelazada con la suya), nos salpicó enteros de una traicionera patada.

- ¡No seas bobo, Leo era un desconocido! ¡Ataúlfo!

Chip emplea nombres propios que más que nombre son una venganza para insultar y pasar desapercibida. Soy una pésima influencia.

Cuando llegamos al patio la muchedumbre ya había colapsado los mejores sitios, para mi regocijo y para refunfuño de Chip, quien no tardó en recalcar por enésima vez que deberíamos de haber salido antes. Chop, callado como un muerto. Bien sabía él de mi premeditación y alevosía vistiéndome "deprisa". Si estaba ahí era única y exclusivamente porque se habían ganado un capricho. Quién me iba a decir a mí que eligirían precisamente este.

Una boda, un entierro o una ejecución se aplaudían de la misma forma en Londres, y aquella nublada mañana de enero no hubo mejor modo de pasar el tiempo que acudir al ajusticiamiento público de la semana. Esto es lo que pasa cuando no tienes tele ni cerveza y la gente es analfabeta, que no saben cómo entretenerse. Solo esperaba que la soga le partiese el cuello rapidito.

Mi nena de mejillas coloradas como manzanas se zambulló por entre los bultos espero que por lo menos calientes del gentío, chillando alborozoda. Chop me apretaba la mano con fuerza como quien comprueba que sus dedos entumecidos siguen en su sitio. Miraba fijamente por donde había desaparecido su hermana, que lo entreví por entre el velo y los copos de nieve que a la tela se adherían.

Tan entretenida estaba contemplando cómo contemplaba mi niño que ni reparé en la sombra gris que se aproximaba hacia mí. Tanto que le dio hasta tiempo a ¡zas! Palmearme el hombro, reintegrándome en el club del casi ictus. Si es que este velo bien sirve de anteojo de caballos.

- Doña Leonor. - saludó con alegre retintín la sombra, que resultó ser una monja. Creo que una sonrisilla le adornaba el rostro y un ligero brillo pintaba de calidez sus ojos.

Debía de ser una de las hermanas del convento. Ahora bien, ¿cuál de ellas? No es que mantuviera una estrecha relación con susodichas habitantas. En realidad, gracias a los niños (y un poquito gracias a mí) disponíamos de celda propia desde el tercer día, así que ellas iban a lo suyo y nosotros a lo nuestro. ¿Cuál sería? Era especialmente pálida... no es un rasgo distintivo. Era cejijunta... no es un rasgo distintivo. Nariz aguileña... como buscar paja entre paja. Solo me restaba el comodín.

- Hermana, ¿cómo está usted? Bien sin duda alguna: resplandece con la tibia luz de la mañana. - sor sonrisa desaparecida. Aich, que era una doña. He... he sido un don Juan demasiados meses, no me juzgues, lector - Hace buen día... para tratarse de Inglaterra.

Aún a día de hoy sigo sin recordar una sola cara concreta de las moradoras del convento, salvo la arrugada faz de la madre superiora. Para mis adentros las llamo sor Citroën.

Parecía que la sor Citroën presente estaba aburrida pese a que claramente había venido en beatífico grupo, Chop no dejaba de señalarme las ocho o nueve piadosas monjitas que se apretujaban unas filas más adelante para disfrutar del inminente espectáculo,  así que le pregunté educadamente por qué se había acercado.

- Parecía usted aburrida, doña. - mira tú por dónde - ¿Le... parece adecuado traer aquí a sus hijos?

Qué graciosa, eso estaba lleno de niños. ¡Aaaah! ¡Venía a aleccionarme!

- ¿Le... parece adecuado asistir a estos actos dada su profesión?

Creo que me puso ojos espantados, y digo creo porque entre la visibilidad parcial acaparada dicho sea de paso por la nariz superlativa frente a mí, los rítmicos apretones de Chop y el barullo circundante... Lo único que sé seguro es que anidaba en mí el imperioso deseo de espetarle que los mellizos se habían ganado el premio recabando chantajes más que suculentos en el confesionario, luego no solo los trapos sucios de los aristócratas pudientes estaban a mi disposición.

- Nosotras estamos aquí por nuestra profesión. - replicó, no sin antes sacarme pecho, que ahora que lo pienso no se sabía muy bien si tendría con ese hábito tan grueso - Es nuestro deber prestar consuelo al alma de este pecador, tal y como dicta nuestro Señor y ejemplifica por verbo y acto el padre Rivers. - se atusó el hábito, muy digna - Española tenía que ser... -concluyó por lo bajini.

¿Para qué ser sutil cuando el velo te permite sacarle la lengua al personal sin que te chisten? Esos nobles señores no solo son asiduos de las sesenta y dos casas de tolerancia, esposa de Jesús metomen... ostras perleras, ¿había dicho...? ¿El condenado era católico? ¿¡Saint John estaba ahí?! ¡Y en nuestro día libre!

Ni que decir tiene que tanto Chop como yo sacudimos las cabezas de lado a lado en su busca, durante dos segundos fuimos el dúo paralelo. Sor Citroën echó humo helado por las amplias fosas nasales justo cuando una yaya cercana que por lo visto había estado pegando la oreja mencionó que todavía debía de estar dando la extrema unción. Fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que las religiosas presentes pertenecían al club de fans del párroco.

También caí en que tanto esfuerzo en no ser ni lo suficientemente pobre como para que me echaran a la calle ni lo suficientemente rica para que me atracasen por ella de nada había servido para evitar ni mitigar siquiera que una joven viuda que pasa demasiado tiempo en la iglesia del sex-symbol de Whitechapel diera qué hablar.

Y por último pero no por ello menos importante ni por asomo, fue justo en ese milisegundo de revelaciones cuando el rabillo del ojo captó entre el público lo que no me podía creer. No, más bien, me negaba en redondo. Habría sido un espejismo formado por la muchedumbre y la poca visibilidad entre nieve y tela sobre la cabeza, a una le engañan los ojos, ¡solo tenía que ser valiente y mirar del derecho...! Madremíademivida, allí estaban.

La familia Smithy. Al completo.

¿Recuerdas que unos párrafos arriba te comentaba, lector avizor, que una boda, un entierro o una ejecución se aplaudían de la misma forma en Londres? Pues no era infrecuente que las familias salieran del barrio para asistir al que tocase. Ay. Ay, ay, ay.

- ¿Sabes qué, Chop? Vamos a reunirnos con tu hermana, que no es buena idea dejarla sola. - a Chop se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

Pero sor Citröen se interponía en nuestro camino.

- ¿Por qué íbamos si no a someternos a semejante calvario con el día que... con lo poco cristiano que es tenerla muerte por esparcimiento, doña? Dígamelo usted, dígamelo.

- No la juzgo, hermana. - y quise pasar.

No nos dejó.

- ¿¡Insinúa que yo sí?!

¡Hija de...!

- Déjela, hermana, ¿con qué se van a entretener si no los pobres? - intervino una voz masculina.

- Eso, eso, ¿q'hacemos si no, amargarnos con lo' muerto', la cólera o la lepra con que no' atosigan lo' diario'? - entró a trapo otra.

- Si lo único interesante del periódico es ese mensaje misterioso que lleva cinco días saliendo. - opinó el vendedor de cirios, un hombre gordo y barbudo al que ya tenía visto.

Yo intentando aprovechar la cháchara para colarme entre los apretujados. Acababa de salir el condenado y la algarabía había evolucionado a vítores y abucheos.

- ¡Por fin!

- ¡Ya ves! ¿A quién le importa un artículo en gaélico pudiendo ver esto?

Quieta parada. Chop: tirón y apretón, tirón y apretón. Había dicho... lo había dicho, lo había oído.

- ¿¡Gaélico?!

...grité. No pude evitarlo. A ver, ¡esto no es culpa mía! ¡Yo no quería esto! El señor, quien fuera, un simple bulto más, se giró hacia mí anonadado.

- Sí... - me acababa de ganar el sambenito de histérica - Quién sea ha untado bien a los del diario.

Me llevé la mano a la frente, donde bullían las conexiones neuronales. En gaélico. En gaélico. Trent es escocés. Trent me dijo que cuando fuese seguro volver yo lo sabría. ¿Trent cree que sé gaélico? No puede ser, porque nunca me lo ha comentado... el traducelotodoinaitor. El hijo de Cristóbal del traducelotodoinaitor. ¿¡Me había estado diciendo palabras de amor en gaélico y yo perdiéndomelo? ¡Cinco días! Maldita sea, maldita, maldita, maldita...

Unos dedos largos y delgados me agarraron por la muñeca. El crujido de la trampilla era ensordecedor la centésima de segundo en que caía, como la esperanza del condenado.

- Esa voz... ¡es inconfundible! - ojos como centellas.

Déjame en paz, Amanda, déjame en paz.

Continuará...

¡Espero que os haya gustado! Me ha quedado largo, lo sé. Pero así se compensa un poco la espera, ¿no?

¡Sherlock regresará...!

lunes, 16 de enero de 2017

Y si... 17 - Nananana...


¡Lo habéis adivinado! XD

¿Y si convivieras con Batman?
~La batseñal de Yukino

Yukino - ¿Con cuál de ellos? ¡Y qué me importa! Tengo clarísimo lo que haría. ♥ [Deja caer una pistola de 10 mm en la lujosa mesa fina de cristal fino del fino salón millonario finamente amplio]

Alfred - [Bandejita en mano] Retire esa cosa de la mesa, señorita Yukino.

Y - ¿Es ese mi desayuno de millonarios, mi querido mayordomo multitarea? [Pestañeos a velocidad de ala de colibrí]

Alf - Ejem. [Lento... parpadeo] ¿Sabe, señorita? Algo que aprendí en mi juventud y me perseguirá mientras viva, cuando estaba en Pieristán...

Y - ¡Ya la quito, ya la quito! [Arma de fuego retirada y guardada]

Alf - [Sonrisita]

Y - Chocolate con churros, pues vaya una dieta adinerada.

Alf - ¿Y qué quiere haga, señorita, si no le gusta el caviar?

Y - ¿Pog la mañaña, Alfreg? [La boca llena]

Alf - He criado a un hombre que se zurra ejem, mantiene fuertes contiendas con delincuentes en traje de licra con nocturnidad y alevosía, perdóneme si no me adapto a los hábitos de un ser humano normal.

Y - La mejor. Disculpa. De la Historia.

Alf - Nadie. Habla. Así.

Y - Ay, Alfred, tengo un regalo de para ti. ♥ [Palmada aérea pija]

Alf - [Recibe un ejemplar de 50 sombras de un multimillonario excéntrico]

Y - Disfrútalo en tus horas libres. ❤ [Bailoteo de cejas]

Alf - Señorita, esos modales... [Bigote inquieto]

Y - Eso lo traduzco libremente como "oh, sí~". [Cucharadita de chocolate caliente para adentro]

Alf - Refínese, señorita Yukino, se lo ruego, por favor se lo pido, no resistiría que los próximos vástagos Wayne fuesen aún más difíciles de educar.

Y - [Se traga la cuchara] ¡Ag! ¡Krrsssmgh!

Alf - ¡¡Señorita!!

Una maniobra de Heimlich después...

Y - [Medio cuerpo desparramado sobre la mesita. Alfred le acaricia circularmente la zona pulmonar de la espalda] Jj...

Alf - No me diga... que no hay noviazgo...

Y - [Índice acusador de Las pillas al vuelo]

Alf - ¿¡Es que nunca me van a dar nietos?!

Voz cascada - Ya estamos otra vez.

BAAATMAN.

Y - Uuuuh~, el caballero oscuro... espera, ¿ande vas?

Batman - No soy lo que mi cama merece, pero sí lo que mi cama necesita.

Y - [Le ofrece una cucharada (limpia) de chocolate]

Batman - ... [Se sienta a su vera y se la come de su mano. Porque la justicia da hambre]

Alf - Por favor, señorita, deme nietos.

Y - Que me niego a salir con un psicópata violento por muy de buen ver que esté, mayordomo casamentero.

Batman - Yo no soy un psicópata, soy el Orden, soy el Miedo, soy la Noche...

Y - Sí, sí, sí, y un mujeriego, un visionario, un filántropo...

Batman - Ese es Ironman.

Y - Ups, cómo he podido confundiros... ¿quieres mojar el churro?

Alf - Por supuesto que quiere.

Batman - Alfred, el batmóvil ha quedado hecho un desastre.

Alf - [Bigote sufrido] ¿Qué ha sucedido... esta vez?

Batman - Lo he convertido en batmoto. [Y se ha liado parda]

Alf - [Se retira arrugando arrugas faciales que gritan que esto no está pagado]

Y - [Con el imperioso deseo ilógico de darle la generación Wayne que esos viejos huesos anhelan] ¡Por los murciélagos, súbele el sueldo! ಥロಥ

Batman - No nombres a los murciélagos en vano.

Y - Al contemplar la recta espalda del pobre anciano, alejándose para continuar mayordomeando, me percato sin quererlo de la verdad. [Dramáticas lagrimillas cara al horizonte cuya vista se cuela por los cristales de alegres ventanales] No es el mayordomo que mereces, pero sí el que necesita... un millonario excéntrico.

Batman - [Chupándose los guantes]

Y - ...¿te haaas comido mis churros aprovechando la epifanía?

Batman - No era el desayuno que mi paladar merecía...

Y - ¡Maldita sea, Bruce, hay límites!

Batman - Batman no tiene límites.

Y - [Voz cascada de imitación] Menos matar.

Batman - Ni se te ocurra. No te burles de mi única regla tú también, aquí, en mi casa, de día. No.

Y - [Comillas manuales] Pegar palizas de muerte y dejar inválida o comatosa a la gente, sí, pero matarla ¡nooo!

Batman - No soy un cobarde que se esconde tras un arma de fuego, jamás segaré la vida de otro. ¡Adelante, búrlate!

Y - ¡Uuuuh! ¡Porque yo soy el caballero oscuro!

Batman - ¿¡Qué quieres de mí?!

Y - ¡Que me compenses!

Batman - ¿Podemos echarnos la siesta antes?

Y - ¡Son las diez de la mañana!

Batman - [Se arranca la máscara]

Y - [Le salpica una oleada de tórrido sudor perlado] ...bueno, supongo que hay tiempo para una siestecilla.

Batman - Y luego tendré que asearme. [Se pasa la manaza de hombre murciélago fibroso por la cabellera mojada y desmelenada]

Y - D-de acuerdo, una ducha rápida. ಡ//ロ/ಡ

Batman - La justicia merece y necesita un héroe bien alimentado. [Menea esos cabellos que el autor le ha dado]

Y - ¡Fija tú la hora! >//ロ/<

Tras el siestón, baño espumoso y comilona...
¡Para-bara-bara-bara-baaan~₪!

Y - [Bajando los escalones del aparcamiento Wayne] No sabías qué hacer con la fortuna de tus papis, di la verdad...

Batman - Antes mato a un vil villano.

Y - ¡Por favor!

Alf - [Érase un mayordomo sentado sobre el capó con la nariz pegada a cierto libro multimillonario, érase una nariz superlativa que salta disparada de entre las profundas y sinuosas páginas al interceptar familiares ruidos y efluvios] ¡!

Batman - ...

Y - (͡ ͡° ͜ ʖ ͡ ͡°)

Alf - [Érase un mayordomo a la fuga en discreto andar escalón arriba, arriba y más allá]

Batman - ¿Quieres conducir?

Y - Bueno, no tengo carnet y me la pego hasta en los videojuegos, pero ¡qué demonios! ¡Pásame las llaves!

Siniestro total más tarde...

Gordon - ¿¡Qué ha pasado, Batman?!

Batman - [Reteniendo a una Yukino hiperactiva frente al automóvil partido en dos, empalado en bocas de incendio y asaetado por tres farolas (dos dobladas) que ni sus anchas espaldas logran esconder] E-era lo que necesi...

Gordon - ¡Has arrancado todas las bocas de incendios! ¡¡Gotham se está inundando!! ¡¡¡Y las farolas están rotas!!! ¡ELECTRICIDAD Y AGUA, BATMAN!

Batman - [La máscara oculta los sudores]

Y - [Magullada, despeinada y estupenda] ¡Podría ser peor, Gordy!

Gordy y Batman - ¿¡Gord...?!/¡No digas...!

Y - ¡Podría estar lloviendo!

¡CABUUUM!

Y - ◐-◐ [Melena meneándose al explosivo vendaval]

Gordy y Batman - [Facepalm]

Gotham entera - [Estridente carcajada retumbante]

La broma de bromas viste de morado.

Joker - ¡AJAJAJAJAJAAAAAAJJJ!

Y - ¡¡¡AAAH!!! [Dispara. Le da al automóvil. El "aparcado" justo detrás]

Coche que estaba detrás y moribundo sin hacer daño a nadie - [Asciende al cielo de lo automovilístico]

Y - [Se mira la pistola de 10 mm como si ella tuviera la culpa]

Joker - Me has decepcionado, bombón, el momento era perfecto y no has tenido las agallas. [Le sobreviene una carcajada estridente de esas que convulsionan los músculos] ¿Qué ocuuurre Batsy? ¿Has adoptado a un compañero aún más inútil que tu Robin?

Batman - ...ahora camino por las calles de esta ciudad que estoy aprendiendo a odiar.

Y - No, espera. [Cara al difunto coche y ¡BANG!]

Joker - [Entre ceja y ceja]

Y - ¡SÍII, NENE!

Batman - ¿¡Qué has hecho?!

Y - ¡He recalibrado mi puntería y me he ventilado a ese peligro andante de villano que te lleva sorbiendo el seso tu batvida entera! Y eso que era fan. Pero la autodefensa es lo primero. [Pecho henchido] Estoy orgullosa de mí misma.

Gordy - [Aplaudiendo cual poseso]

Batman - [Le arrebata la pistolita homicida]

Y y Gordy - ¡Eeeh!

Batman - Una pistola, el arma de un cobarde y un mentiroso. Matamos... demasiado, porque lo hemos hecho muy fácil... Nos ahorramos el asco y el trabajo. Te prohíbo volver a usarla.

Y - ¡Pero la necesito! ¡Todavía no he hecho lo que venía a hacer! Devuélvemela, porfi.

Batman - ¿No era esto lo que planeabas desde el principio?

Y - ¡Devuélvemela! [Intenta cogérsela, pero...]

Batman - [...él se aprovecha de su provechosamente imponente estatura. Porque es Batman]

Voz de reportera repelente - Llegamos a la zona de los hechos. Gotham se ve nuevamente sumida en el más profundo caos, y nos notifican que el príncipe payaso del crimen ha caído víctima de una de sus enanas de circo. Nos aproximamos a confirmar los detalles de su muerte. ¿Será esta vez la definitiva?

Y - [Dando saltitos]

Gordy - ¡Batman, por el amor de Dios, que se acerca la prensa!

Batman - No se atreverán a acercarse, porque yo soy...

Cámara - ¡¡Lois, la distancia de seguridad!!

Lois Lane - ¡Sh! Nos encontramos ante la presunta asesina del Joker. [Llevándose el pelo p'atrás, como diciendo: Parfavá, soy inmune] Señora, ¿qué se siente al lograr sin traje de licra y a cara descubierta lo que los héroes locales no se han atrevido a lograr, quedando automáticamente libre de responsabilidades civiles por el destrozo sistemático de la vía pública?

Y - ಠ^ಠ [Le extirpa de cuajo el cinturón al hombre murciélago y arremete contra el cabezón de la periodista tirándole todo el arsenal habido y por haber en el susodicho]

LL - ¡Ay! ¡No! ¡Pare! ¡Ik!

Gordy y Cámara (que ha decidido jugarse la vida) - [Agarrando cada uno un batbrazo]

Batman - [No hacía falta, está quieto parado] Debería detenerla... pero hay algo hipnótico en esto.

LL - [Muerta]

Y - Vale. Ya está.  Vámonos, Batsy.

Gordy y Cámara (lacrimoso) - [Aplaudiendo como posesísimos]

Batsy - Este era tu plan desde el principio.

Y - El mejor detective del mundo, ya lo creo.

Gordy - ¡Espera, heroína que merecemos y necesitamos! ¿Qué pasará cuando Super...?

Y - [Entre destellos heroicos] Nada, nada, he decidido sacrificarme por el bien mayor del Destino y del sentido común, esa mujer llevaba media vida reclamada por el Más Allá y ese individuo tan ridículo de Más Acá no lo quería aceptar, pero nada, te digo, soy lo suficientemente listísima como para haber urdido otro plan autodefensivo infalible.

Peatones - ¿Qué es eso?

Mirones - ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?

Gordy - ¡Oh, no!

Y - ¡¡MI MADRE SE LLAMA MARTHAAAA!!

Gordy - Está... dando media vuelta. Mmm. Siento en mi interior una agridulce mezcolanza de alivio y decepción.

Y - Es porque tu trabajo no está pagado. [Mejilla recién mojada de lo que podría ser agua de lluvia, podría ser una superlágrima, quién sabe] Yo, por el contrario, me siento muy pagada de mí misma ahora mismo.

Batsy - [Las lágrimas también mojan su máscara. Desde dentro]

Y - Vamos, Batsy. [Su brazo le rodea la batcintura, porque tampoco es que llegue mucho más allá] Alfred nos espera~♥.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Brillante 26 - Espejo de plumas


¿Os acordáis de cuando dije que publicaría más a menudo? Sí, en el último capítulo... pues me puse enferma, tuve una crisis nerviosa y acabé en el matasanos, ¡ja, ja... ja! Por qué será que brotan mis lágrimas. ;^;

En fin, Leona está en una iglesia vestida enteramente de negro y con un velo puesto junto a sus niños y un buen maniquí de sotanas. ¡Toca desvelar el misterio no tan misterioso del método empírico de desaparación leónida! XD

Una imagen vale más que mil palabras... ¡dicen!

Los rayos del tenue sol se colaban por los alegres ventanales, sí, pero no sentía su calor. Las iglesias son frías, sí, tienen que serlo para soportar tanto cirio, pero esta piel no lo habría sentido aun huyendo afuera, dado que estaba completamente cubierta de pies a cabeza. Botines (acordonados), amplias faldas (estilo flor fúnebre), largas mangas terminadas en guantes (apoyando la monocromía), la exuberancia de la pechonalidad (libre al fin) que apenas disimulaba mi negación al corsé y el velo.

El velo trasparente y gris que me cubría cuello y cabeza, adornado con bordados florales rojo y negro que bien colocado tapaba lo que tenía que tapar. Entre el río de pétalos que solo se despejaba para mi visión por respeto a mis ojos, veía las escenas rutinarias como a través de un sueño que se pasaba de onírico.

El olor a cera derretida, el crujido chirriante de la madera, la libreta enfundada en su sitio del bolso, junto al ladrillo, una feligresa rezongando, mis niños escabulléndose, su sotana. El amor del palomo y la paloma, los lóbulos de la oreja de los peques... enrojecidos, esos dedos inclementes suyos tirando hacia arriba. El sol calentaba poco.

La Virgen derritiéndose de amor por el divino bebé, el chasquido sonoro de mi manotazo, las piedras videntes incrédulas, el crucifijo en balanceo, mis niños libres, el viento que se cuela por las puertas, mis niños prendidos de las faldas. Risas. ¡VEINTE AVEMARÍAS! La feligresa matutina escurre el bulto, su pose de ángel vengador que hace chillar a Chip y Chop, ¿qué os han hecho los curas?

Las manos rojas de este cura. Me he pasado. Me contempla con el típico mohín Si te faltara el dinero te flagelaba, puerca. Pero falta temor alguno, el mequetrefe de la barbilla altiva... que escudriña, el velo me oculta y quita visibilidad a partes iguales. No hay miedo, solo la desoladora carencia de lupa en mi vida.

Era nuestra dinámica habitual. Dinámica asentada en unas interesantes tres semanas de relación de las que ya me estaba cansando.

Chip y Chop han recaído, muy bien. Con rezar no basta, pues te has equivocado de oficio. Quizá cubrirme la boca e inclinar la cabeza hacia la derecha como si reprimiera el llanto le ablandase lo suficiente para dejarme en paz. El pasado no excusa el presente, no, es roca dura. ¿Qué haría nuestro Señor si permitiese esta flagrante violación del secreto de confesión?, todo lo perdona Dios si media remordimiento o compasión. Otros treinta avemarías, pues vale.

Agaché la cabeza, me mordí el labio inferior en la posición estratégica justa para que lo viera sin verlo todo.

- Pérdoneme padre porque he pecado~. - ¡aich!

Papel sumiso que no me va nada y se me hace cuesta arriba pero cosecha buenos resultados bajo esta nueva apariencia, a lo que el lenguaje corporal clerical respondió relajándose a ojos vista. 

Hasta que con la paz exterior se percató de la escena erótica espontánea que estaban montando las palomas entusiastas junto al agua bendita. Debo alegar en su favor que Saint John no es amigo de sumarse al club del casi ictus, ¡nada más lejos! Él es de arremangarse las faldas sacerdotales y espantar el amor plumífero a patadas.

Una manita tiró suave, pero demandante, dos veces la tela de las faldas. Chop reclamaba que me agachase, cosa hecha nada más comprendida.

- Lo sentimos. - ¡que me lo como!

- La próxima no nos pilla. - Chip, ambiciosa.

Aproveché el descanso para acariciar las cabecitas que tanto me había costado dejar limpias y para cuando me quise dar cuenta los besuqueaba enteritos, ¡qué guapos estaban ahora que los bañaba! Tan peinaditos, tan remoninos, Chip con sus trencitas y su vestidito de niña victoriana verde oliva y Chop con sus pantaloncillos de tirantes el abrigo hasta el cuello. ¡Mira que ponerles el dedo encima!

Ellos se dejaban hacer sin moverse un ápice, hasta que Chip terminó poniéndome las manos encima como un gatito que te advierte que pares. Ay, mis nenes. ¿Por qué me habían seguido si la abuela dejó claro que nanay? ¿Estaban esperando a que les pidiera venirse conmigo?

¿Me querían? ¿Por qué eran tan diligentes, por qué ni una palabra sobre mi verdadero sexo? ¿Saben cuál es o les da igual? ¿Por qué me piden cuentos y se acurrucan junto a mí por la noche? Y bien que me vienen para la tapadera y mejor aun para sonsacar. ¿Esto es explotación infantil?

- La gorda dice que su jefa tiene más que relaciones imperas con la prima. - impuras, Chop.

- Dorothy Bale. - Chip, matizando.

Qué más da, conmigo están mejor que con ningún otro.

- Ejem. - un carraspeo agudo, lo nunca oído.

Tras de mí lo tenía: Saint John, el amo y señor de las sacras cuatro paredes que tenía por torreón, dignísimo representante de Dios en la Tierra cuyos ojos de piedra estaban erosionándome la crisma, a juzgar por los picores y los gestos secretos de Chip y Chop que se pensaban que comprendía por ciencia infusa.

- Discúlpeme, padre. - voz melosa, cuello ladeado, mano en mejilla velada - ¡Me es tan fácil olvidarme de usted!

Tic en su puro labio, por lo demás inmutable. Eso lo mataba.

- ¡Uy! Se le han adherido las plumas en la falda, con lo impoluta que la lleva usted siempre...

Se sacudió como un resorte. Eso lo mataba aún más.

- Pajarracos sacrílegos... - masculló, que yo lo oí.

- Y sin embargo, ni manchándola entera de barro perdería esa apostura... - susurré como ensoñadora más que audiblemente en el eco de las altas paredes. Chip dejó escapar un puaj.

El gesto semiperenne que le arrugaba la línea de la frente volvió a apaciguarse, lo que significaba que si jugaba bien mis cartas no tendría que volver a soportar esa irritación contenida en lo que restara de día. Nada lo relajaba tanto como una buena dosis de vanidad. Era básicamente lo único que me gustaba de él.

Eso, y esto:

Hice volar los dedos hasta mi compungidísimo pecho, agarrándome al rosario con expresión sonoramente culpable para, acto seguido, acariciar en un suspiro las trenzas de mi nena, imagen de la inocencia. Debía ser sutil, Saint John no era Amanda. Pero sin pasarme, a ver si no lo captaba. Complicado equilibrio.

- Conversar con usted alegra mis mañanas, padre.

Yo cabizbaja, un par de pasos atrás. Saint John resplandecía en su inmutabilidad de puro gozo.

- Confío en que Dios quiera regalarme su compañía el día de mañana.

Los mellizos se dieron la mano y Chip me tendió la sobrante. Tomando esta última, el bolso enlibretado y enladrillado y mis faltas para no partirme los morros más de lo que el cosmético indicaba en un tropiezo tonto, nos dirigimos al portón bañado por el sol. Los talones delataban cualquier movimiento con su toc, toc, toc... Yo miraba las baldosas pisadas.

Otros talones hicieron tocotoc, tocotoc. A un palmo de la punta de mi botín izquierdo estaban los zapatos varones. Me atreví a alzar la vista lentamente, sabedora de que desde esa perspectiva él solo podría ver mis ojos, no mi sonrisa. Lo bañaba la luz. No pude evitar lanzarle una mirada de sincera lástima. Pobre. Pese a tan correctas facciones y proporción corporal, su bonita figura destilaba sosería, no había nacido fascinador.

- Permíteme escoltarte una vez más, hija mía.

Chip me apretó los dedos.

- Con lo que ha hecho usted por mí, padre Saint John, no me atrevería a pedirle más... - pestañeo.

- Una buena cristiana es obediente y silenciosa, Leonor. Ya que lo segundo es demasiado ambicioso, intenta aplicarte en lo primero.

Tch. Había descubierto lo que me mataba a mí.

- Si es una orden, es una orden.

Chip me arrebató el bolso y la vi palpar el ladrillo de reojo. Quizá la había instruido en autodefensa bolsácea demasiado pronto. No parecía importarle el famoso proverbio de sabiduría trascendental de Santa Ermeguncia la Agujereada, aquel que reza que ir acompañados del párroco del lugar protege más que cien revólveres con balas a estrenar.

El barrio de Whitechapel sería famoso hasta decir basta en pocos años gracias al morbo suscitado por la sangre y las tripas que mancharían el cuchillo del metódico Jack, pero mientras tanto no era más que un barrio de clase baja con sus crímenes de clase baja sin más galardón que el discutible honor de ser el más pobre de la pérfida Albión.

Lo más característico del distrito a parte de erigirse como el tugurio hervidero de pobreza por antonomasia es su pluralidad. En esta era victoriana en la que me ha tocado caer la pobre-población ha sido engrosada por inmigrantes de todas partes, mayormente irlandeses y judíos de aquí y allá. Buen ejemplo era el pater, que aseguraba pertenecer al primer grupo.

- Hoy es un raro día de sol, doña Leonor. - ¿no le quemaría la piel? Es más pálido que yo. Nah, las estatuas no se tuestan.

- E inusitadamente sosegado, padre. - como dejaba notar la pescadera que se desgañitaba en la calle opuesta y los que avisaban el ¡agua va! muy tarde.

Gente menos estirada que el común de los ingleses, aunque más por la baja estofa que otra cosa, lo que no los hacía necesariamente más agradables. No, tan lejos estoy de idealizar a los pobres como a los ricos: la verdad es la que es. Y la que aquí toca es que, en general, eran chabacanos y poco interesantes.

- ¿Cuánto hace que nos conocemos, hija?

- ¿Cuánto hace que Dios escuchó mis plegarias y se llevó a mi difunto esposo?

- Solo Él lo sabe... - no le vi la cara, Chop me tenía entretenida señalándome a la feligresa entrada en carnes. Qué lentitud, señora - No veo que tus cardenales mejoren.

Por supuesto que no, me maquillaba exactamente igual los morados por si se me movía el velo, que una viuda con dos niños era una buena tapadera, una viuda con una cicatriz idéntica a la del desaparecido Leonardo Dantés de Campoamor y en el mismo sitio no tanto. Madre mía, ¿me tenías que salir también observador?

¡Ah, el mismo aleteo de pestañas tan espesas como intransigentes que el día en que nos conocimos! Su expresión fue de lo más entretenida. Puedo aventurar que nos despreciamos a primera vista. Para mí fue una decepción toparme con un sacerdote con ínfulas de ángel vengador más parecido a un gatito gruñón de mármol.

Llámame fanática de La Regenta o disnéyfila sin remedio, el caso es que si se da el milagro de tropezar con un cura joven y atractivo espero un mínimo o de apasionado Fermín de Pas o de juez Frollo que lucha contra vicio y corrupción y ve pecado en todo menos en su corazón con el vozarrón de Constantino Romero, no una estatua griega de clásico rostro andrógino. ¡Qué desperdicio de maniquí de sotanas!

Y si solo fuera eso... ¡se llama Saint John Rivers! Pero por favor cómo me voy a tomar en serio a alguien con nombre de río. Cuando nos presentaron no pude reprimir la carcajada, quién me culpará. Supongo que algo tuvo que ver el incidente risueño con la ojeriza por su parte como primera impresión. Por suerte, poderoso caballero es don Dinero.

- ¡Leoooo! - insistía Chop. Chip le propinó el codazo de su corta vida.

¿Qué hacía? ¿La reñía? ¿Cómo se riñe a los niños en esta época? ¿Cómo los riño sin que me miren con carita de decepción?

- Es aberrante que los niños llamen a su madre por su nombre. - gracias por la sentencia número ochenta mil, pater, por qué te crees que he tenido que mantener la raíz de mi pseudónimo.

Si es que por más que frunciera el ceño o alzara el mentón e irguiera la columna cual palo de escoba no me lo iba a tomar en serio, que se esforzara lo que quisiera. ¿Cómo se toma en serio a alguien con una flauta por garganta? ¿Cómo a un irlandés rubio? Que por no ser no eres ni pelirrojo, desastre de hombre. Si no fueras tan alto ni tuvieras esa nuez prominente presionando el alzacuellos...

Vecinos desagradables, calles sucias de hollín y malolientes a a orín, miseria asfixiante. ¿Qué se me perdía en Whitechapel? Pues lo único que podía interesarme: la iglesia alemana católica St. Boniface, humilde casa de Dios más bien tirando a acomodada por esos lares, y el convento relativamente cercano a este.

Aquel par de recintos católicos, apostólicos y romanos eran la representación física de mi plan de emergencias, un oasis en el distrito de los sesenta y dos burdeles. Porque sí, para desaparecer me habría bastado con liarme la mugrienta manta a la cabeza y perderme entre los pordioseros por quien nadie se preocupa, pero como sin duda ya estarás harto de leer en mis páginas, paciente lector, antes me tiro al Támesis de cabeza.

Y el punto medio entre eso y el desvanecimiento social total... era St. Boniface.

Continuará...

¡Espero que os haya gustado! Ahora mismo no me atrevo a aventurarme sobre publicaciones futuras, pero ya sabéis que publicar publicaré. XD

Sobre Whitechapel, lo de los burdeles, la pobreza y la existencia de la iglesia católica alemana de St. Boniface son 100% verídicos. De hecho, St. Boniface fue reconstruida después de la guerra, pero he mirado dibujos de cómo era originalmente... porque ahora es algo feúcha. En cuanto al convento, me lo inventado, bastantes quebraderos de cabeza me dio ya encontrar una iglesia católica en el maldito Londres victoriano y un distrito reconocible.

Este ha sido mi regalo navideño para todas vosotras, lectoras que seguís ahí. ;^;*

viernes, 25 de noviembre de 2016

Axia 06 - Música


¡Hace dos siglos que no publico nuevo capítulo de Axia! Lo siento, estaba tan quemada... sin embargo, nunca es tarde si la dicha es buena, ¿verdad que no? ¡Cómo que sí!

Dejamos las cosas, allá por el siglo pasado, en un capítulo en solitario de Ina, que entre bufidos a hechiceras, nekkers, Iorveth y Leto ya tenía el día echado. Ina sin Riri, cosa casi inconcebible. ¿Adivináis qué toca ahora?

¿Quién es más misterioso que el narrador?

Riri, he encontrado tu borrador, ¿a que te creías que no me atrevería? No haberlo escondido tan mal, si yo no tengo derecho a la intimidad tú tampoco. No hace falta ser un monstruo de la naturaleza para darse cuenta de la fijación que tienes por un sombrero que se supone que ni siquiera te gusta, que llevas sobre la melena "irónicamente" y que proteges de mis tijeras con pobres excusas. Igual que te cosí las orejas de conejo en él para darte el toque puedo descoserlas y recoserlas en otro de tu gusto.

En fin, que este ojo mío lo ha devorado y, por más que me quite el postizo ante tu arte, no te vas a librar de mis quejas. Tú, abanderado de la verdad, acomplejado de Jaskier, ¿se puede saber qué has hecho con el capítulo cuatro? No me voy a quejar de que airees mis debilidades dando pie a que algún tunante las aproveche, que debería, pero a estas alturas qué más me da. No, ¡lo que me duele es que borraras el biombo!

Bien sabes tú que interpuse el biombo entre los dos, ¡pero no, hala, desvestimiento gratuito! ¿Qué culpa tengo yo de que el mueble estuviera agujereado? Sí, me percaté. Quién iba a pensar que tendrías ganas de fijarte hasta de cuántas muelas tengo en la boca con lo cerca que estabas del ictus, me mirabas con cara de Me vas a defenestrar. Una se fía.

Si he de ser sincera como siempre lo soy, la verdad verdadera es que tu forma de describirme es tan tierna, el modo en que te imaginas las reaccionas del público tan remonino, que mi vanidad está satisfecha incluso cuando te entra la pataleta y te pones a llamarme tonta de capirote, te comería enterito.

Hay una cosa, no obstante, que sí merece mi indignación: tú. Te omites continuamente. Vale que se supone que soy la protagonista, pero ¿acaso no eres tú mi camarada? Siempre presente a mi vera y ahora me encuentro con que en tu borrador no has querido aprovechar la oportunidad de presentarte al mundo narrando los días que pasaste en solitario.

¿He de recordarte otra vez que eres el "abanderado de la verdad"? Sé que no te gusta hablar de ti mismo, eso son cosas del presumido de Jaskier que está hecho un fabulista, que tal y que cual... para eso estoy yo. ¡Quién mejor que tu mejor amiga para dejarte estas paginitas agregadas al borrador y completártelo!

Tu rivalísimo me contó todo punto por punto, y luego el enano al que te empeñas en llamar "su secuaz" a ratos pero que el resto conocemos por Zoltan me desmintió los... adornos. Ahora como no entiendas mi letra temblona menuda risa.

Quién sabrá salvo tú qué harías cuando me reencontré con Leto. Conociéndote, tras esas tres primeras semanas intensas que habías vivido pegado a mis faldas seguramente ni saldrías del cuarto. El corazón me dice que tuviste tu rato sentado en la cama mirando las musarañas con esas dos esmeraldas que tienes por ojos. ¿Qué si no? Te había destrozado el laúd, no podías practicar, y nunca te he visto escribir sin tu laúd cerca.

Algo me dice que todavía me guardas rencor por eso. Nunca has dicho nada, pero yo lo sé. No se me olvida ese disgusto en tu verde mirada, ese fruncimiento de naricilla y boca, cómo alargaste la mano a las astillas en el aire. Por suerte te compensé, ¿no? Tampoco se me olvida ese rubor de ensueño cuando te di el laúd élfico que le robé a golpe de Axia al scoia'tael Ermeguncio, cómo me sonreíste mientras toqueteabas con las yemas la cabeza de conejo que tanto trabajo me había costado tallas en la cúspide del mástil, poco más y me muero de amor.

Te dije que era para que no te olvidases de mí. No me creíste, era verdad. En tus borradores me pintas cariñosa contigo, como si te hubiera brindado mi amistad sin tapujos desde el principio. La realidad es que yo no daba ni medio cobre por ti, no esperaba nada de ti.

No te enfades, simple y llanamente tenía la certeza de que más pronto que tarde se te despertaría el impulso vital. Los humanos sois así: os arrimáis a una moza, engendráis seis o siete vástagos y decís adiós con la manita al bicho raro.

Por supuesto que ya te había cogido cariño, ¿cómo no hacerlo? Lo pones tan fácil con esas mil caritas que gesticulas cuando quiero asustarte, esos ojazos color hiedra que me dedicas admirado al contarte esta no tan entretenida vida, esa sonrisa senpenteante si te suelto alegremente que he degollado a algún pobre diablo y ese rubor fácil en tus pellizcantes mejillas, ese que a veces te sube hasta por la naricilla cuando alabo, con razón, tu música. Adoro tus manos, los dedos alargados que paseas por las cuerdas. Eso sí que es magia.

Vaya, al final vas a tener razón con que soy una charlatana. Meh, ya lo tacharás.

Como iba escribiendo, tú sabrás qué hiciste esa mitad del día. La tarde, no obstante... la conoce más de uno, pilluelo.

Salista de la taberna carente de sillas, dirigiste tus pasos a la plaza. Llevabas contigo el aire ausente propio de aquel que no sabe qué hacer con su tiempo. Normal, ¿qué entretenimiento hay en ese pueblucho de Flotsam que sea apto para los normales? Emborracharse y poco más. Luego que por qué hay tanta ejecución pública semanal.

Diversas fuentes me confirman que la luz incidió en ese pelazo rubio al sol que tanto te envidia esta pobre teñida, lanzando destellos que atrajeron a la asaltacunas. Si es que una cabellera soleada causa estragos...

Me niego a creer en que te fijaras en las bamboleantes caderas que la muy fresca se puso a agitarte en las narices y estoy segurísima de que lo que estabas mirando con tanta atención era el tatuaje aquel tan estratégicamente ubicado y no el escote.

- Tómame, soy tuya. - debió decirte la ofrecida.

- Señora, que para usted soy menor de edad. - deberías de haberle replicado, caray.

Pero nada, ella se ponía ofrecida y tú te viste obligado en diez minutos de conversación, qué poco aguante. Te lanzó un sortilegio manipulador de los suyos, ¿verdad? Fijo que sí, de otro modo mi peque no se habría ensuciado los labios, con lo que te tengo advertido de los peligros de pasear la boca por donde no toca, que luego pasa lo que pasa y ¡pum! Acabas como Saskia. Malditas hechiceras y malditos sus hechizos que perturban el libre albedrío de los dos demás, esclavistas que son, los brujos les damos mil vueltas.

¡Y tú vas y la besas y la abrazas con las mismas manos que compones mi música!

Bien pensado, es natural que no quieras hablar sobre eso. Pero de tus encontronazos posteriores allá por la mañana siguiente sí que podrías decir esta boca es mía, ¡mejor amigo de brujo contra mejor amigo de bruja, músico contra músico, crónico contra crónico! ¡Qué gran cantar se pierde el mundo!

Amanecía. Los pájaros trinaban, los borrachos dormitaban por las esquinas, los rayos del sol se colaban por las rendijas de las ventanas, atravesaban las cortinas y bañaban tu cuerpo y el suyo. La luz resplandecía de nuevo en tu cabellera descubierta a riesgo de atraer a más urracas como la que respiró a tu vera. Desnuda te achuchó, acurrucándose con un mmm~ remolón, o la achuchaste tú tomándola por peluche. Achuchados y en pelotas, seguro.

Se abrió la puerta de un portazo.

Diste tal respingo que Sheala cayó de la cama, ¡ja!

A los pies de la puerta rodaban tres bultos entrelazados, cuchicheantes e indecentemente risueños para la madrugada. Entre la bruma del despertar viste mucho de lo que a mí me falta: delantera. Y te fijaste. Esa figura de hombre te era familiar...

- ¡Ups! ¡Este cuarto no es!

Si se hubiera quedado ahí en lugar de atreverse a aquella desfachatez... El escarmiento se lo merecía, ¿para qué arrepentirse ni sentirse mal?

¿Cómo íbamos a saber que por nuestra justicia poética lo mandarían ahorcar?

Continuará...

¿Verdad que la imagen de este capítulo es absolutamente perfecta? Es justamente mi imaginación hecha cuadro, la imagen mental que tenía de él y encima con el plus del laúd y el sombrero. ¡ES PERFECTO! Ni yo me creo la suerte que tengo. ¡Ina y Riri son el dúo definitivo!