sábado, 15 de abril de 2017

Transparente 03 - Carne


Nuestra protagonista ha pasado de cristal a carne, ¿qué está pasando, doctor Strange?

¡Ya no hay jaula!

Pip~. Pip~. Pip~.

La paciente descansaba sobre la camilla de la habitación 402, únicamente cubierta por el camisón hospitalario. Una jovencita hermosa, veinteañera a todas luces, con las constantes vitales estables de la salud y la piel más tersa, suave e inmaculada que había visto ni sentido jamás sin maquillaje de apoyo.

Tenía el cuerpo menudo propio de una mujer de metro sesenta como ella, el donaire muscular de una esbelta bailarina, finas manos de pianista, rosadas uñas de manicura, palidez de noble y firme busto...

Pero no era ni por curvas ni por cutículas por lo que llevaba tres minutos de reloj examinando la carita angelical que no había hecho falta intubar (y lo demás), ¡de ninguna manera! Lo que pasaba era que sus rasgos le resultaban poderosamente familiares. 

- Se parrece al loco Loki, ¿nein? - lo sobresaltó el abigarrado acento del agente de policía que de repente tenía a su vera.

Pegó un ligero respingo, poco más e imperceptible. ¡Claro! Apenas lo habría visto de reojo en la gala, pero su prodigiosa memoria se había quedado con su cara. Cara que sin duda vería en las noticias en cuanto encendiera la tele. Menuda nochecita.

- Podrría pasarr porr herrmana, perro ella es humana.

El pobre poli parecía muy orgulloso de lo que él creía un buen chascarrillo, pero se le pasó en cuanto interceptó los ojos de su interlocutor. El humor germánico no recibía elogios de foráneos. Carraspeó, extrajo el bolígrafo del bolsillo anexo al arma reglamentaria y golpeó con él la libretita que llevaba en mano. El papeleo aguardaba y, con lo parda que se había liado, también se amontonaba.

- Usted prresenció los hechos, ¿nein, señor...?

- Doctor. Doctor Stephen Strange.

El buen agente se le quedó mirando, pero se abstuvo de comentarios. De ahí el "buen". De cualquier forma, no había que hacerse mala sangre con un hombre con aquellas pintas, descompuesto, despeinado y desaseado. 

¿Qué hacía allí, justo en aquel momento? Asistir a la gala de alto copete, como todos. Claramente eran un tiempo y lugar que no le correspondían, ¿nein? Pues el doctor Stephen Strange era ni más ni menos que un reputado neurocirujano que había sido convocado a Stuttgart con ruegos y súplicas para dar una conferencia y le habían invitado, usted dirá. Entschuldigung.

Af, había un vuelo esperándole, ¿no podía ocuparse otro de aquello? Nein. Y un trabajo de verdad, sin papelajos ni bolígrafos y con sangre salpicante, ¿sabía? NEIN. Se lo iba a tener que contar de pe a pa.

¿Por dónde empezar, sino por el principio? Tras el éxito lógico y natural de su conferencia médica sobre, para ponérselo fácil, sesos, sus colegas de gremio habían tenido a bien agasajarlo invitándole a aquella velada que le había arruinado la noche y los planes. No, no había notado nada extraordinario. Véngase a la fiesta, decían; habrá champán, decían.

Su posición exacta, si tanto insistía en saberlo, era junto a la fuente de chocolate de la parte de arriba, brindando con el resto de sus colegas. Había sido un día largo, ojalá la noche no lo hubiera sido aún más. No, nadie se percató de la presencia intrusa, ni uno solo de los asistentes que él supiera. Ni la víctima... la otra, la finada, ajá, le prestó mayor atención hasta que fue demasiado tarde. La culpa de los ineptos de seguridad, valiente seguridad.

Lo mismo daba que no hubieran podido hacer nada, el caso es que se coló. Resultado: vocerío, estampida, un cadáver y la presente herida no se sabe si leve o grave, cuando se despertase se vería. Sí, entonces sí que vio al dios nórdico. No, mucho no se fijó, estaba ocupado llevando a cabo su deber como médico.

No todos escaparon pies para qué os quiero, los sagaces permanecieron en la parte de arriba. Dado su oficio y extremada inteligencia, el doctor Strange era consciente de que una huida multitudinaria podía ser tanto o más mortal que un psicópata.

Lamentablemente, sus colegas no supieron imitarle el templado control de los bajos instintos y se arrojaron por puertas, ventanas y escaleras, desencadenando la ola de tobillos rotos o torceduras musculares, contusiones o magulladuras que luego para arrodillarse acarrearía tanta angustia física.

Por supuestísimo que el "doctorcito" no agachó la cerviz, ¿para qué tenía orejas este agente? Él se había quedado y no rezagado, aguardaba la partida del asesino, agachado como otros tras estatuas, columnas, barandillas. Uno tras la cortina, siempre caía uno. No fue Strange, ¿le parecía tonto? Que se guardara sus pareceres.

Oyeron el bullicio externo, un estallido, luego silencio. Era seguro asomarse... y tronó el ¿¡hay un médico en la sala?!

Solo él, solo quedaba él.

Saltó escalón tras escalón como holgadamente permitían sus piernas. Rodeada por tres de cuatro gatos sagaces para quedarse pero temerarios para precipitarse en emerger del escondite, estaba ella. Allí la vio por vez primera. Una melena como la noche y un vestido de tela cromáticamente idéntica esparcido por el blanco suelo de mármol, cuyo color se fundía con su piel. Apenas le pareció de carne al tocarla, estaba helada.

Al principio pensó que se trataba de otra histérica desvanecida por hiperventilación, como la que había alucinado con vísceras flotantes, pero en seguida constató que ni respiraba ni había latido que le bombeara el pecho.

Nada le obstruía la garganta, de modo que en tres parpadeos ya se había deshecho de la parte superior del vestido y palpado el esternón y maniobraba con el masaje cardiovascular. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! No había ropa interior. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! Barbilla al cielo, aletas nasales presionadas, tráquea libre. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! El beso de la vida.

Cuatro minutos y medio estuvo insuflando oxígeno reciclado en esa caja torácica vacía y machacando el esternón. Al segundo treinta y uno separó los párpados como una ventana al campo, una ráfaga verde entre tanto negro y blanco. Las pupilas, par de alfileres, danzaron en todas direcciones: por las luces, las estatuas, los rostros curiosos... hasta posarse, finalmente, en Stephen Strange. Se dilataron. Y esperó.

Como parecía que quería que le dieran permiso...

- Respire. - mandó el buen doctor, representando la pantomima pediátrica de hinchar las fosas nasales e inhalar ruidosamente para mostrar cómo se hace lo básico de lo básico.

La chica abrió la boca. Nada más. Semejante cosa solo la había visto en sus tiempos de interno en ginecología, por eso le propinó el tortazo. ¡Respiró! Inhalaba y exhalaba, como probando primero, con ansia después. Rió (o eso le pareció por la sonrisa, no por el ruido), se le derramó el manantial que guardaban los lacrimales, extendió los dedos hacia el salvador, con las yemas rozó su mandíbula... y acto seguido se desmayó por hiperventilación.

Y ahí estaban, en aquel cuartucho que de hospitalario apenas si tenía el nombre con poco más que la ventana, la cama, la tele de pared inútil especial para comatosos, la silla donde había medio y mal descansado él y la mesita de noche donde habían depositado los dos únicos efectos personales de la zagala, el marco y el vestido.

Eso era todo, ¿no, agente? Pues nein, quedaba el detalle de si conocía a la víctima. ¿Otra vez con eso? Hasta las enfermeras le habían atosigado con el formulario para familiares, ¿esto que es? No la conocía nadie. Oh. Pues él tampoco. Otros testigos aseguraban que había hablado con ella. Por supuesto, había llevado a cabo las preguntas de rigor al socorrerla, pero sinceramente...

Nadie adivinaba siquiera sus datos y por no tener no tenía ni zapatos. Venga ya, una mujer como aquella no aparecía por arte de magia. ¿No podría el alma caricativa que sin duda escondía el doctor Strange ayudar en algo? Pero es que la niña se había desmayado, cómo tenía que decirlo. ¡Pero, pero, pero! algo sabía, ¿neinnein? Recordaba... recordaba vivamente lo que farfulló al preguntarle su nombre mientras aspiraba todo el aire del recinto...

-  ...jomagico...

El brazo de la ley alzó una ceja escéptica.

- Oma. - asintió el doctor mientras el porfiado agente apuntaba, receloso - Es cuanto sé.

El policía dio por zanjado el testimonio. Le hubiera gustado presionarle con la dichosa casualidad del aire notablemente británico que compartía con el villano, pero se consideraba moralmente superior y, ni que decir tiene, más educado que el fanfarrón de su interlocutor, así que se abstuvo de clavarle esa saeta.

Acabado el procedimiento, libre era de irse a su importante vuelo de importantes, como amablemente le había indicado el agente antes de partir en pos de repartir justicia burocrática. No se fue. No inmediatamente.

Quiso acercarse primero a ver a esa gran desconocida, la mujer de la camilla. Qué tranquilita se la veía ahora. Sin que el pensamiento precediera la acción se vio separándole los labios con los dedos. ¡Buena dentadura! También los dientes del color de la luna llena se entreabrieron sin quererlo él. El pulgar penetró dentro, rozando la lengua húmeda.

ÑAM.

Un hilo de sangre, un ¡ay!, unos ojos de tarde en el mar, la succión, el ¡hija de...!, el forcejeo, ese ¡pop! al zafar el pulgar, ese rasguño dental, esa rosada lengua que relamía sangre y saliva de la comisura.

Pi-pi-pi-pi-pi-pi~.

CRACA.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiip~.

Se había arrancado la aguja del gotero.

No sangraba. Lo que le caía de la abierta parte interna del codo era agua... no. Un líquido rosado pálido... ¿plasma?

Los faros marinos le estaban mirando hasta el alma, enormes ojos que nada tenían que envidiar a lo ojiplático que se había quedado él. Intentó dar un paso atrás y entonces, solo entonces, cayó en la cuenta de que con el traspiés había aterrizado sobre los glúteos. Oma se retorcía sobre el camastro como una serpiente mal amaestrada y sin flauta guía, intentaba levantarse... ¡patapam! Otra besando el suelo con la cara. ¿No sabía caminar? ¿Tan fuerte había sido la conmoción cerebral?

Iba iba iba iba iba a arrastrarse.

Sin pensárselo ni dos veces ni una tampoco, Stephen Strange se puso en pie y salió de la habitación 402 al tiempo que se abalanzaban por la puerta varias enfermeras, dejando atrás el abrigo y la razón para sustituir cualquier lógica por el impulso animal de autoconservación.

No volvió a pensar en ella hasta bien iniciado el vuelo, en su asiento de primera clase, donde se reprochó la falta de profesionalidad. Sin duda el cansancio y el estrés de semejante despropósito de velada le había pasado factura, pues en realidad había asistido a un episodio médico fascinante.

¡Mal por él, por dejarlo pasar se le había escapado! No volvió a verla, no volvió a saber de ella.

Una vez en Nueva York llamó al hospital germano para interesarse por tan extraña reacción psíquico-física sin temer que no supieran de qué hablaba, sin duda tamaño suceso sería la sensación del momento para el centro médico, y vaya por Dios, la paciente había desaparecido, no había durado ni un día. Pese a todo, no le dio mayor importancia, otros casos igualmente estimulantes llegaban a sus hábiles manos a diario, probablemente incluso más.

No volvió a verla... hasta nueve meses después... en otra gala.

Su boca perfecta dibujaba una sonrisa dulce.

Continuará...

No usaba mis conocimientos del masaje cardiovascular desde que estudié Primeros Auxilios. ¿Sabíais que fui la única de la clase que consiguió hinchar el muñeco de pruebas? O mis pulmones son un hacha o mis compañeros un atajo de vagos. ¡Qué tiempos...!

Nuestra protagonista ya tiene nombre. Tres protagonistas, tres nombres, tres letras, ¿no dicen que es el número mágico? ¿Cómo que ese es el siete? ¡Pero si es el número de deseos para genios!

domingo, 2 de abril de 2017

Transparente 02 - Sangre

¡No es posible! ¿Dos capítulos seguidos? ¡Los milagros ocurren! Hay brujas sueltas.

Qué puedo decir, me encantan los cuentos de hadas y, habiendo dejado la cosa en un espejo mágico tomado por cierto dios nórdico marveliano, ¿cómo resistirme a continuar?

El espejo, el hogar.

Los litros rebotaban sobre la negra superficie. La negra superficie se las tragaba. Y ya está. Loki se esperaba algo más. Un estallido. Una grieta. Algo. ¿Qué decía la rima facilona? Sangre de tu puño derramarás. Hasta ahí bien, tenía el cadáver recién hecho asido por la coronilla y se derramaba con profusión. ¿Iba a durar mucho? Tenía un discurso que declamar y como se siguiera demorando la masa humana que tanto berreaba se iba ir a su casa.

Quizá no tendría que haberlo dejado justo para ese último momento, quizá podría haberlo dejado listo antes de la música y los violines y la pompa y la algarabía, pero ya que iba a montar el espectáculo y asesinar a un señor por su buen ojo, por qué no aprovechar el fiambre. De los planes de bombero torero de Loki se podían sacar múltiples y variadas conclusiones, pero que no fueran prácticos, no. Rocambolescos y guiados por una mala gestión paternofilial sí, pero practicidad no faltaba.

¿Qué faltaba entonces? Sangre de tu puño derramarás. Tu ventrículo izquierdo darás. Tu calor me estremecerá y solo entonces en pedazos me verás.

Chasqueó los dedos. ¡Claro! Un cuchillito de su bolsillo por aquí, un pectoral desnudo por allá, un cortecito de nada porque no era tonto... y una gota de sangre al borde de la punta del cuchillo.

La gota cayó...

El espejo que gracias a su alma alcanzaba la categoría de mágico era bastante menos voluminoso y, por qué no matizarlo, estridente que como en múltiples ocasiones había sido retratado. El susodicho carecía de la ostentosidad que conduce a girar la cabeza y pegártela contra la primera farola del paseo... muy por el contrario, al igual que ella, era un objeto refinado y discreto.

Compuesto por la perfecta circunferencia reflectante talla cabeza, el regio marco de oro blanco macizo y acabado barroco igualmente circular (si quitamos la salvedad del pie para mantenerse erguido en cualquier tocador) y la cadenita cuyos herrumbrosos eslabones escondían plata pura, destacaba lo justo y necesario como pieza de coleccionista de opción portátil.

- Eh, espejo.

El interior se asemejaba en mucho al exterior en modo espiritual, pues mientras no se solicitara servicio alguno este era océano en calma. Dentro de la negra superficie flotaba ella como el líquido elemento que guarda el pozo, el perfume que ofrece el néctar del tulipán o el insidioso remolino que entre las ondas marinas acecha al barco. Ocupaba a la par que se fundía con el espacio en letargo.

Aquel era su hogar y su ser. Y, definitivamente, ser un espejo mágico no estaba tan mal. Era una existencia apacible, sin grandes sobresaltos, e incluso podía llegar a ser la mar de entretenido si se sabía disfrutar de los pequeños placeres de la vida, como probaba el presente. ¿Existía acaso placer mayor que experimentar cómo un todopoderoso dios nórdico te arroja al suelo e improvisa un taconeo sevillano sobre tu irrompible alma solidificada? Sin carne y hueso de por medio, no.

- ¡Espejo mágico!

El bramido del poderoso pero ante todo exasperado Loki de Asgard únicamente logró arrancar un instante fugaz de la atención exigida: las tinieblas del cristal se despejaron, dando paso al albo perfil de una femenina mano palma arriba cuyo índice extendía y recogía, cual matasuegras la noche de Nochevieja... para inmediatamente después engullir el cristal de nuevo.

El dios lanzó un bufido al aire.

- Espejo, espejo mágico... - entonó monótono - Sal a parlamentar, no seas zafio.

En lo que se ejecuta un parpadeo las moléculas que la formaban mutaron a la copia exacta del nuevo amo. Su piel blanca y serena, su iris aguamarina, su media melena de ala de cuervo, sus esbeltas, elegantes falanjes, su todo... versión femenina.

Clareaba ante sus formas curvilíneas la tierna oscuridad, como luz de sol filtrándose en las aguas. La pequeña ventana al mundo externo la reclamaba y ella acudía, una sirena serpenteando olas transparentes. Definitivamente era más alegre un dueño que una dueña, así adoptaba lo único que recordaba de sí misma: la condición de fémina.

Cierto era que nada la obligaba a encarnar copias en sexo opuesto de las sucesivas manos por las que pasara, pero ¿dónde estaría el juego si no?

Loki contempló con desgana el bello rostro de fruncido ceño que se empeñaba en representarle la mímica al dedillo del más mínimo movimiento que hiciera. Se tomaba en serio su trabajo como espejo. No obstante, si bien aquel amago de ilusionismo engañaba sin duda a los seres humanos, jamás surtiría efecto con una raza inteligente, ni mucho menos con el mismísimo dios del engaño. No merecía siquiera su desprecio.

- Si la única regla conoces,
¿por qué no la cumples, alcornoque?

O quizá sí.

- ¡No soy un alcornoque,
soy un dios...! F... fantoche.

El reflejo ya no imitaba, iba por su cuenta y hasta se permitía la sonrisilla marisabidilla. ¡Qué osadía!

- Te dije que no soy vidente,
que solo sé pasado y presente,
y ya quieres romperme.

Loki se pasó la mano por los repeinados cabellos, mirando hacia otro lado. Resultaba particularmente apuesto con aquel esmoquín tan resultón. Por un momento el espejo se lamentó de no ser ni voluminoso ni estridente para abarcarle todo en lugar de la pequeña porción que él quisiera mostrarle, así como hubiera deseado lucir el vestido de noche materializado como versión opuesta a tan viril apostura.

- No es nada personal. - una sonrisa ladina. La misma sonrisa - ¿Siempre dices la verdad?

El más o menos poderoso espíritu prisionero del espejo cruzó la mirada con la suya, le devolvió la sonrisa. Sabía lo que iba a ocurrir, no al igual que conocía el escondrijo del Teseracto o los chitauri, sino por experiencia.

- Sí, mi amo y deidad. - una reverencia de la enmarcada cabeza - Solo puedo decir la verdad.

Apenas si pudo culminar el verso, él ya tenía preparado el propio.

- Espejo, tu verdad invoco:
¿cómo en tu destrucción desemboco?

Desde los primeros sesenta segundos como espejo mágico con la erudición en vena y esquirla había sabido con claridad meridiana tres cosas: que conocía el único modo de romper su cárcel de vidrio, que jamás podría llevarlo a cabo por su propia no mano y que estaba condenada a dialogar con ripios.

Ni que decir tiene que algún que otro amo había tenido interés en destruirla con tal de acaparar su uso, pero o tiraban la toalla a la cuarta defenestración frustrada o entre lo que costaba y lo que molestaba la dejaban tal cual o se decían que si total, quién iba a rimarle a un espejo.

Uno solo probó suerte. Murió en el proceso, por tonto.

Loki podría correr la misma suerte. Pero Loki sonreía como el diablo.

Tampoco es que pudiera evitar decírselo.

Así... horas después... tras la música y los violines y la pompa y la algarabía en Sttutgart, la gota había caído.

La negra superficie la tragó.

Y estalló.

Mil esquirlas en el aire. ¡Por fin! Una pena, le había hecho un buen servicio, pero mejor eso a que lo usara el enemigo. Loki le dio la espalda, finalmente iba a declamar su discurso al mundo que debería estar ya de rodillas. Lo abandonó en las limpias baldosas del recinto. ¡Error por su parte! Si se hubiera quedado, habría hecho más que verla en pedazos, podría haberla matado. Pero se fue, así que no vio.

No vio la nube de esquirlas girar sobre sí misma, no vio cómo estas se juntaban y apretujaban y se cambiaban el sitio y volvían a arremolinarse y arrejuntarse, no vio la maravilla: un corazón apenas tibio naciendo en el aire, órgano latiente de un rosa pálido, casi blanco, alrededor del cual crecieron vísceras, costillas, médulas, tráquea, torso, extremidades, piel, uñas, cabello y hasta vestido.

Se perdió lo mejor: cómo abría los ojos y veía con ellos. Cómo abría la boca y boqueaba sin ton ni son, sorprendida, aterrada y más confundida que Confucio, cayendo estrepitosamente, cómo se agarró al clavo ardiente de su marco y se abrazaba como un bebé perdido, porque... ¿cómo se respiraba? Conocía la teoría, pero no lo conseguía, pues no es lo mismo saber que hacer.

Si tan solo hubiera esperado, todavía seguiría siendo su amo, ¡pero no! Se marchó. No asistió a la escena de su copia femenina hecha carne, se desentendió de rematarla y sin saberlo ni querer cerciorarse tampoco, permitió que otro le salvase la vida, aquel cuya voz estrenó sus tímpanos recién salidos de fábrica, aquel que le tomaba el pulso y le propinaba suaves bofetadas, aquel que era el médico en la sala. Quien se fue a Sevilla perdió su silla.

Continuará...

¡Sale Loki, entra el doctor Strange! ¿Volveremos a verle? Solo el tiempo lo dirá~.

¡Comienza la historia, que deseo de todo corazón (latiente y tibio) que tenga alguna que otra satisfecha lectora!

sábado, 25 de marzo de 2017

Transparente 01 - Esquirla


He intentado resistirme... y he de confesar que me siento orgullosa de mí misma por haber resistido tantos meses, ¡pero ya no puedo más! ¡Desde que vi la película esto es un sin vivir! ¡NECESITO escribir un fanfic largo y salseante de Doctor Strange! Y aquí estamos.

Esto era cuestión de tiempo: adoro Marvel, adoro los cuentos de hadas con desmedida pasión y la capa con personalidad de alfombra mágica me permite demasiado fácilmente meter cuña para añadir todos los cuentos de los Grimm. ¡Lo que me lleva a la sinopsis!

En este inmenso multiverso existen cosas que solo los cuentos saben explicar... ¿Y si el doctor Strange se encontrase con la inigualable reliquia del espejo, espejito mágico?

Las que ya me conocéis ya os imaginaréis lo que aquí encontraréis: ¡humor, romance, misterio, intriga, dolor de barriga...! Y buena escritura, modestia a parte. La única aclaración que me queda añadir es que este fanfic estará basado única y exclusivamente en el Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) y no en los cómics.

¿Que por qué Transparente? Pues hace referencia a la protagonista, al igual que Brillante. Muejeje~.

¡Espero que disfrutéis del viaje tanto como yo!

Dentro del espejo...

Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en las entrañas de un lugar cercano o lejano dependiendo desde dónde se lea, una joven atrapada en un tiempo y lugar que no le correspondían.

Abrumada por tan negro contexto, maltratada por la mala fortuna, hizo lo que solamente se atreven a hacer los desesperados y los más tontos que un zapato: un trato con el diablo.

Como suele suceder en estas historias, el diablo en cuestión disponía de tanto tiempo libre como mala leche. ¡Pobre desdichada! ¿Quién no sabe que hay que leer la letra pequeña hasta de un contrato verbal?

Pues el tipo de jovencita que se tropieza con un demonio rojo cual ascua de hoguera y, sin plantearse si tal tropiezo ha sido casual, buscado o destinado, se cree afortunada. No hubo miedo alguno en su limpia mirada al ser testigo de la aparición del ser cornudo cuando este surgió cual fuente de sangre entre la nieve.

No. La muy tonta vio en tan sospechoso monstruo la tela de araña que la esperanza convierte en cuerda cuando una se halla en el abismo, a lo que el diablillo encantado de la vida vio el cielo abierto.

Sin embargo, resultó no ser una presa tan ofrecida como este imaginaba.

- Lo siento, en realidad no vendería mi alma solo por saber cómo escapar de aquí. - confesó la joven, apesadumbrada - Es lo único que me queda.

Por supuesto, el demonio le aseguró que no tenía por qué vender su alma si no quería, pues disponía de mucho con lo que hacer trueque y, siendo sincero como solo un demonio puede serlo, le interesaba más que intercambiara su humanidad. Cuando la asombrosamente serena joven, curiosa y recelosa a partes iguales, inquirió que qué significaba aquello exactamente, el infernal interlocutor batió las alas y se dispuso a ponerse charlatán.

Le narró dilatadamente la dura vida del demonio común, tan lastrada por las limitaciones como la del mítico vampiro. ¡Ah, una vida de burocracia contractual! ¿Que querías un dulce vinillo de B positivo? Pacto. ¿Alimentarte de la desesperanza humana? Contrato. ¿Que te apatecía pasarte una nochecita en blanco? Te invocan. Alas tres de la madrugada. Trueque y labor, prácticamente unos Rumpelstiltskin de la vida.

Resultaba que, para más inri, los demonios no se reproducen, algo completamente comprensible dado el detallín de la inmortalidad... De modo que cuando la demografía demoníaca disminuía no quedaba más remedio que engrosar filas mediante los pactos que rigen la existencia diabólica. ¿Estaba la joven interesada en tan obviamente sospechoso pacto ventajoso?

Ante el silencio reflexivo de ella, el diablo quiso apaciguarle la apetitosa alma garantizándole que su raza era biológicamente incapaz de articular otra cosa que la verdad. Ni que decir cabe que incluso ella tenía clara la paradoja del mentiroso, además de que por más obligado que estuviera a decir la verdad y nada más que la verdad bien podía retorcerla hasta lo irreconocible. De cualquier manera, no se lo pensó tres veces...

- Sí. No tengo nada que perder. - ya que le hacía rebaja, poco que perder, mucho que ganar.

La sombra del demonio pisaba la suya. Tendiendo las pezuñas acarició esas cándidas mejillas, susurrando que habría que apresurarse en cerrar el trato no fuera a venir un ángel a rescatarla.

- Aunque un ángel cayese sobre nosotros aquí y ahora, te preferiría a ti. - dijo ella - No confío en ángeles que esperan a presentarse demasiado tarde.

Estrecharon la mano, sellaron el pacto, la sonrisa del diablo se ensanchó. Ella temblaba, pero se adentró dos pasos en su sombra y se dejó arropar por alas carmesí. Conocimiento por humanidad, ¿qué importaba, cuando la humanidad es más pérfida, cruel y ruin que el demonio que tienes enfrente mil veces mil?

Le descubrió el pecho, que fue palpado por el volcánico pulgar hasta detenerse justo encima del corazón latiente. Allí se hundió el espolón de la garra, de allí se retiró embadurnado, allí volvió a penetrar y escarbar con una esquila de transparente cristal en la punta que poco se tardó en ensartar.

¡Qué dolor! Se le doblaron las rodillas. ¡Qué dolor! Hacia atrás caía, por la nuca la recogía el diablillo. ¡Qué agonía! Y no en el corazón que se enfriaba, no: ¡en la cabeza! Sentía el don de la sabiduría rellenando cada célula, cada neurona, cada vaso sanguíneo y cada hueso. El cráneo estallaba en inmenso enjabre de mariposas...

Vio su piel empalidecer hasta el efecto cromático tiza, vio uñas y dedos volverse translúcidos, vio su cuerpo entero disolverse en humo. Lo último que vio, en su estado molecular, fue el precioso marco circular que la engulló enterita justo antes de cristalizar. ¡Todos los conocimientos del multiverso...! Y un espacio chiquitín para vivir.

Entre la bruma del que ya se instituía como nuevo hogar asomó la enorme sonrisa del diablo. La estaba reflejando.

- Espejo, espejito mágico, dime una cosa...

Y con el paso arrollador del conocimiento perdió su humanidad: olvidó su pasado, su aspecto, su nombre. Todo fue borrado, a gran excepción del pacto que dio pie a su existencia como espíritu del espejo, espejito mágico.

No le guardó rencor al diablo, ¿para qué? En realidad, sus sentimientos eran olas de mar, ráfagas de viento y chasquidos de fuego todo en uno. Al contrario que las hadas, cuyo cuerpo minúsculo no puede albergar más de un sentimiento a la vez, sus sensaciones eran múltiples, insondables. Convertida en límpido vidrio supo desde buen principio que el demonio no le había mentido, pues seguía conservando el alma que era lo único que le quedaba.

Durante algunos años estuvo al servicio del amo demoníaco, hasta que el ser de veleidosa naturaleza se aburrió y deshizo de ella en uno de sus canjes. A lo largo de los siglos pasó de mano en mano y fue utilizada por reyes, pero sobre todo reinas; por príncipes, pero sobre todo princesas; por plebeyos, pero sobre todo plebeyas... hasta que un día se reflejó en ella una fisonomía que no tardó en imitar en su versión femenina, como era su costumbre.

Largos cabellos de ala de cuervo, fino cuello de nacarada piel, labios finos, rosados, cejas esbeltas de grácil delineación y un par de luceros de iris aguamarina... un dios.

- Espejito, espejo mágico, confiesa,
¿dónde está el Teseracto que por las noches me tiene en vela?

Aquí empieza nuestra historia.

Continuará...

¡Aaaah, qué a gusto me he quedado! Para el próximo capítulo... juegos de médicos. (͡ ͡° ͜ ʖ ͡ ͡°)

sábado, 18 de marzo de 2017

Brillante 29 - Mariposa enredada


La acción ha vuelto a esta casa. XD

Resulta que la noticia gaélica ¡era una trampa...!

¡Hay arañas cerca!

Las ideas preconcebidas habitan nuestros sesos por nuestro bien. Imagínate que te tropiezas con un oso de dos metros surgido de entre la maleza salvaje sin la idea preconcebida de depredador u hostilidad carnívora. ¡No va a acabar bien! Por otra parte, tan nefasto como lo anterior es tener la idea preconcebida equivocada. Imagínate ante ese mismo animal con el osito de peluche en mente. ¡Uy con el abrazo osuno!

Boing boing, boing boing.

- Yo también me alegro de verte y tal, cielito con pajaritos. - juro que articularon mis labios, pero a saber si llegó a sus oídos. Ni una ceja movió.

En cuál de las dos casillas se ubicaría la invencible idea de que al que has conocido como hombre es un hombre se vista como se vista, le sorprendas como le sorprendas y toques las protuberancias que toques me es del todo desconocido, pero estaba claro y transparente que para Trent y Amanda esa idea estaba más que arraigada en córtex, lóbulos y demás masa cerebral.

- No te has esforzado nada. - boing que te boing.

- Para...

Claro que Trent tenía un pase: había sentido en sus carnes mi cacharrito lila. A plena potencia.

Mi Trent, cuyos empapados mechones de bravo pelazo escocés dejaban fluir por su rostro el rastro de esos ríos, gotas oscurecidas por esa tarde de nubarrones sin rayo de sol que se vertían sobre la bufanda que ahora cubría tanto mi cuello y pecho como sus manos sobre mí. ¿Podía acaso ser más romántico nuestro reencuentro? La respuesta es sí. De lejos.

Me quité el guante diestro.

- ¿Que son, globos de agua? - mec, mec - Bolsas de harina.

PLAFAF.

El set de viuda, un chantaje; reencontrarme con Trent con susodicho set, dolor de pechos; el segundo tortazo a propulsión en menos de doce horas, tendría la palma hinchada horas. La carita descompuesta del brazo fortísimo de la ley ante el que quizá fuera el primer bofetón de su vida fuera del seno paternofilial... ¡impagable! Vale la pena esta vestimenta.

Sus cejas alborotadas exclamaban ¿¡Pero quécómoporqué...?!, mis dedos sellaban sus labios para que no pasara de allí, el bramido ahogado de la Scotland Yard llenaba nuestros oídos y la lluvia, casi sin que me percatase, iba clareando. Las gotas que surcaban el hombro excluido del resguardo paragüero disminuían, el vello facial hacía cosquillas a mis yemas desnudas. Y no me emocionaba.

¿Por qué, a pesar de tener a mi amante de estrujantes manos ante mí, solo tu carcajada atraviesa mis tímpanos? ¿Por qué el corazón me bombea desbocado con el trino de tu risa y no con el salvaje toque del comisario? ¿Por qué los ojos se me desvían al paraguas que te oculta, se me anuda la garganta y apenas logro respirar cuando te acercas?

¿Por qué me tienes que hacer sentir que aunque haga mi vida, no tengo nada... salvo tú?

- Se ha hecho cara de ver, "mi señora".

Me salió un gallo.

- Por supuesto, "señor mío". - repliqué con idéntica enfatización... tras carraspear - Al fin y al cabo, si la ausencia hace al corazón más afectuoso, ¿qué hace la presencia?

Sonreía, ¡petulante...! Tragué saliva.

- Has sido muy inteligente. - cabeceé. Estaría contento de destrozar mis sueños de pasar por más listilla que él.

- No podemos ir contra nuestra naturaleza. - aseveró él como quien insinúa Por eso me has tenido aquí plantado cinco días, so corta de entendederas.

A lo que yo quise ladear la cabeza como quien indica Estoy muy cansada para uno de nuestros vigorizantemente picantes toma y daca, pero dicha cabeza chocó, haciendo rebotar neuronas, contra un robusto pectoral que me iba envolviendo con la colaboración de su extremidad.

¡Trent me cogía por los hombros! La arrolladora presión de su brazo traspasaba las barreras físicas de la tela y bañaba mi espalda de tímida calidez. Como si el patatús emocional no fuera suficiente, Holmes tendió sus largos dedos hacia mi cuello... y los enredó en la bufanda.

Entonces Sherly y Trent intercambiaron... palabras. Trent le espetó algo, eso seguro. Y el gran detective asesor debió de replicar algo muy mordaz y muy inglés, con toda probabilidad. No lo sé, estaba ocupada preguntándome ¿¡qué está pasando con estos victorianos?!

Justo mientras esa calidez se me filtraba por la columna y templaba la médula oculta bajo vértebra y vértebra, el buen doctor despegó bigote de labio inferior.

- Señores, somos caballeros ingleses: comportémonos como tales.

Y con el bastón nos separó, uno a uno, hasta dejar al temido comisario bajo la ya suave llovizna que nos chispeaba encima. El estertor colectivo de los subalternos fue igual al mío. Salta a la vista que John Watson se la tendría jurada por el rapapolvo de gritos pasado, ¿sería yo la siguiente?

El agua debió de aclararnos las ideas, porque convinimos en que se discute mejor en caliente y, tras unas pocas objeciones, mi hombretón tuvo a bien llevarnos a su casita una vez listo el detalle del abuso de autoridad delegando sobre los achatados hombros del desdichado agente que desde ese mismo instante se ganó el nombre de Ataúlfo.

Si hubiese echado la vista atrás entonces...

Pero estaba rodeada de mis caballeros favoritos (y Watson), así que no lo hice. ¡Era tan entretenido ir los cuatro juntos al hogar donde a Trent le pude dar, sonreírle a este con los ojos al pisar el pavimento donde le había dado lento, pasar de largo a la vera de Watson el muro donde le había dado duro y sentarme sobre el canapé donde le brindé más que placer junto a Sherly!

Allí había una tensión sexual latente rarísima.

Tampoco es que el pisito de soltero de mi amado amante ofreciese mucho más que tensiones: una guarida mal amueblada, desordenada y gris rebosante de humo, ceniceros, ceniza y colillas, platos por fregar y lágrimas de aspirantes a criada que nadie limpiaría jamás.

La única nota de color era ¡el ron, ron, ron, la botella de ron! que el anfitrión, sin ejercer como tal, se servía en el que sería el único vaso limpio que le quedaba. No dejaba de dar zancadas de aquí para allá. ¿Y el doctor? Tieso como un palo. Solo habíamos posado posaderas Holmes y yo.

Finalmente Watson, sombrero contra corbata, bastón contra costado, muy digno en resumen, tomó la palabra. Parecía que también había tomado el mando, ya puesto.

- Dígame la verdad, Holmes. - se dirigiría a él, pero clavaba la pupila en la mía- ¿Es esta mujer quien colegí que es?

Solo se me verían ojos, pestañas y cejas... no me cabe remota duda de que transmitieron mi opinión. El señor Holmes reía.

- Cierra los ojos y desátate el cabello.

Por un momento sopesé la idea de hacerme la ruborosa y preguntar ¿A-aquí? Sin embargo, Trent ya estaba bastante nerviosillo, de modo que cerré los ojos y me desaté el moño postizo de la coronilla. Cayó sobre el sofá con un ruido suave, sentí los dedos fríos de Holmes por el cuello, estremeciéndome.

Al entreabrir los párpados le vi enrollarse la bufanda en la palma abierta, examinándola. Abiertos del todo, vi las niñas de los ojos de Watson, oscuras como la noche, donde me reflejaba como un insecto repugnante.

- Miente más de lo decentemente aceptable.

Ideas preconcebidas.

- Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, doc. - cejas frente arriba - Como buen veterano me comprenderá, ¿no es así?

- ¡Dantés! - un ¡Dantés! aspirado, como quien siendo aprensivo hasta decir basta articula "retrete" con su propia boca - ¡Jamás comprenderé a alguien como usted!

- Conoce mis métodos, aplíquelos. - intervino Sherly.

- ¡No, Holmes, no! Ya bastante ardua se me supone la tarea de intentar, ¡intentar! comprenderle a usted como para perder tiempo y energías en este abyecto personaje que no concibe en su haber siquiera un mínimo aprecio ni a su hombría. - la duda existencial sobre sentirme o no ofendida seguía ahí - Esa es otra cuestión, Holmes, ¿por qué diantre hemos invertido cinco días en... esto?

- ¡Buena pregunta! - repuse yo - ¿Habéis pillado ya a esa tremendamente huidiza criminal coja?

- ¡Mejor! - exclamó Sherly, extendiendo las manos abiertas al cielo con bufanda incluida.

Ese entusiasmo solo podía significar que había desembrollado el urdido misterio del que yo personalmente ya me había olvidado. Di una palmada muy femenina (provocando el bigotudo tic del medio histérico doctor), seguida de un deliberadamente agudo...

- ¡Fabuloso!

PAM. El comisario había cesado las zancadas de golpe, levantando cierto humillo polvoriento de la moqueta al taconear con las suelas.

- ¿Me estás diciendo que no vamos a hablar del truco que te ha traído hasta aquí? - estalló Trent, como si no me hubiera traído él - ¿¡Cómo te has podido dejar engañar por el mequetrefe este?!

Más onomatopeyas: ¡CRASH! Súbitamente estrelló su copazo contra la pared, dándonos el susto del día y mandando el otrora único vaso aseado al cielo de los cristales a un tiempo. El respingo colectivo fue inevitable, hasta el detective asesor tiene sangre en las venas.

- ¡En serio! ¿¡Cómo?! - señaló a Sherly con índice viril - ¿¡Cómo sabías que semejante truco funcionaría?!

- A diferencia del comisario local y su séquito policial, veo lo que está a plena vista a un palmo de mis narices.

Atragantamiento por mi parte. No vale la pena trascribir la perorata que antecedió a la toma del cuello de Sherly por parte de Trent que yo me apresuré en soltar a golpe de manos histéricas, que eso parecía una de las técnicas de goma goma de Luffy. ¡Nada de acción, nada de violencia, por favor!

- ¡Basta Trent!

Al final me tuve que interponer en modo escudo (gracias, faldas, por tanto bulto)... y se hizo el silencio. Un silencio sólido, tenso, fatigoso. Trent me contemplaba, desencajado, con negras pupilas evocadoras, el abismo que devuelve la mirada.

- ¿No me vas a decir la verdad?

Abrí la boca. Luego la cerré. La verdad es contraproducente.

- Coge a tus amigos y vete de mi casa.

De no tratarse de tan ridícula situación se habría podido inmortalizar el momento justo en que me rompía ese amasijo de carne negra que es mi corazón. Ideas preconcebidas, lector mío, ideas preconcebidas. Watson se lamentó de haber sido clasificado en el cajón de amistades de alguien sin ápice de honor o vergüenza como yo, a Sherly le dio igual y yo apenas si pude comentar que acabábamos de llegar.

Luego Jonny insistió en que no saldría a la calle con un travestido, me subí la falda para horror suyo y lancé los pantalones y mocasines que llevo colgados de las faldas para emergencias (bajo ese aluvión de telas soy un móvil andante, no sé cómo no tintineo). Trent se había apalancado en el muro donde le había dado duro, no era digna de su mirada.

- Cámbiate y vete.

¡Cómo había degenerado la cosa! Así que me metí en los aposentos del que me parecía el hombre más melodramático del mundo, un cuartito con ropa amontonada encima y alrededor de una silla, una mesita que haría las veces de escritorio, una cama grande con material donde esposar y un ventanuco que servía más de respiradero que otra cosa.

Dejé de ser Leonor, volví a ser Leo, seguí siendo Leona.

Puesta en mi vieja piel, caí en la tentación de asomarme al trozo de Londres que ofrecía el ventanuco. Luego fue un error para mí, ¿pero quién se resiste a asistir a ese milagro británico que es que al fin amaine? Alguien inteligente.

Cuando volví al salón descubrí que la vestimenta no había sido más que el pretexto para huir pies para qué os quiero por parte del emocionalmente exhausto doctor. Sherlock me esperaba en la puerta con el pomo en mano, Trent seguía cara la pared. Nos fuimos sin decir adiós.

¿Por qué nos fuimos solos y a esas horas? ¡Qué confiados! ¡Qué bobos! ¡Qué poco brillantes que somos!

Lo primero fue el sonido. Toc, tococó, toc.

Lo segundo la inofensiva inofensiva de la conocida silueta al final del callejón de turno, recortada en claroscuro. ¡Ser Thomas! Veo que su escayola opera como ella sola.

Lo tercero el ataque. Golpes, resistencia, inmovilización, besar la acera, contar como baja atada y amordazada. ¡Sherlock boxeó! Pero...

Cayó. El restallido del golpe hizo patente que como mínimo lo habrían dejado inconsciente, inerte, inánime. Tuvo suerte. A mí me tocó el saco negro.

Continuará...

Quizá pesabais que la cosa no podía ir a más. XD

lunes, 20 de febrero de 2017

Brillante 28 - La tela de araña


¡Muajajaa! ¿A que os he sorprendido? ¡Sí! ¡Solo he tardado medio siglo! XD

La plaza del ahorcado, dos niños ilusionados, una Amanda DramAmándica, una Leona con la espalda contra la pared...

No se puede ser mariposa.

Por raudo y veloz que suceda cualquier encuentro fortuito, cuando una lo rememora un minuto se extiende a una hora. Detalles tales como Smithy con la cabeza fija en dirección "el condenado" o el gesto creo que circunspecto de su señora, posiblemente fruto de un Qué narices está haciendo mi hija, me pasaron por alto en la media mirada que les pasé por encima al medir la distancia por recorrer para intervenir.

Ahora lo pienso y caigo en que es de lo más normal que Smithy se dejase caer por aquellos andurriales. Es un médico de barrios bajos, al fin y al cabo. A juzgar por la cojera del venidero fiambre colgante, no me extrañaría que le hubiese malcurado un hueso roto con sus manos de cobre. A veces me olvido de cómo nos conocimos el buen Smithy y yo, menos mal que lo escribo todo.

Tampoco presté especial atención a la algarabía creciente conforme le colocaban la soga al cuello, apenas si lo percibieron oído y rabillo del ojo más que estratégicamente. Toda mi atención estaba concentrada en la cara de Amanda y la trituración ósea que me estaba propinando la manita de Chop.

Las mejillas cuyo encendido rubor asomaba por la gruesa bufanda que la cubría, el par de centellas por los que devoraba mi imagen entera... Quizá algo acatarrada o más acalorada de la cuenta, puede ser, pero como una rosa estaba esta Amanda. O le habían mentido o había superado pronto nuestro último drama, cualquier opción es plausible. Es una caprichosa.

- Habla ¡otra vez! - murmuraba en tono bajo, veloz, febril. Ya es que ni me trataba de usted la muy maleducada, la cosa era grave.

Di un tirón, medio paso atrás. Respondió añadiendo la otra mano como quien sube la apuesta, ciñéndome cual cepo de hierro oxidado. Sus ojos eran chispas, ascuas locas de atar crepitantes en el manto cutáneo. Por un instante, en el mundo solo existieron esos ojos.

Luego existieron los gordezuelos dedos embutidos en seda color turquesa que se aberronchaban sobre mi pasmada cara.

RRRRRRRA.

Una visión nítida y periférica del patio se abría paso en la boca creciente del rasgón a la par que el chirriante ruido de la trampilla, el griterío, la soga, se abrían paso por los tímpanos y el dolor capilar se extendía del desprendimiento de horquillas, porque el mundo sería puramente sensorial al vivirlo, pero al recordarlo... 

Sé sin necesidad de que me lo cuenten que mi velo, ¡mi velo! fue brutalmente destripado en la literalidad de mis narices, que las zarpas de "todo soy pupilas" Amanda se ensartaron en la tela, que el condenado se condenó, que Chip chilló la que más ante la nulidad de rotura traqueal y que antes de que el moño postizo cayese con lo que quedara de jirones grises a los charcos con discreto ¡chop! yo ya había zafado la mano de Chop para cruzarle la cara de un ¡PLAFAF!

¡PLAFAF! amortiguado por los gritos.

Le arreé tal bofetón que la palma me ardió, ella cayó de bruces entre charco y charco de aguanieve del sopapo y yo misma perdí el equilibrio y corrí el mismo destino. Y vive Dios ¡que no me arrepiento de mis reflejos!

Es una de esas cosas que solo puedes permitirte cuando vas con faldas y a lo loco, como caballero como está peor visto. Y no puedo decir que no le tuviera ganas atrasadas a la niña desde... en fin, la niña se me había vuelto una mala bestia remojada que intentaba por todos sus pobres medios divorciarse del adoquinado y embestir, siiiin embargo, prueba tú a levantarte con la vestimenta victoriana femenina ¡de invierno! y el plus del agua bajo cero.

¡Ja! Eso te pasa por no tener a un hijo/secuaz que nada más caerte le falta tiempo para encasquetarte su gorro de lana en el cráneo y ayudarte a ponerte en pie. Para cuando se resbaló por segunda vez yo ya estaba en pie y silbaldo como una descosida El llamamiento de la cabra montesa (también conocida como Chip). Me gusta imaginar que en ese momento la aludida soltó un "oooh" y buceó entre la muchedumbre como el topo dorado del desierto en la arena hasta volver con nosotros.

Chop y yo no nos paramos a esperarla, dimos media vuelta e iniciamos la maniobra "Empujones a destajo". Amanda aulló...

- ¡Te he visto! ¡¡Sé que eres tú!! - más bien se desgañitaba - ¿¡Te crees que te puedes esconder de mí?! ¿¡De nadie?! ¡No te pareces en nada a una mujer! ¡No engañas ni a estos paletos! ¡Leo! - que se iba a quedar ronca - ¡¡LEEEEOOOO!!

No se lo tomo en cuenta, nunca fue muy lista.

Algunos se fijaron y juro por mi cacharrito lila que llegué a oír "¡Pelea de gataaas!", pero ¿qué es un altercado comparado con un hombre que se asfixia en la soga? Pues algo muy soso. Así que a parte de los muchos empujones y manos largas, la huida, complicada, no fue.

¿Te crees, lector mío, que nos quedó asfalto por pisar o calles por callejear? Pues no (¡ay, mi cardio!). Cuando mis niños se ponen pies en polvorosa, se ponen. Y no hablemos de sus carreras despistativas, que se escurrían por angostos callejones del grosor de mi antebrazo, trepaban vallas que me llegaban a la clavícula, ¡casi les pierdo yo! Se... se me enganchan las faldas a TODO.

Para más inri empezó a chispear en plena fuga. Para cuando llegamos al convento caía el diluvio universal, lo que está muy bien para perder de vista a la nada que nos persiguiera, pero para unos pies doloridos de correr, el remojón, fetén no es.

Digo yo que no es de extrañar que entre eso de tener el esófago en la campanilla y los niños llenos de barro dando guerra (les faltó tiempo para embarrar a cualquier monja que osara acercarse), me tomara mi tiempo para ponerme manos a la obra con el notición gaélico.

Total, que una vez amainado el día (ja, ja, ja, amainar, en Londres. Volvió a llover a la media hora fuera), aseados los tres y cubierta la mitad de mi complicada faz, mandé a Chip a por el periódico y me puse a interrogar a la población católica circundante, que de algo tenía que servirme que estuviera compuesta mayormente por sangre de las Tierras Altas.

Mientras la niña iba al recado nadie quiso decirme nada, que si no sabían de qué hablaba, que si mejor ocúpate de esos diablos que tienes por vástagos, que si qué gaélico ni gaélica, que si qué ha pasado con tu velo so indecente, que si el señor me llama no me distraigas...

Y tampoco quisieron confesar por más que les plantara el artículo en las ganchudas narices cuando volvió la criatura con los papelajos doblados bajo el brazo, envuelta por cierto en un fuerte y sospechoso aroma a regaliz. Sé que me sisa los peniques, pero esos cien años de perdón que se gana por robar a un ladrón.

Una de ellas, inglesa de pura cepa sin duda como "tuvo la bondad" de aclararle a esta pobre ignorante española, ni idea de quién ni cómo se llamaría, quizá Eliza Reed, a saber, "se apiadó de mí" y me explicó punto por punto lo más básico de lo básico: que esas irlandesas y escosesas no saben leer ni sabrán. Sucias le faltó llamarlas. Y fue estirando la barbilla hacia el techo mientras recalcaba el retintín de cada sílaba. Sí, definitivamente era inglesa.

A todo esto, pese a lo previsora que soy yo iba sin velo por la vida porque no tenía más que el despedazado, básicamente por esa sencilla razón de que era el único con el que veía algo. Los otros eran como los muebles de los tres ositos: o muy gruesos o muy opacos o muy imperfectos. Así que me las apañé tapándome de nariz para abajo con... la bufanda de Sherlock.

No olía a él. Había pasado demasiado tiempo y jabón quitasangre por esa prenda. Pero quizá, puede, cabe la remota posibilidad estadística de que me diera suerte, no en vano desde que la sisé mi fatal situación había ido a mejor. Por esa única y exclusiva razón y no por ninguna otra la llevaba conmigo periplo a periplo.

El amasijo de letras indescifrables se reía de mí, ahí enrollado en el bolsillo del abrigo. Estábamos a punto de salir, Chip y Chop vestidos y mulliditos de tanta lana a cuestas, mi cabeza sombrereada y bien tapada, ¿quė faltaba? Nada. Y dudé.

¿Sería verdad? ¿Trent reclamaba a Leo? Mucha casualidad sería que otro escocés ardiente le mandara una carta de amor pública al objeto de su deseo en pleno Londres, con lo racista que es.

Menuda fue mi sorpresa cuando ya decidida a marchar dijera lo que dijese el dichoso cifrado de las tierras verdes, no sin renegar por el camino de estos hijos de la Gran Bretaña que no saben lo que es poner un simple "vente p'acá" en la excelsa lengua de Cervantes, me encontré con la tremebunda visión del pater en el santo recibidor.

Rodeado de solícitas monjas y novicias que le felicitaban digo yo que por su estupenda labor con el ya finado ahorcado, se deshacía de sombrero y capa. Ni que decir tiene que seis o siete manos se dieron manotazos entre ellas para hacer de perchero.

Habría salido por la puerta de atrás, pero recordé que era irlandés. Lástima de esta buena memoria mía, nada más acercarme periódico por delante me echó la mirada: puro reproche reconcentrado. Ni desprevenido se le veía por verme de esa guisa, a un paso del pasamontañas sin lucir ni maquillaje por camuflaje (total para qué, para manchar). Jum... A malas podía hurtarle el paragüas.

- Ha sido absolutamente vergonzoso.

Las sor Citröen asintieron en sintonía, murmurando por lo bajini altini que si qué falta de decoro, que si de tal astilla tal palo, que si ya os decía yo monseñor que esta doña Leonor de doña tiene poco, que si comentarios racistas, que si qué poquita feminidad. La feminidad, otro escollo desconocido en mi camino que ni habría visto de no ser por los esfuerzos de Saint John en aleccionarme por mi bien en lo marimacho que soy.

- Padre, ¿sabe usted qué dice aquí? - yo a lo mío con el artículo.

Ni el rabillo del ojo quiso echar, se concentraba en quitarse los guantes de piel de cordero y fruncirme el ceño de Veinte avemarías.

- Montar semejante escena cuando la caridad cristiana reclama rezar por el alma de nuestro hermano sean cuales sean sus pecados, doña Leonor...

- Si vio el escándalo tampoco estaría rezando, ¿no?

Un aspirado ¡aaah! general.

- ¡El padre sabe hacer dos cosas a la vez! - faltó a la verdad una sor Citröen.

- Pero entonces no le prestó toda su atención al alma de Dios, ¿no?

¡Blasfemia, blasfemia! Bufé.

- Esto no va ninguna parte. - ya que chasquear las dedos no me sale, silbé y señalé al pater - ¡Chop!

Chop arrancó sombrero y capa de las frías garras del club de fans clerical, saliendo todos a escape (uno distrayendo, otras persiguiendo) al tiempo que Chip aterrizaba en los sacros pies de Saint John y los machaba al ritmo del taconeo digno de una sevillana y yo tomaba el paragüas ajeno y salía tranquilamente por la puerta grande. Pon unos mellizos en tu vida.

Pocas horas después aguardaba bajo una tromba de agua gorda, resguardada bajo la endeble estructura del varillaje paragüero.

Ah~, ¡mi amado! ¿Estaría dentro de la comisaría? Me acercaría. Había dos transeúntes en la calle, suficiente como para asomarme sin llamar demasiado la atención. Pensarás, avispado lector, que a una tendría que mosquearle ver a dos señores charlando bajo la lluvia, pero qué quieres que te diga, cuando no charlan cantan. Estos británicos son como sapos.

Y me asomé. Y un agente me miró. Y Trent, mi brazo fortísimo de la ley, estaba ahí de espaldas, apoyados los músculos de esas potentes extremidades superiores sobre la mesa más desordenada del mundo, exhalando humo como la chimenea sexy que es.

Y estaba asomada de más. Y el agente movió los labios cerca del comisario. Y él se giró, con esos ojos que son rayo y trueno. A punto de alejarme una ráfaga de viento me azotó las vértebras, levantando un palmo de faldas, y él vino, las piernas agarrotadas en el sitio, y su mano, su mano, ¡su mano!

Y nada, salió a la intemperie. Sin paraguas ni capucha ni gaita escocesa. Bajo la tromba de agua me agarró del hombro, me bajó la bufanda para acto inmediato subirlo en un visto y no visto, poco más y se me escurre el paraguas, poco más y se me escapa el corazón por la boca. Esto pasa por no planear al dedillo.

- Este olor solo puede ser tuyo. - quiso susurrar, pero no le salió.

Me costó escucharle entre la lluvia, el bumburubum de mi corazón y los silbidos insinuantes de los agentes ahí presentes apiñados en la puerta, hasta el par de transeúntes embozados bajo capas y paraguas parecían mirarnos. Por el rostro de Trent corrían los ríos que desbordaba la endeble estructura del varillaje.

Primero la voz y ahora el olor, ¿tan reconocible soy? ¡Si me había perfumado!

- ¿Cómo me has recono...?

- ¡Por favor! - y esta vez sí consiguió bajar el volumen - Este disfraz no engañaría ni a un ciego, se nota a la legua lo que escondes entre las piernas. - y alargó la mano y me apretó un pecho. ¡Me tocó! ¡Un pecho! - Más falso que un peluquín.

No sabía si sentirme ofendida. A quién quiero engañar, me había tocado un pecho: todo importaba un pimiento. Ni siquiera di gracias por la bendición de la combinación de tromba de agua y endeble estructura paragüera con que nos cubría, combinación que toda indecencia oculta a cualquiera a un palmo de distancia.

- Estoy aquí... porque tú lo has querido... - acalorada perdida, por la situación, el tocamiento, las prisas, todo - ¿O no me has publicado ese mensaje en gaélico en el periódico?

- ¿Gaélico? ¿Sabes gaélico? - boca confusa, boca que no entiende nada de nada.

De repente, la comprensión de todo.

- No has sido tú.

- ¿Por qué iba a enviarte nada en gaélico? ¡Nunca hemos hablado en gaélico!

Fue entonces cuando atravesó mis tímpanos la carcajada de Sherlock Holmes.

Continuará...

¡Tensión! ¡Intriga! ¡Dolor de barriga! ¿A que se echaba de menos?

lunes, 30 de enero de 2017

Brillante 27 - Pájaro que trina


Es irritante ir a capitulito por mes, así estoy intentando mejorar. En estos momentos de mi vida en que no sé qué hacer con ella no siempre es fácil organizarse con los escritos. ¡Ojalá me pagasen por esto y no tuviera que preocuparme por las facturas! Por suerte, vosotras que estáis leyendo estas líneas, lectoras fieles, estáis cargadas de paciencia. ¡Os quiero, conocidas y desconocidas!

En fin: tras dos capítulos más tranquilitos para variar en la agitada vida de nuestra Leona hemos descubierto que su tapadera de emergencia es la de una viuda reciente con moretones para nada sospechosos que se entreven a través de su grisáceo velo, madre de dos niños muy pillos. ¿Pero esta tapadera está hecha para durar?

Por la boca muere el pez,
por el pico canta el que acaba por perder.

Acoger bajo mi ala a los mellizos y fingir que éramos madre e hijos fue fácil, aunque no nos pareciéramos ni en el blanco de los ojos. Lo difícil fue... la maternidad. Tanto, que los demás puentes que hemos cruzado se me antojan contratiempos insignificantes. Y eso que mis niños son buenos y obedientes y exasperantemente callados, pero albergan una rebeldía dentro que no me da tregua.

El primer día, cuando conocí a Saint John y este tuvo la cortesía de informarme religiosamente de que llegábamos un par de siglos tarde para acogernos a sagrado y ya de paso de complicarme automáticamente el asunto: nada comparado con intentar que Chop cene acelgas. Intentar.

¿Poco después, cuando hubo que conocer a la madre superiora e interpretar el páripe más lacrimógeno que imaginarse pueda? Hinqué codos tres días hasta recabar el conmovedor perfil idóneo que calentara ese sufrido cubito de hielo que habitara el costillar de la dama dedicada a las almas perdidas de Whitechapel. Y hasta practiqué delante del espejo. Pues un guijarro en el zapato comparado con pretender ponerle una pluma entre los dedos a Chip. Ese día tragué tinta.

Por no hablar de la dieta a base de gachas sin sustancia... la degluto con gusto y sin picatostes que lo alegren siquiera con tal de no volver a meterlos en una bañera. Cosa a la que me inclino si ella me salva de lo peor de lo peor, de lo que supera todos y cada uno de los puentes de rabiosa actualidad y, no huelga decirlo, hasta los intentos de asesinato. Bienvenido sea el tercero si ello me libra ¡de los piojos!

Aaaah, maldita sea, estos victorianos están locos. ¡Pues no me parto el alma con Gertrudis para desparasitar las melenas de mis niños y en el convento me los vuelven a pillar los muy pillos! Hábitos antihigiénicos que no hay quién les arranque, me han quitado la fobia micróbica a mugriento golpe de choque. ¿Pero qué se les ocurre a las esposas de Dios? Raparlos a cero y lavarles la testa con petróleo. Menos mal que una viene de los colegios del siglo XXI.

Sin embargo, los mellizos están hechos para darme una de cal y otra de arena. Dividirán su determinación en blanco y negro, pero se reparten la tozudez: Chop no acepta acelgas, Chip las come por dos. Chip no coge una pluma ni borracha, Chop ya sabe escribir su nombre en letra temblona. Ninguno soporta la higiene básica, pero uno se deja sobornar y a la otra logré convencerla enseñándole la técnica ancestral del ladrillo en el bolsito.

Aquel día de la calma pre-tempestad, como de costumbre, me daban para muestra un botón. La noche anterior había llovido, dejando las calles de Whitechapel lo suficientemente derretidas como para encharcar la gruesa capa de nieve. Una gota de belleza en el Támesis urbano. Chip encabezaba la marcha saltando de charco en charco, sujetándose las falsas con las puntas de los dedos, bamboleando el bolsito enladrillado que llevaba al codo, llenándose las botas de barro medio descongelado, mientras Chop iba cogido de mi mano modosito y calmado. Los tres fingíamos fumar echando el hálito neblinoso por la boca y las fosas nasales.

- Tú tienes la piel blanca como la nieve y los labios rojos como la sangre y el pelo negro como la noche, ¿vendrán a matarte? - me preguntaba Chop, que como yo era fanático de los cuentos de hadas y le sobraba curiosidad.

- Puede, pero no por el cromatismo. Piensa que solo la más bella del reino puede tener esos colores sin parecer simple y llanamente enferma. - le contestaba con mis labios rojos de puro cortados, que no había pintalabios ni bufanda ni velo que protegiera contra esos vientos - Así que solo la más bella del reino corre esos riesgos.

- Pero no te comerás manzanas, ¿verdad que no? - apretón de manita.

- Si me los ofrece un desconocido sospechoso, no. - apretón devuelto.

Ahí Chip, crispada y sin dirigirme la mirada de tan centrada en la de su hermanito (quien prefería mirarme la mano entrelazada con la suya), nos salpicó enteros de una traicionera patada.

- ¡No seas bobo, Leo era un desconocido! ¡Ataúlfo!

Chip emplea nombres propios que más que nombre son una venganza para insultar y pasar desapercibida. Soy una pésima influencia.

Cuando llegamos al patio la muchedumbre ya había colapsado los mejores sitios, para mi regocijo y para refunfuño de Chip, quien no tardó en recalcar por enésima vez que deberíamos de haber salido antes. Chop, callado como un muerto. Bien sabía él de mi premeditación y alevosía vistiéndome "deprisa". Si estaba ahí era única y exclusivamente porque se habían ganado un capricho. Quién me iba a decir a mí que eligirían precisamente este.

Una boda, un entierro o una ejecución se aplaudían de la misma forma en Londres, y aquella nublada mañana de enero no hubo mejor modo de pasar el tiempo que acudir al ajusticiamiento público de la semana. Esto es lo que pasa cuando no tienes tele ni cerveza y la gente es analfabeta, que no saben cómo entretenerse. Solo esperaba que la soga le partiese el cuello rapidito.

Mi nena de mejillas coloradas como manzanas se zambulló por entre los bultos espero que por lo menos calientes del gentío, chillando alborozoda. Chop me apretaba la mano con fuerza como quien comprueba que sus dedos entumecidos siguen en su sitio. Miraba fijamente por donde había desaparecido su hermana, que lo entreví por entre el velo y los copos de nieve que a la tela se adherían.

Tan entretenida estaba contemplando cómo contemplaba mi niño que ni reparé en la sombra gris que se aproximaba hacia mí. Tanto que le dio hasta tiempo a ¡zas! Palmearme el hombro, reintegrándome en el club del casi ictus. Si es que este velo bien sirve de anteojo de caballos.

- Doña Leonor. - saludó con alegre retintín la sombra, que resultó ser una monja. Creo que una sonrisilla le adornaba el rostro y un ligero brillo pintaba de calidez sus ojos.

Debía de ser una de las hermanas del convento. Ahora bien, ¿cuál de ellas? No es que mantuviera una estrecha relación con susodichas habitantas. En realidad, gracias a los niños (y un poquito gracias a mí) disponíamos de celda propia desde el tercer día, así que ellas iban a lo suyo y nosotros a lo nuestro. ¿Cuál sería? Era especialmente pálida... no es un rasgo distintivo. Era cejijunta... no es un rasgo distintivo. Nariz aguileña... como buscar paja entre paja. Solo me restaba el comodín.

- Hermana, ¿cómo está usted? Bien sin duda alguna: resplandece con la tibia luz de la mañana. - sor sonrisa desaparecida. Aich, que era una doña. He... he sido un don Juan demasiados meses, no me juzgues, lector - Hace buen día... para tratarse de Inglaterra.

Aún a día de hoy sigo sin recordar una sola cara concreta de las moradoras del convento, salvo la arrugada faz de la madre superiora. Para mis adentros las llamo sor Citroën.

Parecía que la sor Citroën presente estaba aburrida pese a que claramente había venido en beatífico grupo, Chop no dejaba de señalarme las ocho o nueve piadosas monjitas que se apretujaban unas filas más adelante para disfrutar del inminente espectáculo,  así que le pregunté educadamente por qué se había acercado.

- Parecía usted aburrida, doña. - mira tú por dónde - ¿Le... parece adecuado traer aquí a sus hijos?

Qué graciosa, eso estaba lleno de niños. ¡Aaaah! ¡Venía a aleccionarme!

- ¿Le... parece adecuado asistir a estos actos dada su profesión?

Creo que me puso ojos espantados, y digo creo porque entre la visibilidad parcial acaparada dicho sea de paso por la nariz superlativa frente a mí, los rítmicos apretones de Chop y el barullo circundante... Lo único que sé seguro es que anidaba en mí el imperioso deseo de espetarle que los mellizos se habían ganado el premio recabando chantajes más que suculentos en el confesionario, luego no solo los trapos sucios de los aristócratas pudientes estaban a mi disposición.

- Nosotras estamos aquí por nuestra profesión. - replicó, no sin antes sacarme pecho, que ahora que lo pienso no se sabía muy bien si tendría con ese hábito tan grueso - Es nuestro deber prestar consuelo al alma de este pecador, tal y como dicta nuestro Señor y ejemplifica por verbo y acto el padre Rivers. - se atusó el hábito, muy digna - Española tenía que ser... -concluyó por lo bajini.

¿Para qué ser sutil cuando el velo te permite sacarle la lengua al personal sin que te chisten? Esos nobles señores no solo son asiduos de las sesenta y dos casas de tolerancia, esposa de Jesús metomen... ostras perleras, ¿había dicho...? ¿El condenado era católico? ¿¡Saint John estaba ahí?! ¡Y en nuestro día libre!

Ni que decir tiene que tanto Chop como yo sacudimos las cabezas de lado a lado en su busca, durante dos segundos fuimos el dúo paralelo. Sor Citroën echó humo helado por las amplias fosas nasales justo cuando una yaya cercana que por lo visto había estado pegando la oreja mencionó que todavía debía de estar dando la extrema unción. Fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que las religiosas presentes pertenecían al club de fans del párroco.

También caí en que tanto esfuerzo en no ser ni lo suficientemente pobre como para que me echaran a la calle ni lo suficientemente rica para que me atracasen por ella de nada había servido para evitar ni mitigar siquiera que una joven viuda que pasa demasiado tiempo en la iglesia del sex-symbol de Whitechapel diera qué hablar.

Y por último pero no por ello menos importante ni por asomo, fue justo en ese milisegundo de revelaciones cuando el rabillo del ojo captó entre el público lo que no me podía creer. No, más bien, me negaba en redondo. Habría sido un espejismo formado por la muchedumbre y la poca visibilidad entre nieve y tela sobre la cabeza, a una le engañan los ojos, ¡solo tenía que ser valiente y mirar del derecho...! Madremíademivida, allí estaban.

La familia Smithy. Al completo.

¿Recuerdas que unos párrafos arriba te comentaba, lector avizor, que una boda, un entierro o una ejecución se aplaudían de la misma forma en Londres? Pues no era infrecuente que las familias salieran del barrio para asistir al que tocase. Ay. Ay, ay, ay.

- ¿Sabes qué, Chop? Vamos a reunirnos con tu hermana, que no es buena idea dejarla sola. - a Chop se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

Pero sor Citröen se interponía en nuestro camino.

- ¿Por qué íbamos si no a someternos a semejante calvario con el día que... con lo poco cristiano que es tenerla muerte por esparcimiento, doña? Dígamelo usted, dígamelo.

- No la juzgo, hermana. - y quise pasar.

No nos dejó.

- ¿¡Insinúa que yo sí?!

¡Hija de...!

- Déjela, hermana, ¿con qué se van a entretener si no los pobres? - intervino una voz masculina.

- Eso, eso, ¿q'hacemos si no, amargarnos con lo' muerto', la cólera o la lepra con que no' atosigan lo' diario'? - entró a trapo otra.

- Si lo único interesante del periódico es ese mensaje misterioso que lleva cinco días saliendo. - opinó el vendedor de cirios, un hombre gordo y barbudo al que ya tenía visto.

Yo intentando aprovechar la cháchara para colarme entre los apretujados. Acababa de salir el condenado y la algarabía había evolucionado a vítores y abucheos.

- ¡Por fin!

- ¡Ya ves! ¿A quién le importa un artículo en gaélico pudiendo ver esto?

Quieta parada. Chop: tirón y apretón, tirón y apretón. Había dicho... lo había dicho, lo había oído.

- ¿¡Gaélico?!

...grité. No pude evitarlo. A ver, ¡esto no es culpa mía! ¡Yo no quería esto! El señor, quien fuera, un simple bulto más, se giró hacia mí anonadado.

- Sí... - me acababa de ganar el sambenito de histérica - Quién sea ha untado bien a los del diario.

Me llevé la mano a la frente, donde bullían las conexiones neuronales. En gaélico. En gaélico. Trent es escocés. Trent me dijo que cuando fuese seguro volver yo lo sabría. ¿Trent cree que sé gaélico? No puede ser, porque nunca me lo ha comentado... el traducelotodoinaitor. El hijo de Cristóbal del traducelotodoinaitor. ¿¡Me había estado diciendo palabras de amor en gaélico y yo perdiéndomelo? ¡Cinco días! Maldita sea, maldita, maldita, maldita...

Unos dedos largos y delgados me agarraron por la muñeca. El crujido de la trampilla era ensordecedor la centésima de segundo en que caía, como la esperanza del condenado.

- Esa voz... ¡es inconfundible! - ojos como centellas.

Déjame en paz, Amanda, déjame en paz.

Continuará...

¡Espero que os haya gustado! Me ha quedado largo, lo sé. Pero así se compensa un poco la espera, ¿no?

¡Sherlock regresará...!

lunes, 16 de enero de 2017

Y si... 17 - Nananana...


¡Lo habéis adivinado! XD

¿Y si convivieras con Batman?
~La batseñal de Yukino

Yukino - ¿Con cuál de ellos? ¡Y qué me importa! Tengo clarísimo lo que haría. ♥ [Deja caer una pistola de 10 mm en la lujosa mesa fina de cristal fino del fino salón millonario finamente amplio]

Alfred - [Bandejita en mano] Retire esa cosa de la mesa, señorita Yukino.

Y - ¿Es ese mi desayuno de millonarios, mi querido mayordomo multitarea? [Pestañeos a velocidad de ala de colibrí]

Alf - Ejem. [Lento... parpadeo] ¿Sabe, señorita? Algo que aprendí en mi juventud y me perseguirá mientras viva, cuando estaba en Pieristán...

Y - ¡Ya la quito, ya la quito! [Arma de fuego retirada y guardada]

Alf - [Sonrisita]

Y - Chocolate con churros, pues vaya una dieta adinerada.

Alf - ¿Y qué quiere haga, señorita, si no le gusta el caviar?

Y - ¿Pog la mañaña, Alfreg? [La boca llena]

Alf - He criado a un hombre que se zurra ejem, mantiene fuertes contiendas con delincuentes en traje de licra con nocturnidad y alevosía, perdóneme si no me adapto a los hábitos de un ser humano normal.

Y - La mejor. Disculpa. De la Historia.

Alf - Nadie. Habla. Así.

Y - Ay, Alfred, tengo un regalo de para ti. ♥ [Palmada aérea pija]

Alf - [Recibe un ejemplar de 50 sombras de un multimillonario excéntrico]

Y - Disfrútalo en tus horas libres. ❤ [Bailoteo de cejas]

Alf - Señorita, esos modales... [Bigote inquieto]

Y - Eso lo traduzco libremente como "oh, sí~". [Cucharadita de chocolate caliente para adentro]

Alf - Refínese, señorita Yukino, se lo ruego, por favor se lo pido, no resistiría que los próximos vástagos Wayne fuesen aún más difíciles de educar.

Y - [Se traga la cuchara] ¡Ag! ¡Krrsssmgh!

Alf - ¡¡Señorita!!

Una maniobra de Heimlich después...

Y - [Medio cuerpo desparramado sobre la mesita. Alfred le acaricia circularmente la zona pulmonar de la espalda] Jj...

Alf - No me diga... que no hay noviazgo...

Y - [Índice acusador de Las pillas al vuelo]

Alf - ¿¡Es que nunca me van a dar nietos?!

Voz cascada - Ya estamos otra vez.

BAAATMAN.

Y - Uuuuh~, el caballero oscuro... espera, ¿ande vas?

Batman - No soy lo que mi cama merece, pero sí lo que mi cama necesita.

Y - [Le ofrece una cucharada (limpia) de chocolate]

Batman - ... [Se sienta a su vera y se la come de su mano. Porque la justicia da hambre]

Alf - Por favor, señorita, deme nietos.

Y - Que me niego a salir con un psicópata violento por muy de buen ver que esté, mayordomo casamentero.

Batman - Yo no soy un psicópata, soy el Orden, soy el Miedo, soy la Noche...

Y - Sí, sí, sí, y un mujeriego, un visionario, un filántropo...

Batman - Ese es Ironman.

Y - Ups, cómo he podido confundiros... ¿quieres mojar el churro?

Alf - Por supuesto que quiere.

Batman - Alfred, el batmóvil ha quedado hecho un desastre.

Alf - [Bigote sufrido] ¿Qué ha sucedido... esta vez?

Batman - Lo he convertido en batmoto. [Y se ha liado parda]

Alf - [Se retira arrugando arrugas faciales que gritan que esto no está pagado]

Y - [Con el imperioso deseo ilógico de darle la generación Wayne que esos viejos huesos anhelan] ¡Por los murciélagos, súbele el sueldo! ಥロಥ

Batman - No nombres a los murciélagos en vano.

Y - Al contemplar la recta espalda del pobre anciano, alejándose para continuar mayordomeando, me percato sin quererlo de la verdad. [Dramáticas lagrimillas cara al horizonte cuya vista se cuela por los cristales de alegres ventanales] No es el mayordomo que mereces, pero sí el que necesita... un millonario excéntrico.

Batman - [Chupándose los guantes]

Y - ...¿te haaas comido mis churros aprovechando la epifanía?

Batman - No era el desayuno que mi paladar merecía...

Y - ¡Maldita sea, Bruce, hay límites!

Batman - Batman no tiene límites.

Y - [Voz cascada de imitación] Menos matar.

Batman - Ni se te ocurra. No te burles de mi única regla tú también, aquí, en mi casa, de día. No.

Y - [Comillas manuales] Pegar palizas de muerte y dejar inválida o comatosa a la gente, sí, pero matarla ¡nooo!

Batman - No soy un cobarde que se esconde tras un arma de fuego, jamás segaré la vida de otro. ¡Adelante, búrlate!

Y - ¡Uuuuh! ¡Porque yo soy el caballero oscuro!

Batman - ¿¡Qué quieres de mí?!

Y - ¡Que me compenses!

Batman - ¿Podemos echarnos la siesta antes?

Y - ¡Son las diez de la mañana!

Batman - [Se arranca la máscara]

Y - [Le salpica una oleada de tórrido sudor perlado] ...bueno, supongo que hay tiempo para una siestecilla.

Batman - Y luego tendré que asearme. [Se pasa la manaza de hombre murciélago fibroso por la cabellera mojada y desmelenada]

Y - D-de acuerdo, una ducha rápida. ಡ//ロ/ಡ

Batman - La justicia merece y necesita un héroe bien alimentado. [Menea esos cabellos que el autor le ha dado]

Y - ¡Fija tú la hora! >//ロ/<

Tras el siestón, baño espumoso y comilona...
¡Para-bara-bara-bara-baaan~₪!

Y - [Bajando los escalones del aparcamiento Wayne] No sabías qué hacer con la fortuna de tus papis, di la verdad...

Batman - Antes mato a un vil villano.

Y - ¡Por favor!

Alf - [Érase un mayordomo sentado sobre el capó con la nariz pegada a cierto libro multimillonario, érase una nariz superlativa que salta disparada de entre las profundas y sinuosas páginas al interceptar familiares ruidos y efluvios] ¡!

Batman - ...

Y - (͡ ͡° ͜ ʖ ͡ ͡°)

Alf - [Érase un mayordomo a la fuga en discreto andar escalón arriba, arriba y más allá]

Batman - ¿Quieres conducir?

Y - Bueno, no tengo carnet y me la pego hasta en los videojuegos, pero ¡qué demonios! ¡Pásame las llaves!

Siniestro total más tarde...

Gordon - ¿¡Qué ha pasado, Batman?!

Batman - [Reteniendo a una Yukino hiperactiva frente al automóvil partido en dos, empalado en bocas de incendio y asaetado por tres farolas (dos dobladas) que ni sus anchas espaldas logran esconder] E-era lo que necesi...

Gordon - ¡Has arrancado todas las bocas de incendios! ¡¡Gotham se está inundando!! ¡¡¡Y las farolas están rotas!!! ¡ELECTRICIDAD Y AGUA, BATMAN!

Batman - [La máscara oculta los sudores]

Y - [Magullada, despeinada y estupenda] ¡Podría ser peor, Gordy!

Gordy y Batman - ¿¡Gord...?!/¡No digas...!

Y - ¡Podría estar lloviendo!

¡CABUUUM!

Y - ◐-◐ [Melena meneándose al explosivo vendaval]

Gordy y Batman - [Facepalm]

Gotham entera - [Estridente carcajada retumbante]

La broma de bromas viste de morado.

Joker - ¡AJAJAJAJAJAAAAAAJJJ!

Y - ¡¡¡AAAH!!! [Dispara. Le da al automóvil. El "aparcado" justo detrás]

Coche que estaba detrás y moribundo sin hacer daño a nadie - [Asciende al cielo de lo automovilístico]

Y - [Se mira la pistola de 10 mm como si ella tuviera la culpa]

Joker - Me has decepcionado, bombón, el momento era perfecto y no has tenido las agallas. [Le sobreviene una carcajada estridente de esas que convulsionan los músculos] ¿Qué ocuuurre Batsy? ¿Has adoptado a un compañero aún más inútil que tu Robin?

Batman - ...ahora camino por las calles de esta ciudad que estoy aprendiendo a odiar.

Y - No, espera. [Cara al difunto coche y ¡BANG!]

Joker - [Entre ceja y ceja]

Y - ¡SÍII, NENE!

Batman - ¿¡Qué has hecho?!

Y - ¡He recalibrado mi puntería y me he ventilado a ese peligro andante de villano que te lleva sorbiendo el seso tu batvida entera! Y eso que era fan. Pero la autodefensa es lo primero. [Pecho henchido] Estoy orgullosa de mí misma.

Gordy - [Aplaudiendo cual poseso]

Batman - [Le arrebata la pistolita homicida]

Y y Gordy - ¡Eeeh!

Batman - Una pistola, el arma de un cobarde y un mentiroso. Matamos... demasiado, porque lo hemos hecho muy fácil... Nos ahorramos el asco y el trabajo. Te prohíbo volver a usarla.

Y - ¡Pero la necesito! ¡Todavía no he hecho lo que venía a hacer! Devuélvemela, porfi.

Batman - ¿No era esto lo que planeabas desde el principio?

Y - ¡Devuélvemela! [Intenta cogérsela, pero...]

Batman - [...él se aprovecha de su provechosamente imponente estatura. Porque es Batman]

Voz de reportera repelente - Llegamos a la zona de los hechos. Gotham se ve nuevamente sumida en el más profundo caos, y nos notifican que el príncipe payaso del crimen ha caído víctima de una de sus enanas de circo. Nos aproximamos a confirmar los detalles de su muerte. ¿Será esta vez la definitiva?

Y - [Dando saltitos]

Gordy - ¡Batman, por el amor de Dios, que se acerca la prensa!

Batman - No se atreverán a acercarse, porque yo soy...

Cámara - ¡¡Lois, la distancia de seguridad!!

Lois Lane - ¡Sh! Nos encontramos ante la presunta asesina del Joker. [Llevándose el pelo p'atrás, como diciendo: Parfavá, soy inmune] Señora, ¿qué se siente al lograr sin traje de licra y a cara descubierta lo que los héroes locales no se han atrevido a lograr, quedando automáticamente libre de responsabilidades civiles por el destrozo sistemático de la vía pública?

Y - ಠ^ಠ [Le extirpa de cuajo el cinturón al hombre murciélago y arremete contra el cabezón de la periodista tirándole todo el arsenal habido y por haber en el susodicho]

LL - ¡Ay! ¡No! ¡Pare! ¡Ik!

Gordy y Cámara (que ha decidido jugarse la vida) - [Agarrando cada uno un batbrazo]

Batman - [No hacía falta, está quieto parado] Debería detenerla... pero hay algo hipnótico en esto.

LL - [Muerta]

Y - Vale. Ya está.  Vámonos, Batsy.

Gordy y Cámara (lacrimoso) - [Aplaudiendo como posesísimos]

Batsy - Este era tu plan desde el principio.

Y - El mejor detective del mundo, ya lo creo.

Gordy - ¡Espera, heroína que merecemos y necesitamos! ¿Qué pasará cuando Super...?

Y - [Entre destellos heroicos] Nada, nada, he decidido sacrificarme por el bien mayor del Destino y del sentido común, esa mujer llevaba media vida reclamada por el Más Allá y ese individuo tan ridículo de Más Acá no lo quería aceptar, pero nada, te digo, soy lo suficientemente listísima como para haber urdido otro plan autodefensivo infalible.

Peatones - ¿Qué es eso?

Mirones - ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?

Gordy - ¡Oh, no!

Y - ¡¡MI MADRE SE LLAMA MARTHAAAA!!

Gordy - Está... dando media vuelta. Mmm. Siento en mi interior una agridulce mezcolanza de alivio y decepción.

Y - Es porque tu trabajo no está pagado. [Mejilla recién mojada de lo que podría ser agua de lluvia, podría ser una superlágrima, quién sabe] Yo, por el contrario, me siento muy pagada de mí misma ahora mismo.

Batsy - [Las lágrimas también mojan su máscara. Desde dentro]

Y - Vamos, Batsy. [Su brazo le rodea la batcintura, porque tampoco es que llegue mucho más allá] Alfred nos espera~♥.