martes, 5 de septiembre de 2017

Transparente 10 - Eslabón


Debo confesar... que este capítulo se me ha hecho cuesta arriba. ¡Está claro que si no se me flagela...!

Cuando dejas caer que te gustaría ser el centro de su universo.

Ella huyó espantada, el hipócrita adalid de la rectitud la atrapó y, sí, fregó exultante el suelo con sus mejillas hasta dejarlas sin epidermis mientras sus pies enfundados en cristal mágico se meneaban y descoyuntaban a velocidad turbo por supuesto que en vano en el aire inaprovechable. Ahora bien, visto en retrospectiva, todo dolor (que no humillación, que para eso hace falta esa cosa llamada vergüenza) fue justo y necesario para que él se olvidase por un momento de sus propios asuntos e hiciera lo impensable: demostrar que, hasta cierto punto, le importaba que su recién descubierta posesión sufriera o se quedara sin cara. De todo aquello ya hacía una temporada.

El pie trazó un arco grácil en el aire, y otros tres lo persiguieron. En un hilo de voz perfectamente audible, la boquita indiscreta iba diciendo...

- "Pon tus manos sobre mi pecho, bájalas centímetro a centímetro hasta lo más bajo y frota como si no hubiera mañana".

Tres pies descendieron al son de los oooh con idéntica elegancia, el que a la narración interesa por parcialidad absoluta trastabilló. Un chasqueo de lengua roma resonó por la sala, cómo no, llena de espejos.

Tres brazos se desplegaron como alas de cisne al viento. Fiel a las buenas costumbres, la extremidad implicada de la charlatana salió a destiempo, provocando más restallidos lingüísticos. Oooh~, retumbaban el par de voces admirativas. ¡Jumf!, chirriaba la despreciativa.

- Además me rascó la garganta y detrás de las orejas ¡sin que se lo pidiera! - lanzó un suspiro - Fue glorioso.

¿Ooohjumf?

- ¡Ay, chicas, si supierais lo que es ser una perra~!

En la fila de asientos contigua a la puerta, el hombre achaparrado que venía con la energúmena reprimió una risa ahogada (mal). El pedazo de cacho de trozo de enano en miniatura que llamaba más la atención que un payaso de circo en el funeral de un contable calvo (en parte por las pintas, en parte por invasor del territorio reservado a madres controladoras, managers y madres controladoras managers). Ese.

Esa fue la famosa gota colmadora de madam Fifi, que destrozó la armonía inherente a toda aula de ballet con la premeditación y alevosía de una sonora palmada, no más. Automáticamente las ma-ma-mama apuñalaron brutalmente con sus pupilas de filo curvo al achaparrado, pobrecito él, qué culpa tendría de ser el único que captase el chiste y de no saber controlarse (toda).

El colmado vaso que era madam se bamboleó en dirección El Origen de Todos sus Males, tan digna que de haber habido muebles en su camino se habrían apartado. Si alguien se hubiera visto obligado a describirla, sin duda la habría comparado con un búho: mucha pluma y poca chicha.

Por supuesto, acto seguido habría agachado la cabeza, rotado los globos oculares y negado cualquier connotación o conclusión lógica y natural. Alguien se abstenía de juicios morales, no era nadie para tacharla de ridícula por invertir todos los esfuerzos de su vida en fingirse francesa (sin éxito).

Ya ante la horma de su zapato, echó una mirada subrepticia al trío coral pegado a su vera. Fruncimiento de ceño. No contenta con revolucionarle la clase, la manzana podrida quería echarle a perder a las trillizas. ¡Sus trillizas! ¡El reclamo de su medio de vida, la garantía de alto copete! ¿¡Sabes lo que cuesta conseguir bailarinas profesionales guapas, eficientes y trillizas?!

Enfrentó el insondable interior de los insidiosos ojos y supo que sí, que lo sabía (lo que la lotería). ¡Le daba lo mismo! La acogía bajo su ala por pena, porque le debía un favor a frau Gertrudis y esta le insistió tanto en (lo forrada que estaba) que su cuerpo necesitaba el baile para seguir en pie que se había visto obligada, ¿y cómo se lo pagaba? Con mucha pasta, pero eso por la señorial cabeza ni pasaba.

Se pensaría que después de haberla aguantado año tras año tras meses intercalados no se atrevería, ¡ilusa! No tenía la más remota idea de lo bien que se había estado esos meses seguidos sin su incordiante presencia tropezante. Esto no se iba a quedar así, esta vez sí que sí. Abrió el piquito de bronce...

- ¿Un descanso?

El búho se espeluchó. A las pájaras no se las interrumpe.

Lo mismo daba, que gastara la insolencia que gustara: ya iba la señora maquinando cómo echarla a la puñetera calle con refinada autoridad, y si de paso le echaba en cara esas idas y venidas cuando en gana le venía sin perder las formas...

Ahí fue cuando Oma se extrajo la starky-tarjeta de crédito del escote y le dio a madam un toquecito con ella, justo en el espacio minúsculo entre ceja y ceja. El vaso colmado se vació de golpe.

Se miraron.

Tres sonoras palmadas: quince minutos.

Nuestra chica se refociló en sentimientos muy humanos cuando su vista vio desaparecer por la puerta el plumífero pandero y los tímpanos se estremecieron tanto con los improperios de las ma-ma-mama como con las risas trillizas.

La imagen de sus perfectos moños castaños, únicamente distinguibles entre sí por los lazos de colores que los adoranaban, se multiplicó por los espejos al rodearla inducidas por la camaradería. Sí, Oma le debía lo incalculable a madam Fifi: no el control del cuerpo humano, que eso fue trabajo alemán, sino... sus amigas. Las primeras, las únicas.

Alzó el brazo triunfante, si no llega a ser el típico recinto de techos altos tan popular entre ricachones y amantes del pasado se pega un porrazo, pues esta era una Oma más alta y plana como dictan los estándares del ballet. Quedaban catorce minutos y medio para el regreso furibundo del búho y por Dios que iban a disfrutarlos.

- ¡Macareno! - e intentó chasquear los dedos, pero se le enredaron.

- Por Dios, Oma, que se hace así. - rezongó Ana, la trilliza del lazo rosa, y dos chasquidos estallaron al unísono. Puso carita de ¡Traición! - ¡Otra vez!

- Si ya sabes que es una imitadora compulsiva para qué te pones ofrecida. - se quejó Juana, la del lazo verde - Admítelo: solo quieres alardear de tu sincronización.

- Es que son muchos años de hábito. - musitó Oma.

- Se está quedando con vosotras. - comentó más que concluyó Menandra, la del azul, cruzándose de brazos.

El achaparrado a quien Oma insistía en llamar Macareno pero que como su nombre verdadero era Gónatas le daba igual ya se había personado para entonces. Todo dueño de la mirada Te tiraba a un pozo y luego lo tapiaba había hecho ya mutis por la misma puerta donde a Fifi se le enganchaban las pieles día sí, día también, solo restaban los negros iris que le tenían cariño, aunque Menandra lo negase hasta la sepultura (era genio y figura).

Así que le pidió amable y para nada despóticamente al brujo acompañante que esperara fuera, no es que disfrutara un ápice de tener uno de esos explotadores mágicos a su disposición, ni por asomo. En esta ocasión no pondrían rumbo a la cafetería cuyo dueño hacía el agosto cada vez que ella consumía, que tenía cosas privadas de índole femenina que comentarle a sus amigas, y nada de preocuparse que en la labor encasquetada no constaba que tuviera que escucharlas. "Cosas privadas", pues sí, y femeninas, así que desarrolla otros genitales o puerta. "Más". Sí, más, Macareno, haz el favor de irte ya.

Y se fue, con el ojojó y la cara de vicio y diciendo adiós con la manita del anillo doble siempre incrustado entre bulto y bulto de carne enrojecida, pero se fue.

En cuanto volvió a cerrarse el gastado rectángulo de madera las temporalmente largas extremidades de nuestra protagonista danzaron por la sala lo que indudablemente era, por más que el arabesque, el ballotte con battement y el gargouillade fallaran en tempo, soltura y balanceo, la dramatización de la princesa Aurora tras conocer al maromo de los bosques. Conforme avanzaba por el ¡Me tomó en sus brazos...! Menandra se planteaba ir a chupar limones para contrarrestar el nivel de cursilería del momento. Quedaban nueve minutos.

- Y despertaste de tu sueño. - Menandra la mordaz.

- ¿Cómo despertar, Menandra mía, si vivo en una nube? ¿Tú sabes lo que es que por primera vez en... nunca, un amo interceda por su herramienta?

- Tú no eres una herramienta, Oma. - Juana la compasiva - Eres una mujer fuerte e independiente y...

Detuvo el movimiento para dedicarle a sus mejillas un rubor pálido, una sonrisa de vino. Resultaba evidente que ignoraba olímpicamente la compasión, ¡qué ofensivo!

- Fue un momento precioso, precioso hasta lo indescriptible... que habría ganado enteros si hubiera costado convencerles. Nos que me queje... bueno sí: me quejo. Una tiene derecho a fantasear con una demostración de amor extremo con sangre salpicando, digo yo. No es que cupiera esperar mucha resistencia de quien confía manuscritos sagrados y gemas que contienen todos los poderes del multiverso a una seguridad que cualquiera con un anillo doble puede saltarse a la torera, pero la verdad es que fue decepcionante.

Intervalo de silencio. La chica no la liaba parda soltando lo que venía siendo el sueño húmedo de un sensacionalista a propósito, es que el don de la sabiduría en vena cárnica atolondraba. Ahora, que disfrutaba del caos desatado, disfrutaba.

- ¿Y cómo decías que se llamaba la secta? - Juana "no juzgo sin datos".

- Esas tonterías te las guardas para Fifi. - Menandra "a mí no me tocas las narices".

- La verdad es que tiene motivos para odiarte, teniendo en cuenta tu historial. - Juana "hay que ponerse en la piel del prójimo".

- Los superhéroes están por encima de los motivos. - Ana "quién pillara superpoderes y supermillones".

- Y los supervillanos. - Menandra la más rápida del oeste.

- Yo no soy ni una cosa ni la otra.

Las esquirlas de sus moléculas se estremecían, y con ella el reflejo múltiple que generaban sus congéneres. La presión sanguínea del doctor aumentaba según la frustración in crescendo con la magia nivel novato, ¿es que no podía dejarlo ni dos horitas solo? ¡Si había insistido él! Y Mordo. Y Macareno. Y todo tamar-tajero. En realidad, únicamente la Anciana se había abstenido en la insistencia colectiva.

- Las videntes también entran en el saco. - Ana la adalid de la realidad real imitaba a los jeroglíficos con su sentencia, brazos en jarras - La cuestión es tener poderes.

Ni que decir tiene que Oma estaba muy ocupada con la sapiencia doctoral a tiempo real como para contradecirla. Una vez más. Decir siempre la verdad por ley no te obliga a abrir la boca, no si no riman. Vuestro corazón no es cínico ni arrogante, pero eso no salva de infarto de miocardio a los ventrículos expuestos a... ella. El jeroglífico que era Ana digievolucionó a lo que solo un emoticono plasma, aquello por lo que casi todo narrador tira la toalla...

- Así que... el doctorcín y tú... (͡ ͡° ͜ ʖ ͡ ͡°)

- ¡Ana! ¡El doctor es un caballero! - Juana, la romántica, tenía una imagen un pelín alejada hasta de la realidad figurada.

- Un caballero es solo un salido con paciencia. - Menandra, la de las frases lapidarias.

- ¡!

- No es para tanto. - las trillizas al unísono.

A cualquier otro ser vivo eso le habría puesto los pelos como escarpias: los de Oma estaban al servicio de su doctor. La misma cuyo tamaño menguaba y busto se acrecentaba conforme corría hacia la puerta, calzándose heroicamente los tacones de cristal sin matarse en el proceso.

- ¡MACARENO!

- ¿¡QUÉEE?!

- ¡LA SECTA, ABRE A LA SECTA!

- ¡KAMAR-TAAAJ!

Portazo. Las hermanas, quietecitas, ni sus dobles de cristal se movían un ápice. No... no podían asegurarlo, quién podría, p-pe-pero por la rendija de la puerta había brillado una luz roja de las que incitan al crimen... pensamiento fugaz prontamente eclipsado por el hecho de que quedaban cuatro minutos justos y no había Oma ni starky-tarjeta de crédito que aplacara los picotazos de ira que vendrían.

- Nos la ha vuelto a liar.

Cómo iban a saber o siquiera imaginar el rosario de la aurora que se estaba montando en la versión oriental de colegio de magia y hechicería con las fauces de Oma puma en el cuello del entrometido de Mordo. Hay que alegar a su favor que este último le tenía ganas y no se pensó dos veces al verla zarandear a su mentora al grito de ¿¡cómo me lo abandonas en el Everest?!. Tampoco es que nada de lo anterior fuese consuelo en los sudorosos ejercicios especiales que madam reservaba para hacer llorar al ejército.

- GROOOOAAAR. - quería decir que se lo devolviera, que hipotermia inminente.

La clemencia se disolvió como la sal en caldo en los guantazos y patadas y electrocuciones mágicas del burro perdido de Mordo. Hundiría cada colmillo y cada muela en esa vena sobresaliente cual cruz negra en el mapa pirata de la yugular, ¡oh, la nutrición!

Strange cayó a medio congelar de su primer portal.

Oma humana se desmoronó entre metamorfosis y puñetazo en plena mandíbula, escupiendo una muela sanguinolenta.

La muela se desintegró en una voluta de esquirlas.

Continuará...

Lo sé, en las imágenes que pongo para ilustrar los capítulos parece que Oma siempre esté en éxtasis. Que lo está. XD

lunes, 7 de agosto de 2017

Transparente 09 - Cadena

FLAGELADME PORQUE HE PECADO, soy más lenta que un caracol sin lubricante. Flageladme, porque entre la ola de calor, la tesis, el videojuego y la playa no doy abasto. Luchando contra los calores estoy, y contra el paro también. ¿Y el éxito? ¡En ninguna parte! Contra el vicio no lucho porque eso ya es batalla perdida.

Después de ver Spiderman: Homecoming he corregido la cronología de Transparente, no os extrañéis si de repente no os acaban de cuadrar las cuentas a los pocos que leéis esta historia desde el origen de las publicaciones. XD

Strange sabe la verdad, Oma la ha sabido siempre y queda por saber si alguien más la conoce ni que sea de vista.

Hay quien que está en la luna,
hay quien lo es. 

La luna asomaba como la espía que era en la secta mágica de Kamar-Taj, bañando con su pálida y fresca luz las tejas del tejado, las piedras del suelo y el bulto que formaban Oma y su doctor. No podemos culparla por iluminarlos descaradamente, hasta un satélite ancestral se siente tentado de echar una ojeada por el enrejado oriental de la ventana si detecta un lenguaje corporal gracioso, y la postura de Strange espatarrado en el suelo era graciosísima.

Oma yacía enroscada a su torso, con la oreja empotrada en la zona pectoral ajena como un gato que se restriega contra el cajón de las especias. Stephen (vamos a llamarle Stephen, que ya hay nueve capítulos de confianza) hacía lo propio con cara de Que me maten ya. Si es que era mucho por procesar, y no en el mejor momento. Es como cuando caes en la cuenta de que esa amiga que lleva diez años si no toda la vida compartiendo piso con tu tía... no es una amiga. Y ¡catacrac! Rotura de cristal: la cama de matrimonio, los dos perros en común, esos detalles de los que los sesos pasaban olímpicamente, ¡todo cuadra!

Tal cosa le sucedía al espatarrado, inerte y boquiabierto Estefano (vamos a llamarle Estefano, total, no nos oye), que iba anudando y desanudando la maraña de enredos que era esa "muchacha" a la que solo le faltaba ronronear. Resulta humillante admitir que creía a pies juntillas que merecía una acosadora por méritos propios (cosa que técnicamente sí, se había ganado), y no por razones mágicas irracionales.

En la somanta de palos que se había desatado en el lóbulo temporal de Strange, el primer recuerdo en atizarle la patada a una neurona no fue su heroico rescate en cumplimiento del juramento hipocrático: fue la mañana de la resaca. ¿Entonces ella era el visón?

- Sí... - decía la que le robaba impunemente la calidez - Cabía esperar que me regalaras a la protectora a la primera de cambio, tú que solo piensas en ti, pero tengo el defecto de ser optimista.

La verdad verdadera era que llevaba una vida muy ajetreada para mascotas exóticas, ¿y por qué tenía que ser exótica, a ver? Menudas preguntas, evidentemente resultaba un poquitín más complejo endilgarle a otro una exótica que una común. Además estaba aquello de que a una bruja le había salido redonda la jugada-visón, quitando el obstaculillo de la pelea de ratas, y claro, había querido probar suerte, pero eso se lo calló.

Tampoco pensaba comentarle que no repetiría la experiencia, que cuatro días de sobrealimentación para hacer crecer ese cuerpecillo peludete no era un precio que estuviera dispuesta a pagar sin huidas pies para qué os quiero en la ecuación. El doctor no tenía ninguuuna necesidad de saber que su predecesor le había pegado los planes de bombero torero y sus nefastas consecuencias con bozales de por medio.

¿Y a quién le robaba la manutención, si podía saberse? Porque no iría a engatusarle con ese encantador juego que son las múltiples definiciones de "verdad" jurando que lo creaba ella misma a partir de sus moléculas, que todo tiene un límite y este se llama calderilla. La femenina carcajada tintineó por la celda como si quisiera que solo el doctor, y no la luna, se enterara.

- A Tony Stark. - susurraba henchida de orgullo, sin separar los cerrados párpados de ese pectoral tan involuntariamente acogedor - No lo siento, es personal.

En cierto despacho de la más alta y narcisista torre con las más grandes letras neón-campanilla que el mayor arquitecto del gremio de la farandula hasta arriba de LSD imaginarse pueda, el contable de la familia Stark se llevaba las manos a la cabeza una media de cada tres por dos. La calvicie era su sino. El de Pepper, casi seguro que también.

Estaba preparada para relatarle el periplo de la starky-tarjeta de crédito, pero él no preguntó y hubo que quedarse con las ganas.

Permanecieron otro ratito en silencio, bañados de blanca luz cotilla. Strange posó la mano en la coronilla cada segundo más próxima a fusionársele con la cavidad torácica, ¡Dios! cómo le gustaba apretujarse. Los labios de la gata dibujaban una sonrisa de las amplias.

O sea que básicamente ahora era su dueño.

- Desde los primeros minutos en que vine a este mundo.

Y él no tenía ni voz ni voto en aquello, claro estaba.

- ¡Desde luego que tienes elección! Todos tenemos elección. Puedes suicidarte.

¡Podría haberle curado!

- No, no, no, a mí no me cargues el muerto que yo entro en la categoría de información y estratagemas, cumplo unas restricciones tan sencillas como específicas. ¡La culpa es tuya!

Al oír que el mínimo era haberle facilitado cómo curarse, ahorrándole tiempo, dinero, tormento, las órbitas de la interrogada giraron en todas direcciones. Es bastante evidente que ella ni quería ni tenía por qué ahorrarle (ni ahorrarse) un solo punto de la lista.

- ¿Qué culpa tengo yo de que no me quisieras preguntar en verso? ¿Qué culpa tengo yo de que el común denominador humano sea tan tonto o tan vago que prefiera la ignorancia a rimar? ¿Qué culpa tengo yo de que si te dicen que ni mojes ni alimentes al bicho después de medianoche te entren más picores que a un toxicómano en una droguería?

Claramente en cierto punto ya hablaba para sí, o mejor dicho murmuraba, pero tanto Strange como el satélite ancestral oían bien y escuchaban mejor.

- Farmacia. - ¿qué os he dicho?

Sinceramente, habría ayudado que no fuese tan críptica. Ya me dirás qué necesidad había de ir con la verdad por delante y no demostrarlo antes. La "jovencita" le colocó bien colocada la mano sobre el pecho para alzar la barbilla y mirarle directamente a los ojos desde esa insoldable distancia de tres centímetros.

Por un segundo interpretó que quería un beso, agarrotándosele la columna en consecuencia porque el escalofrío vértebra a vértebra sabe a poco. Pasados dos segundos más sin violencia bucal supuso que pretendía expresar seriedad, pero estaba tradicionalmente predispuesto a no tomarse en serio nada de lo que viniese de esa... mujer... cosa... Oma.

Los hábitos varían, ¿qué le había dicho la Anciana? Vaciar el vaso para volver a llenarlo. ¿Por qué no cambiar el prisma con que miraba a Oma igual que acababa de hacerlo con los ojos con que veía el mundo? ¡Aj! Porque la conocía.

- Sigue sin ser culpa mía: es porque tienes un corazón cínico y arrogante, lo que se traduce en que eres quebradizo como el cristal. - dijo la muy descarada con la total sinceridad 100% asegurada que traía de serie y dolía el doble - Me veía obligada a exponerte el tema con tacto y delicadeza y...

¿¡Delicadeza?!

- ...t-te podría haber dado un infarto si no...

¿¡TACTO?!

- ¡No llevo ni seis años en este mundo! - explotó en un chaparrón de brazos y piernas pataleantes - ¡No me pidas la perfección!

Oh, cielos.

- ¿He satisfecho tu curiosidad?

Un dolorido Strange asintió.

- Puedes hacerme más preguntas. Me encanta que me hagan preguntas.

La cabeza del dolorido Strange dijo que no.

- ¡Pues vámonos! - espetó levantándose y metiendo medio cuerpo debajo del camastro en el mismo bote.

Si hubieran tenido tiempo, el dolorido Strange que a esas alturas ya pasaba de todo le habría preguntado por qué. Sin más. Alguien se gasta todo lo que le queda en agarrarse a un clavo ardiendo y luego van y le abren el tercer ojo no le apetece marcharse cuando ni se ha llegado a instalar.

A lo que ella podría haber argüido que madre suya de su vida con su estatus de adolescente marisabillo permanente, que esa gente no creía en las admoniciones bíblicas de ama a tus enemigos, bendice a quien te maldice y haz el bien a quien te odia. Esa gente creía en arrearles un guantazo. Si hubieran tenido tiempo...

Cuando dejó de rebuscar y salió de rodillas con un par de objetos en mano a los que la luz lunar arrancó mil destellos, no solamente el satélite brindaba compañía no deseada.

Ante ella, altiva, la vio. Una horrible figura de tez más blancucha que la luna, terrible figura de dedos entrelazados tras la espalda, mirada limpia y sonrisa apacible. Oma bajó, cuidadosa, todo cuando su mano sostenía. Colocado en el suelo. Oma subió, lenta, y prudente, todo su cuerpo libre de amenazas. E igual de inofensivamente deslizó los pies en lo que parecían ser unos zapatitos de cristal. Strange sopesó la validez del No es lo que parece.

- Para disponer del don de la sabiduría... - empezó con sorna la Anciana.

- No.

Quiso usar escudo al buen doctor, pero él no se dejó.

- Podría haberlo pasado por alto si no tuvieras las manos tan largas.

- No. No.

La anciana demasiado bien conservada le dedicó una sonrisa indulgente. Los pelos como escarpias.

- ¡No! ¡No! ¡No!

- No se rompen tantas normas. Devuelve lo que has robado y...

- ¿¡Para qué?! ¿¡Para que nos abandones en la vitrina?! ¡Para que nos uses y nos tires!- estaba chillando muy mucho - ¡Nosotros también tenemos sentimientos! Amamos el calor de una mirada, ¡sufrimos la indiferencia! La única diferencia es que yo tengo piel y carne y hueso y boca y puedo decírtelo: ¡sois vosotros los insensibles! Si me pinchas sangro, si me haces cosquillas me río, si me envenenas...

Pero hasta quien pierde el oremus sabe cuándo da demasiada información.

- Tenemos alma, tenemos alma, tenemos alma... - un hilillo de voz.

Con cada sílaba que pronunciaba, Oma serpenteaba hacia atrás. La Anciana emitió lo que podría definirse como un ja nervioso, lo que viene siendo imposible porque a ella podían asaltarle la secta a decapitación limpia y no se la vería ni levantar la ceja de lo calmadamente que mantenía la calma.

- No temas. - para entonces ya estaba detrás de la silla.

Aquella situación requería don de gentes.

Hubo: gemido, lanzamiento de marco, apertura de ventana a sillazos. Salió por ella despedida en los nanosegundos que tardó el célebre marco en incrustarse en la cara del buen doctor. Se le resbaló de la epidermis lo justo y necesario para que su vista alcanzara a ver la polvadera que iban dejando tras de sí los pies de la niña. La Anciana no movió un pie. Cuando él se asomó, la luna se ensañó a pleno fulgor con la bonita escena de Mordo fregando el suelo con la cara de su ¡oh...! ¿Su?

Aquella situación requería don de gentes o saltar por la ventana, y Oma no llevaba ni seis añitos en este mundo.

Lo vio en aquel par de pupilas titilantes. Ese pedazo de cacho de esquirla hecha carne y piel y hueso y boca no reservaba la más mínima fe para Strange, no le cabía la más ínfima duda de que la abandonaría. Quién puede culparla, la costumbre era que todos y cada uno de sus amos la usaran y la desecharan.

No lo hizo.

Continuará...

El escalofrío vértebra a vértebra se reserva a temores menores como accidentes de coche. [Guiño]

miércoles, 19 de julio de 2017

Transparente 08 - Vitrina


Con esta horrible ola de calor no apetece escribir... ni levantarse ni sentarse ni hacer nada que no sea estar pegada al ventilador. Bienaventurados los que viven con aire acondicionado.

Nos ha costado, pero por fin hemos llegado... ¡Kamar-Taj!

Por si hay alguien por aquí del otro lado del charco, ha llegado a mis sentidos receptores que conocéis a la mentora del doctor como "Ancestral", pero yo soy española y aquí se la conoce como la Anciana. Dicho esto...

De paseo por el multiverso~

Un corazón cínico es... complejo. Poco dado a dejarse conmover.

Ya pueden esos ojos a los que irriga el líquido vital ser testigos de cómo los dioses descienden a este mundo, ya para dominarlo, ya para defenderlo, de cómo la avaricia humana no monetaria genera musculosos monstruos color chillón, de cómo se abre en el cielo un agujero que ríete tú de la capa de Ozono para dar paso a los demonios: ese órgano sanguíneo bombeará, se sosegará y seguirá a lo suyo erre que erre.

Ahora bien, hasta el más cínico y arrogante y amante del autoengaño reconfortante de los corazones queda conmovido si una bien conservada anciana a la que denominan la Anciana (claramente se rompieron la cabeza) le abre el tercer ojo. Y un corazón cínico conmovido se traduce en resistencia. Cabía esperar que no explotara a la mínima ni le diese por lanzar espumarajos por la boca, o esa esperanza guardaba la que tan solo sabía leer el movimiento ventricular de los hombres.

De momento la cosa se tildaría de inmejorable, el corazón de un Stephen Strange con cara de casi ictus pero en plenas funciones corporales y más o menos cognitivas asistía a la extraña visión de su pálido par flotante, alrededor del cual moléculas de vidrio flotaban y se balanceaban al son de sus latidos, rodeaban sus manos y brazos y espaldas amorosamente, acariciaban sus mejillas sin arañarlas, y el bombeo iba... bien, no iba mal.

Y entonces, un latido: desplegado enjambre de vasos sanguíneos.

Dos latidos: médula, huesos, vísceras.

Tres latidos: carne, piel, arrugas, tejido de decencia.

Boquiabierto contempló a la octogenaria que meneaba cascadas caderas, revoleaba cabellos cenicientos y canturreaba con vozarrón desafinado al tempo de sus zancadas lo que únicamente podía excusarse por el muchísimo tiempo que había estado aguardando ese espectacular momento de exhibición:

- ¡Puedo ser fea, oronda, un ser vil,
fea de voz, cabello y perfil~♪! - meneo circular de caderas -
¡La la la la, la la la la la~♪!

Y acabada canción y reverencia, se disolvía desde la punta de las uñas del brazo extendido hasta los talones de los pies y las hebras del cabello.

Lo peor sería que no era lo más raro visto por sus irrigados ojos hoy.

El viaje a Kamar-Taj, quitando el detallito de que le había costado los entrecomillados "ahorros que le quedaban", estuvo exento de dificultades. No se puede considerar dificultad ir en turista, ni la comida del avión, ni el par de presencias consecutivas de una niña y una azafata tan tragonas que le recordaban lo que prefería ignorar, ni... ¿se había puesto de moda aquel mamotreto de marco tan hortera o qué?

Ni siquiera que estuviera siendo escrupulosamente vigilado, no. Primero, porque era por su propio bien, y segundo, porque no lo sabía, y la ignorancia además de un grado es un alivio.

Sin dificultades, en suma, como la seda, igual que su vida entera, ¿o no, Strange? ¿La orfandad? Mera piedra en el camino que arrojas a placer como perfecto pretexto a tus atropellos, nada como que te eximan de responsabilizarte de tus actos.

A lo largo de vuelo contempló largamente el reloj que le abrazaba la muñeca más de una vez. Ya en su destino, más dejado de la mano de Dios de lo que cabe esperar de un lugar de interés que es de interés justamente por su espiritualidad, volvía a perder la mirada en él. No es que tuviera prisa.

Otrora dispuso de un cajón completo de esos cofrecitos de tiempo, cuyos pequeños compartimentos giratorios daban relumbre a su lujo. Ahora solo conservaba aquel, bagatela material, tesoro material, alegoría de su estado presente tal que cierta pobre alma en desgracia se lamentaba de no haberle regalado nada no digerible cada vez que el peor conductor del mundo contaba los segundos.

Con el mismo instinto que le había guiado hasta el momento, Stephen Strange hizo lo que mejor sabía hacer: dar un mal paso. Hasta ahí llegó el trayecto sin dificultades. Para ser tan inteligente el doctor era un auténtico zopenco, ¿qué le costaba consultar un mapa? ¡Pues no va y se mete en un callejón incita crímenes!

¿Qué pasó? Lo que tenía que pasar: forajidos. Lo mismo daba que alegase que no tenía nada, pisar el callejón era ponerse ofrecido y que se vieran obligados. Obviamente le atacaron, más por costumbre y respeto a la profesión que por el botín, digo yo. Obviamente se les impidió, no fuera a ser que el niño bonito sufriera el más mínimo rasguño. Y obviamente ningún lugareño se jugaría el pellejo por un zopenco, ¡qué digo! ¡Ningún ser humano racional! Esa era tarea de animal.

Un perro negro como la noche y grande como un caballo emergió de la nada en el callejón criminal para lanzarse, mordisco va, mordisco viene, a por los agresores. No podía esperar que al final un ser humano (obviamente irracional) interviniera para bien, sorpresas te da la vida. El doctor era un hombre de excesiva fortuna.

Mascando un sabroso brazo con regusto a roña estaba la bestia ñam que te ñam cuando apareció el buen samaritano cuyos modos y vestimenta gritaban a los cuatro vientos que era brujo y merecía atención. Con un gemido tal que ¡iiiic! el perrazo meneó los cuartos traseros para quitarse de en medio tan discretamente como se había metido, cediendo méritos.

Cruel ironía, ya que como todo conocedor y fanático de los cuentos de hadas que se precie (y nuestro masculino protagonista también desde que la loca entró en su vida, indirectamente y por tener oídos en la cabeza hueca), todo hombre y mujer pero sobre todo hombre de buen ver que fuera rescatado quedaba irremediablemente ligado al benefactor, románticamente hablando el 90% de las veces. ¿Qué pensaría cierta alma? ¿Estaría aún más en desgracia?

Como el doctor era un desagradecido, lo primero que hizo no fue llegar a conclusiones MordoxStrange y viceversa, no. Poniendo en el proceso su semblante más triste, ojeroso y apesadumbrado, fue devorar ocularmente el reloj resquebrajado que le devolvían, cuyas manecillas no volverían a girar. Simbolismo a la carta.

Ahora está tan roto como tú, pensaron los adentros de cierta alma.

Estrechando la tendida mano del tal Mordo, el maniobseso se puso en pie, ¿para qué? Para dar pasos. Uno para encontrarse con la Anciana, otro para abrir el espíritu al multiverso, dos atrás para ser rechazado, ninguno para esperar horas a la intemperie hasta dar tanta pena que lo aceptaron. Casi que demasiadas emociones en un día.

En la celda, el buen doctor. En la mano, la clave del wifi. En el techo, Oma.

Cayó con un ¡PATAPOM! Strange ojiplático.

Cabía esperar un Creía que no se iba a ir nunca o un Sabía que se iría pronto, un sartenazo en la cabeza ni que fuera, cualquier cosa que aligerase el ambiente. Lo que hizo fue reírse.

- Tienes el corazón desbocado.

Menos da una piedra.

Solita se levantó, que él no estaba para ayudar a nadie, solita se pasó el dorso de la mano por la nariz goteante de translúcida sangre.

- ¿Ahora me crees? - expectante.

Qué oportuna habría sido la aparición de un grillo salvaje y su trino, además de súperefectivo.

- Sí.

La inmerecida sonrisa que le brindó a aquel que solo le seguía la corriente fue tan radiante como el millar de volutas de esquirlas en que se deshizo.

Continuará...

¿El casi ictus digievolucionará a infarto de miocardio? ¡Misterio, intriga, dolor de barriga!

miércoles, 28 de junio de 2017

Transparente 07 - Sombra

Lamento haber tardado, me he tomado una vacacioncillas, ¡espero que sepáis disculparme los cuatro gatos que me leéis! Aunque la verdad sea dicha, no ha sido el hiatus más largo. XD

Bien, lo dejamos en confesiones aclaratorias de Oma, seguimos con nuestro destrozado doctor...

La soledad no es una opción.
La intimidad ya ni te cuento.

El pisito de soltero del doctor ya no era lo que había sido, si acaso más bien sombra de días pasados o germen de su potencial. Como la existencia es un continuo, el piso era lo que era en cada momento de la misma, por lo que bien podía decirse que la propiedad sufría una regresión a aquellos tiempos primitivos sin amueblar. Sería más fácil de limpiar.

Fuera como fuese, seguía gozando de unas vistas excelentes. En tales reflexiones se perdía Oma ahí de pie, oteando el bosque de cemento y metal que se extendía allá donde sus ojos se posaran. El gran ventanal le recordaba un poco demasiado a una vitrina, así que también meditaba la posibilidad de estamparle una silla a ver si se resquebrajaba de arriba abajo.

Su reflejo en el cristal era hermoso, como de costumbre, aunque quizá mejorase con labios encendidos escarlata sangre a juego con las uñas, que eso nunca pasa de moda. Al igual que cuando moraba en el espejo, del dicho al hecho hubo lo mismo que de pensamiento a movimiento, con la salvedad de que ahora gastaba la energía almacenada en su estómago.

No le acababa de gustar el pigmento. Cambió a granada madura, y se le levantaron las comisuras de la boca. Alguien capaz de jugar con la apariencia propia se supone por encima de lo superficial, pero Oma tenía claro que prefería lo bello a lo feo. Además, la gente es más permisiva si hay belleza y carretas de por medio.

El doctor asomó por la puerta del dormitorio con el aspecto desastrado usual desde que le dieron el alta. Desangelado y meditabundo, anduvo hacia la solitaria mesa que había sobrevivido a la ruina de intentar curar (y pagar) los estragos del accidente más tonto del mundo. Sin percatarse de la intrusa, cómo no, quien por cierto dudaba sobre qué retrataba con mejor a su dueño, si el desierto de su piso o la mesa marginada.

Al restregarse los párpados, de repente, la vislumbró, y a Oma se le subieron aún más las comisuras al tiempo que el hombre pegaba un respingo.

- ¡Dios! - masculló.

- Buenos días, doctor. - toda dulzura, pasaba olímpicamente del susto infligido.

El caso es que estaba acostumbrada. Como sabía que iba a dedicar aquel tiempo tan valioso suyo en ponerse nervioso sin motivo y a sabiendas, echó el aliento sobre el cristal y dibujó en el vaho un títere con el dedo. Ni que decir tiene que le salió un monigote deforme.

- ¿¡Es que hay un agujero en la pared del que no sé nada?!

¿Por qué no había spray pimienta en casa?

- Todavía queda rato para rehabilitación, vayamos a comer. No te preocupes que invito yo.

La sombra de una herida emocional cruzó el rostro de Strange. La invitación iba sin acritud ninguna, pero él no era narrador omnisciente, cómo iba a saberlo.

- Volveré a llamar a la policía, ¿eso es lo que quieres?

- ¿Con qué? ¿Con el teléfono que has vendido, la línea que te tiene fichado por moroso? ¡Ah! ¡La conexión que le birlas al vecino!

Ahí sí hubo acritud. Mucho llamar todos a la policía pero al mes sin consecuencias todos se cansaban. Por favor, si era indenunciable, ¿qué iban a hacer? ¿Darles un nombre inexistente en sus todopoderosas bases de datos? ¿Una descripción física? ¡Policías a ella...!

El portentoso cerebro del ingenioso neurocirujano se quedó in albis, lo que viene siendo sin palabras. No porque se sintiese profundamente agraviado ni porque patearse el camino de la autodestrucción dejase poco o nada de espacio a la materia gris para otra cosa que no fuera ser desagradable para con tus semejantes, que también, sino porque cayó en la cuenta de que no tenía con qué zaherirla.

¿De qué munición disponía? Sabía que era una lapa redomada, sabía que era inofensiva (y agradable a la vista, si no de qué iba a aguantar acosos. A parte de por sustanciosos patrocinios en juguetitos médicos). Que era glotona, empalagosa, cotilla, intrigante, patosa, cuentacuentos, err... una vez había abandonado su vera voluntariamente por no se sabía qué cosa de ballet... Nada que asestase la flecha nociva que merecía.

Conocería su personalidad, pero por no saber no se sabía ni su nombre. Atacó por ahí. Que si capricho por aquí, que si te importa muchísimo por allá, que si ese marco que me llevas a todas partes enganchado al cinto y ahora que lo pienso es tu único efecto personal tiene más identidad que tú por acullá...

Huelga narrar que no le dejó terminar, ni continuar, apenas empezar. Con la mano abierta se lo dijo:

- A mí no me vas a espantar como a Palmer: si te hundes en la miseria pienso estar ahí.

¡Duro golpe a la depresión galopante! Pero mejor para él, ¿quién le traería comida si no? ¿Había más niñas ricas dispuestas? Strange se puso a pensar, pero a pensar con lógica, cosa rara esos días. ¿Era ella una ricachona?

Su ropa, sus caprichos, esa forma infantil de pasar por encima de la gente, siempre lo había dado por sentado... Pero nunca llevaba nada encima. Ni bolsos ni bolsillos. Y pagaba al contado. Simple y llanamente aparecía en su mano. No le salían las firmas.

- ¿De dónde sacas el dinero?

Esa desconocida le atravesó con su carita enfurruñada de Pero si te lo tengo dicho.

- Lo robo, o forma parte de mí.

¿Y si no era mentira todo lo que salía por su boca?

Oma le tomó la mano, segundo respingo del día. Esa mano fría...

- Vamos. - miraba al suelo - Las penas, con pan, son menos.

- ¿Siempre dices la verdad?

Era humillación. Era caer al fondo mismo, agarrarse a un clavo ardiendo, asir el hilo de telaraña en el infierno. Y Oma lo comprendía, alzó la vista y lo miró a la cara. ¿Habría llegado el momento?

- Sabes que sí.

La tomó por los hombros, hombros fríos recorridos por un escalofrío penetrante. Las manos del doctor temblaban sobre su piel, siempre temblaban. Oma entrecerró los ojos claros, suspirante.

- Dime cómo las curo.

- No sé. Pregúntamelo en verso.

La habría abofeteado. Primero, respiró. Luego la soltó a las bravas, y ella osó ofenderse.

- ¿¡Qué es lo que te cuesta tanto?!

Su alarido gritaba ¡Viste a un dios!, las muelas contra muelas de Strange replicaban ¡Hasta eso lo explica la ciencia!

-  ¡Con todas las maravillas que has visto...!

- Pues demuéstramelo con pruebas fehacientes.

- No seré yo quien te abra los ojos si no me aceptas, cínico de los...

- Porque. No. Puedes.

- ¡...!

- ¡VETE!

A la niña se le subía el agua ocular en las órbitas, apretaba los puños y se negaba a parpadear. El corazón del doctor se llenó de desprecio. Entonces la bicha le propinó una patada al suelo que no tenía culpa de nada. ¡Qué sensación! ¿Era así como se sentían las hadas?

- ¡Tú no te librarás de mí!

Supo que daba zancadas y esperaba que hacia la puerta por el cotoclonc cotoclonc, ya que estaba de espaldas.

- ¡Tienes suerte de que haga como quince minutos que no como!

Portazo.

Suspiró aliviado.

Fue en ese momento de soledad cuando reparó en y leyó la ficha médica de aquel hombre anónimo cuya columna rota había obrado un milagro físico.

Para cuando Oma volvió a contemplarle el esplendor en vivo y en directo, que no simplemente sentirlo, él ya había vendido pisito, mesa, todo lo que no estuviera sujeto al suelo... hasta se había costeado el viaje a Kamar-Taj.

Había algo distinto en su desastrada faz. Se llamaba esperanza.

Provocó que la de Oma perfilase una mueca.

Continuará...

Seguimos conociendo a nuestros personajes, ¡la acción se cierne sobre nosotros!

domingo, 4 de junio de 2017

Transparente 06 - Rescoldos


El doctor quedó ¡im-pac-tado! con el coche (enteramente por su culpa), ¿qué será lo siguiente?

Conexión... ininterrumpida.

La misma mano fría le acariciaba los cabellos. Raro caso de percepción sensitiva: el doctor siniestrado no notaba la blanda almohada que le sostenía la cabeza, ni la comodidad del colchón, ni las punzantes varillas de hierro que le atravesaban esas hábiles extremidades, pero sentía la suavidad helada de los dedos que le acariciaban y se le enredaban en el pelo con dulzura, como si de un perro particularmente bueno se tratase.

El chasquido de la puerta.

- Nunca le ha gustado que le toquen tanto. - oyeron los oídos sin oír. Era la voz de Palmer, con un timbre triste.

- Se despertará con una sensación agradable antes de traumatizarse de por vida. - el cuerpo de Strange oía la alegre armonía de la voz de Oma, sin procesarla.

Tampoco procesó el silencio.

- Solo... ten cuidado.

- No abriré la boca, tendrá más efecto si se lo dices tú.

- Casi parece que esto te divierta. - el timbre triste se volvió furia.

- Si se lo dices tú le quedará la esperanza de que sea mentira.

¡PLAF!

El fuerte chasquido de la puerta.

Una risita.

Las caricias capilares habían cesado, los tímpanos de Strange trabajaron en vano para volver líquidas las ondas sonoras de unos pasos, de una masticación, que caerían en el olvido del cerebro anestesiado. Luego... el tacto de un índice recorriendo el arco de sus labios, garganta, nuez, clavícula, desplegando una ola gélida a su paso. La piel respondía al contacto poniéndose de gallina.

Si hubiese estado consciente, quizá le hubiera preocupado su virtud. Esa chica tendía a ponérsele muy ofrecida, y de no ser porque no acababa de convencerle su mayoría de edad por detallitos tales como la sempiterna falta de documentos o que cuando le daba por preguntar...

- Pronto, pronto, un lustro. - decía.

...a lo mejor se habría visto obligado. Pero no consciencia, no repercusiones legales.

Por suerte o por desgracia, el índice no continuó la travesía por el macilento durmiente. La mano entera volvió a las crines, la piel de gallina despareció, un lado del colchón se hundió ligeramente. Los tímpanos captaron un ¿Sabes que esto me trae recuerdos?

- Te voy a contar un cuento. - pobres oídos que se partirían el tímpano en balde - Érase una vez, hace mucho tiempo, que un demonio cristalizó un alma en un espejo. Érase un alma decidida a no darle el gusto al diablo de guardarle rencor, un alma cuyas emociones sin atadura carnal de por medio eran viento, agua y fuego, que concluyó que una existencia ultraterrena no estaba tan mal, sobre todo porque no disponía de otra que añorar.

»Érase, pese a ello, que no solo héroes y villanos anhelan su final feliz pase este por matanzas o no, érase que hasta los objetos mágicos que pasan de mano en mano sueñan, y el alma esclava del espejo entre sueño y sueño y cabezada de su existencia solitaria en ocasiones contemplaba la pequeña ventana al mundo que el marco que la sostenía y encerraba le daba. Incluso el ser más conformista se duele a veces de su suerte, ¿sabes? Imaginarás qué se preguntaba.

»Las hormigas corretean y exploran la tierra en busca de sustento, las aves hacen gala de sus alas en el cielo y los peces nadan y beben y beben y vuelven a beber, ¿por qué, teniendo yo más alma, tengo menos libertad?

»Te conozco bien, por eso te adelanto que te equivocas: no era esto señal ninguna de que le guardase rencor al demonio, ¿y sabes por qué? Porque el demonio fue su primer amo, y el alma amaba a todos y cada uno de sus amos. Para ti, que has nacido libre, será una verdad compleja de asimilar. Sin embargo, si usases el privilegiado cerebro que la suerte te ha dado para la empatía, verías que complicado sería lo contrario. ¿Cómo no vas a amar lo único que da sentido y entretenimiento a tu vida?

»La primavera daba paso al verano, el verano al otoño, el otoño al invierno y vuelta empezar... hasta que un día, la monotonía se descuartizó en el millar de esquilas que componían su espíritu. Alguien abrió la vitrina donde un brujo con pocas perspectivas de futuro la había colocado tras raptarla de la acogedora sangre azul de reyes y reinas. Alguien la tomó entre sus dedos cálidos. Un dios, que la robó y, sin querer... la liberó.

»El alma tomó forma humana, ¿puedes figurártelo siquiera? Aire y cristal mil años, centuria arriba, centuria abajo, y de repente ¡carne! Hacía tanto que no respiraba, hacía tanto que no parpadeaba. No sentía nada: ni la brisa en las moléculas ni el calor de la piel que la rozara. ¿Lo primero que pensó, si a eso se le puede llamar pensar? Que iba morirse y ni siquiera había respirado el tonel de oxígeno con olor a ambientador de manzana que la rodeaba.

»Pero... la salvaron. Como las princesas de los cuentos de hadas, una herramienta como ella fue rescatada, no por un príncipe, por algo infinitamente mejor: un médico. Un doctor hermosamente estúpido.

»El héroe sin capa insufló aire caliente en sus pulmones recién formados, bañó de saliva su boca, le ofreció su sangre como tributo. Así como el anterior la derramó para cortar su vínculo, el nuevo dueño la vertía para sellarlo sin siquiera hacerla esperar ni los diez ni los cincuenta años de rigor. Pero él no lo sabía, o fingía no saber.

Un toqueteo narigudo. La punta de la nariz de Strange se heló.

- ¿Lo segundo? - prosiguió - Instinto. Sin asomo de malicia por su parte sintió la imperiosa necesidad de devorar al héroe, gajes de sobrellevar las necesidades mortales. Fortuna y jeringuillas se lo impidieron, y el alma hecha carne fue sedada justo como lo estás tú ahora. Buena forma de pasar los traumas, ¿verdad que sí?

»Despertó abotargada por los calmantes, como tú lo harás, solo que en una cama infinitamente más cómoda y sin las muñecas atadas, básicamente porque las tuyas... no, he prometido no decir ni mu. A tales accesorios se le añadían una guardiana que hacía ganchillo a su vera y la tele encendida solo para oírla retransmitiendo Cenicienta. Lo feo y lo bello resumido.

»¡Vaya, se había despertado! ¿Quería algo la niña? ¿Agua, comida, el número de la policía? No era la mejor forma de despertar, ¿no crees? ¿No es mucho mejor mi agradable compañía? Bien, la niña quiso contestar, ¿qué pasó? Que en lugar de ello las cuerdas vocales recién estrenadas tocaron un gallo distorsionado. "Claro, niña, la policía". De nada le sirvió boquear que no, que agua, ¡ni caso! La guardiana iba por faena y ya no estaba.

»El alma hecha niña (hecha a su vez pasta de boniato) pudo comprobar que el cuerpo humano es agotador: tantas sensaciones, tantos estímulos, tantas necesidades cambiantes y comunicación estrepitosa. El trapo que la cubría, áspero; las ataduras, irritantes; el amo, en el aeropuerto; el agente Ataulffen, tan secundario que ni aspecto ni nombre merece; el olor antiséptico, repulsivo.

»El mundo era para el alma devastadoramente desagradable... a la par que fascinante.

»Podría darte mil razones: el pecho que le subía y le bajaba, el funcionamiento del recorrido respiratorio, agitar los pies descalzos a voluntad, que a Cenicienta acababan de transformarle el modelito... - risita - ¿Te has fijado en que cuando la magia la viste se le forma un halo sobre el moño?

»Ser un objeto durante un milenio no te quita de caprichos y deseos.

Más silencio sin procesar.

- Dime, doctor. - la voz de Oma ondulaba como riachuelo sin cauce - ¿Por qué teniendo yo más conocimiento...? Nada. En este punto de la historia le llevan comida a la niña, a ver si suavizando la garganta cantaba. No había catado ni sólido ni líquido en mil años, centuria arriba, centuria abajo, y su primera comida... ¿iba a ser comida de hospital? ¿Y luego qué, pan de vuelo transatlántico?

»Por supuesto, ponerse exquisita no era una opción. Ataulffen, tan secundario que ni atención como telón de fondo merece, viéndola sin ánimo caníbal, le desató las muñecas y le puso la cuchara en la mano. Se le cayó tres veces. La llenó al sexto intento. Al séptimo cucharazo en la mejilla se rindió. Mientras tanto, Cenicienta bailaba graciosamente al son de la música con los zapatos de cristal con tacón para más inri.

»Lo natural sería pensar que pensó que en esta situación de comparación el agente policial debía de tener mejor sabor, además de que no haría falta cuchara. No obstante, prefirió contemplar como quien no quiere la cosa el par de efectos personales que le habían dejado en la silla de la esquina del cuarto, su marco y el vestido negro que sus moléculas habían formado, y pensar en la mínima dignidad que tendría si por lo menos lo llevara puesto.

La voz estaba cada vez más cerca del oído izquierdo, que tendría que tamborilear el tímpano aún más.

- Uno. La negra tela comenzó a desintegrarse. - el timbre de la narradora se tornó lúgubre - Dos. De los bordes deshilachados por segundos brotaron polillas color hollín, aleteando hacia el cuerpo. Tres. Las moléculas treparon como hormigas por pies, tobillos, piernas, vientre...  - luego, en falsete - ¡PI-PI-PI-PI! ¡Código azul, código azul! ¿Infarto de miocardio? ¡No! ¿Embolia súbita? ¡No! ¿Ictus, casi ictus, lupus? ¡NO! Pérdida de sangre, ha pedido ¿¡dos litros?! ¡Intravenosa, intravenosa! ¿¡Quién le ha puesto la ropa bajo la bata?!

La puerta. Un ¡shhhh! La puerta.

- El agente fue testigo. Aquella misma tarde le concedieron la baja por estrés. - continuó, bajando el volumen - Dos transfusiones después fue cuando se percató de que su cuerpo no era el del humano medio, ¿y cómo iba a serlo, si seguía siendo alma y espejo? Lo raro no era que su sangre fuera transparente ni que fuera físicamente capaz de metamorfosear las moléculas del espíritu a voluntad pero incapaz de mover el cuerpo como dicta la mínima movilidad lógica humana, sino que se hubiese percatado. Antes lo hubiera sabido.

»Pero había cosas que sí sabía.

»Pip, pip, pip, la guardiana volvió a su puesto. Pip, pip, pip, el alma la miraba. Pip, pip, pip, ¿quería algo la niña problemática, paciente sin paciencia? Pip, pip, pip, la bolsa de sangre se había quedado vacía. ¿Pip, pip, pi...?, la jeringa caída en el suelo, el bulto de ese cuerpo en el suelo, la tela hecha jirones por los médicos evaporada. Pi-pi-pip, la cara de la niña era la suya.

»El alma se adapta.

»Dejó a la guardiana sufrir el ictus entre las baldosas, solo cogió el marco, no necesitaba más que el marco... y alimento. Se arrastró por pasillos y escaleras, no podía caminar, gatear a medias. No se le interpuso nadie, sabía dónde estaban y por dónde patrullaban. Ahora esperaba en un escalón, ahora se sentaba diez minutos detrás de una máquina expendedora, así iba gastando sus energías hasta que llegó... al almacén de sangre.

»Solo entonces se le interpuso al alma desnuda alguien, demasiado tarde. ¡Aakaka!, exclamó el obstáculo tartamudo al verle el reguero de sangre de la boca hasta el ombligo, pero no parecía suficiente para que se fuese pies para qué os quiero o se le desvaneciese el conocimiento, por lo que...¡qué demonios! Iba a probar las facultades con él delante. Y la niña se transformó justamente en una niña, de diez años se diría, con su vestidito y su canesú delante de sus narices.

»Observó imperturbable el deslumbrante efecto de la espuma creciente de la boca, se toqueteó el vestido que era parte de su alma, trastabilleó y allí lo dejó. El último obstáculo hospitalario.

¿Cómo de anestesiado seguía el cerebro de Strange?

- Una vez libre de todo quitando las limitaciones propias de extremidades temblorosas, por último, ¿qué crees que le pasó por el cráneo nuevecito? Yo te lo diré, no lo adivinarías: que no tenía nada. Menos que nada: libertad sin propósito. Una criatura como ella, que durante tanto había sido solo mente, no podía entregarse al hedonismo sin más. Solo cabía una conclusión plausible, una única dignidad.

»Cuando un esclavo se queda sin su amo, ¿qué crees que hace? Se busca otro. ¿Y cuando tiene uno pero este huye? Seguirlo. Hasta el fin del mundo si hace falta. Al fin y al cabo, ¿no son las reliquias las que eligen dueño y no al revés?

La puerta.

- Te voy a contar un secreto. - susurró la voz cerca, muy cerca del atareado oído, exhalando la humedad del aliento - Tú eres mi cuento.

Strange abrió pesadamente los ojos.

Continuará...

¡Se acabaron las retrospectivas! La magia se cierne sobre nosotros. *^*

jueves, 25 de mayo de 2017

Transparente 05 - Fuego


He tardado un poquito de nuevo... ¡no me juzguéis! Estoy en temporada alta de papeleo para la tesis doctoral. Aif. ;^;

Lo dejamos en la cabeza del doctor Strange recordando cómo fue ese sin duda maravilloso momento en el que pasó de "ver" a "conocer" al espejo mágico. ¡Sigamos!

¿Que las chispas prenden?

Era una noche sin estrellas.

Un neurocirujano de renombre felizmente casado con su trabajo tiene tiempo para un surtido selecto de cosas en los escasos descansos fuera de quirófano, y atender los caprichos de una niña rica no forma parte del mismo. Probablemente esa constituía la parrafada que más le habría repetido después.

Sin embargo, ahí estuvo siguiéndole la corriente a la presunta niña, ahí se había metido él solito como quien no quiere la cosa fuera del selecto surtido, quizá por aburrimiento, quizá porque al final la ponencia no había resultado tan interesante y hubiera deseado tener la misma facilidad para entretenerse con las olivas.

Por supuesto que no se había acercado a la cría porque se hubiera pasado los primeros meses de aquellos cuatro años comiéndose las uñas hasta la raíz día sí, día no ante la ineptitud de Bill para conseguirle casos más interesantes y quisiera poner a prueba sus funciones cognitivas, por supuestísimo, ¡ni siquiera la había reconocido!

¿Nos conocemos? Nos conocemos, y la joven extendía las faldas para hacerle una reverencia en lugar de saludarlo como una persona normal, esa cosa que no era. Primero se lo tomó como una excentricidad, luego como un chiste cuando le tendió el dorso de la mano. Él se la quedó mirando, ella bailoteó las cejas.

Que si chinchín, que si ñom ñom, que si así que "Espejo mágico", que si ja, ja, sí, ¿"extraño"?, que si por favor esos chistes fáciles no, que si era europeo, y más jajás y más chinchín y para cuando se quiso dar cuenta el alcohol en vena era alarmante y no estaban en la fiesta, sino en un banco del parque con el femenino espejo mágico echado en sus brazos, susurrándole al oído que ahora que controlaba su cuerpo la soledad ya no sería una opción nunca jamás de los jamáses, quisiera o no quisiera.

El célebre médico, en su beoda lucidez, ignoró lo superfluo para mirarse en aquel par de ojos brillantes de mar efervescente y preguntarles quién era la más bella del reino, ¡en verso!

- Espejo, espejo mágico, dime una cosa... - ¡hip, hip! - ¿Quién de este reino es la más hermosa?

- Te lo diré, mi amo y mi rey. - respondieron estos al tiempo que los brazos se le enroscaban más al cuello - Cristine Palmer la más bella es.

El rey boqueó desconcertado, abertura que el espejo aprovechó para besarlo, entrechocar la lengua, pasearla por el paladar, la campanilla, toda la cavidad, y cometer regicidio imprudente al atragantarlo.

- ¡La más bella es Blancanieves! - logró articular después de toser medio esófago o quizá más.

- La belleza es subjetiva~. Detalles como que según los estándares de hermosura occidentales esta apariencia mía sea más remonina que la suya ni cambian ni significan nada, porque para ti la más bella entre las bellas es ella. - suspiró, reflejando en sus ojos la nulidad de estrellas del firmamentos urbano - ¿Acaso no cree el que ama la rana que es estrella diana?

Continuó la errónea y un pelín idealista reflexión un ratito (durante el que estuvo distraído), alegando que el amo no miraría dos veces a otra fémina que no fuera la doctora de sus entretelas, ni siquiera aunque Natasha fuese a ponérsele ofrecida. ¿Quién era Natasha? Un incordio de pelirroja.

- ¿El espejo leía la mente? - ya estaba como ido.

- El don de la sabiduría y sinceridad permanente, amo. La omnisciencia ya sería pasarse. - pellizcos al ido - Al igual que el genio de la lámpara maravillosa ni resucita muertos ni cambia emociones, esta tu servidora ni ve el futuro ni el corazón ni la mente: solo presente y pasado, lo que viene siendo lo tangencial y objetivo, ¡y ya es demasiado!

El amo abrió un segundo la boca, luego se lo pensó mejor y la cerró. El espejo hizo un mohín.

- ¿Cómo sé quién es la más bella entonces? Hechos. Y los hechos son que solo prestas atención a esa mujer, al igual que en el caso de la reina Grimhilde los hechos fueron que su narcisismo perdió la batalla contra las inseguridades ante la ahora desfasada perfección física de su hijastra.

¿Significaba que era culpable indirecta de crímenes y muertes rocambolescas? Significaba diversión. ¿De qué habían empezado a hablar que los derroteros de la conversación habían virado a un recuento con los pies y manos que ambos tenían en el cuerpo de sus cuarenta principales muertes rocambolescas?

- ¡Ay, amo!, el de la suegra de la hija de María... - se cubría las risas con la mano - ¡Un barril de aceite herviente con serpientes! ¿Para qué eran las serpientes?

Amo, amo, amo...

- ¡Es doctor!

Y hasta ahí podía rememorar sin flashes salvajes por lo menos, mucha memoria fotográfica pero luego para lo importante... Sí, quizá recordase vagamente las náuseas, los fluidos y la sirena de policía... ¿de ambulancia? Ahora bien: cómo acabó en casa envuelto única y exclusivamente con una sábana y un visón doméstico y su jaula y pienso y demás equipamiento era un misterio.

No podía ser de otra forma, la noche en que la conoció tenía que estar a la altura de la noche en que la vio.

De vuelta al presente, no era fácil para una mente privilegiada como la suya evitar las conexiones neuronales automáticas y sucumbir a los recuerdos al ver que volvía a tenerla apalancada a su puerta justo cuando iba de camino a una de las cosas del selecto surtido a las que dedicaba su escaso tiempo, cómo no. Tampoco difícil; era una mente privilegiada. Simplemente dificultad media.

- Qué guapo estás con tu traje nuevo~. 

Media hora antes le había dejado transparente a la niña que "a su Cristinina" la invitaba porque a diferencia de de otras era doctora (ni se molestó en preguntar cómo se había enterado, hasta tal punto llega la costumbre) y que no era bien recibida mientras esta iba a lo suyo como quien oye llover y le daba a la puerta del copiloto de SU coche como si no hubiera mañana, al son del cla-cla-cla-cla-cla imparable. Media hora.

¿Cómo había acabando aceptando su... no iba a decir "extraña" ni por todo el oro del mundo... amistad? Ah, sí, INSISTENCIA. Implacable y persistente insistencia.

Distraídamente se iba enrollando un mechón con el dedo. Se enredó. Siempre igual: hacía algún movimiento sencillo cualquiera y se le enredaba el cuerpo, lo que no le impedía enseñar muslo con premeditación y alevosía ni que al buen Stephen se le fueran los ojos porque al fin y al cabo todo médico es un ser humano con escalpelo entre las piernas y ser un ser humano con escalpelo entre las piernas es lo que tiene. 

- ¡Doctor! - exclamó siguiéndole al trote - No sería propio de mí saltarme una de tus famosas peroratas.

A la semana y media de conocerla le impuso una orden de alejamiento, que llevaba once meses y cuatro días saltándose a la torera.

- Doctor... - bufó por lo bajini al cerrársele las puertas del ascensor en las narices.

Incluso a alguien tan distraído por su propia genialidad como él no se le había pasado la enorme casualidad que era toparse con la niña a diario por aquí, por allá, por acullá, ni las muchas, demasiadas rarezas que sucedían a su alrededor desde entonces.

- Doctor. - decían triunfantes su pecho henchido de orgullo y su frente brillante con las rojeces de los mamporrazos, sacrificio para llegar al aparcamiento y el coche antes que su legítimo dueño.

Siempre le llamaba doctor.

- Oma: no.

- ¡Pero si me adoran!

- Nada de pucheros. ¿Qué te crees, que en la sociedad neurológica entra cualquiera?

- Cualquiera no: nosotros.

- Voy a entrar en mi coche y a ir por mi cuenta a mi charla en la sociedad neurológica, tú te vas a quedar quietecita...

- ¿Tú has visto cómo conduces? - ojitos de cordero degollado - Si te matas yo quiero estar ahí para verlo...

Y se metió de un portazo y arrancó y la dejó ahí tirada, sabedor que la muy pesada estaría en la cena. Verla arrebatarle el limón al comensal adyacente y exprimir el zumo en su copiosa comida para después hundir los dientes en la pulpa y mascar la cáscara no sería tan malo. Sin embargo, había que asentar bases firmes o de lo contrario le das la mano y se te coge hasta el tuétano de la tráquea.

Llovía, caía agua a cántaros de los cielos sobre la carretera, gotas que impactaban sobre el alquitrán sin detenerse, lo mismo que el buen doctor en cada curva. ¿Pudo ser tal fenómeno natural una advertencia de, no sé, llámame demente, tener que conducir despacio? Nah, eso es para pobretones y gente con mucho tiempo libre.

Alcanzado el sendero de la montaña, la suave luz del horizonte y el claro riesgo del acantilado  que bien podrían haber bautizado Mírame y no te acerques recibieron menos atención por su parte que el vibrante móvil.

- Billy. ¿Qué tienes para mí?

¿Para qué decir más? Protagonizó el mejor anuncio Si conduces, dile NO al móvil de la Historia.

El coche hecho trizas, de pie en el agua, la luna del automóvil hecha añicos, esquirlas del tamaño de un cuchillo de mantequilla en las gloriosas manos, ¿de qué te sirve tu prodigioso cerebro ahora, ah?

Permaneció allí... ¿mucho tiempo?

En su empañada visión alcanzó a alucinar con las manos de Oma, suaves y frías, acariciando su ensangrentado rostro macilento. Se manchaban con su mácula, y ese blanco con tanto rojo iba hacia la tierna boca, para chuparse los dedos.

Una voz dulzona, de cadencia armoniosa.

- Te dije que quería verlo. ♡

Era una noche sin estrellas, como de costumbre.

Continuará...

¡Por fin! Empieza la acción, señoras y señores~.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Transparente 04 - Humo


Buscar trabajo no es nada divertido, ¿dónde quedó la alegría carente de preocupaciones laborales de mi época estudiatil? ¡En mis lágrimas!

Abandonamos a Loki, conocimos al doctor Strange y en esta introducción tan larga la historia de nuestro espejo mágico personal a quien el buen doctor ha bautizado como Oma todavía nos quedan recovecos y presentaciones que llenar. ¿Qué ocurrió en Alemania? ¿Cómo pasaron de verse a conocerse? ¿Soy yo o la tensión sexual entre estos dos se podía palpar y degustar a lametones desde el minuto uno? Obviamente soy yo, no en vano soy la escritora. XD

¡Todo eso y mucho más...! Capítulo a capítulo.

Ni soy tu sol, ni tu luna, ni tus estrellas: soy tus nubes.

Oma vestida de azul irrumpía en el centro médico, como tantos otros viernes, lunes o jueves, como Pedro por su casa. La sonrisa de oreja a oreja que traía puesta resultaba tan rutinaria como su característico trote de potro o el cotoclonc, cotoclonc del bamboleante marco golpeándole los muslos, ¿era por ello menos justificada?

¡Nada más lejos! Por tercera vez consecutiva en lo que llevaba de semana había doblado la esquina, subido y bajado escaleras y recorrido pasillos sin tropezar ni darse mamporrazos ni una sola vez. Poco motivo de alegría tendría si calculara la estadística de las 478 ocasiones en que había pisado y patinado por aquel suelo, pero afortunadamente el don de la sabiduría era infinitamente más difuso y menos cansino sujeto al físico cárnico.

Sin necesidad ninguna desaceleró el ritmo al pasar junto a la mesa de recepción, ¡qué novedad! No hizo falta siquiera que la oronda ama del mueble alzara la vista para que su gruesa y morena y pecosa manaza obstruyera el acceso al cesto de caramelos. ¿No se supone que son para todos?

- Ermeguncia~. - trinó la armoniosa voz de Oma, cual cascabel de serpiente - ¿Sabes que los ornitorrincos sudan leche?

- Por mí como si exudan vino tinto y ponen huevos de plata. - tronó la normalucha voz de la recepcionista cual camionero cazallero, provocando que los serpenteantes dedos de la muchacha se alejasen del cesto - Esta vez NO. COMERÁS.

¿Por qué pediatría sería tan remilgada con los caramelos gratuitos? Odontología no ponía reparos.

- ¿Y sabes que tu cuñada ludópata se ha fugado esta mañana a Las Vegas en cuanto has cruzado el portal?

El estrujamiento de envoltorios por los crispados dedazos de Ermeguncia, la bonita sonrisa de Oma carente de toda maldad. Los desdichados caramelos solo sufrirían un poquito más.

- Tú no lo sabes.

Un par de parpadeos que agitaron el par de alas de mariposa que tenía por pestañas. Para más inri, la yema del dedo le aterrizó justo en medio del labio inferior, de esa carnosa farsa de inocente labio inferior en forma de corazón. Ermeguncia tragó sonoramente la mucha bilis acumulada en la boca.

- ¿Como tampoco sabía que tu dulce hija se había hecho un piercing?

Se hizo el silencio. Quizá le pasase por la cabeza la espantosa imagen de la perforación por chincheta. Una infección muy fea. Un segundo, dos segundos...

Al octavo ya trotaba pasillo arriba con el tesoro azucarado en mano, haciendo gala del prodigio de la coordinación que con esfuerzo se había ganado. Entre índice y pulgar y dentadura asía y mordía la pajarita de plástico, de un tirón la abría y se la disparaba a la boca como haba desgajada de la vaina.

Así iba triturando caramelo tras caramelo mientras Ermeguncia permanecía hecha un ovillo tras la protectora mesa con el móvil aplastándole la oreja en lugar de salir pies para qué os quiero para casa como Oma había previsto. Una reacción fascinante. Las cosas que no sabía eran el nº2 en el podio de sus favoritos (la medalla de oro se la llevaba su recién adquirido equilibrio).

Cruzada la puerta de la neuro-élite tenía el cesto vacío y los carrillos llenos. Una tumba de mimbre para los cuarenta envoltorios huecos que echó al primer asiento vacío que vio donde ni contenido ni continente llamaron la atención. Le recordaban a ella.

La diferencia primordial era que allí, salvando los visitantes rotativos que eran los pacientes, ya esperaban verla y se fijaban. Un par de enfermeras le volvieron la cara, un amigable residente la saludó con un gesto del mentón y un Acosadora articulado, la interna Mary en su sempiterno estado de sudores fríos y calientes rodándoles por la frente medio la informó, medio murmuró para sí lo que ya sabía.

¿Y qué si el doctor seguía operando? También había seccionado el tumor y no se lo decía. Estaba meneando las caderas y no se lo decía. Adivinaba canciones como ella consumía bolas de azúcar ¡y no se lo decía! Claro que no hacía falta, tampoco que le notificaran cuántas veces había ido al baño y evacuado. Ya lo sabía. Todo lo que hiciera el doctor simple y llanamente lo sabía.

Oma olvidaba a menudo (con gran satisfacción) tener en cuenta que Mary Sue era básicamente estúpida, como toda su especie ¡tenía que serlo! ¿Cómo sobrevivir si no? El mundo rebosaba estímulos.

¡Ah, el agónico nacimiento...! Jamás lo podría olvidar, entre otras cosas porque o le pegaban un tiro muy bien dado o era físicamente incapaz. Las luces y color y ruido abrumador, el torrente de datos como tormenta de jeringas traspasando la carne nueva que los habría de guardar y procesar estaban bien almacenados en la memoria para revivirlos en cuanto se aburriera.

Ciertamente hubiera preferido que el rayo azul de aquella lanza tan desaprovechada le friera el cerebro y con ello todo contacto con sus narices, oídos, lengua, ojos y hasta piel. ¿Y se suponía que conocer cuál es la llave de tu libertad desde el milísegundo uno y ser incapaz de tomarla era el tormento eterno? ¡El demonio sabía tanto como Mary Sue! Con lo tranquilita que estaba ella...

Y aburrida. E insensible. ¿Tan malo había sido sentirlo todo... y nada? Sin concentración, con el don retorciendo cada mínima sensación... La tocaban al tiempo que él bajaba a zancadas y el antiguo amo que acababa de abandonarla la liaba parda, esos dolorosos bultos que gritaban por médicos no se sabía ni cómo respiraban ni cómo lo soportaban. Sí, lo había sido.

Pero luego... hubo oscuridad.

El hálito.

Y Stephen Strange.

Un alivio, un respiro, una plenitud. Alivio al aclarársele la vista que, dilatada, no se distrajo en otra cosa que en la primera visión: su rostro. Respiro al gozar la vigorizante sensación de la cabeza hueca, el respiro del ignorante que sabe, pero no de continuo. Plenitud... porque el saber se concentraba en el doctor Strange.

De ese mismo instante la inmensidad del conocer se ceñía, estrechándose en su niñez, que la enternecía, sus estudios, que inmediatamente la aburrían, su actual ejercicio del deber, que  la salvaba. Pasado y presente. Ella y él. Estaban conectados. El nuevo amo. Ella... estaba... llena.

Que horas después la sellase con su sangre de forma evidentemente premeditada fue...

¡PATAPAM! Mano ajena, hombro suyo, bote, ¡glups!, patinazo. Si caminas, no rememores.

- ¡Por Dios! - la misma mano la ayudó a levantarse (entre tosidos caramelizados), ¡hola, doctora Palmer! - ¿Cómo has esquivado las cicatrices toda tu vida?

- Buenos días por la tarde para ti también, doctora. - saludó Oma recolocándose el tabique nasal - ¿No deberías de estar en urgencias?

Cristine Palmer, tan elegante y preciosa como de costumbre, resollaba tras haber perseguido por pasillos y escaleras a la loca esa. ¿Se podía saber por qué subía y bajaba el mismo tramo de escaleras... ¡a esa velocidad?! Pues porque hacía tiempo mientras el amo seccionaba y toqueteaba sesos, disfrutando del trajín caminante tanto como le asombraba que el ser humano medio prefiriera el ascensor al uso de su par de piernas sanas. Pero nunca se lo diría.

¡Mmm, la encantadora doctora Palmer! Cuando estrecharon las manos por vez primera volvía a estar soltera, por suerte para ella. El primer pensamiento que pasó por la cabeza de la buena Cristine fue que ya tenía bastante con un individuo extraño en su vida. El de Oma, que estaría deliciosa con salsa picante.

Oma quiso entablar conversación, sería divertido que el doctor las volviese a ver juntas. Sin embargo, antes de tal cosa roció su aliento invasor de aromas artificiales limoneros, melocotoneros y manzaneros las fosas nasales de la agotada mujer, que ipso facto miró a izquierda, derecha y atrás ("arriba" se lo saltó). El cesto.

Hizo una mueca. Oma la imitó, viejas costumbres. La mueca se profundizó, ¡unos surcos...!

- Oj, ¿otra vez? Mezclan los caramelos de café con los de menta y los de frambuesa, y tú vas y te los zampas todos juntos. ¿Cómo te puede saber bien?

- Oh, sabe asqueroso.

Pero a ella me gustaban todos los sabores, hasta podría disfrutar de la gastronomía inglesa. Cualquiera salivaría hasta con la bazofia si se pasara un milenio, centuria arriba, centuria abajo, sin los placeres de la carne.

- Déjalo... Por lo que más quieras te lo pido, deja de colarte por donde no debes. - ¡cómo resollaba! - Ya han despedido a cuatro guardias de seguridad, no puedes...

¿Y ella qué culpa tenía de que no le prohibieran la entrada? Toda. ¡Ups!

Con gesto de Estoy demasiado ocupada para estas chorradas (que reflejó el espejo viviente), la paciencia infinita de la doctora inquirió a la entrometida muchacha sobre a qué había venido. Oma alzó las cejas muy ufana para responderle que iba a acompañar a su ex churri allá adónde su rival no quería acompañarlo, porque los segundos platos también tienen esa cosa llamada orgullo.

En dicho momento las enfermeras que le habían girado la cara se aproximaron, agazapadas como hienas al borde del inevitable ataque de risa. Una golpeaba rítmicamente el brazo de su compañera.

- ¡Tengo que probar...! - cuchicheaba la voz cantante - Señorita...

Palmer se señaló a sí misma, como diciendo: ¿No te sabes mi nombre?, pero Oma sabía muy bien a quién se dirigía.

- Espejo mágico.

Por supuesto aquella doctora que había perdido su valioso tiempo en perseguirla puso los ojos en blanco, como si no se lo creyera. ¿Cuántas veces tendría que repetirle que solo decía la verdad?

- Oma es un apodo... - que le puso el doctor, el pecho henchido lo aseguraba sin necesidad de más palabras.

- Me da igual, necesito saber si mi novio me pone los cuernos. - la enfermera anónima ahí, apremiante - ¡Leéme la mano!

Y se la tendió. Por supuesto que Oma la desvió con un dedo.

- No sé. Pregúntamelo en verso.

Ahí la enfermera amiga estalló en carcajadas. Palmer no sabía dónde meterse, a la presunta cornuda no se le ocurría ni la rima más fácil de los nervios (aderezados de vergüenza), así que Oma, como ser caricativo que era, se contempló en la pulida superficie del marco que otrora la sostuvo. Y a su extrañado reflejo preguntó:

- Reflejo, dame el placer,
¿el novio le es infiel?

Y a sí misma se respondió, echando la mirada a la interesada.

- Solo la carrocería de su moto
obtiene el tiempo, mimo y voto
que requieren los amantes numerosos.

Así se fueron las enfermeras, la una muerta de risa, la otra al grito ¿¡que le hace qué a la moto?! y ¡Lo sabía, si es que lo sabía! Los dedos de Oma tamborilearon sobre el marco. ¿Y Palmer no le preguntaba nada? Una risilla.

- ¿Por qué iba a hacerlo?

- Todo el mundo lo hace.

¿Stephen también? ¡Stephen el primero! Le había hecho gracia que Oma insistiera en lo que era una verdad objetiva: su nombre era Espejo mágico. Para tener tanto trabajo le estaba dando mucho a la sinhueso, sería que le caía bien. A Oma se le ruborizan las orejas. Cristine en realidad preguntar, preguntaba, pero se negaba a hacerlo en verso. Tampoco es que hiciera falta si siempre decía la verdad, ¿no? Pues no, pero entonces no accedería a la mayor base de datos.

- Me preguntó lo lógico y natural: quién era la más bella del reino.

- ¿Y cuál fue la respuesta? - ¡uy, ese repentino interés...!

- ¿De qué estáis hablando? - ¡esa voz potente, del que lo peor se teme!

Al fin el doctor Strange entraba en escena, y la carita de Oma se volvía radiante en consonancia. Estaba un pelín manchado de sangre, de un chinguetazo de fluidos vitales caído en la bata absolutamente fácil de esquivar pero accidental sin duda. Oma avanzaba abriendo los brazos, Strange retrocedía poniéndolos en cruz. Oma alicaída.

- De nuestra primera conversación. - contestó la niña, poniendo índice sobre índice, yema con yema.

¡Qué nervioso!

¿No quería que ella lo supiera?

¿Estaba repasando la escena con el poder de su prodigiosa memoria?

No podría haberla pasado por alto ni queriendo, la figura de aquella mujer resaltaba entre la relativa multitud como caléndula entre cardos... menos por aspecto que por actos.

Sin duda ofrecía una imagen encantadora con su vestido de noche blanco perla de amplias faldas, espesos tirantes como vapor y ese buen talle ajustado, rematando con los guantes largos, el modesto moño engalanado por una fina diadema y el contraste cromático de la cinta negra por gargantilla que llevaba al cuello.

Sin duda, de no ser por el guante que llevaba por bolso al brazo o el sembrado de miguitas de hojaldre sobre el busto, de no ser por el récord de cadavéricas bandejas recién vaciadas a su paso, de no ser por ese marco encadenado con literalidad al cinto por una cadena que había visto días mejores, y...

Sobre todo, de no ser porque la había pillado pasándose la ponencia apurando vasos, sacando brillo al vidrio con esa rosada lengua, devorando una aceituna tras otra, mordisqueando el hueso que al tercer contacto con los marfileños cuchillos de su boca se partía para desaparecer garganta abajo inmediatamente después.

No, podría haberla pasado por alto si hubiera querido, pero no quería. Y ella tampoco. Por supuesto, el neurocirujano no habría reparado en ella si la susodicha no lo hubiera permitido. ¡Pobre! No era una sonrisa dulce, era un retorcido rictus de pura satisfacción.

Continuará...

¡Nos acercamos al gran momento! Uf, qué largo me ha quedado el capítulo y qué kilométrico me habría quedado de no haberlo recortado, espero que lo hayáis disfrutado y no se os haya hecho pesado. Por mi amor propio y tal. XD