domingo, 4 de junio de 2017

Transparente 06 - Rescoldos


El doctor quedó ¡im-pac-tado! con el coche (enteramente por su culpa), ¿qué será lo siguiente?

Conexión... ininterrumpida.

La misma mano fría le acariciaba los cabellos. Raro caso de percepción sensitiva: el doctor siniestrado no notaba la blanda almohada que le sostenía la cabeza, ni la comodidad del colchón, ni las punzantes varillas de hierro que le atravesaban esas hábiles extremidades, pero sentía la suavidad helada de los dedos que le acariciaban y se le enredaban en el pelo con dulzura, como si de un perro particularmente bueno se tratase.

El chasquido de la puerta.

- Nunca le ha gustado que le toquen tanto. - oyeron los oídos sin oír. Era la voz de Palmer, con un timbre triste.

- Se despertará con una sensación agradable antes de traumatizarse de por vida. - el cuerpo de Strange oía la alegre armonía de la voz de Oma, sin procesarla.

Tampoco procesó el silencio.

- Solo... ten cuidado.

- No abriré la boca, tendrá más efecto si se lo dices tú.

- Casi parece que esto te divierta. - el timbre triste se volvió furia.

- Si se lo dices tú le quedará la esperanza de que sea mentira.

¡PLAF!

El fuerte chasquido de la puerta.

Una risita.

Las caricias capilares habían cesado, los tímpanos de Strange trabajaron en vano para volver líquidas las ondas sonoras de unos pasos, de una masticación, que caerían en el olvido del cerebro anestesiado. Luego... el tacto de un índice recorriendo el arco de sus labios, garganta, nuez, clavícula, desplegando una ola gélida a su paso. La piel respondía al contacto poniéndose de gallina.

Si hubiese estado consciente, quizá le hubiera preocupado su virtud. Esa chica tendía a ponérsele muy ofrecida, y de no ser porque no acababa de convencerle su mayoría de edad por detallitos tales como la sempiterna falta de documentos o que cuando le daba por preguntar...

- Un año y diez meses dentro de nada. - decía.

...a lo mejor se habría visto obligado. Pero no consciencia, no repercusiones legales.

Por suerte o por desgracia, el índice no continuó la travesía por el macilento durmiente. La mano entera volvió a las crines, la piel de gallina despareció, un lado del colchón se hundió ligeramente. Los tímpanos captaron un ¿Sabes que esto me trae recuerdos?

- Te voy a contar un cuento. - pobres oídos que se partirían el tímpano en balde - Érase una vez, hace mucho tiempo, que un demonio cristalizó un alma en un espejo. Érase un alma decidida a no darle el gusto al diablo de guardarle rencor, un alma cuyas emociones sin atadura carnal de por medio eran viento, agua y fuego, que concluyó que una existencia ultraterrena no estaba tan mal, sobre todo porque no disponía de otra que añorar.

»Érase, pese a ello, que no solo héroes y villanos anhelan su final feliz pase este por matanzas o no, érase que hasta los objetos mágicos que pasan de mano en mano sueñan, y el alma esclava del espejo entre sueño y sueño y cabezada de su existencia solitaria en ocasiones contemplaba la pequeña ventana al mundo que el marco que la sostenía y encerraba le daba. Incluso el ser más conformista se duele a veces de su suerte, ¿sabes? Imaginarás qué se preguntaba.

»Las hormigas corretean y exploran la tierra en busca de sustento, las aves hacen gala de sus alas en el cielo y los peces nadan y beben y beben y vuelven a beber, ¿por qué, teniendo yo más alma, tengo menos libertad?

»Te conozco bien, por eso te adelanto que te equivocas: no era esto señal ninguna de que le guardase rencor al demonio, ¿y sabes por qué? Porque el demonio fue su primer amo, y el alma amaba a todos y cada uno de sus amos. Para ti, que has nacido libre, será una verdad compleja de asimilar. Sin embargo, si usases el privilegiado cerebro que la suerte te ha dado para la empatía, verías que complicado sería lo contrario. ¿Cómo no vas a amar lo único que da sentido y entretenimiento a tu vida?

»La primavera daba paso al verano, el verano al otoño, el otoño al invierno y vuelta empezar... hasta que un día, la monotonía se descuartizó en el millar de esquilas que componían su espíritu. Alguien abrió la vitrina donde un brujo con pocas perspectivas de futuro la había colocado tras raptarla de la acogedora sangre azul de reyes y reinas. Alguien la tomó entre sus dedos cálidos. Un dios, que la robó y, sin querer... la liberó.

»El alma tomó forma humana, ¿puedes figurártelo siquiera? Aire y cristal mil años, centuria arriba, centuria abajo, y de repente ¡carne! Hacía tanto que no respiraba, hacía tanto que no parpadeaba. No sentía nada: ni la brisa en las moléculas ni el calor de la piel que la rozara. ¿Lo primero que pensó, si a eso se le puede llamar pensar? Que iba morirse y ni siquiera había respirado el tonel de oxígeno con olor a ambientador de manzana que la rodeaba.

»Pero... la salvaron. Como las princesas de los cuentos de hadas, una herramienta como ella fue rescatada, no por un príncipe, por algo infinitamente mejor: un médico. Un doctor hermosamente estúpido.

»El héroe sin capa insufló aire caliente en sus pulmones recién formados, bañó de saliva su boca, le ofreció su sangre como tributo. Así como el anterior la derramó para cortar su vínculo, el nuevo dueño la vertía para sellarlo sin siquiera hacerla esperar ni los diez ni los cincuenta años de rigor. Pero él no lo sabía, o fingía no saber.

Un toqueteo narigudo. La punta de la nariz de Strange se heló.

- ¿Lo segundo? - prosiguió - Instinto. Sin asomo de malicia por su parte sintió la imperiosa necesidad de devorar al héroe, gajes de sobrellevar las necesidades mortales. Fortuna y jeringuillas se lo impidieron, y el alma hecha carne fue sedada justo como lo estás tú ahora. Buena forma de pasar los traumas, ¿verdad que sí?

»Despertó abotargada por los calmantes, como tú lo harás, solo que en una cama infinitamente más cómoda y sin las muñecas atadas, básicamente porque las tuyas... no, he prometido no decir ni mu. A tales accesorios se le añadían una guardiana que hacía ganchillo a su vera y la tele encendida solo para oírla retransmitiendo Cenicienta. Lo feo y lo bello resumido.

»¡Vaya, se había despertado! ¿Quería algo la niña? ¿Agua, comida, el número de la policía? No era la mejor forma de despertar, ¿no crees? ¿No es mucho mejor mi agradable compañía? Bien, la niña quiso contestar, ¿qué pasó? Que en lugar de ello las cuerdas vocales recién estrenadas tocaron un gallo distorsionado. "Claro, niña, la policía". De nada le sirvió boquear que no, que agua, ¡ni caso! La guardiana iba por faena y ya no estaba.

»El alma hecha niña (hecha a su vez pasta de boniato) pudo comprobar que el cuerpo humano es agotador: tantas sensaciones, tantos estímulos, tantas necesidades cambiantes y comunicación estrepitosa. El trapo que la cubría, áspero; las ataduras, irritantes; el amo, en el aeropuerto; el agente Ataulffen, tan secundario que ni aspecto ni nombre merece; el olor antiséptico, repulsivo.

»El mundo era para el alma devastadoramente desagradable... a la par que fascinante.

»Podría darte mil razones: el pecho que le subía y le bajaba, el funcionamiento del recorrido respiratorio, agitar los pies descalzos a voluntad, que a Cenicienta acababan de transformarle el modelito... - risita - ¿Te has fijado en que cuando la magia la viste se le forma un halo sobre el moño?

»Ser un objeto durante un milenio no te quita de caprichos y deseos.

Más silencio sin procesar.

- Dime, doctor. - la voz de Oma ondulaba como riachuelo sin cauce - ¿Por qué teniendo yo más conocimiento...? Nada. En este punto de la historia le llevan comida a la niña, a ver si suavizando la garganta cantaba. No había catado ni sólido ni líquido en mil años, centuria arriba, centuria abajo, y su primera comida... ¿iba a ser comida de hospital? ¿Y luego qué, pan de vuelo transatlántico?

»Por supuesto, ponerse exquisita no era una opción. Ataulffen, tan secundario que ni atención como telón de fondo merece, viéndola sin ánimo caníbal, le desató las muñecas y le puso la cuchara en la mano. Se le cayó tres veces. La llenó al sexto intento. Al séptimo cucharazo en la mejilla se rindió. Mientras tanto, Cenicienta bailaba graciosamente al son de la música con los zapatos de cristal con tacón para más inri.

»Lo natural sería pensar que pensó que en esta situación de comparación el agente policial debía de tener mejor sabor, además de que no haría falta cuchara. No obstante, prefirió contemplar como quien no quiere la cosa el par de efectos personales que le habían dejado en la silla de la esquina del cuarto, su marco y el vestido negro que sus moléculas habían formado, y pensar en la mínima dignidad que tendría si por lo menos lo llevara puesto.

La voz estaba cada vez más cerca del oído izquierdo, que tendría que tamborilear el tímpano aún más.

- Uno. La negra tela comenzó a desintegrarse. - el timbre de la narradora se tornó lúgubre - Dos. De los bordes deshilachados por segundos brotaron polillas color hollín, aleteando hacia el cuerpo. Tres. Las moléculas treparon como hormigas por pies, tobillos, piernas, vientre...  - luego, en falsete - ¡PI-PI-PI-PI! ¡Código azul, código azul! ¿Infarto de miocardio? ¡No! ¿Embolia súbita? ¡No! ¿Ictus, casi ictus, lupus? ¡NO! Pérdida de sangre, ha pedido ¿¡dos litros?! ¡Intravenosa, intravenosa! ¿¡Quién le ha puesto la ropa bajo la bata?!

La puerta. Un ¡shhhh! La puerta.

- El agente fue testigo. Aquella misma tarde le concedieron la baja por estrés. - continuó, bajando el volumen - Dos transfusiones después fue cuando se percató de que su cuerpo no era el del humano medio, ¿y cómo iba a serlo, si seguía siendo alma y espejo? Lo raro no era que su sangre fuera transparente ni que fuera físicamente capaz de metamorfosear las moléculas del espíritu a voluntad pero incapaz de mover el cuerpo como dicta la mínima movilidad lógica humana, sino que se hubiese percatado. Antes lo hubiera sabido.

»Pero había cosas que sí sabía.

»Pip, pip, pip, la guardiana volvió a su puesto. Pip, pip, pip, el alma la miraba. Pip, pip, pip, ¿quería algo la niña problemática, paciente sin paciencia? Pip, pip, pip, la bolsa de sangre se había quedado vacía. ¿Pip, pip, pi...?, la jeringa caída en el suelo, el bulto de ese cuerpo en el suelo, la tela hecha jirones por los médicos evaporada. Pi-pi-pip, la cara de la niña era la suya.

»El alma se adapta.

»Dejó a la guardiana sufrir el ictus entre las baldosas, solo cogió el marco, no necesitaba más que el marco... y alimento. Se arrastró por pasillos y escaleras, no podía caminar, gatear a medias. No se le interpuso nadie, sabía dónde estaban y por dónde patrullaban. Ahora esperaba en un escalón, ahora se sentaba diez minutos detrás de una máquina expendedora, así iba gastando sus energías hasta que llegó... al almacén de sangre.

»Solo entonces se le interpuso al alma desnuda alguien, demasiado tarde. ¡Aakaka!, exclamó el obstáculo tartamudo al verle el reguero de sangre de la boca hasta el ombligo, pero no parecía suficiente para que se fuese pies para qué os quiero o se le desvaneciese el conocimiento, por lo que...¡qué demonios! Iba a probar las facultades con él delante. Y la niña se transformó justamente en una niña, de diez años se diría, con su vestidito y su canesú delante de sus narices.

»Observó imperturbable el deslumbrante efecto de la espuma creciente de la boca, se toqueteó el vestido que era parte de su alma, trastabilleó y allí lo dejó. El último obstáculo hospitalario.

¿Cómo de anestesiado seguía el cerebro de Strange?

- Una vez libre de todo quitando las limitaciones propias de extremidades temblorosas, por último, ¿qué crees que le pasó por el cráneo nuevecito? Yo te lo diré, no lo adivinarías: que no tenía nada. Menos que nada: libertad sin propósito. Una criatura como ella, que durante tanto había sido solo mente, no podía entregarse al hedonismo sin más. Solo cabía una conclusión plausible, una única dignidad.

»Cuando un esclavo se queda sin su amo, ¿qué crees que hace? Se busca otro. ¿Y cuando tiene uno pero este huye? Seguirlo. Hasta el fin del mundo si hace falta. Al fin y al cabo, ¿no son las reliquias las que eligen dueño y no al revés?

La puerta.

- Te voy a contar un secreto. - susurró la voz cerca, muy cerca del atareado oído, exhalando la humedad del aliento - Tú eres mi cuento.

Strange abrió pesadamente los ojos.

Continuará...

¡Se acabaron las retrospectivas! La magia se cierne sobre nosotros. *^*

jueves, 25 de mayo de 2017

Transparente 05 - Fuego


He tardado un poquito de nuevo... ¡no me juzguéis! Estoy en temporada alta de papeleo para la tesis doctoral. Aif. ;^;

Lo dejamos en la cabeza del doctor Strange recordando cómo fue ese sin duda maravilloso momento en el que pasó de "ver" a "conocer" al espejo mágico. ¡Sigamos!

¿Que las chispas prenden?

Era una noche sin estrellas.

Un neurocirujano de renombre felizmente casado con su trabajo tiene tiempo para un surtido selecto de cosas en los escasos descansos fuera de quirófano, y atender los caprichos de una niña rica no forma parte del mismo. Probablemente esa constituía la parrafada que más le habría repetido después.

Sin embargo, ahí estuvo siguiéndole la corriente a la presunta niña, ahí se había metido él solito como quien no quiere la cosa fuera del selecto surtido, quizá por aburrimiento, quizá porque al final la ponencia no había resultado tan interesante y hubiera deseado tener la misma facilidad para entretenerse con las olivas.

Por supuesto que no se había acercado a la cría porque se hubiera pasado los últimos nueve meses comiéndose las uñas hasta la raíz día sí, día no ante la ineptitud de Bill para conseguirle casos más interesantes y quisiera poner a prueba sus funciones cognitivas, por supuestísimo, ¡ni siquiera la había reconocido!

¿Nos conocemos? Nos conocemos, y la joven extendía las faldas para hacerle una reverencia en lugar de saludarlo como una persona normal, esa cosa que no era. Primero se lo tomó como una excentricidad, luego como un chiste cuando le tendió el dorso de la mano. Él se la quedó mirando, ella bailoteó las cejas.

Que si chinchín, que si ñom ñom, que si así que "Espejo mágico", que si ja, ja, sí, ¿"extraño"?, que si por favor esos chistes fáciles no, que si era europeo, y más jajás y más chinchín y para cuando se quiso dar cuenta el alcohol en vena era alarmante y no estaban en la fiesta, sino en un banco del parque con el femenino espejo mágico echado en sus brazos, susurrándole al oído que ahora que controlaba su cuerpo la soledad ya no sería una opción nunca jamás de los jamáses, quisiera o no quisiera.

El célebre médico, en su beoda lucidez, ignoró lo superfluo para mirarse en aquel par de ojos brillantes de mar efervescente y preguntarles quién era la más bella del reino, ¡en verso!

- Espejo, espejo mágico, dime una cosa... - ¡hip, hip! - ¿Quién de este reino es la más hermosa?

- Te lo diré, mi amo y mi rey. - respondieron estos al tiempo que los brazos se le enroscaban más al cuello - Cristine Palmer la más bella es.

El rey boqueó desconcertado, abertura que el espejo aprovechó para besarlo, entrechocar la lengua, pasearla por el paladar, la campanilla, toda la cavidad, y cometer regicidio imprudente al atragantarlo.

- ¡La más bella es Blancanieves! - logró articular después de toser medio esófago o quizá más.

- La belleza es subjetiva~. Detalles como que según los estándares de hermosura occidentales esta apariencia mía sea más remonina que la suya ni cambian ni significan nada, porque para ti la más bella entre las bellas es ella. - suspiró, reflejando en sus ojos la nulidad de estrellas del firmamentos urbano - ¿Acaso no cree el que ama la rana que es estrella diana?

Continuó la errónea y un pelín idealista reflexión un ratito (durante el que estuvo distraído), alegando que el amo no miraría dos veces a otra fémina que no fuera la doctora de sus entretelas, ni siquiera aunque Natasha fuese a ponérsele ofrecida. ¿Quién era Natasha? Un incordio de pelirroja.

- ¿El espejo leía la mente? - ya estaba como ido.

- El don de la sabiduría y sinceridad permanente, amo. La omnisciencia ya sería pasarse. - pellizcos al ido - Al igual que el genio de la lámpara maravillosa ni resucita muertos ni cambia emociones, esta tu servidora ni ve el futuro ni el corazón ni la mente: solo presente y pasado, lo que viene siendo lo tangencial y objetivo, ¡y ya es demasiado!

El amo abrió un segundo la boca, luego se lo pensó mejor y la cerró. El espejo hizo un mohín.

- ¿Cómo sé quién es la más bella entonces? Hechos. Y los hechos son que solo prestas atención a esa mujer, al igual que en el caso de la reina Grimhilde los hechos fueron que su narcisismo perdió la batalla contra las inseguridades ante la ahora desfasada perfección física de su hijastra.

¿Significaba que era culpable indirecta de crímenes y muertes rocambolescas? Significaba diversión. ¿De qué habían empezado a hablar que los derroteros de la conversación habían virado a un recuento con los pies y manos que ambos tenían en el cuerpo de sus cuarenta principales muertes rocambolescas?

- ¡Ay, amo!, el de la suegra de la hija de María... - se cubría las risas con la mano - ¡Un barril de aceite herviente con serpientes! ¿Para qué eran las serpientes?

Amo, amo, amo...

- ¡Es doctor!

Y hasta ahí podía rememorar sin flashes salvajes por lo menos, mucha memoria fotográfica pero luego para lo importante... Sí, quizá recordase vagamente las náuseas, los fluidos y la sirena de policía... ¿de ambulancia? Ahora bien: cómo acabó en casa envuelto única y exclusivamente con una sábana y un visón doméstico y su jaula y pienso y demás equipamiento era un misterio.

No podía ser de otra forma, la noche en que la conoció tenía que estar a la altura de la noche en que la vio.

De vuelta al presente, no era fácil para una mente privilegiada como la suya evitar las conexiones neuronales automáticas y sucumbir a los recuerdos al ver que volvía a tenerla apalancada a su puerta justo cuando iba de camino a una de las cosas del selecto surtido a las que dedicaba su escaso tiempo, cómo no. Tampoco difícil; era una mente privilegiada. Simplemente dificultad media.

- Qué guapo estás con tu traje nuevo~. 

Media hora antes le había dejado transparente a la niña que "a su Cristinina" la invitaba porque a diferencia de de otras era doctora (ni se molestó en preguntar cómo se había enterado, hasta tal punto llega la costumbre) y que no era bien recibida mientras esta iba a lo suyo como quien oye llover y le daba a la puerta del copiloto de SU coche como si no hubiera mañana, al son del cla-cla-cla-cla-cla imparable. Media hora.

¿Cómo había acabando aceptando su... no iba a decir "extraña" ni por todo el oro del mundo... amistad? Ah, sí, INSISTENCIA. Implacable y persistente insistencia.

Distraídamente se iba enrollando un mechón con el dedo. Se enredó. Siempre igual: hacía algún movimiento sencillo cualquiera y se le enredaba el cuerpo, lo que no le impedía enseñar muslo con premeditación y alevosía ni que al buen Stephen se le fueran los ojos porque al fin y al cabo todo médico es un ser humano con escalpelo entre las piernas y ser un ser humano con escalpelo entre las piernas es lo que tiene. 

- ¡Doctor! - exclamó siguiéndole al trote - No sería propio de mí saltarme una de tus famosas peroratas.

A la semana y media de conocerla le impuso una orden de alejamiento, que llevaba once meses y cuatro días saltándose a la torera.

- Doctor... - bufó por lo bajini al cerrársele las puertas del ascensor en las narices.

Incluso a alguien tan distraído por su propia genialidad como él no se le había pasado la enorme casualidad que era toparse con la niña a diario por aquí, por allá, por acullá, ni las muchas, demasiadas rarezas que sucedían a su alrededor desde entonces.

- Doctor. - decían triunfantes su pecho henchido de orgullo y su frente brillante con las rojeces de los mamporrazos, sacrificio para llegar al aparcamiento y el coche antes que su legítimo dueño.

Siempre le llamaba doctor.

- Oma: no.

- ¡Pero si me adoran!

- Nada de pucheros. ¿Qué te crees, que en la sociedad neurológica entra cualquiera?

- Cualquiera no: nosotros.

- Voy a entrar en mi coche y a ir por mi cuenta a mi charla en la sociedad neurológica, tú te vas a quedar quietecita...

- ¿Tú has visto cómo conduces? - ojitos de cordero degollado - Si te matas yo quiero estar ahí para verlo...

Y se metió de un portazo y arrancó y la dejó ahí tirada, sabedor que la muy pesada estaría en la cena. Verla arrebatarle el limón al comensal adyacente y exprimir el zumo en su copiosa comida para después hundir los dientes en la pulpa y mascar la cáscara no sería tan malo. Sin embargo, había que asentar bases firmes o de lo contrario le das la mano y se te coge hasta el tuétano de la tráquea.

Llovía, caía agua a cántaros de los cielos sobre la carretera, gotas que impactaban sobre el alquitrán sin detenerse, lo mismo que el buen doctor en cada curva. ¿Pudo ser tal fenómeno natural una advertencia de, no sé, llámame demente, tener que conducir despacio? Nah, eso es para pobretones y gente con mucho tiempo libre.

Alcanzado el sendero de la montaña, la suave luz del horizonte y el claro riesgo del acantilado  que bien podrían haber bautizado Mírame y no te acerques recibieron menos atención por su parte que el vibrante móvil.

- Billy. ¿Qué tienes para mí?

¿Para qué decir más? Protagonizó el mejor anuncio Si conduces, dile NO al móvil de la Historia.

El coche hecho trizas, de pie en el agua, la luna del automóvil hecha añicos, esquirlas del tamaño de un cuchillo de mantequilla en las gloriosas manos, ¿de qué te sirve tu prodigioso cerebro ahora, ah?

Permaneció allí... ¿mucho tiempo?

En su empañada visión alcanzó a alucinar con las manos de Oma, suaves y frías, acariciando su ensangrentado rostro macilento. Se manchaban con su mácula, y ese blanco con tanto rojo iba hacia la tierna boca, para chuparse los dedos.

Una voz dulzona, de cadencia armoniosa.

- Te dije que quería verlo. ♡

Era una noche sin estrellas, como de costumbre.

Continuará...

¡Por fin! Empieza la acción, señoras y señores~.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Transparente 04 - Humo


Buscar trabajo no es nada divertido, ¿dónde quedó la alegría carente de preocupaciones laborales de mi época estudiatil? ¡En mis lágrimas!

Abandonamos a Loki, conocimos al doctor Strange y en esta introducción tan larga la historia de nuestro espejo mágico personal a quien el buen doctor ha bautizado como Oma todavía nos quedan recovecos y presentaciones que llenar. ¿Qué ocurrió en Alemania? ¿Cómo pasaron de verse a conocerse? ¿Soy yo o la tensión sexual entre estos dos se podía palpar y degustar a lametones desde el minuto uno? Obviamente soy yo, no en vano soy la escritora. XD

¡Todo eso y mucho más...! Capítulo a capítulo.

Ni soy tu sol, ni tu luna, ni tus estrellas: soy tus nubes.

Oma vestida de azul irrumpía en el centro médico, como tantos otros viernes, lunes o jueves, como Pedro por su casa. La sonrisa de oreja a oreja que traía puesta resultaba tan rutinaria como su característico trote de potro o el cotoclonc, cotoclonc del bamboleante marco golpeándole los muslos, ¿era por ello menos justificada?

¡Nada más lejos! Por tercera vez consecutiva en lo que llevaba de semana había doblado la esquina, subido y bajado escaleras y recorrido pasillos sin tropezar ni darse mamporrazos ni una sola vez. Poco motivo de alegría tendría si calculara la estadística de las 478 ocasiones en que había pisado y patinado por aquel suelo, pero afortunadamente el don de la sabiduría era infinitamente más difuso y menos cansino sujeto al físico cárnico.

Sin necesidad ninguna desaceleró el ritmo al pasar junto a la mesa de recepción, ¡qué novedad! No hizo falta siquiera que la oronda ama del mueble alzara la vista para que su gruesa y morena y pecosa manaza obstruyera el acceso al cesto de caramelos. ¿No se supone que son para todos?

- Ermeguncia~. - trinó la armoniosa voz de Oma, cual cascabel de serpiente - ¿Sabes que los ornitorrincos sudan leche?

- Por mí como si exudan vino tinto y ponen huevos de plata. - tronó la normalucha voz de la recepcionista cual camionero cazallero, provocando que los serpenteantes dedos de la muchacha se alejasen del cesto - Esta vez NO. COMERÁS.

¿Por qué pediatría sería tan remilgada con los caramelos gratuitos? Odontología no ponía reparos.

- ¿Y sabes que tu cuñada ludópata se ha fugado esta mañana a Las Vegas en cuanto has cruzado el portal?

El estrujamiento de envoltorios por los crispados dedazos de Ermeguncia, la bonita sonrisa de Oma carente de toda maldad. Los desdichados caramelos solo sufrirían un poquito más.

- Tú no lo sabes.

Un par de parpadeos que agitaron el par de alas de mariposa que tenía por pestañas. Para más inri, la yema del dedo le aterrizó justo en medio del labio inferior, de esa carnosa farsa de inocente labio inferior en forma de corazón. Ermeguncia tragó sonoramente la mucha bilis acumulada en la boca.

- ¿Como tampoco sabía que tu dulce hija se había hecho un piercing?

Se hizo el silencio. Quizá le pasase por la cabeza la espantosa imagen de la perforación por chincheta. Una infección muy fea. Un segundo, dos segundos...

Al octavo ya trotaba pasillo arriba con el tesoro azucarado en mano, haciendo gala del prodigio de la coordinación que con esfuerzo se había ganado. Entre índice y pulgar y dentadura asía y mordía la pajarita de plástico, de un tirón la abría y se la disparaba a la boca como haba desgajada de la vaina.

Así iba triturando caramelo tras caramelo mientras Ermeguncia permanecía hecha un ovillo tras la protectora mesa con el móvil aplastándole la oreja en lugar de salir pies para qué os quiero para casa como Oma había previsto. Una reacción fascinante. Las cosas que no sabía eran el nº2 en el podio de sus favoritos (la medalla de oro se la llevaba su recién adquirido equilibrio).

Cruzada la puerta de la neuro-élite tenía el cesto vacío y los carrillos llenos. Una tumba de mimbre para los cuarenta envoltorios huecos que echó al primer asiento vacío que vio donde ni contenido ni continente llamaron la atención. Le recordaban a ella.

La diferencia primordial era que allí, salvando los visitantes rotativos que eran los pacientes, ya esperaban verla y se fijaban. Un par de enfermeras le volvieron la cara, un amigable residente la saludó con un gesto del mentón y un Acosadora articulado, la interna Mary en su sempiterno estado de sudores fríos y calientes rodándoles por la frente medio la informó, medio murmuró para sí lo que ya sabía.

¿Y qué si el doctor seguía operando? También había seccionado el tumor y no se lo decía. Estaba meneando las caderas y no se lo decía. Adivinaba canciones como ella consumía bolas de azúcar ¡y no se lo decía! Claro que no hacía falta, tampoco que le notificaran cuántas veces había ido al baño y evacuado. Ya lo sabía. Todo lo que hiciera el doctor simple y llanamente lo sabía.

Oma olvidaba a menudo (con gran satisfacción) tener en cuenta que Mary Sue era básicamente estúpida, como toda su especie ¡tenía que serlo! ¿Cómo sobrevivir si no? El mundo rebosaba estímulos.

¡Ah, el agónico nacimiento...! Jamás lo podría olvidar, entre otras cosas porque o le pegaban un tiro muy bien dado o era físicamente incapaz. Las luces y color y ruido abrumador, el torrente de datos como tormenta de jeringas traspasando la carne nueva que los habría de guardar y procesar estaban bien almacenados en la memoria para revivirlos en cuanto se aburriera.

Ciertamente hubiera preferido que el rayo azul de aquella lanza tan desaprovechada le friera el cerebro y con ello todo contacto con sus narices, oídos, lengua, ojos y hasta piel. ¿Y se suponía que conocer cuál es la llave de tu libertad desde el milísegundo uno y ser incapaz de tomarla era el tormento eterno? ¡El demonio sabía tanto como Mary Sue! Con lo tranquilita que estaba ella...

Y aburrida. E insensible. ¿Tan malo había sido sentirlo todo... y nada? Sin concentración, con el don retorciendo cada mínima sensación... La tocaban al tiempo que él bajaba a zancadas y el antiguo amo que acababa de abandonarla la liaba parda, esos dolorosos bultos que gritaban por médicos no se sabía ni cómo respiraban ni cómo lo soportaban. Sí, lo había sido.

Pero luego... hubo oscuridad.

El hálito.

Y Stephen Strange.

Un alivio, un respiro, una plenitud. Alivio al aclarársele la vista que, dilatada, no se distrajo en otra cosa que en la primera visión: su rostro. Respiro al gozar la vigorizante sensación de la cabeza hueca, el respiro del ignorante que sabe, pero no de continuo. Plenitud... porque el saber se concentraba en el doctor Strange.

De ese mismo instante la inmensidad del conocer se ceñía, estrechándose en su niñez, que la enternecía, sus estudios, que inmediatamente la aburrían, su actual ejercicio del deber, que  la salvaba. Pasado y presente. Ella y él. Estaban conectados. El nuevo amo. Ella... estaba... llena.

Que horas después la sellase con su sangre de forma evidentemente premeditada fue...

¡PATAPAM! Mano ajena, hombro suyo, bote, ¡glups!, patinazo. Si caminas, no rememores.

- ¡Por Dios! - la misma mano la ayudó a levantarse (entre tosidos caramelizados), ¡hola, doctora Palmer! - ¿Cómo has esquivado las cicatrices toda tu vida?

- Buenos días por la tarde para ti también, doctora. - saludó Oma recolocándose el tabique nasal - ¿No deberías de estar en urgencias?

Cristine Palmer, tan elegante y preciosa como de costumbre, resollaba tras haber perseguido por pasillos y escaleras a la loca esa. ¿Se podía saber por qué subía y bajaba el mismo tramo de escaleras... ¡a esa velocidad?! Pues porque hacía tiempo mientras el amo seccionaba y toqueteaba sesos, disfrutando del trajín caminante tanto como le asombraba que el ser humano medio prefiriera el ascensor al uso de su par de piernas sanas. Pero nunca se lo diría.

¡Mmm, la encantadora doctora Palmer! Cuando estrecharon las manos por vez primera volvía a estar soltera, por suerte para ella. El primer pensamiento que pasó por la cabeza de la buena Cristine fue que ya tenía bastante con un individuo extraño en su vida. El de Oma, que estaría deliciosa con salsa picante.

Oma quiso entablar conversación, sería divertido que el doctor las volviese a ver juntas. Sin embargo, antes de tal cosa roció su aliento invasor de aromas artificiales limoneros, melocotoneros y manzaneros las fosas nasales de la agotada mujer, que ipso facto miró a izquierda, derecha y atrás ("arriba" se lo saltó). El cesto.

Hizo una mueca. Oma la imitó, viejas costumbres. La mueca se profundizó, ¡unos surcos...!

- Oj, ¿otra vez? Mezclan los caramelos de café con los de menta y los de frambuesa, y tú vas y te los zampas todos juntos. ¿Cómo te puede saber bien?

- Oh, sabe asqueroso.

Pero a ella me gustaban todos los sabores, hasta podría disfrutar de la gastronomía inglesa. Cualquiera salivaría hasta con la bazofia si se pasara un milenio, centuria arriba, centuria abajo, sin los placeres de la carne.

- Déjalo... Por lo que más quieras te lo pido, deja de colarte por donde no debes. - ¡cómo resollaba! - Ya han despedido a cuatro guardias de seguridad, no puedes...

¿Y ella qué culpa tenía de que no le prohibieran la entrada? Toda. ¡Ups!

Con gesto de Estoy demasiado ocupada para estas chorradas (que reflejó el espejo viviente), la paciencia infinita de la doctora inquirió a la entrometida muchacha sobre a qué había venido. Oma alzó las cejas muy ufana para responderle que iba a acompañar a su ex churri allá adónde su rival no quería acompañarlo, porque los segundos platos también tienen esa cosa llamada orgullo.

En dicho momento las enfermeras que le habían girado la cara se aproximaron, agazapadas como hienas al borde del inevitable ataque de risa. Una golpeaba rítmicamente el brazo de su compañera.

- ¡Tengo que probar...! - cuchicheaba la voz cantante - Señorita...

Palmer se señaló a sí misma, como diciendo: ¿No te sabes mi nombre?, pero Oma sabía muy bien a quién se dirigía.

- Espejo mágico.

Por supuesto aquella doctora que había perdido su valioso tiempo en perseguirla puso los ojos en blanco, como si no se lo creyera. ¿Cuántas veces tendría que repetirle que solo decía la verdad?

- Oma es un apodo... - que le puso el doctor, el pecho henchido lo aseguraba sin necesidad de más palabras.

- Me da igual, necesito saber si mi novio me pone los cuernos. - la enfermera anónima ahí, apremiante - ¡Leéme la mano!

Y se la tendió. Por supuesto que Oma la desvió con un dedo.

- No sé. Pregúntamelo en verso.

Ahí la enfermera amiga estalló en carcajadas. Palmer no sabía dónde meterse, a la presunta cornuda no se le ocurría ni la rima más fácil de los nervios (aderezados de vergüenza), así que Oma, como ser caricativo que era, se contempló en la pulida superficie del marco que otrora la sostuvo. Y a su extrañado reflejo preguntó:

- Reflejo, dame el placer,
¿el novio le es infiel?

Y a sí misma se respondió, echando la mirada a la interesada.

- Solo la carrocería de su moto
obtiene el tiempo, mimo y voto
que requieren los amantes numerosos.

Así se fueron las enfermeras, la una muerta de risa, la otra al grito ¿¡que le hace qué a la moto?! y ¡Lo sabía, si es que lo sabía! Los dedos de Oma tamborilearon sobre el marco. ¿Y Palmer no le preguntaba nada? Una risilla.

- ¿Por qué iba a hacerlo?

- Todo el mundo lo hace.

¿Stephen también? ¡Stephen el primero! Le había hecho gracia que Oma insistiera en lo que era una verdad objetiva: su nombre era Espejo mágico. Para tener tanto trabajo le estaba dando mucho a la sinhueso, sería que le caía bien. A Oma se le ruborizan las orejas. Cristine en realidad preguntar, preguntaba, pero se negaba a hacerlo en verso. Tampoco es que hiciera falta si siempre decía la verdad, ¿no? Pues no, pero entonces no accedería a la mayor base de datos.

- Me preguntó lo lógico y natural: quién era la más bella del reino.

- ¿Y cuál fue la respuesta? - ¡uy, ese repentino interés...!

- ¿De qué estáis hablando? - ¡esa voz potente, del que lo peor se teme!

Al fin el doctor Strange entraba en escena, y la carita de Oma se volvía radiante en consonancia. Estaba un pelín manchado de sangre, de un chinguetazo de fluidos vitales caído en la bata absolutamente fácil de esquivar pero accidental sin duda. Oma avanzaba abriendo los brazos, Strange retrocedía poniéndolos en cruz. Oma alicaída.

- De nuestra primera conversación. - contestó la niña, poniendo índice sobre índice, yema con yema.

¡Qué nervioso!

¿No quería que ella lo supiera?

¿Estaba repasando la escena con el poder de su prodigiosa memoria?

No podría haberla pasado por alto ni queriendo, la figura de aquella mujer resaltaba entre la relativa multitud como caléndula entre cardos... menos por aspecto que por actos.

Sin duda ofrecía una imagen encantadora con su vestido de noche blanco perla de amplias faldas, espesos tirantes como vapor y ese buen talle ajustado, rematando con los guantes largos, el modesto moño engalanado por una fina diadema y el contraste cromático de la cinta negra por gargantilla que llevaba al cuello.

Sin duda, de no ser por el guante que llevaba por bolso al brazo o el sembrado de miguitas de hojaldre sobre el busto, de no ser por el récord de cadavéricas bandejas recién vaciadas a su paso, de no ser por ese marco encadenado con literalidad al cinto por una cadena que había visto días mejores, y...

Sobre todo, de no ser porque la había pillado pasándose la ponencia apurando vasos, sacando brillo al vidrio con esa rosada lengua, devorando una aceituna tras otra, mordisqueando el hueso que al tercer contacto con los marfileños cuchillos de su boca se partía para desaparecer garganta abajo inmediatamente después.

No, podría haberla pasado por alto si hubiera querido, pero no quería. Y ella tampoco. Por supuesto, el neurocirujano no habría reparado en ella si la susodicha no lo hubiera permitido. ¡Pobre! No era una sonrisa dulce, era un retorcido rictus de pura satisfacción.

Continuará...

¡Nos acercamos al gran momento! Uf, qué largo me ha quedado el capítulo y qué kilométrico me habría quedado de no haberlo recortado, espero que lo hayáis disfrutado y no se os haya hecho pesado. Por mi amor propio y tal. XD

sábado, 15 de abril de 2017

Transparente 03 - Carne


Nuestra protagonista ha pasado de cristal a carne, ¿qué está pasando, doctor Strange?

¡Ya no hay jaula!

Pip~. Pip~. Pip~.

La paciente descansaba sobre la camilla de la habitación 402, únicamente cubierta por el camisón hospitalario. Una jovencita hermosa, veinteañera a todas luces, con las constantes vitales estables de la salud y la piel más tersa, suave e inmaculada que había visto ni sentido jamás sin maquillaje de apoyo.

Tenía el cuerpo menudo propio de una mujer de metro sesenta como ella, el donaire muscular de una esbelta bailarina, finas manos de pianista, rosadas uñas de manicura, palidez de noble y firme busto...

Pero no era ni por curvas ni por cutículas por lo que llevaba tres minutos de reloj examinando la carita angelical que no había hecho falta intubar (y lo demás), ¡de ninguna manera! Lo que pasaba era que sus rasgos le resultaban poderosamente familiares. 

- Se parrece al loco Loki, ¿nein? - lo sobresaltó el abigarrado acento del agente de policía que de repente tenía a su vera.

Pegó un ligero respingo, poco más e imperceptible. ¡Claro! Apenas lo habría visto de reojo en la gala, pero su prodigiosa memoria se había quedado con su cara. Cara que sin duda vería en las noticias en cuanto encendiera la tele. Menuda nochecita.

- Podrría pasarr porr herrmana, perro ella es humana.

El pobre poli parecía muy orgulloso de lo que él creía un buen chascarrillo, pero se le pasó en cuanto interceptó los ojos de su interlocutor. El humor germánico no recibía elogios de foráneos. Carraspeó, extrajo el bolígrafo del bolsillo anexo al arma reglamentaria y golpeó con él la libretita que llevaba en mano. El papeleo aguardaba y, con lo parda que se había liado, también se amontonaba.

- Usted prresenció los hechos, ¿nein, señor...?

- Doctor. Doctor Stephen Strange.

El buen agente se le quedó mirando, pero se abstuvo de comentarios. De ahí el "buen". De cualquier forma, no había que hacerse mala sangre con un hombre con aquellas pintas, descompuesto, despeinado y desaseado. 

¿Qué hacía allí, justo en aquel momento? Asistir a la gala de alto copete, como todos. Claramente eran un tiempo y lugar que no le correspondían, ¿nein? Pues el doctor Stephen Strange era ni más ni menos que un reputado neurocirujano que había sido convocado a Stuttgart con ruegos y súplicas para dar una conferencia y le habían invitado, usted dirá. Entschuldigung.

Af, había un vuelo esperándole, ¿no podía ocuparse otro de aquello? Nein. Y un trabajo de verdad, sin papelajos ni bolígrafos y con sangre salpicante, ¿sabía? NEIN. Se lo iba a tener que contar de pe a pa.

¿Por dónde empezar, sino por el principio? Tras el éxito lógico y natural de su conferencia médica sobre, para ponérselo fácil, sesos, sus colegas de gremio habían tenido a bien agasajarlo invitándole a aquella velada que le había arruinado la noche y los planes. No, no había notado nada extraordinario. Véngase a la fiesta, decían; habrá champán, decían.

Su posición exacta, si tanto insistía en saberlo, era junto a la fuente de chocolate de la parte de arriba, brindando con el resto de sus colegas. Había sido un día largo, ojalá la noche no lo hubiera sido aún más. No, nadie se percató de la presencia intrusa, ni uno solo de los asistentes que él supiera. Ni la víctima... la otra, la finada, ajá, le prestó mayor atención hasta que fue demasiado tarde. La culpa de los ineptos de seguridad, valiente seguridad.

Lo mismo daba que no hubieran podido hacer nada, el caso es que se coló. Resultado: vocerío, estampida, un cadáver y la presente herida no se sabe si leve o grave, cuando se despertase se vería. Sí, entonces sí que vio al dios nórdico. No, mucho no se fijó, estaba ocupado llevando a cabo su deber como médico.

No todos escaparon pies para qué os quiero, los sagaces permanecieron en la parte de arriba. Dado su oficio y extremada inteligencia, el doctor Strange era consciente de que una huida multitudinaria podía ser tanto o más mortal que un psicópata.

Lamentablemente, sus colegas no supieron imitarle el templado control de los bajos instintos y se arrojaron por puertas, ventanas y escaleras, desencadenando la ola de tobillos rotos o torceduras musculares, contusiones o magulladuras que luego para arrodillarse acarrearía tanta angustia física.

Por supuestísimo que el "doctorcito" no agachó la cerviz, ¿para qué tenía orejas este agente? Él se había quedado y no rezagado, aguardaba la partida del asesino, agachado como otros tras estatuas, columnas, barandillas. Uno tras la cortina, siempre caía uno. No fue Strange, ¿le parecía tonto? Que se guardara sus pareceres.

Oyeron el bullicio externo, un estallido, luego silencio. Era seguro asomarse... y tronó el ¿¡hay un médico en la sala?!

Solo él, solo quedaba él.

Saltó escalón tras escalón como holgadamente permitían sus piernas. Rodeada por tres de cuatro gatos sagaces para quedarse pero temerarios para precipitarse en emerger del escondite, estaba ella. Allí la vio por vez primera. Una melena como la noche y un vestido de tela cromáticamente idéntica esparcido por el blanco suelo de mármol, cuyo color se fundía con su piel. Apenas le pareció de carne al tocarla, estaba helada.

Al principio pensó que se trataba de otra histérica desvanecida por hiperventilación, como la que había alucinado con vísceras flotantes, pero en seguida constató que ni respiraba ni había latido que le bombeara el pecho.

Nada le obstruía la garganta, de modo que en tres parpadeos ya se había deshecho de la parte superior del vestido y palpado el esternón y maniobraba con el masaje cardiovascular. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! No había ropa interior. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! Barbilla al cielo, aletas nasales presionadas, tráquea libre. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco! El beso de la vida.

Cuatro minutos y medio estuvo insuflando oxígeno reciclado en esa caja torácica vacía y machacando el esternón. Al segundo treinta y uno separó los párpados como una ventana al campo, una ráfaga verde entre tanto negro y blanco. Las pupilas, par de alfileres, danzaron en todas direcciones: por las luces, las estatuas, los rostros curiosos... hasta posarse, finalmente, en Stephen Strange. Se dilataron. Y esperó.

Como parecía que quería que le dieran permiso...

- Respire. - mandó el buen doctor, representando la pantomima pediátrica de hinchar las fosas nasales e inhalar ruidosamente para mostrar cómo se hace lo básico de lo básico.

La chica abrió la boca. Nada más. Semejante cosa solo la había visto en sus tiempos de interno en ginecología, por eso le propinó el tortazo. ¡Respiró! Inhalaba y exhalaba, como probando primero, con ansia después. Rió (o eso le pareció por la sonrisa, no por el ruido), se le derramó el manantial que guardaban los lacrimales, extendió los dedos hacia el salvador, con las yemas rozó su mandíbula... y acto seguido se desmayó por hiperventilación.

Y ahí estaban, en aquel cuartucho que de hospitalario apenas si tenía el nombre con poco más que la ventana, la cama, la tele de pared inútil especial para comatosos, la silla donde había medio y mal descansado él y la mesita de noche donde habían depositado los dos únicos efectos personales de la zagala, el marco y el vestido.

Eso era todo, ¿no, agente? Pues nein, quedaba el detalle de si conocía a la víctima. ¿Otra vez con eso? Hasta las enfermeras le habían atosigado con el formulario para familiares, ¿esto que es? No la conocía nadie. Oh. Pues él tampoco. Otros testigos aseguraban que había hablado con ella. Por supuesto, había llevado a cabo las preguntas de rigor al socorrerla, pero sinceramente...

Nadie adivinaba siquiera sus datos y por no tener no tenía ni zapatos. Venga ya, una mujer como aquella no aparecía por arte de magia. ¿No podría el alma caricativa que sin duda escondía el doctor Strange ayudar en algo? Pero es que la niña se había desmayado, cómo tenía que decirlo. ¡Pero, pero, pero! algo sabía, ¿neinnein? Recordaba... recordaba vivamente lo que farfulló al preguntarle su nombre mientras aspiraba todo el aire del recinto...

-  ...jomagico...

El brazo de la ley alzó una ceja escéptica.

- Oma. - asintió el doctor mientras el porfiado agente apuntaba, receloso - Es cuanto sé.

El policía dio por zanjado el testimonio. Le hubiera gustado presionarle con la dichosa casualidad del aire notablemente británico que compartía con el villano, pero se consideraba moralmente superior y, ni que decir tiene, más educado que el fanfarrón de su interlocutor, así que se abstuvo de clavarle esa saeta.

Acabado el procedimiento, libre era de irse a su importante vuelo de importantes, como amablemente le había indicado el agente antes de partir en pos de repartir justicia burocrática. No se fue. No inmediatamente.

Quiso acercarse primero a ver a esa gran desconocida, la mujer de la camilla. Qué tranquilita se la veía ahora. Sin que el pensamiento precediera la acción se vio separándole los labios con los dedos. ¡Buena dentadura! También los dientes del color de la luna llena se entreabrieron sin quererlo él. El pulgar penetró dentro, rozando la lengua húmeda.

ÑAM.

Un hilo de sangre, un ¡ay!, unos ojos de tarde en el mar, la succión, el ¡hija de...!, el forcejeo, ese ¡pop! al zafar el pulgar, ese rasguño dental, esa rosada lengua que relamía sangre y saliva de la comisura.

Pi-pi-pi-pi-pi-pi~.

CRACA.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiip~.

Se había arrancado la aguja del gotero.

No sangraba. Lo que le caía de la abierta parte interna del codo era agua... no. Un líquido rosado pálido... ¿plasma?

Los faros marinos le estaban mirando hasta el alma, enormes ojos que nada tenían que envidiar a lo ojiplático que se había quedado él. Intentó dar un paso atrás y entonces, solo entonces, cayó en la cuenta de que con el traspiés había aterrizado sobre los glúteos. Oma se retorcía sobre el camastro como una serpiente mal amaestrada y sin flauta guía, intentaba levantarse... ¡patapam! Otra besando el suelo con la cara. ¿No sabía caminar? ¿Tan fuerte había sido la conmoción cerebral?

Iba iba iba iba iba a arrastrarse.

Sin pensárselo ni dos veces ni una tampoco, Stephen Strange se puso en pie y salió de la habitación 402 al tiempo que se abalanzaban por la puerta varias enfermeras, dejando atrás el abrigo y la razón para sustituir cualquier lógica por el impulso animal de autoconservación.

No volvió a pensar en ella hasta bien iniciado el vuelo, en su asiento de primera clase, donde se reprochó la falta de profesionalidad. Sin duda el cansancio y el estrés de semejante despropósito de velada le había pasado factura, pues en realidad había asistido a un episodio médico fascinante.

¡Mal por él, por dejarlo pasar se le había escapado! No volvió a verla, no volvió a saber de ella.

Una vez en Nueva York llamó al hospital germano para interesarse por tan extraña reacción psíquico-física sin temer que no supieran de qué hablaba, sin duda tamaño suceso sería la sensación del momento para el centro médico, y vaya por Dios, la paciente había desaparecido, no había durado ni un día. Pese a todo, no le dio mayor importancia, otros casos igualmente estimulantes llegaban a sus hábiles manos a diario, probablemente incluso más.

No volvió a verla... hasta nueve meses después... en otra gala.

Su boca perfecta dibujaba una sonrisa dulce.

Continuará...

No usaba mis conocimientos del masaje cardiovascular desde que estudié Primeros Auxilios. ¿Sabíais que fui la única de la clase que consiguió hinchar el muñeco de pruebas? O mis pulmones son un hacha o mis compañeros un atajo de vagos. ¡Qué tiempos...!

Nuestra protagonista ya tiene nombre. Tres protagonistas, tres nombres, tres letras, ¿no dicen que es el número mágico? ¿Cómo que ese es el siete? ¡Pero si es el número de deseos para genios!

domingo, 2 de abril de 2017

Transparente 02 - Sangre

¡No es posible! ¿Dos capítulos seguidos? ¡Los milagros ocurren! Hay brujas sueltas.

Qué puedo decir, me encantan los cuentos de hadas y, habiendo dejado la cosa en un espejo mágico tomado por cierto dios nórdico marveliano, ¿cómo resistirme a continuar?

El espejo, el hogar.

Los litros rebotaban sobre la negra superficie. La negra superficie se las tragaba. Y ya está. Loki se esperaba algo más. Un estallido. Una grieta. Algo. ¿Qué decía la rima facilona? Sangre de tu puño derramarás. Hasta ahí bien, tenía el cadáver recién hecho asido por la coronilla y se derramaba con profusión. ¿Iba a durar mucho? Tenía un discurso que declamar y como se siguiera demorando la masa humana que tanto berreaba se iba ir a su casa.

Quizá no tendría que haberlo dejado justo para ese último momento, quizá podría haberlo dejado listo antes de la música y los violines y la pompa y la algarabía, pero ya que iba a montar el espectáculo y asesinar a un señor por su buen ojo, por qué no aprovechar el fiambre. De los planes de bombero torero de Loki se podían sacar múltiples y variadas conclusiones, pero que no fueran prácticos, no. Rocambolescos y guiados por una mala gestión paternofilial sí, pero practicidad no faltaba.

¿Qué faltaba entonces? Sangre de tu puño derramarás. Tu ventrículo izquierdo darás. Tu calor me estremecerá y solo entonces en pedazos me verás.

Chasqueó los dedos. ¡Claro! Un cuchillito de su bolsillo por aquí, un pectoral desnudo por allá, un cortecito de nada porque no era tonto... y una gota de sangre al borde de la punta del cuchillo.

La gota cayó...

El espejo que gracias a su alma alcanzaba la categoría de mágico era bastante menos voluminoso y, por qué no matizarlo, estridente que como en múltiples ocasiones había sido retratado. El susodicho carecía de la ostentosidad que conduce a girar la cabeza y pegártela contra la primera farola del paseo... muy por el contrario, al igual que ella, era un objeto refinado y discreto.

Compuesto por la perfecta circunferencia reflectante talla cabeza, el regio marco de oro blanco macizo y acabado barroco igualmente circular (si quitamos la salvedad del pie para mantenerse erguido en cualquier tocador) y la cadenita cuyos herrumbrosos eslabones escondían plata pura, destacaba lo justo y necesario como pieza de coleccionista de opción portátil.

- Eh, espejo.

El interior se asemejaba en mucho al exterior en modo espiritual, pues mientras no se solicitara servicio alguno este era océano en calma. Dentro de la negra superficie flotaba ella como el líquido elemento que guarda el pozo, el perfume que ofrece el néctar del tulipán o el insidioso remolino que entre las ondas marinas acecha al barco. Ocupaba a la par que se fundía con el espacio en letargo.

Aquel era su hogar y su ser. Y, definitivamente, ser un espejo mágico no estaba tan mal. Era una existencia apacible, sin grandes sobresaltos, e incluso podía llegar a ser la mar de entretenido si se sabía disfrutar de los pequeños placeres de la vida, como probaba el presente. ¿Existía acaso placer mayor que experimentar cómo un todopoderoso dios nórdico te arroja al suelo e improvisa un taconeo sevillano sobre tu irrompible alma solidificada? Sin carne y hueso de por medio, no.

- ¡Espejo mágico!

El bramido del poderoso pero ante todo exasperado Loki de Asgard únicamente logró arrancar un instante fugaz de la atención exigida: las tinieblas del cristal se despejaron, dando paso al albo perfil de una femenina mano palma arriba cuyo índice extendía y recogía, cual matasuegras la noche de Nochevieja... para inmediatamente después engullir el cristal de nuevo.

El dios lanzó un bufido al aire.

- Espejo, espejo mágico... - entonó monótono - Sal a parlamentar, no seas zafio.

En lo que se ejecuta un parpadeo las moléculas que la formaban mutaron a la copia exacta del nuevo amo. Su piel blanca y serena, su iris aguamarina, su media melena de ala de cuervo, sus esbeltas, elegantes falanjes, su todo... versión femenina.

Clareaba ante sus formas curvilíneas la tierna oscuridad, como luz de sol filtrándose en las aguas. La pequeña ventana al mundo externo la reclamaba y ella acudía, una sirena serpenteando olas transparentes. Definitivamente era más alegre un dueño que una dueña, así adoptaba lo único que recordaba de sí misma: la condición de fémina.

Cierto era que nada la obligaba a encarnar copias en sexo opuesto de las sucesivas manos por las que pasara, pero ¿dónde estaría el juego si no?

Loki contempló con desgana el bello rostro de fruncido ceño que se empeñaba en representarle la mímica al dedillo del más mínimo movimiento que hiciera. Se tomaba en serio su trabajo como espejo. No obstante, si bien aquel amago de ilusionismo engañaba sin duda a los seres humanos, jamás surtiría efecto con una raza inteligente, ni mucho menos con el mismísimo dios del engaño. No merecía siquiera su desprecio.

- Si la única regla conoces,
¿por qué no la cumples, alcornoque?

O quizá sí.

- ¡No soy un alcornoque,
soy un dios...! F... fantoche.

El reflejo ya no imitaba, iba por su cuenta y hasta se permitía la sonrisilla marisabidilla. ¡Qué osadía!

- Te dije que no soy vidente,
que solo sé pasado y presente,
y ya quieres romperme.

Loki se pasó la mano por los repeinados cabellos, mirando hacia otro lado. Resultaba particularmente apuesto con aquel esmoquín tan resultón. Por un momento el espejo se lamentó de no ser ni voluminoso ni estridente para abarcarle todo en lugar de la pequeña porción que él quisiera mostrarle, así como hubiera deseado lucir el vestido de noche materializado como versión opuesta a tan viril apostura.

- No es nada personal. - una sonrisa ladina. La misma sonrisa - ¿Siempre dices la verdad?

El más o menos poderoso espíritu prisionero del espejo cruzó la mirada con la suya, le devolvió la sonrisa. Sabía lo que iba a ocurrir, no al igual que conocía el escondrijo del Teseracto o los chitauri, sino por experiencia.

- Sí, mi amo y deidad. - una reverencia de la enmarcada cabeza - Solo puedo decir la verdad.

Apenas si pudo culminar el verso, él ya tenía preparado el propio.

- Espejo, tu verdad invoco:
¿cómo en tu destrucción desemboco?

Desde los primeros sesenta segundos como espejo mágico con la erudición en vena y esquirla había sabido con claridad meridiana tres cosas: que conocía el único modo de romper su cárcel de vidrio, que jamás podría llevarlo a cabo por su propia no mano y que estaba condenada a dialogar con ripios.

Ni que decir tiene que algún que otro amo había tenido interés en destruirla con tal de acaparar su uso, pero o tiraban la toalla a la cuarta defenestración frustrada o entre lo que costaba y lo que molestaba la dejaban tal cual o se decían que si total, quién iba a rimarle a un espejo.

Uno solo probó suerte. Murió en el proceso, por tonto.

Loki podría correr la misma suerte. Pero Loki sonreía como el diablo.

Tampoco es que pudiera evitar decírselo.

Así... horas después... tras la música y los violines y la pompa y la algarabía en Sttutgart, la gota había caído.

La negra superficie la tragó.

Y estalló.

Mil esquirlas en el aire. ¡Por fin! Una pena, le había hecho un buen servicio, pero mejor eso a que lo usara el enemigo. Loki le dio la espalda, finalmente iba a declamar su discurso al mundo que debería estar ya de rodillas. Lo abandonó en las limpias baldosas del recinto. ¡Error por su parte! Si se hubiera quedado, habría hecho más que verla en pedazos, podría haberla matado. Pero se fue, así que no vio.

No vio la nube de esquirlas girar sobre sí misma, no vio cómo estas se juntaban y apretujaban y se cambiaban el sitio y volvían a arremolinarse y arrejuntarse, no vio la maravilla: un corazón apenas tibio naciendo en el aire, órgano latiente de un rosa pálido, casi blanco, alrededor del cual crecieron vísceras, costillas, médulas, tráquea, torso, extremidades, piel, uñas, cabello y hasta vestido.

Se perdió lo mejor: cómo abría los ojos y veía con ellos. Cómo abría la boca y boqueaba sin ton ni son, sorprendida, aterrada y más confundida que Confucio, cayendo estrepitosamente, cómo se agarró al clavo ardiente de su marco y se abrazaba como un bebé perdido, porque... ¿cómo se respiraba? Conocía la teoría, pero no lo conseguía, pues no es lo mismo saber que hacer.

Si tan solo hubiera esperado, todavía seguiría siendo su amo, ¡pero no! Se marchó. No asistió a la escena de su copia femenina hecha carne, se desentendió de rematarla y sin saberlo ni querer cerciorarse tampoco, permitió que otro le salvase la vida, aquel cuya voz estrenó sus tímpanos recién salidos de fábrica, aquel que le tomaba el pulso y le propinaba suaves bofetadas, aquel que era el médico en la sala. Quien se fue a Sevilla perdió su silla.

Continuará...

¡Sale Loki, entra el doctor Strange! ¿Volveremos a verle? Solo el tiempo lo dirá~.

¡Comienza la historia, que deseo de todo corazón (latiente y tibio) que tenga alguna que otra satisfecha lectora!

sábado, 25 de marzo de 2017

Transparente 01 - Esquirla


He intentado resistirme... y he de confesar que me siento orgullosa de mí misma por haber resistido tantos meses, ¡pero ya no puedo más! ¡Desde que vi la película esto es un sin vivir! ¡NECESITO escribir un fanfic largo y salseante de Doctor Strange! Y aquí estamos.

Esto era cuestión de tiempo: adoro Marvel, adoro los cuentos de hadas con desmedida pasión y la capa con personalidad de alfombra mágica me permite demasiado fácilmente meter cuña para añadir todos los cuentos de los Grimm. ¡Lo que me lleva a la sinopsis!

En este inmenso multiverso existen cosas que solo los cuentos saben explicar... ¿Y si el doctor Strange se encontrase con la inigualable reliquia del espejo, espejito mágico?

Las que ya me conocéis ya os imaginaréis lo que aquí encontraréis: ¡humor, romance, misterio, intriga, dolor de barriga...! Y buena escritura, modestia a parte. La única aclaración que me queda añadir es que este fanfic estará basado única y exclusivamente en el Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) y no en los cómics.

¿Que por qué Transparente? Pues hace referencia a la protagonista, al igual que Brillante. Muejeje~.

¡Espero que disfrutéis del viaje tanto como yo!

Dentro del espejo...

Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en las entrañas de un lugar cercano o lejano dependiendo desde dónde se lea, una joven atrapada en un tiempo y lugar que no le correspondían.

Abrumada por tan negro contexto, maltratada por la mala fortuna, hizo lo que solamente se atreven a hacer los desesperados y los más tontos que un zapato: un trato con el diablo.

Como suele suceder en estas historias, el diablo en cuestión disponía de tanto tiempo libre como mala leche. ¡Pobre desdichada! ¿Quién no sabe que hay que leer la letra pequeña hasta de un contrato verbal?

Pues el tipo de jovencita que se tropieza con un demonio rojo cual ascua de hoguera y, sin plantearse si tal tropiezo ha sido casual, buscado o destinado, se cree afortunada. No hubo miedo alguno en su limpia mirada al ser testigo de la aparición del ser cornudo cuando este surgió cual fuente de sangre entre la nieve.

No. La muy tonta vio en tan sospechoso monstruo la tela de araña que la esperanza convierte en cuerda cuando una se halla en el abismo, a lo que el diablillo encantado de la vida vio el cielo abierto.

Sin embargo, resultó no ser una presa tan ofrecida como este imaginaba.

- Lo siento, en realidad no vendería mi alma solo por saber cómo escapar de aquí. - confesó la joven, apesadumbrada - Es lo único que me queda.

Por supuesto, el demonio le aseguró que no tenía por qué vender su alma si no quería, pues disponía de mucho con lo que hacer trueque y, siendo sincero como solo un demonio puede serlo, le interesaba más que intercambiara su humanidad. Cuando la asombrosamente serena joven, curiosa y recelosa a partes iguales, inquirió que qué significaba aquello exactamente, el infernal interlocutor batió las alas y se dispuso a ponerse charlatán.

Le narró dilatadamente la dura vida del demonio común, tan lastrada por las limitaciones como la del mítico vampiro. ¡Ah, una vida de burocracia contractual! ¿Que querías un dulce vinillo de B positivo? Pacto. ¿Alimentarte de la desesperanza humana? Contrato. ¿Que te apatecía pasarte una nochecita en blanco? Te invocan. Alas tres de la madrugada. Trueque y labor, prácticamente unos Rumpelstiltskin de la vida.

Resultaba que, para más inri, los demonios no se reproducen, algo completamente comprensible dado el detallín de la inmortalidad... De modo que cuando la demografía demoníaca disminuía no quedaba más remedio que engrosar filas mediante los pactos que rigen la existencia diabólica. ¿Estaba la joven interesada en tan obviamente sospechoso pacto ventajoso?

Ante el silencio reflexivo de ella, el diablo quiso apaciguarle la apetitosa alma garantizándole que su raza era biológicamente incapaz de articular otra cosa que la verdad. Ni que decir cabe que incluso ella tenía clara la paradoja del mentiroso, además de que por más obligado que estuviera a decir la verdad y nada más que la verdad bien podía retorcerla hasta lo irreconocible. De cualquier manera, no se lo pensó tres veces...

- Sí. No tengo nada que perder. - ya que le hacía rebaja, poco que perder, mucho que ganar.

La sombra del demonio pisaba la suya. Tendiendo las pezuñas acarició esas cándidas mejillas, susurrando que habría que apresurarse en cerrar el trato no fuera a venir un ángel a rescatarla.

- Aunque un ángel cayese sobre nosotros aquí y ahora, te preferiría a ti. - dijo ella - No confío en ángeles que esperan a presentarse demasiado tarde.

Estrecharon la mano, sellaron el pacto, la sonrisa del diablo se ensanchó. Ella temblaba, pero se adentró dos pasos en su sombra y se dejó arropar por alas carmesí. Conocimiento por humanidad, ¿qué importaba, cuando la humanidad es más pérfida, cruel y ruin que el demonio que tienes enfrente mil veces mil?

Le descubrió el pecho, que fue palpado por el volcánico pulgar hasta detenerse justo encima del corazón latiente. Allí se hundió el espolón de la garra, de allí se retiró embadurnado, allí volvió a penetrar y escarbar con una esquila de transparente cristal en la punta que poco se tardó en ensartar.

¡Qué dolor! Se le doblaron las rodillas. ¡Qué dolor! Hacia atrás caía, por la nuca la recogía el diablillo. ¡Qué agonía! Y no en el corazón que se enfriaba, no: ¡en la cabeza! Sentía el don de la sabiduría rellenando cada célula, cada neurona, cada vaso sanguíneo y cada hueso. El cráneo estallaba en inmenso enjabre de mariposas...

Vio su piel empalidecer hasta el efecto cromático tiza, vio uñas y dedos volverse translúcidos, vio su cuerpo entero disolverse en humo. Lo último que vio, en su estado molecular, fue el precioso marco circular que la engulló enterita justo antes de cristalizar. ¡Todos los conocimientos del multiverso...! Y un espacio chiquitín para vivir.

Entre la bruma del que ya se instituía como nuevo hogar asomó la enorme sonrisa del diablo. La estaba reflejando.

- Espejo, espejito mágico, dime una cosa...

Y con el paso arrollador del conocimiento perdió su humanidad: olvidó su pasado, su aspecto, su nombre. Todo fue borrado, a gran excepción del pacto que dio pie a su existencia como espíritu del espejo, espejito mágico.

No le guardó rencor al diablo, ¿para qué? En realidad, sus sentimientos eran olas de mar, ráfagas de viento y chasquidos de fuego todo en uno. Al contrario que las hadas, cuyo cuerpo minúsculo no puede albergar más de un sentimiento a la vez, sus sensaciones eran múltiples, insondables. Convertida en límpido vidrio supo desde buen principio que el demonio no le había mentido, pues seguía conservando el alma que era lo único que le quedaba.

Durante algunos años estuvo al servicio del amo demoníaco, hasta que el ser de veleidosa naturaleza se aburrió y deshizo de ella en uno de sus canjes. A lo largo de los siglos pasó de mano en mano y fue utilizada por reyes, pero sobre todo reinas; por príncipes, pero sobre todo princesas; por plebeyos, pero sobre todo plebeyas... hasta que un día se reflejó en ella una fisonomía que no tardó en imitar en su versión femenina, como era su costumbre.

Largos cabellos de ala de cuervo, fino cuello de nacarada piel, labios finos, rosados, cejas esbeltas de grácil delineación y un par de luceros de iris aguamarina... un dios.

- Espejito, espejo mágico, confiesa,
¿dónde está el Teseracto que por las noches me tiene en vela?

Aquí empieza nuestra historia.

Continuará...

¡Aaaah, qué a gusto me he quedado! Para el próximo capítulo... juegos de médicos. (͡ ͡° ͜ ʖ ͡ ͡°)

sábado, 18 de marzo de 2017

Brillante 29 - Mariposa enredada


La acción ha vuelto a esta casa. XD

Resulta que la noticia gaélica ¡era una trampa...!

¡Hay arañas cerca!

Las ideas preconcebidas habitan nuestros sesos por nuestro bien. Imagínate que te tropiezas con un oso de dos metros surgido de entre la maleza salvaje sin la idea preconcebida de depredador u hostilidad carnívora. ¡No va a acabar bien! Por otra parte, tan nefasto como lo anterior es tener la idea preconcebida equivocada. Imagínate ante ese mismo animal con el osito de peluche en mente. ¡Uy con el abrazo osuno!

Boing boing, boing boing.

- Yo también me alegro de verte y tal, cielito con pajaritos. - juro que articularon mis labios, pero a saber si llegó a sus oídos. Ni una ceja movió.

En cuál de las dos casillas se ubicaría la invencible idea de que al que has conocido como hombre es un hombre se vista como se vista, le sorprendas como le sorprendas y toques las protuberancias que toques me es del todo desconocido, pero estaba claro y transparente que para Trent y Amanda esa idea estaba más que arraigada en córtex, lóbulos y demás masa cerebral.

- No te has esforzado nada. - boing que te boing.

- Para...

Claro que Trent tenía un pase: había sentido en sus carnes mi cacharrito lila. A plena potencia.

Mi Trent, cuyos empapados mechones de bravo pelazo escocés dejaban fluir por su rostro el rastro de esos ríos, gotas oscurecidas por esa tarde de nubarrones sin rayo de sol que se vertían sobre la bufanda que ahora cubría tanto mi cuello y pecho como sus manos sobre mí. ¿Podía acaso ser más romántico nuestro reencuentro? La respuesta es sí. De lejos.

Me quité el guante diestro.

- ¿Que son, globos de agua? - mec, mec - Bolsas de harina.

PLAFAF.

El set de viuda, un chantaje; reencontrarme con Trent con susodicho set, dolor de pechos; el segundo tortazo a propulsión en menos de doce horas, tendría la palma hinchada horas. La carita descompuesta del brazo fortísimo de la ley ante el que quizá fuera el primer bofetón de su vida fuera del seno paternofilial... ¡impagable! Vale la pena esta vestimenta.

Sus cejas alborotadas exclamaban ¿¡Pero quécómoporqué...?!, mis dedos sellaban sus labios para que no pasara de allí, el bramido ahogado de la Scotland Yard llenaba nuestros oídos y la lluvia, casi sin que me percatase, iba clareando. Las gotas que surcaban el hombro excluido del resguardo paragüero disminuían, el vello facial hacía cosquillas a mis yemas desnudas. Y no me emocionaba.

¿Por qué, a pesar de tener a mi amante de estrujantes manos ante mí, solo tu carcajada atraviesa mis tímpanos? ¿Por qué el corazón me bombea desbocado con el trino de tu risa y no con el salvaje toque del comisario? ¿Por qué los ojos se me desvían al paraguas que te oculta, se me anuda la garganta y apenas logro respirar cuando te acercas?

¿Por qué me tienes que hacer sentir que aunque haga mi vida, no tengo nada... salvo tú?

- Se ha hecho cara de ver, "mi señora".

Me salió un gallo.

- Por supuesto, "señor mío". - repliqué con idéntica enfatización... tras carraspear - Al fin y al cabo, si la ausencia hace al corazón más afectuoso, ¿qué hace la presencia?

Sonreía, ¡petulante...! Tragué saliva.

- Has sido muy inteligente. - cabeceé. Estaría contento de destrozar mis sueños de pasar por más listilla que él.

- No podemos ir contra nuestra naturaleza. - aseveró él como quien insinúa Por eso me has tenido aquí plantado cinco días, so corta de entendederas.

A lo que yo quise ladear la cabeza como quien indica Estoy muy cansada para uno de nuestros vigorizantemente picantes toma y daca, pero dicha cabeza chocó, haciendo rebotar neuronas, contra un robusto pectoral que me iba envolviendo con la colaboración de su extremidad.

¡Trent me cogía por los hombros! La arrolladora presión de su brazo traspasaba las barreras físicas de la tela y bañaba mi espalda de tímida calidez. Como si el patatús emocional no fuera suficiente, Holmes tendió sus largos dedos hacia mi cuello... y los enredó en la bufanda.

Entonces Sherly y Trent intercambiaron... palabras. Trent le espetó algo, eso seguro. Y el gran detective asesor debió de replicar algo muy mordaz y muy inglés, con toda probabilidad. No lo sé, estaba ocupada preguntándome ¿¡qué está pasando con estos victorianos?!

Justo mientras esa calidez se me filtraba por la columna y templaba la médula oculta bajo vértebra y vértebra, el buen doctor despegó bigote de labio inferior.

- Señores, somos caballeros ingleses: comportémonos como tales.

Y con el bastón nos separó, uno a uno, hasta dejar al temido comisario bajo la ya suave llovizna que nos chispeaba encima. El estertor colectivo de los subalternos fue igual al mío. Salta a la vista que John Watson se la tendría jurada por el rapapolvo de gritos pasado, ¿sería yo la siguiente?

El agua debió de aclararnos las ideas, porque convinimos en que se discute mejor en caliente y, tras unas pocas objeciones, mi hombretón tuvo a bien llevarnos a su casita una vez listo el detalle del abuso de autoridad delegando sobre los achatados hombros del desdichado agente que desde ese mismo instante se ganó el nombre de Ataúlfo.

Si hubiese echado la vista atrás entonces...

Pero estaba rodeada de mis caballeros favoritos (y Watson), así que no lo hice. ¡Era tan entretenido ir los cuatro juntos al hogar donde a Trent le pude dar, sonreírle a este con los ojos al pisar el pavimento donde le había dado lento, pasar de largo a la vera de Watson el muro donde le había dado duro y sentarme sobre el canapé donde le brindé más que placer junto a Sherly!

Allí había una tensión sexual latente rarísima.

Tampoco es que el pisito de soltero de mi amado amante ofreciese mucho más que tensiones: una guarida mal amueblada, desordenada y gris rebosante de humo, ceniceros, ceniza y colillas, platos por fregar y lágrimas de aspirantes a criada que nadie limpiaría jamás.

La única nota de color era ¡el ron, ron, ron, la botella de ron! que el anfitrión, sin ejercer como tal, se servía en el que sería el único vaso limpio que le quedaba. No dejaba de dar zancadas de aquí para allá. ¿Y el doctor? Tieso como un palo. Solo habíamos posado posaderas Holmes y yo.

Finalmente Watson, sombrero contra corbata, bastón contra costado, muy digno en resumen, tomó la palabra. Parecía que también había tomado el mando, ya puesto.

- Dígame la verdad, Holmes. - se dirigiría a él, pero clavaba la pupila en la mía- ¿Es esta mujer quien colegí que es?

Solo se me verían ojos, pestañas y cejas... no me cabe remota duda de que transmitieron mi opinión. El señor Holmes reía.

- Cierra los ojos y desátate el cabello.

Por un momento sopesé la idea de hacerme la ruborosa y preguntar ¿A-aquí? Sin embargo, Trent ya estaba bastante nerviosillo, de modo que cerré los ojos y me desaté el moño postizo de la coronilla. Cayó sobre el sofá con un ruido suave, sentí los dedos fríos de Holmes por el cuello, estremeciéndome.

Al entreabrir los párpados le vi enrollarse la bufanda en la palma abierta, examinándola. Abiertos del todo, vi las niñas de los ojos de Watson, oscuras como la noche, donde me reflejaba como un insecto repugnante.

- Miente más de lo decentemente aceptable.

Ideas preconcebidas.

- Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, doc. - cejas frente arriba - Como buen veterano me comprenderá, ¿no es así?

- ¡Dantés! - un ¡Dantés! aspirado, como quien siendo aprensivo hasta decir basta articula "retrete" con su propia boca - ¡Jamás comprenderé a alguien como usted!

- Conoce mis métodos, aplíquelos. - intervino Sherly.

- ¡No, Holmes, no! Ya bastante ardua se me supone la tarea de intentar, ¡intentar! comprenderle a usted como para perder tiempo y energías en este abyecto personaje que no concibe en su haber siquiera un mínimo aprecio ni a su hombría. - la duda existencial sobre sentirme o no ofendida seguía ahí - Esa es otra cuestión, Holmes, ¿por qué diantre hemos invertido cinco días en... esto?

- ¡Buena pregunta! - repuse yo - ¿Habéis pillado ya a esa tremendamente huidiza criminal coja?

- ¡Mejor! - exclamó Sherly, extendiendo las manos abiertas al cielo con bufanda incluida.

Ese entusiasmo solo podía significar que había desembrollado el urdido misterio del que yo personalmente ya me había olvidado. Di una palmada muy femenina (provocando el bigotudo tic del medio histérico doctor), seguida de un deliberadamente agudo...

- ¡Fabuloso!

PAM. El comisario había cesado las zancadas de golpe, levantando cierto humillo polvoriento de la moqueta al taconear con las suelas.

- ¿Me estás diciendo que no vamos a hablar del truco que te ha traído hasta aquí? - estalló Trent, como si no me hubiera traído él - ¿¡Cómo te has podido dejar engañar por el mequetrefe este?!

Más onomatopeyas: ¡CRASH! Súbitamente estrelló su copazo contra la pared, dándonos el susto del día y mandando el otrora único vaso aseado al cielo de los cristales a un tiempo. El respingo colectivo fue inevitable, hasta el detective asesor tiene sangre en las venas.

- ¡En serio! ¿¡Cómo?! - señaló a Sherly con índice viril - ¿¡Cómo sabías que semejante truco funcionaría?!

- A diferencia del comisario local y su séquito policial, veo lo que está a plena vista a un palmo de mis narices.

Atragantamiento por mi parte. No vale la pena trascribir la perorata que antecedió a la toma del cuello de Sherly por parte de Trent que yo me apresuré en soltar a golpe de manos histéricas, que eso parecía una de las técnicas de goma goma de Luffy. ¡Nada de acción, nada de violencia, por favor!

- ¡Basta Trent!

Al final me tuve que interponer en modo escudo (gracias, faldas, por tanto bulto)... y se hizo el silencio. Un silencio sólido, tenso, fatigoso. Trent me contemplaba, desencajado, con negras pupilas evocadoras, el abismo que devuelve la mirada.

- ¿No me vas a decir la verdad?

Abrí la boca. Luego la cerré. La verdad es contraproducente.

- Coge a tus amigos y vete de mi casa.

De no tratarse de tan ridícula situación se habría podido inmortalizar el momento justo en que me rompía ese amasijo de carne negra que es mi corazón. Ideas preconcebidas, lector mío, ideas preconcebidas. Watson se lamentó de haber sido clasificado en el cajón de amistades de alguien sin ápice de honor o vergüenza como yo, a Sherly le dio igual y yo apenas si pude comentar que acabábamos de llegar.

Luego Jonny insistió en que no saldría a la calle con un travestido, me subí la falda para horror suyo y lancé los pantalones y mocasines que llevo colgados de las faldas para emergencias (bajo ese aluvión de telas soy un móvil andante, no sé cómo no tintineo). Trent se había apalancado en el muro donde le había dado duro, no era digna de su mirada.

- Cámbiate y vete.

¡Cómo había degenerado la cosa! Así que me metí en los aposentos del que me parecía el hombre más melodramático del mundo, un cuartito con ropa amontonada encima y alrededor de una silla, una mesita que haría las veces de escritorio, una cama grande con material donde esposar y un ventanuco que servía más de respiradero que otra cosa.

Dejé de ser Leonor, volví a ser Leo, seguí siendo Leona.

Puesta en mi vieja piel, caí en la tentación de asomarme al trozo de Londres que ofrecía el ventanuco. Luego fue un error para mí, ¿pero quién se resiste a asistir a ese milagro británico que es que al fin amaine? Alguien inteligente.

Cuando volví al salón descubrí que la vestimenta no había sido más que el pretexto para huir pies para qué os quiero por parte del emocionalmente exhausto doctor. Sherlock me esperaba en la puerta con el pomo en mano, Trent seguía cara la pared. Nos fuimos sin decir adiós.

¿Por qué nos fuimos solos y a esas horas? ¡Qué confiados! ¡Qué bobos! ¡Qué poco brillantes que somos!

Lo primero fue el sonido. Toc, tococó, toc.

Lo segundo la inofensiva inofensiva de la conocida silueta al final del callejón de turno, recortada en claroscuro. ¡Ser Thomas! Veo que su escayola opera como ella sola.

Lo tercero el ataque. Golpes, resistencia, inmovilización, besar la acera, contar como baja atada y amordazada. ¡Sherlock boxeó! Pero...

Cayó. El restallido del golpe hizo patente que como mínimo lo habrían dejado inconsciente, inerte, inánime. Tuvo suerte. A mí me tocó el saco negro.

Continuará...

Quizá pesabais que la cosa no podía ir a más. XD